Domingo III de Adviento

1. Situación

El Adviento, lo celebrábamos así el domingo pasado, está marcado por la Palabra que anuncia la llegada inminente de la era del Cumplimiento, la venida del Mesías. Para nosotros estas frases sólo tienen resonancia de literatura teológica; a lo sumo, de retórica religiosa. Frases solemnes, con apenas incidencia en la vida personal, y ninguna, desde luego, en la social.

¿Qué noticia podrían darnos hoy en la televisión que supusiese un revolcón, un despertar de la humanidad?

Lo fue en un momento, quizá, la caída del muro de Berlín, la convocación del Concilio Vaticano II…

2. Contemplación

Sin embargo, a los oyentes del Bautista, la noticia de la proximidad del Reino les conmocionó las conciencias. El Evangelio de hoy nos habla de ese estado de expectación que suscitó la predicación del profeta:

– «Entonces, ¿qué hacemos?» En esa actitud de compromiso se muestra lo que estaba significando la esperanza mesiánica.

– Pero el Bautista no fomenta lo fácil y espontáneo en estos casos, los sentimientos de fanatismo. Al contrario, a unos y a otros pide la realización práctica de su esperanza mediante el realismo de la justicia y la solidaridad, en su trabajo diario.

– Al introducir, entre los interlocutores, a publicanos y militares, el evangelista anticipa una de las características esenciales del mesianismo de Jesús, la cercanía misericordiosa de Dios. El Dios que viene es Dios de gracia para todos, también para los paganos y los pecadores.

La primera lectura acentúa esta dimensión gozosa de la Salvación.

La carta a los Filipenses supone que el cristiano tiene experiencia de la alegría de la Salvación y la vive como un don normal de su vida. Debe cuidarla, eso sí, o mejor, debe dejar que ese don de la Paz lo guarde a él.

3. Reflexión

Si conociésemos esa Paz, sabríamos por experiencia que el Cumplimiento ha llegado y que Dios ha desbordado nuestras expectativas.

Somos tan ciegos que, después de dos mil años de la era mesiánica, nos parece que todo sigue igual, que la venida de Jesús ha sido una ilusión.

Y tan infantiles que nos quejamos, una y otra vez, de los caminos de la salvación, tan débiles, del estilo de Dios, tan poco triunfador.

Seguimos sin poder coordinar las imágenes del Antiguo Testamento (las primeras lecturas) con la realidad de la Navidad (el Mesías, un niño indefenso en un pesebre).

Sólo se nos ocurre «espiritualizar», o sea, decir que los dones del Nuevo Testamento no son materiales, sino espirituales. ¡Por el contrario, el Evangelio de hoy nos dice que la era mesiánica trae la justicia y la solidaridad social; más, la superación de las barreras religiosas!

Y tan duros de corazón que confundimos la alegría mesiánica con la victoria de nuestra causa (el triunfo de mis ideas, de mi pueblo, de mi grupo, de la Iglesia…).

La paz mesiánica, don de la Pascua, y, por lo tanto, llegada efectiva del Reino, nos libera del miedo a la muerte y de la angustia de nuestra finitud no aceptada, nos abre al amor desinteresado y nos da ojos para discernir las fuerzas transformadoras de la Historia, siempre latentes, nos hace libres «desde dentro», nos posibilita la vida del Hijo, la confianza incondicional en el Padre y la entrega gozosa a su voluntad…

Pero no puedo disponer de ella. En cuanto intento conquistarla o retenerla ansiosamente o confundirla con mis propias capacidades (autocontrol, equilibrio sicológico, tranquilidad de conciencia…), se me escapa. Depende de algo muy simple: abandono confiado y activo en Dios, mirada agradecida y gozosa al Mesías que viene «con Espíritu Santo y fuego, a quien no merezco desatar la correa de sus sandalias».

4. Práctica

Cultiva esta semana esa mirada de fe.

Que no se te quede en un mero sentimiento piadoso, que suscite la pregunta de la gente que escuchaba al Bautista: «¿Qué hacemos? »

Javier Garrido

II Vísperas – Domingo III de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO III DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Marana tha!
¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven, Señor!»
Quien lo oiga, diga: «¡Ven, Señor!»

