Estad siempre alegres. Juan Bautista nos muestra el camino

Querido amigo: Nos estamos preparando para la venida de Jesús y lo vamos haciendo en este camino de Adviento. Hoy se nos habla de la alegría; días atrás se nos hablaba de la esperanza, del cambio de vida. Hoy se nos habla de la alegría porque el Señor está cerca, pero se nos exige un modo de realizar y llegar a esta alegría. Juan Bautista nos lo va a relatar a través de las preguntas que le hacen las diversas personas de los diversos estamentos, y él va respondiendo cómo tenemos que hacer este cambio para estar alegres en el Señor y para preparar nuestro corazón hacia esa venida. Hoy no nos vamos a perder esta invitación a la alegría y vamos a ver los obstáculos que quitan nuestra alegría y nos quitan la felicidad. Pero antes vamos a escuchar detenidamente el texto que se nos narra de esta escena en Lucas 3, versículo 10-18. Escuchamos con atención:

Y la gente le preguntaba: “Entonces, ¿qué debemos hacer?”. Él les contestaba: “El que tiene dos túnicas que dé al que no tiene, y el que tiene alimentos que haga lo mismo”. Acudieron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Y él les dijo: “No exijáis más de lo que tenéis señalado”. Le preguntaron los soldados: “Y nosotros, ¿qué haremos?”. Y les dijo: “No hagáis extorsión a nadie, no denunciéis con falsedad y contentaos con vuestra soldada”. Como el pueblo hiciera conjeturas y todos se preguntaran en su interior acerca de si Juan no sería el Cristo, Juan respondió a todos y dijo: “Yo os bautizo con agua, pero viene quien es más fuerte que yo, al que no soy digno de desatar las correas de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego. Tiene el bieldo en su mano para aventar su era y recoger el trigo en su granero, pero la paja la quemará con fuego inextinguible”. Con éstas y otras muchas exhortaciones evangelizaba al pueblo.

Después de escuchar esta escena, este texto, vemos cómo Juan ha venido del desierto, ha predicado la conversión, ha predicado el cambio de vida y este acontecimiento extraña a todos y les asombra y van acercándose todo tipo de personas, inquietos, para preguntarle qué es lo que tienen que hacer. Todo el pueblo se estremece ante la predicación de Juan y vemos cómo van viniendo: primeramente viene gente y le pregunta: “¿Qué tenemos que hacer?”. Luego vienen los publicanos: “¿Qué tenemos que hacer?”. Luego vienen no sólo los publicanos, porque le reconocen como maestro, sino también los soldados y le preguntan: “¿Qué tenemos que hacer?”. Y él poquito a poco va explicando lo que hay que hacer. Pero cuando se dan cuenta de cómo habla Juan y le quieren reconocer como profeta y creen que es el que ha de venir, él se define a sí mismo con toda humildad: “Yo no soy el que ha de venir. Viene Otro que puede más que yo”. Y explica cómo él no es digno ni siquiera de desatar las sandalias de este Señor; que es tan indigno que ni siquiera eso puede. Explica humildemente su figura.

Querido amigo, entramos en el encuentro y también nosotros nos ponemos como unos más a preguntarle a Juan qué es lo que tenemos que hacer, porque tú y yo nos queremos preparar bien, porque tú y yo queremos recibir al Señor con verdadera limpieza de corazón, porque tú y yo tenemos ansias y deseos de que nuestra vida sea feliz, sea alegre, con la alegría que Tú dices, no una alegría externa que se va, vacía, sino una alegría que llena el corazón. ¡Cuántas veces tenemos manifestaciones de alegría, una alegría que nos deja vacíos! Pero el cristiano siempre tiene que estar en alegría, y tú y yo tenemos que estar siempre alegres. San Pablo lo repite continuamente a los filipenses: “Estad siempre alegres. Os lo repito: estad alegres”. Él rebosa de alegría: “Estoy lleno de consuelo. Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones”, dice más de una vez. ¿Por qué? Porque tiene al Señor como riqueza, como eje de su vida, como centro. “Estad siempre alegres”.

