Homilía – Domingo IV de Adviento

LA FUERZA DE LOS DÉBILES

«SE HA FIJADO EN LA HUMILDE CONDICIÓN DE SU ESCLAVA»

«Mis caminos no son vuestros caminos», advierte el Señor. Esto es lo que de forma palmaria quieren poner de relieve las lecturas de hoy al presentarnos a quienes han tenido una responsabilidad primaria en el misterio de la encarnación y nacimiento del Enviado de Dios. ¡Con lo que a nosotros nos gusta la grandeza!

Dios, sin embargo, es desconcertante. «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46), exclama Natanael cuando Felipe le va a presentar a Jesús. Era opinión general que no se sabía el lugar de origen del Mesías, porque no podía nacer en cualquier localidad pobre y humilde, y, por eso, a pesar del testimonio de la Escritura, creían en una procedencia misteriosa; pero Miqueas afirma proféticamente: «Esto dice el Señor: Pero tú, Belén de Efratá, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel» (Miq 5,1).

Todo en el entorno de Jesús será humilde, pobre, irrelevante. La mujer elegida para ser su madre es una aldeana de unos dieciséis años, sin cultura, pobre, hija de unos humildes vecinos de un villorrio, llamado Nazaret, perdido en las montañas de Galilea, en el extremo norte del país. María es marginada por ser mujer en la sociedad civil y en el ámbito religioso. Jesús nace en estas condiciones como un niño más de los pocos que nacen en Belén, otra aldea a la que han viajado sus padres para inscribirse en el censo del Imperio. Aquí y así empieza el acontecimiento supremo de la historia y la mayor revolución de la humanidad. Una revolución que ha congregado a miles de millones de seguidores de aquel Niño pobre, que nacerá en el más absoluto anonimato. El tema del poder de los débiles en manos de Dios no es sólo un tema favorito de Lucas, el evangelista de los pobres, sino que es una constante de toda la Historia de la Salvación: Dios sólo puede hacer maravillas «en» y «por» quien tiene un corazón pobre, humilde y servicial.

Canta la Iglesia de sí misma por boca de María: «El Señor hace maravillas en los que se sienten humildes servidores». Confiesa Gustavo Gutiérrez, iniciador e inspirador de la teología de la liberación: «Lo que me importa de verdad es la fe de mi pueblo y la fe que tengo como gracia del Señor. Lo más interesante que hay en Iberoamérica es la fe del pueblo, la enorme entrega y santidad que hay en muchas personas que trabajan anónimamente. Ellas, y no las personalidades o los teólogos, son las que representan a la Iglesia». Esto no se contrapone a que Dios haga maravillas «en» y «por» personas muy dotadas psicológica y culturalmente, siempre que sean pobres y humildes de corazón.

Dios no sólo desea realizar milagros «en» y «por medio» de personas humildes y sencillas, sino que quiere que aceptemos sus interpelaciones proféticas. María e Isabel, a pesar de ser marginadas por su condición de mujeres en el mundo civil y religioso, profetizan. «Las mayores interpelaciones de Dios – confesaba un teólogo- las he recibido del pueblo pobre y llano».

No olvidaré la interpelación a favor de los pobres de un trabajador del antiguo astillero Bazán, un verdadero profeta. Su palabra zamarreó al hablar con una fogosidad sorprendente de la pasión de Jesucristo por los pobres y por la justicia. El silencio reverencial que provocaban sus palabras era tangible. Impresionaba escucharle la denuncia de traición de los cristianos al mensaje y a la actitud de Jesús ante los pobres y excluidos. Como garantía inequívoca de sus palabras está su vida de servicio incondicional a ellos. Dedica todo el tiempo libre después de su jornada laboral a ayudar a personas y familias a través de Caritas parroquial. ¿Vamos a taparnos los oídos ante esta interpelación como hicieron algunos pretextando: «¿Qué nos puede enseñar a nosotros esa persona sin cultura? Bien, le ha dado por la chifladura de los pobres…». Sin embargo, ¡con qué encomios ensalza el párroco su entrega!