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Mirad, vendrá el Señor para sentarse con los príncipes en un trono de gloria.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad, vendrá el Señor para sentarse con los príncipes en un trono de gloria.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memoriables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llevemos una vida honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos, la venida del Señor.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llevemos una vida honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos, la venida del Señor.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo: los ciegos ven, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo: los ciegos ven, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.» Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen,
— ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.

Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
— ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.

Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José,
— ven a salvar al pueblo de sus pecados.

Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
— ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
— ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Estás viniendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Domingo III de Adviento

Tradicionalmente ha sólido llamarse a este tercer Domingo de Adviento el Domingo ‘Gaudete’, es decir el Domingo de la alegría. Ahora bien, parece darse un contraste entre este tema de la alegría y la figura de Juan el Bautista, que nos presenta el Evangelio de este Domingo.

Cuando pensamos en alegría, pensamos en fiestas y banquetes, en buenas comidas y buenas bebidas. ¡Juan no bebía más que agua y su régimen se limitaba a un menú de langostas y miel silvestre!

¡Cuando pensamos en alegría, nos imaginamos vestidos elegantes, al paso que la túnica de Juan estaba compuesta de un vestido de piel de camello y de un cinturón de cuero!

¡Cuando pensamos en alegría, pensamos en un comediante que provoca nuestra risa y que ayuda a su auditorio a sentirse bien en su pellejo. La palabra que Juan más utilizaba era: ‘Arrepentíos’!

Lo que sucede es que nosotros confundimos demasiado fácilmente la verdadera alegría y la auténtica felicidad con un sentimiento superficial de bienestar que hallamos en la diversión y el entretenimiento. Claro que en este caso buscamos con facilidad la alegría en la evasión, las fantasías, los placeres, y hacemos nuestra como consecuencia de ello una existencia totalmente superficial y sin sentido profundo.

La vida de Juan el Bautista no era, qué duda cabe, una vida de diversión. Lo que no obsta para que aparezca en el Evangelio como un hombre profundamente dichoso – dichoso porque totalmente libre. Le ha sido confiada una misión, y vive tan sólo para esa misión. No se le plantea problema alguno en reconciliar esta misión con sus intereses personales, porque sencillamente no tiene intereses personales. No hay, pues, lugar alguno en su vida para la frustración. Es un auténtico pobre – uno de esos pobres que son capaces de ver el rostro de Dios. De hecho, cuando se llega Dios a nosotros en la persona de Jesús, es capaz de reconocerlo inmediatamente.

No es posible ver a Dios más que a través de los ojos de Dios, y cuando mira alguien con los ojos de dios, toda la realidad humana se le hace diferente. Ve a un tiempo la belleza y los pecados de la existencia humana. Ve una necesidad de conversión, donde otros ven una realización. El mensaje de Juan, tanto en su persona como en sus palabras, no es una llamada a satisfacción de la plena realización, sino un reconocimiento de la necesidad del hombre de desaparecer ante Dios.

La alegría a la que invita Juan a todo el mundo es la de un corazón contrito y la de una existencia compartida: que quien tiene de a quien no tiene. Que busque cada uno su felicidad en la realización justa y honrada de su deber, trátese de un recaudador de impuestos, de un soldado, o de otra cosa. Una vida para los otros es la forma más auténtica de alegría cristiana, desde que Cristo ha vivido y ha muerto para los demás – para nosotros.

La celebración eucarística constituye una de las ocasiones privilegiadas que se nos ofrecen, en las que la verdadera alegría ha de ser recibida y comunicada a un tiempo. Todos nos llegamos a esta celebración con nuestras preocupaciones personales, con nuestras luchas, con nuestras experiencias de éxito o fracaso, y también – qué duda cabe? – con un bagaje de cosas (ideas, convicciones, etc.) que, sumamente hablando, nos debieran separar. Lo que no obsta para que nos hallemos unidos en la alegría de sabernos todos salvados por el mismo Señor, Jesucristo.

Ojalá pudiéramos ya desde ahora experimentar esa alegría que – como lo esperamos – habrá de brotar en su plenitud en cada uno de nosotros el día de Navidad..