Tenemos que entender bien esta alegría, no una alegría artificial hecha de frivolidades que no producen esa esperanza y esa fe y ese gozo interno. Y para esto hoy la Iglesia y el Señor nos regala la figura de Juan Bautista, una figura que va diciendo a las preguntas qué hemos de hacer. Él va respondiendo. Primero el pueblo: “¿Qué es lo que tenemos que hacer?”. Les dice: “El que tenga dos túnicas que reparta al que no tiene. Y el que tenga comida, haga lo mismo”; luego tenemos que ofrecer y compartir. A los publicanos: que no exijan más de lo establecido, que tengan misericordia, que no se ensañen con el pecado, con el débil. A los militares: que sean justos, que no se aprovechen de las denuncias.

En definitiva, querido amigo, ¿qué es lo que el Señor nos pide en este encuentro? Nos pide una limpieza de vida, que hagamos bien lo que tenemos que hacer, que nuestra profesión la vivamos con toda profundidad y con toda responsabilidad, pero que no reprimamos esa alegría porque Él nos dice que tenemos que estar alegres. Y esa alegría nace de responder a esas preguntas que le hacen a Juan Bautista. Él nos dice el modo de realizar este cambio, esta forma de entrar en nuestro interior. No hay discursos, pero él dice: “no a la violencia”; “sí a la paz, sí”; “no deis culto a otros dioses que no sean el Señor”; “respetemos al prójimo como es”. Pero nos insiste mucho más: si tenemos algo, compartir esos bienes con el que no tiene; no exijamos, seamos respetuosos, no abusemos de los demás con nuestras formas. Éstas son las condiciones que nos pide el Señor y es una conversión imprescindible para recibir al Señor: prepararnos para que venga Él.

El Adviento es eso: cambiar de vida, cambiar, convertirnos, volver a Él. Este encuentro es una llamada a preguntarnos: “¿y qué tenemos que hacer?”. Se lo vamos a preguntar al Señor tú y yo con todo cariño: “Señor, ¿qué es lo que tengo que hacer?, ¿en qué tengo que cambiar?, ¿qué es lo que no te gusta de mí?, ¿en qué?, ¿cómo tengo que vivir mi propia vida? ¿Cómo? Dime las normas, dime lo que tengo que hacer, dime la forma de estar equilibrado para poder tener paz en mi interior”. Y en ese remanso de paz que surja el Señor. “¿Qué tengo que hacer?”, vamos a preguntárselo una y mil veces hoy al Señor. ¿Qué tengo que hacer, Señor, para cambiar mi vida, para vivir tranquilo? Y no puedo vivir tranquilo si no vivo profundamente lo que el Señor me da. Ésta es la vida de un cristiano, de una persona que vive profundamente su fe. Esta escena nos lleva a considerar mucho nuestra forma de actuar con esa pregunta: “Entonces ¿qué tenemos que hacer?”.

También nos asombra cómo se define Juan Bautista. ¿Cómo? Un hombre humilde hasta el máximo. No le importa nada, sólo sirve para lo que el Señor quiera y no dice quién es, nada más que él no es el profeta. Él “no es”. Él es simplemente el medio que Él quiere para anunciarle, para preparar su camino. “Yo os bautizo con agua. Mirad, lo que yo hago es muy humano, pero viene detrás Otro que os va a bautizar con el Espíritu Santo y con fuego y va a quemar todo, todo eso negativo que no le gusta. Y va a quemar todo y va a separar todo y va a quitarnos de todo, va a quitar todo lo que estorba, va a quitar todo lo que no está bien”. ¡Prepara el camino del Señor! Pero prepáralo así, como él.

