Heb 10, 5-10 (2ª lectura Domingo IV de Adviento)

La “Carta a los Hebreos” es un texto anónimo, escrito probablemente, poco antes del año 70 y dirigido a una comunidad cristiana constituida mayoritariamente por cristianos venidos del judaísmo. Es una comunidad en la que el entusiasmo inicial parece haber dado paso a una fe adormecida y poco comprometida; la perspectiva de nuevas dificultades provoca el desánimo y comienza a haber un peligro real de desvíos doctrinales.

La “carta” es una presentación del misterio de Cristo, subrayando especialmente la dimensión sacerdotal de su misión.

Recurriendo al lenguaje litúrgico judío, el autor presenta a Jesús como el “sumo sacerdote” de la nueva “alianza”, que hace la mediación entre Dios y los hombres.

En la secuencia, el autor aprovecha para reflexionar sobre la condición cristiana que deriva de la misión sacerdotal de Cristo: los creyentes, puestos en relación con el Padre por Cristo sacerdote, están insertos en ese Pueblo sacerdotal que es la comunidad cristiana y deben hacer de su vida un continuo sacrificio de alabanza, de acción de gracias y de amor.

El texto que se nos propone, pertenece la tercera parte de la carta (Heb 5,11- 10,39). Ahí, el autor reflexiona sobre los rasgos principales del sacerdocio de Cristo.

En el mundo vétero-testamentario, quien quería celebrar su comunión con Dios, o manifestar su entrega absoluta a Dios, u obtener el perdón de sus pecados, ofrecía en sacrificio un animal, que el sacerdote ponía en la manos de Yahvé.

Sin embargo, la inutilidad y la ineficacia de estos sacrificios habían sido ya afirmadas por los profetas (cf. Is 1,11-13; Jr 6,20; 7,22; Os 6,6; Am 5,21-25; Mi 6,6-8), porque se trataba de ritos externos, que no siempre correspondían con una actitud sincera del corazón del oferente.

Poniendo en la boca de Jesús las palabras de un salmista (cf. Sal 40,7-9), el autor de la “Carta a los Hebreos” afirma que, en el mundo de la nueva “alianza”, no es ya el sacrificio de animales el que realiza la comunión con Dios, sino la entrega absoluta del creyente a Dios; es la encarnación de Jesús, la entrega total de la vida del propio Cristo, o su respeto absoluto por el proyecto y por la voluntad del Padre, los que permiten la aproximación y la relación del hombre con Dios.

Quien quiera descubrir al Padre y acercarse a él, que mire a Jesús; porque Jesús nos enseñó, con su obediencia al proyecto del Padre, cómo debe ser esa relación de filiación con Dios.

La reflexión puede tocar, entre otros, los siguientes puntos:

La encarnación de Jesús, su “aquí estoy, Padre”, corresponde al proyecto de Dios de traer a los hombres hacia sí, de establecer con ellos una relación de filiación y de amor.
En estos días en los que preparamos la Navidad, estamos invitados a contemplar la acción de un Dios que ama de tal forma a los hombres, que envía a nuestro encuentro al Hijo, a fin de conducirnos a la comunión con él.

El encuentro con Dios, no se realiza a partir de rituales externos (la ropa, la comida, los cantos, las procesiones, las oraciones, las liturgias solemnes, el incienso, los adornos suntuosos), sino a través de lo realizado por Cristo, el Hijo que entregó su vida, para que el proyecto del Padre se hiciera presente en la vida de los hombres y para que los hombres, aprendiendo a amar y a entregarse de una forma total, acepten convertirse en “hijos de Dios”.

El encuentro con Cristo significa aprender, con él, la obediencia y la disponibilidad al proyecto de Dios.
¿Cómo nos situamos ante esta propuesta?
¿Qué cuenta más, nuestros intereses personales (aun siendo legítimos), o el proyecto de Dios?