A. Veilleux

Domingo III de Adviento

El mensaje de Juan Bautista presenta un mensaje de honestidad que, en aquella sociedad, se debía considerar “normal”. Por eso, a Juan no lo metieron en la cárcel por denunciar injusticias, sino por los escándalos sexuales de Herodes. Una sociedad se pervierte cuando una mayoría importante de ciudadanos llega a pensar que es lógico aprovecharse de la mayor ganancia posible y a costa de lo que sea. Eso es una sociedad corrupta.

En la sociedad del Imperio (también en Israel), entre el 2 y el 3 por ciento de la población, aproximadamente, poseía la mayor parte de la riqueza del Imperio. Cuando tal desigualdad se ve “normal”, eso es corrupción pura y dura. Corrupción integrada en la “cultura”.

La predicación de Juan Bautista —si nos atenemos al sermón que nos recuerda Lucas— no podía incidir en aquella cultura corrupta, para cambiarla. Jesús fue “otra cosa”. Jesús presentó un programa que, de ser seguido, desmantelaría el mundo de alta posición de los poderosos (cf. Mt 19, 21 par). Lo cual nos plantea una cuestión terrible: ¿creemos nosotros, en nuestros países “cristianos”, en el Evangelio? Si, en Europa o en EE.UU., seguimos votando a gobernantes corruptos y corruptores, ¿vivimos en una sociedad cristiana o seguimos viviendo en la sociedad del Imperio, que se reproduce sin cesar? ¿Quién toma en serio el Evangelio?

José María Castillo

Domingo III de Adviento

DOMINGO III de ADVIENTO

(16 de diciembre)

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:

— «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

Jesús les respondió:

— «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:

los ciegos ven, y los inválidos andan;
los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen;
los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio.
¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»

Al irse ellos, jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:

— «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito:

“Yo envío mi mensajero delante de ti,
para que prepare el camino ante ti.”

Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

(Del Evangelio según san Mateo. Mt 11, 2-11)

Gaudete et exsultate – Francisco I

168. Esto resulta especialmente importante cuando aparece una novedad en la propia vida, y entonces hay que discernir si es el vino nuevo que viene de Dios o es una novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo. En otras ocasiones sucede lo contrario, porque las fuerzas del mal nos inducen a no cambiar, a dejar las cosas como están, a optar por el inmovilismo o la rigidez. Entonces impedimos que actúe el soplo del Espíritu. Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los «signos de los tiempos»— para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21).

Lectio Divina – 16 de diciembre

Lectio: Domingo, 16 Diciembre, 2018

La predicación de Juan el Bautista
para preparar la venida del Reino
Lucas 3,10-18

1. LECTIO

a) Oración inicial

Ven, oh Espíritu Creador, visita nuestras mentes, llena de tu gracia los corazones que has creado. Sé luz para el entendimiento, llama ardiente en el corazón; sana nuestras heridas con el bálsamo de tu amor. Luz de eterna sabiduría, revélanos el gran misterio de Dios Padre y del Hijo unidos en un solo amor. Amén.

b) Lectura del Evangelio

Lucas 3,10-18En aquel tiempo, 10 la gente preguntaba a Juan el Bautista: «Pues ¿qué debemos hacer?» 11Y él les respondía: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.» 12Vinieron también publicanos a bautizarse, que le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» 13 Él les dijo: «No exijáis más de lo que os está fijado.»
14 Preguntáronle también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» Él les dijo: «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas y contentaos con vuestra soldada.»
15 Como el pueblo estaba expectante y andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo, 16declaró Juan a todos: «Yo os bautizo con agua; pero está a punto de llegar el que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 17 En su mano tiene el bieldo para bieldar su parva: recogerá el trigo en su granero, pero quemará la paja con fuego que no se apaga.»
18 Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva.

c) Momentos de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestras vidas.

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura

Parte integrante del mensaje evangélico de Lucas es la necesidad de la conversión; metanoia, o sea, el cambiar la propia mentalidad por el modo de pensar y obrar de Dios. Muchas veces encontramos en el Evangelio de Lucas escenas en la que la misericordia de Dios se manifiesta en Jesucristo para los pobres y los humildes de corazón (Lc 1, 46-5; 2, 1-20; 5, 12-31; 6, 17-38). Estas escenas contrastan con el tratamiento severo reservado a los ricos y orgullosos que tienen el corazón duro y cerrado para Dios y para el prójimo necesitado (Lc 16, 19-31; 17, 1-3).