Y alegrémonos porque el Señor va a venir y nos va a llenar y nos va a dar todo y nos va a limpiar. Y pone esa metáfora tan bonita de cómo —dice— tiene en la mano el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga. Así es el Señor cuando entra en el corazón de cada uno de nosotros: entra a nuestra era y entra a trillar, y allí coge la pala y… ¿qué hace? Separa el trigo de la paja y lo limpia y nos quita todo lo malo, y el trigo lo recoge para recoger el grano y para separar del todo. Y le damos gracias a Juan Bautista porque nos lleva a pensar lo grande que es el Señor, y a pedirle que limpie nuestra era, que nos dejemos abrasar de su fuego, que nos limpie, que seamos capaces de cambiar, de vestirnos de otra manera; que la era de la vida, de nuestra propia vida, no la llenemos de paja sino de grano, de peso de buenas obras, para que caigamos en el granero del Corazón de Dios y que Él allí avente todo soplo de maldad, de prejuicios, de tibiezas, de todo.

Un encuentro, querido amigo, bonito y profundo. Vamos a pedirle la transformación, el prepararnos para la venida de Jesús y le vamos a decir: “Señor, danos esa alegría, quita todo lo que estorba, entra en la cárcel de nuestro interior y límpianos… límpianos… y a pesar de todo llénanos de amor. Descúbrenos todo lo que no te guste. ¡Quítalo! Corta, quema, limpia, aventa todo lo que no es de tu puro amor”.

Qué humildad la de Juan, qué humildad: “Yo no soy el que bautizo. Si no soy nada, si personalmente no puedo hacer nada, si personalmente no puedo hacer ni lo que hacen los esclavos —los esclavos inferiores con su señor, que era llevarles las sandalias, inclinarse, ponérselas—. No soy digno tampoco de eso”. Querido amigo, aprendamos la lección de la humildad. Y le preguntemos al Señor: “¿Qué es lo que tengo que hacer?”.

Nos agarramos de la mano de la Virgen. Con Ella vamos al Corazón de Jesús. Le decimos: “Queremos recibirte, pero dinos qué es lo que tenemos que hacer, qué es lo que no te gusta”. Y en plena oración vamos quitando todo y dejando que el Señor limpie la era de nuestro corazón para descansar y llevar el grano lleno de vida, de fruto, de buenas obras, de todo lo bueno en el corazón; y dejarlo y depositarlo en el Corazón amoroso del Señor. Nos quedamos en silencio, pensando, reflexionando, hablando con Él y, acompañados de la Virgen, le damos gracias por este encuentro. Le damos gracias y le pedimos esa transformación. Y sobre todo le pedimos la alegría: que nada ni nadie nos quite la alegría de ser felices en el Corazón de Dios.

Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

I Vísperas – Domingo III de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO III DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de madre,
y reúne a sus hijos en verla,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Alégrate, Jerusalén, porque viene a ti el Salvador. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alégrate, Jerusalén, porque viene a ti el Salvador. Aleluya.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Yo soy el Señor: mi hora está cerca, mi salvación no tardará.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagarél al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo soy el Señor: mi hora está cerca, mi salvación no tardará.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Envía, Señor, al Cordero que dominaré la tierra, desde la peña del desierto al monte de Sión.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Envía, Señor, al Cordero que dominaré la tierra, desde la peña del desierto al monte de Sión.

LECTURA: 1Ts 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

R/ Danos tu Salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstarnos, Señor, tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No hay otro Dios fuera de mí, ni nadie será mi semejante; ante mí se doblará toda rodilla y por mí jurará toda lengua.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No hay otro Dios fuera de mí, ni nadie será mi semejante; ante mí se doblará toda rodilla y por mí jurará toda lengua.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría y júbilo de cuantos esperan su llegada, y digámosle:

¡Ven, Señor, y no tardes más!

Esperamos, alegres, tu venida:
— ven, Señor Jesús.

Tú que existes antes de los tiempos,
— ven y salva a los que viven en el tiempo.

Tú que creaste el mundo y a todos los que en él habitan,
— ven a restaurar la obra de tus manos.

Tú que no despreciaste nuestra naturaleza mortal,
— ven y arráncanos del dominio de la muerte.