 

A DISPOSICIÓN DE DIOS

La mera condición de persona o colectivo humilde y sencillo no convierte automáticamente en mediador eficaz de salvación. Se necesitan las actitudes y disposiciones que animaban el espíritu de María:

Pasión por el Reino. Para ser mediadores eficaces de salvación y no obstáculo es preciso estar, como María, apasionados por el Reinado de Dios con espíritu de servicio. Sólo quien ama, quien se da desinteresadamente, revela el rostro de Dios. Quien sólo se busca a sí mismo, aunque sea en las tareas más sagradas, no sólo no ayudará a que el Señor sea acogido, sino que será un estorbo y causa de negación de la fe, porque generará conflictos, confusión y descrédito. María sólo buscó servir: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1,38).

Cuando Juan XXIII anuncia el Concilio Vaticano II, altos dignatarios se lo rebaten con dureza como una improvisación peligrosa. Monseñor Capodevila, su secretario, que contempla la escena y es quien lo relata, le comenta: «Santidad, ¿cómo pudo tener tanto coraje para oponerse a tan altos dignatarios? ¿No sabe que le puede costar serios disgustos?». «Mira, le replica el Papa con firmeza, desde que he puesto el amor propio debajo de los pies, no le tengo miedo a nadie y me opongo con justicia a quien sea». Precisamente, porque no se buscó a sí mismo, el mundo le debe la primavera de la Iglesia que fue el Concilio.

Dejarse guiar por Dios. Es preciso averiguar y discernirlos proyectos que Dios nos tiene reservados, como María; ella dialoga y discierne la voluntad de Dios antes de pronunciar su «sí». Esto mismo hizo Pablo: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10), como han hecho siempre los grandes creyentes. No se puede ir por libre; no es cuestión de embarcarse en el primer compromiso que se me ocurre porque me resulta gratificante o por acceder a la primera llamada de un amigo, de un compañero o de un miembro de una organización. Es preciso discernir la voluntad de Dios, descubrir dónde quiere que estemos y actuemos. Y esto no sólo a nivel personal, sino también de familia, grupo o comunidad. Sólo seremos mediación eficaz en manos del Espíritu cuando con toda disponibilidad, como María, digamos: «He aquí tu servidor incondicional para hacer tu voluntad y no la mía» (Cf. Lc 1,38; 22,42).

La unión hace la fuerza. El sujeto primario de la evangelización y de la construcción del Reino es la comunidad, no el creyente individualmente. Jesús envía a los suyos en comunidad: «Id y haced discípulos de todas las naciones» (Mt 28,19), «curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios» (Mt 10,8). Difícilmente abriremos las puertas de los corazones a Cristo si cada uno de sus discípulos va de francotirador. «La unión hace la fuerza», dice el viejo refrán. En este sentido fallan rotundamente las matemáticas: «Un débil más otro débil, afirma Leonardo Boff, más otro débil, no son tres débiles, sino tres fuertes». Señala Helder Cámara: «Cuando uno sueña, pues es un sueño; cuando sueñan varios al mismo tiempo, ya es realidad». Ir por libre es, la mayoría de las veces, quemarse inútilmente y no hacer nada.

La unión es origen de grandes instituciones eclesiales y humanitarias: Francisco de Asís y otros cinco formarán el grupo de «los locos de Asís», que desencadenarán la gran revolución franciscana; otro tanto ocurre con los carmelitas, jesuitas, claretianos y demás institutos religiosos de la Iglesia.

Confianza en Dios. «No temas, María; el Señor está contigo». Y el ángel le confirma: «Para Dios no hay nada imposible» (Lc 1,28.37). Si después del discernimiento estoy seguro de que el compromiso que he abrazado es voluntad de Dios, he de estar seguro también de que el Señor me proporcionará las luces y las fuerzas necesarias para llevarlo a cabo. Como Dios a todos los profetas, el Señor resucitado le dice a Pablo: «No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo» (Hch 18,10). Esto dice también a todo el que se embarca en una aventura inspirada por él.

«Cuando sé que algo es clara voluntad de Dios, me decía un joven, nada me asusta ni me detiene». ¿Por qué asustarse ante las arduas propuestas del Señor si Él está detrás como garantía? Por eso, hemos de exclamar como Pablo: «Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?» (Rm 8,3 ).

Atilano Alaiz