El texto que nos propone la liturgia dominical, nos presenta esta temática. El pasaje 3, 10-18, es parte de la exposición lucana de la predicación del Bautista como preparación al ministerio de Jesús. Juan Bautista anuncia la venida inminente del día del Señor: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?” (Lc 3,7). Los profetas habían anunciado la llegada de este día de ira y de salvación, como también la venida de un mensajero reconocido como Elías (Sir 48,11), que preparase el camino delante del Señor (Mal 3, 1-5). En la tradición cristiana Juan Bautista es el mensajero que prepara el día de la llegada del Señor, el Mesías: “viene uno que es más fuerte que yo” (Lc 3,16). El ministerio de Juan de hecho se desarrolla en un tiempo de grandes expectativas mesiánicas: “el pueblo estaba expectante” (Lc 3, 15) y pide al Bautista si era él el Mesías. Esta petición se hará también en relación a la persona de Jesús (Lc 9, 7-9; 18-21) que en seguida revela su identidad con la confirmación implícita de la profesión de fe de Pedro.

En los versículos 3,1-18 del evangelio de Lucas, tenemos todo cuanto se refiere al ministerio y la misión de Juan Bautista. Él ha sido enviado para bautizar en señal de arrepentimiento y de predicar la conversión que lleva la salvación: “haced pues obras dignas de conversión” (Lc 3,7); “yo os bautizo con agua” (Lc 3,16). Con su predicación, Juan “anunciaba la buena noticia” (Lc 3,18), que la salvación no estaba reservada para algunos elegidos, sino que se ofrece a todos, incluso a los publicanos y soldados (Lc 3, 10-14) y a todos los que obran con justicia y caridad. Jesús a su vez aclarará más esta verdad con su comportamiento misericordioso hacia los publicanos, los pecadores y los marginados (Lc 7,1-10, 36-50; 17,11-19; 18, 9-14). El tema de la salvación está en los hechos estrictamente ligados a la venida del Reino de Dios, que está en medio de nosotros (Lc 17, 20-21) y tiene una implicación social de justicia, de igualdad entre todas las personas (Lc 3,10-14), por tanto la salvación no es solamente una realidad abstracta e individual, sino real y colectiva. Esta salvación nos viene ofrecida por Dios en aquel que nos bautiza en Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16b). “Él tiene el bieldo para limpiar su era y para recoger el trigo en el granero; pero la paja, la quemará con fuego que no se apaga” (Lc 3,17). Muchas veces con el transcurrir del relato evangélico, Jesús hará símiles referencias en su predicación sobre la venida del Reino, con amonestaciones y parábolas (Lc 13,1-5; 17, 22 – 37). Se puede decir que al tratar del ministerio y la misión de Jesús, Lucas nos hace ver el perfeccionamiento de la predicación y del anuncio de Juan. Aquí se puede hacer referencia a lo que Jesús dice en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oídos con vuestro oídos”. (Lc 4,21)

b) Algunas preguntas

para orientar la meditación y actualizarla

a) Necesidad de la conversión: metanoia o sea, el cambiar la propia mentalidad imperfecta según el modo de pensar y de obrar de Dios. ¿Siento yo esta necesidad?

b) La misericordia de Dios se manifiesta en Jesucristo para los pobres y para los humildes de corazón. ¿Me identifico con ellos?

c) “El pueblo estaba expectante” (Lc 315) Los primeros cristianos esperaban con ansia la segunda venida del Señor: El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven! Y aquel que escuche repita: ¡Ven!” (Apoc 22,17). ¿Atiendo yo a la venida del Señor o estoy del todo inmerso en la vida material, y por tanto, atraído desordenadamente por todo lo que pasa?

d) En la tradición cristiana Juan Bautista es el mensajero que prepara al pueblo a la primera venida del Señor Jesús, el Mesías. La Iglesia ha recibido la misma misión de preparar el camino del Señor que viene: “¡Sí, vendré presto!” (Apoc 22, 20). ¿Qué puedo yo hacer para preparar la segunda venida del Señor?