Tú que viniste para que tuviéramos vida abundante,
— ven y danos tu vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que quieres congregar a todos los hombres en tu reino,
— ven y reúne a cuantos desean contemplar tu rostro.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu HIjo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 15 de diciembre

Lectio: Sábado, 15 Diciembre, 2018

1) Oración inicial

Dios todopoderoso: que amanezca en nuestros corazones el resplandor de tu gloria, Cristo, tu Hijo, para que su venida ahuyente las tinieblas del pecado y nos manifieste como hijos de la luz. Por nuestro Señor Jesucristo. Amen.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 17,10-13
Sus discípulos le preguntaron: «¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?» Respondió él: «Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos.» Entonces los discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista.

3) Reflexión

• Los discípulos acaban de ver a Moisés y a Elías ante Jesús en la transfiguración sobre el monte (Mt 17,3). La gente en general creía que Elías tenía que volver para preparar la llegada del Reino. El profeta Malaquías decía: “Les voy a mandar al profeta Elías antes que llegue el día de Yahvé, que será grande y temible. El reconciliará a los padres con los hijos y a éstos con sus padres, para que cuando yo llegue no tenga que maldecir a este país.” (Ml 3,23-24; cf. Eccl 48,10). Los discípulos quieren saber: “¿Qué significa la enseñanza de los doctores de la Ley, cuando dicen que Elías tiene que venir antes?” Ya que Jesús, el mesías, estaba ya allí, había llegado, y Elías no había llegado aún. ¿Cuál es el valor de esta enseñanza de la vuelta de Elías?”
• Jesús contesta: “Elías ya vino y no le reconocieron, sino que lo trataron como se le antojó. Y también harán padecer al Hijo del hombre”. Y entonces los discípulos comprendieron que Jesús se refería a Juan Bautista.
• En esa situación de dominación romana que desintegraba el clan y la convivencia familial, la gente esperaba que Elías volviera para reconstruir las comunidades: reconducir el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres. Esta era la gran esperanza de la gente. Hoy también, el sistema neoliberal desintegra las familias y promueve la masificación que destruye la vida.
• Reconstruir y rehacer el tejido social y la convivencia comunitaria de las familias es peligroso, porque mima la base del sistema de dominio. Por esto mataron a Juan el Bautista. El tenía un proyecto de reforma de la convivencia humana (cf. Lc 3,7-14). Realizaba la misión de Elías (Lc 1,17). Por esto le mataron.
• Jesús continúa la misma misión que Juan: reconstruir la vida en comunidad. Porque Dios es Padre, y nosotros somos todos hermanos y hermanas. Jesús reúne dos amores: amor hacia Dios y amor hacia el prójimo y le da visibilidad en la nueva forma de convivencia. Por esto, al igual que Juan, le mataron. Por esto, Jesús, el Hijo del Hombre, será condenado a muerte.

4) Para la reflexión personal

• Me pongo en el lugar de los discípulos: ¿la ideología del consumismo tiene poder sobre mí?
• Me pongo en el lugar de Jesús: ¿Tengo fuerza para reaccionar y crear una nueva convivencia humana?

5) Oración final

Que tu mano defienda a tu elegido,
al hombre que para ti fortaleciste.
Ya no volveremos a apartarnos de ti,
nos darás vida e invocaremos tu nombre. (Sal 80,18-19)

III Semana de Adviento

TERCERA SEMANA

EL ROSTRO DE DIOS

 
“Una vez más, anclado en el presente y lanzando mis miradas al futuro, vuelvo, en soledad, a elevar mis manos hacia Ti, a quien me acojo, a quien solemnemente he dedicado altares en el corazón, en lo más hondo de él para que en todo tiempo tu voz vuelva a llamarme.
Sobre ellos arde, profundamente inscrita, esta palabra «Al Dios Desconocido».
Soy tuyo, aunque el mal, hasta este momento haya venido atenazando mi espíritu.
Soy tuyo y los lazos percibo que en lucha tiran de mí hacia arriba, y, aunque quisiera huir, me fuerzan a servirte.
¡Quiero conocerte, desconocido! que tocas en lo profundo de mi alma, que cual tormenta recorres mi vida, inconcebible. Tú afín a mí. Quiero conocerte y siempre servirte”.
Friedrich Nietzsche
 
BUSCO TU ROSTRO, SEÑOR.
NO ME ESCONDAS TU ROSTRO.
 
 
Antífonas para saborear durante la semana
 
DOMINGO: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca.
LUNES: Escuchad, pueblos, la palabra del Señor; anunciadla en los confines de la tierra: Mirad a nuestro Salvador que viene; no temáis.
MARTES: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
MIÉRCOLES: Alza fuerte la voz, heraldo; mirad, el Señor Dios llega con poder.
JUEVES: Llevemos desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios.
VIERNES: El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna.
SÁBADO: Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad: ven y muéstranos el camino de la salvación.
 
 
Alza la mirada esta semana:
Ya llega nuestro Salvador.
 
Lo reconoceremos
en la fragilidad de un niño.

Sábado II de Adviento

SÁBADO II de ADVIENTO

(15 de diciembre)

“Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas” (Sal 96)

Cantad al Señor un cántico nuevo:
María el mejor canto,
el acorde perfecto,
la alabanza inspirada,
el himno siempre nuevo.

Porque ha hecho maravillas:

el sol y las estrellas,
la flor y la simiente,
la lluvia y agua fresca,
la célula viviente.
Porque ha hecho maravillas:
el triunfo de los débiles,

cautivos liberados,
la hartura de los pobres,
corriendo los inválidos.
 
Porque ha hecho maravillas: 
los hijos de los hombres,
que piensan y aman,
que crean y progresan
abiertos en sus ansias.
 
Porque ha hecho maravillas:
una niña capaz
de ser divino-humana,
hija y madre de Dios
pozo y fuente de gracia.
(De la publicación de Cáritas para el Adviento y Navidad de 1986, p. 42. Adaptación de J.C.)
 
 
Aquel día:
Brotará un renuevo del tronco de Jesé,
y de su raíz florecerá un vástago.
Sobre él se posará el espíritu del Señor:
espíritu de prudencia y sabiduría,
espíritu de consejo y valentía,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
Le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias
ni sentenciará de oídas;
juzgará a los pobres con justicia,
con rectitud a los desamparados.
(Del libro de Isaías. Is 11, 1-4a)

Gaudete et exsultate – Francisco I

Una necesidad imperiosa

167. Hoy día, el hábito del discernimiento se ha vuelto particularmente necesario. Porque la vida actual ofrece enormes posibilidades de acción y de distracción, y el mundo las presenta como si fueran todas válidas y buenas. Todos, pero especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante. Es posible navegar en dos o tres pantallas simultáneamente e interactuar al mismo tiempo en diferentes escenarios virtuales. Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento.

El compromiso del creyente

1. Tres veces repite Lucas una misma pregunta formulada por «la gente», por «unos publicanos» y por «unos militares»: ¿Qué hacemos? No se pregunta lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. El Evangelio pretende que el oyente de la palabra de Dios se convierta, es decir, que su conducta y su comportamiento estén de acuerdo con la justicia que exige el reino. La buena noticia entraña una exigencia nítida: los que tienen bienes o poder deben compartirlos con los que no tienen nada o son más débiles.Gracias a esta conversión, los pobres y menesterosos son iguales a los otros. En realidad, los pobres no preguntan, sino que están en «expectación». Preguntan, o deberían hacerlo, los que tienen dinero, cultura, poder…

2. La conversión es un cambio de conducta, más que un cambio de ideas; es tránsito de una situación vieja a una situación nueva. Convertirse es actuar de manera evangélica. El evangelio nos invita a una «conversión al futuro» que se despliega en el reino: no es mirar y volverse atrás. El futuro (que es Dios y su reino) es la meta de la llamada a la conversión. Convertirse es pasar de la no fe a la fe, lo cual incluye el paso de la no justicia a la justicia.

3. La tentación para no convertirse es quedarse en una búsqueda incesante o contentarse con preguntar sin escuchar verdaderas respuestas. Según el Bautista, la conversión exige «aventar la parva» (seleccionar o elegir), «reunir el trigo» (ir a lo medular y no andarse por las ramas) y «quemar la paja» (echar por la borda lo inservible o lo que nos inmoviliza).