e) La salvación no está reservada para algunos elegidos, sino que se ofrece a todos, incluso a los que son considerados por nosotros “indignos” de la salvación de Dios. En el tiempo de Jesús en la categoría de “indignos” se incluían los publicanos y paganos. Hoy, ¿quiénes son esas personas que tantas veces vienen consideradas “indignas” de la salvación?

f) El tema de la salvación está estrechamente unido a la venida del Reino de Dios, que tiene una implicación social de justicia: “He aquí que yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21,5). ¿Qué puedo yo hacer para promover la justicia en un mundo que parece que gusta de caminar con estructuras de injusticia social?

3. ORATIO

a) Salmo 97 (96, 1-7, 10-12)

¡Reina Yahvé! ¡Exulte la tierra,
se alegren las islas numerosas!
Nubes y densa bruma lo rodean,
justicia y derecho afianzan su trono.

Delante de él avanza fuego,
que abrasa en torno a sus adversarios;
iluminan el orbe sus relámpagos,
lo ve la tierra y se estremece.
Los montes se derriten como cera,
ante el Dueño de toda la tierra;
los cielos proclaman su justicia,
los pueblos todos ven su gloria.
¡Se avergüenzan los que adoran ídolos,
los que se glorían en puras vanidades;
todos los dioses le rinden homenaje!

Yahvé ama al que odia el mal,
preserva la vida de sus fieles,
los libra de la mano del malvado.
La luz despunta para el justo,
el gozo para los rectos de corazón.
Justos, alegraos en Yahvé,
celebrad su memoria sagrada. 

b) Oración final

Oh Verbo, esplendor del Padre, en la plenitud de los tiempos, Tú has bajado del cielo, para redimir al mundo. Tu evangelio de paz nos libre de toda culpa, infunda luz a la mentes, esperanza a nuestros corazones. Cuando vengas como Juez, entre los esplendores del cielo, acógenos a tu derecha en la asamblea de los bienaventurados. Alabanza al Cristo el Señor, al Padre y al Santo Espíritu, como era en el principio ahora y por siglos eternos. Amén.

4. CONTEMPLATIO

La contemplación es el saber unir nuestro corazón y nuestra mente al Señor que con su Palabra nos transforma en nuevas personas que cumplen siempre su voluntad. “Sabiendo estas cosas, seréis dichosos si la ponéis en práctica” (Jn 13,17).

Domingo III de Adviento

El mundo está en evolución y los hombres y las mujeres que lo integramos tenemos en nuestras manos la enorme responsabilidad de que su curso corra hacia la perfección, la mediocridad o el desastre universal.

Recordábamos el domingo pasado que hay uno, Jesús de Nazaret, que se ha ofrecido para llevar a buen término esa importantísima empresa. Nos lo decía ya hace mucho tiempo el Profeta Sofonías. No estamos solos: “El Señor, está en medio de ti”. (1ª lec. 3, 14-18a)

La solución está en nuestras manos si como aquellos que escucharon a Jesús (3 lec. Lc. 3, 10-18) sabemos decirle con voluntad de compromiso: “Señor, nosotros ¿qué debemos hacer”?

Si sabemos escucharle, le oiremos decir cosas como estas:

En tu vida familiar, esfuérzate por vivir intensamente el amor con tu pareja, con tus hijos. Lucha por salir adelante airosamente pero no te dejes dominar por las cosas. Que vuestras cosas sean eso, vuestras cosas, no vuestros señores. Que en tu hogar reine el amor no el egoísmo, ni la violencia, ni nada que pueda separaros, que pueda enfrentaros.

Le oiríamos decir también: en tu trabajo, si eres patrón, paga con justicia, trata con respeto a tus trabajadores, haz de tu empresa una pequeña o grande familia. Si eres obrero, trabaja diligentemente, no estropees material ni produzcas gastos innecesarios. Siéntete compañero de los que trabajáis juntos.

Si tienes alguna autoridad, sea del orden que sea, empléala en servir a los demás. Aquellos sobre los que ejerces tu autoridad no son tus siervos sino tus encomendados. Atiéndelos y ayúdalos desde tu posición a que mejoren su situación personal.