4. Este domingo se denominó tradicionalmente domingo «gaudete», o de la alegría. Por dos veces nos dice Pablo que estemos alegres. Alegres por la venida del Señor, por la celebración próxima de la Navidad, por mantener la esperanza, por situarnos en proceso de conversión y por compartir con los hermanos la cena del Señor.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Por qué nos cuenta tanto convertirnos?

¿Estamos contentos de ser cristianos?

Casiano Floristán

Alegría en la justicia

Los textos de hoy nos invitan a la alegría. Ese es el modo de esperar la llegada del Señor, pero la vigilia supone estar atentos a los signos de los tiempos.

El discernimiento

El pasaje de Lucas nos habla del testimonio de Juan Bautista, el precursor. Su predicación impresiona al pueblo, le preguntan: «¿Qué hacemos?» (v. 10). Es una prueba de que han comprendido lo que se les ha dicho, no se limitan a oír, ni siquiera a dar su asentimiento, perciben que el bautizo de Juan exige un comportamiento. La respuesta llega rápida: compartid lo que tengáis: vestidos, comida (cf. v. 10-11). En estos tiempos tan duros para los pobres la demanda de Juan Bautista cobra nueva vigencia. Es el momento de convidar a otros nuestra propia comida. Esa es la manera de esperar a Jesús.

A los más difíciles (publicanos, soldados), Juan Bautista les dice que lo primero es observar lo que es justo: no exijáis más de lo establecido, no hagáis extorsión a nadie, no os aprovechéis con denuncias, no busquéis propinas (cf. Lc 3, 13-14). Pero la exigencia básica de la justicia, según la Biblia, es compartir. Acoger la buena nueva de la venida del Señor requiere esa conversión. Con nuestros gestos discernimos lo que nos acerca, de aquello que nos aleja de la llegada del Señor. Ese día, Dios discernirá entre el trigo y la paja que haya en nuestra conducta.

Un día de fiesta

En la Biblia, la alegría acompaña todo cumplimiento de las promesas de Dios. Esta vez el gozo será particularmente profundo: «El Señor está cerca» (Flp 4, 5). Toda petición a Dios deberá estar envuelta en una acción de gracias (cf. v. 6). La práctica de la justicia y la vivencia de la alegría nos llevarán a la paz auténtica, al shalom (vida, integridad) de Dios.

¿Es posible vivir la alegría de la espera de navidad, en este mundo de hambre y miseria?Comencemos por reconocer que no es una pregunta fácil. No podemos responder un sí superficial, olvidadizo de que no sólo de oraciones viven los seres humanos; pero tampoco podemos dejar de lado que las fuentes de la alegría son hondas y constituyen reservas de esperanza y de transformación de la vida humana. La alegría persiste tercamente en medio del sufrimiento impidiendo que éste se convierta en tristeza, en amargura, en encierro sobre sí mismo. Esto sería trágico en momentos en que se necesita una gran solidaridad entre los pobres mismos. Por todo ello, debemos plantar los pies en la historia para enfrentar la adversidad presente con la convicción que nos inspira Sofonías: «No temas… El Señor tu Dios, en medio de ti… se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo, como en día de fiesta» (v. 16-18).

Gustavo Gutiérrez

Manual de conducta

“Regocícate, alégrate, grita de júbilo, no temas”. El profeta dedica a sus seguidores. Esta explosión de alegría que brota, que arranca del corazón de Dios. Se fundamenta en que Dios interviene en la historia, especialmente en los tiempos oscuros. No es fácil mantenerse sereno cuando los vientos que corren son fríos, cuándo nuestra sociedad atraviesa, como sucede ahora, por un periodo de malestar. Por lo cual resulta acertada esta llamada a la alegría, enmarcada en el Adviento, etapa de preparación a la Navidad. Las aguas bajan turbias, se repite “ya no hay valores”, “ya no hay moral, la corrupción se filtra por todos los rincones.