Si eres estudiante, fórmate seriamente. Eres uno de los eslabones en la carrera del progreso de la humanidad. No te contentes con ser una medianía. Las medianías solo alumbran a medias. No creas en el estudiante que solo piensa en divertirse, eso solo vale para los que no valen para otra cosa. La juventud es para ser feliz pero madurando, alcanzando una personalidad férrea.

Así iría Jesús recordándonos a cada uno de nosotros nuestras personales responsabilidades.

A todos nos diría, fuera la que fuera nuestra condición: sacerdote, vida consagrada, político, noviazgo, viudedad, soltería, deportista, lo que quiera que seas, nos diría, nos gritaría: cumple fielmente tus compromisos, hazlo de la mejor manera posible y siempre con una gran apertura a los demás. Construye un mundo humano donde rijan los valores, donde se respete a la persona, donde merezca la pena vivir.

San Pablo en la segunda de las lecturas (Fil. 4, 4-7) sintetizaba el perfil del cristiano con estas palabras: “Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres”. Para ello les recuerda también: presentad al Señor vuestras necesidades mediante la oración. Sed hombres de oración, de meditación en las enseñanzas del Evangelio.

Jesús fue el iniciador de esa formidable idea: amaos los unos a los otros, es decir, sed buenos unos con otros y pensad en Dios en vuestros compromisos diarios.

Para concretar y que no divagáramos sobre “eso” de ser buenos insistió en el valor de unos preceptos que ya Dios había dado al pueblo judío en el Sinaí: los mandamientos. Con ellos nos orienta en actitudes concretas que nos conducen a una sana y fructífera relación con Dios y con los demás.

No he venido a destruir la Ley sino a perfeccionarla, dijo expresamente Jesús (Mt. 5,17)

Así lo hizo en lo referente a las relaciones con Dios, que pasan de ser con el Ser Absoluto a las de con un Padre que nos ama y nos contempla como hijos. En lo referente a nuestra convivencia con los demás, cambió el sentido “nonista” de su formulación: no robes, no mientas, no hieras, no levantes falsos testimonios, no codicies los bienes de los demás, etc. etc. es decir, no hagas daño a otros, por una formulación eminentemente positiva: ama a los demás como a hermanos, hazles todo el bien que puedas como corresponde a quienes se sienten hijos de un mismo Padre: Dios.

Todo esto puede parecernos quimérico, poético, algo fuera del mundo en el que vivimos. Sí, puede parecerlo, por lo sublime del mensaje y por lo extraño en un mundo convertido en un inmenso mercado, pero es la gran aportación de Jesús como remedio a nuestros grandes males; a nuestra “regresiva” paganización.

¿Qué quieres de mí?, ¡Señor!. Esa es la pregunta que puede salvarnos.

No dejemos de formulárnosla. El futuro está en nuestras manos si sabemos aprovechar la oferta de Jesús.

Que así lo hagamos para que la Navidad, la venida de Jesús, cumpla su cometido de salvar al mundo. AMÉN

Pedro Sáez

¿Qué podemos hacer?

La predicación del Bautista sacudió la conciencia de muchos. Aquel profeta del desierto les estaba diciendo en voz alta lo que ellos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías. Algunos se acercaron a él con esta pregunta: ¿Qué podemos hacer?

El Bautista tiene las ideas muy claras. No les propone añadir a su vida nuevas prácticas religiosas. No les pide que se queden en el desierto haciendo penitencia. No les habla de nuevos preceptos. Al Mesías hay que acogerlo mirando atentamente a los necesitados.

No se pierde en teorías sublimes ni en motivaciones profundas. De manera directa, en el más puro estilo profético, lo resume todo en una fórmula genial: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga lo mismo». Y nosotros, ¿qué podemos hacer para acoger a Cristo en medio de esta sociedad en crisis?

Antes que nada, esforzarnos mucho más en conocer lo que está pasando: la falta de información es la primera causa de nuestra pasividad. Por otra parte, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Tenemos que conocer, en toda su crudeza, el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.

No basta vivir a golpes de generosidad. Podemos dar pasos hacia una vida más sobria. Atrevernos a hacer la experiencia de «empobrecernos» poco a poco, recortando nuestro actual nivel de bienestar, para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir.

Podemos estar especialmente atentos a quienes han caído en situaciones graves de exclusión social: desahuciados, privados de la debida atención sanitaria, sin ingresos ni recurso social alguno… Hemos de salir instintivamente en defensa de los que se están hundiendo en la impotencia y la falta de motivación para enfrentarse a su futuro.

Desde las comunidades cristianas podemos desarrollar iniciativas diversas para estar cerca de los casos más sangrantes de desamparo social: conocimiento concreto de situaciones, movilización de personas para no dejar solo a nadie, aportación de recursos materiales, gestión de posibles ayudas…

Para muchos son tiempos difíciles. A todos se nos va a ofrecer la oportunidad de humanizar nuestro consumismo alocado, hacernos más sensibles al sufrimiento de las víctimas, crecer en solidaridad práctica, contribuir a denunciar la falta de compasión en la gestación de la crisis… Será nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 16 de diciembre

Una esperanza gozosa y comprometida

      Si el Evangelio del domingo pasado situaba el nacimiento de Jesús, y con él el comienzo de la nueva Alianza, en un momento histórico concreto, las lecturas de hoy nos sitúan ante la necesidad de vivir este Adviento concreto en el aquí y ahora de nuestras vidas. La Navidad ya está cerca y preparar nuestra comunidad, nuestra familia y mi propia persona para esa celebración exige una cierta dedicación y atención. 

      Las dos primeras lecturas nos hablan de una actitud básica para este tiempo de Adviento: la alegría. La lectura de Sofonías comienza con una invitación a levantar la cabeza y el corazón: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, alégrate y gózate”. Hay una razón fundamentalista para que podamos disfrutar de esa alegría. Como dice el mismo profeta, “El Señor ha cancelado nuestra condena, se goza y se complace en nosotros”. Y termina con la única conclusión posible: “El Señor te ama”. Lo que se acerca, lo que vamos a celebrar dentro de unos días es el comienzo de la historia de nuestra definitiva liberación de todo lo que nos oprime, nos encadena y no nos deja ser personas. Lo que nos libera es precisamente ese amor que Dios nos tiene. La segunda lectura incide en la misma idea. Pablo pide a los filipenses, y a nosotros también, que estemos alegres en el Señor. Podemos confiar totalmente en él –nada nos ha de preocupar– y la paz de Dios habitará en nuestros corazones. La razón sigue siendo la misma: el Señor está cerca, nuestra liberación ya está en marcha. Ésa es la verdadera y más profunda razón para la alegría y el gozo del cristiano.

      El Evangelio nos ofrece otra perspectiva de la misma realidad. La alegría se expresa en el anuncio de la Buena Nueva de la salvación realizado por Juan Bautista. Pero la acogida de esa noticia no nos puede dejar indiferentes. Tiene consecuencias para nuestra vida. Lo mismo que los que escuchaban a Juan le preguntaron qué debían hacer, hoy también nos podemos hacer la misma pregunta. La respuesta de Juan no fue la misma para todos. Más bien tuvo en cuenta la diversa situación de cada persona. A unos se les pide compartir lo que tienen, a otros practicar la justicia, a otros no hacer daño a nadie ni abusar de su poder. Ahora es cuestión nuestra mirar a nuestra vida y preguntarnos qué hemos de hacer. Quizá no valga la misma respuesta para todos. Y a cada uno le tocará ser honesto y aplicar su respuesta a su propia vida. En todo caso, hay que saber que corre prisa hacerlo porque ya está cerca el que nos “bautizará con Espíritu Santo y con fuego”. Nuestra alegría no puede darse si no hay un verdadero cambio, una verdadera conversión. La Buena Nueva, si la acogemos en el corazón, nos cambia la vida y nos ayuda a descubrir el verdadero gozo: “el que viene es el que nos ama”.

Para la reflexión

      ¿Cómo podría vivir y expresar la alegría en estos días últimos de Adviento y en la Navidad que se aproxima? ¿En que puntos concretos mi vida debería cambiar si quiero acoger de verdad al Jesús que viene? ¿En la relación con los otros, con mi familia, conmigo mismo?

Fernando Torres, cmf