La escena que describe el evangelio de hoy se mantiene fresca y actual. Lo cuenta así el evangelista Lucas: En los tiempos de Juan el Bautista la gente le preguntaba. ”Entonces, ¿Qué debemos hacer?”, pues había oyentes que no estaban satisfechos con lo que ganaban, había partidarios de la independencia, la riqueza no estaba bien repartida, … Las dudas, los planteamientos aparecían en abundancia y buscaban respuestas. Preguntaban “Maestro, ¿Qué debemos hacer nosotros?”. La contestación que da el Bautista es un canto al sentido común: “El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”. Tan sencilla y tan de sentido común es la respuesta que coincide, a pesar de que les separa dos mil años, con el lema de Cáritas de estas Navidades 2018: “Comparte con los demás”. ¡Coincide, aunque les separa dos mil años!

Ciertamente hay cosas que por mucho que el tiempo corra, cambian poco. El problema no radica en la memoria, en el saber, si no en el hacerlo. El Bautista resume sus consejos: “No hagáis extorsión, ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, si no contentaos con la paga”. Aquí entraría el famoso 3% con el que se recargaba (se recarga?) las facturas de muchas obras públicas. Es verdad que en ciertos asuntos carecemos de información suficiente, de datos decisivos para poder juzgar y actuar correctamente, pero ello no nos inutiliza para comportarnos conforme a la verdad y a la solidaridad.

No olvidemos la invitación de San Pablo: “Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito, alegraos” ¿Motivo de esta alegría, para que no sea un mero postureo, algo artificial?. El que el Señor está cerca. Aunque no siempre lo veamos claro, la proximidad, la cercanía del mensaje y de la persona de Jesús nos proporciona felicidad, nos transmite gozo. Sus palabras ponen en alerta los corazones adormilados y apunta a Otro (al Niño que nace en Belén)

Josetxu Canibe

Intentar el cambio

Es aleccionadora la actitud de las multitudes que escuchan al Bautista. Son hombres y mujeres que se atreven a enfrentarse a su propia verdad y están dispuestos a transformar sus vidas. Así responden al profeta: «¿Entonces, qué debemos hacer?».

Asistimos hoy a un fenómeno bastante generalizado. Se escuchan llamadas al cambio y a la conversión, pero nadie se da por aludido. Todos seguimos caminando tranquilos, sin cuestionarnos nuestra propia conducta.

Naturalmente, la conversión es imposible cuando se la da ya por supuesta. Se diría que el catolicismo ha venido a ser, con frecuencia, una teoría vacía de exigencia práctica. Una religión cultural, incapaz de provocar una transformación y reorientación nueva de nuestra existencia.

Son bastantes los que se preocupan de las «fórmulas de fe» del catecismo, pero no se plantean nunca la necesidad de una ruptura y una nueva dirección de su vida concreta.

Siempre resulta más fácil «creer» las verdades recogidas en el Astete que esforzarnos por escuchar las exigencias de conversión que se nos gritan desde el evangelio.

Por eso es bueno también hoy escuchar la voz lúcida de quienes cuestionan ciertos fenómenos de fervor religioso que parecen conmover hoy a las multitudes, sin lograr una conversión real a la solidaridad y la fraternidad.

Un hombre tan equilibrado como K. Rahner, hablando de las masas que aclaman al Papa, piensa que conviene preguntar a todas esas personas: «¿Rezáis cuando estáis solos?, ¿lleváis vuestra cruz en la vida real?, ¿pensáis en los pobres de nuestro entorno y en el Tercer Mundo?».

Sin duda, son preguntas que debemos hacernos todos los que hemos aclamado con entusiasmo al Santo Padre. ¿Qué sentido podría tener aclamar a Juan el Bautista y no escuchar sus palabras: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo»?

Y ¿qué sentido puede tener aplaudir al Papa y no oír sus repetidos gritos: «Pensad en los más pobres. Pensad en los que no tienen lo suficiente… Distribuid vuestros bienes con ellos… Dadles parte de forma programada y sistemática… Mirad un poco alrededor... ¿No sentís remordimiento de conciencia a causa de vuestra riqueza y abundancia»

José Antonio Pagola