Lunes III de Adviento

Hoy es 17 de diciembre.

Esperamos al Salvador. En este tiempo de Adviento, renovamos nuestra confianza en el Señor de la vida. Mientras te dispones a empezar estos minutos en su presencia, disponte, dejando reposar tu respiración, mientras repites en tu interior, ven, Señor, Jesús.

MARANATHA, MARANATHA,
VEN, SEÑOR, JESÚS.

 Ven, Señor, Jesús
porque el mundo ardiendo está
hay llamas de terror
son llamas de dolor
se olvidó tu palabra de amor,
se cambió por la opresión
de hombres sobre otros.

 Ven, Señor, Jesús
a mis ojos da la luz
como al ciego del camino
haz que pueda alabarte,
y que sepa encontrarte
en el hombre,
olvidado por el hombre,
que ansía tu venida.

Maranatha interpretado por Nico Montero, «Lo nuevo ha comenzado»

La lectura de hoy es del salmo 71 (Sal 71):

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

El Señor viene para renovar todo. Esta es la esperanza de los cristianos. Puedes preguntarte como has leído en este fragmento del Salmo si realmente te sientes a punto para acoger la radical novedad que Dios trae con el nacimiento de Jesús.

Una justicia que no es como la que nosotros conocemos. Es la justicia que cambia el orden de las cosas. Una justicia que exalta lo humilde, que resplandece en la debilidad. Te puedes preguntar si en tu vida, vives de acuerdo con esta manera de mirar que propone Jesús, o si en cambio te acomodas fácilmente al esquema de fuerza y poder que propone nuestro mundo. Pídele que te dé sus ojos para ver.

La paz verdadera es fruto de la justicia, sólo puede darse si dejas que Jesús, manifestado especialmente en lo pequeño y frágil, sea el núcleo de tu existencia.

Al volver a leer este texto, se te invita a contemplar la belleza de Dios, que se manifiesta en tantas cosas a nuestro alrededor. El Señor llena nuestro corazón a través de las maravillas que nos rodean. Imagina que el salmo hubiera sido escrito hoy, con imágenes de hoy en día, quizás sonaría parecido a esto.

Un salmo desde hoy

Dios mío, da tu juicio al gobernante, al diputado, al presidente, al juez, para que, inspirados por Ti, ejerzan su función con justicia, para que sean honestos en su trato a las personas más débiles. Que nuestras calles, nuestros institutos y nuestras empresas sean espacio de paz, y nuestras ciudades sean recintos de justicia. Que quien tiene poder defienda a los más humildes, y socorra a los hijos del pobre. Que, cuando tú habites en los corazones de los poderosos, la paz y la justicia se extiendan más allá de fronteras, de lenguas, de leyes y de papeles, por los cinco continentes. Que tu nombre sea eterno, y se cuente tu verdad y tu bendición en la prensa, en las redes, entre todas las razas de la tierra.

Dios te invita a preparar profundamente el corazón para ser su templo. La amistad con él se desarrolla día a día en el diálogo, en el compartir la vida. Dedica un tiempo para culminar esta oración, para compartir con Jesús todo lo que está en tu interior, pidiéndole que sepa recibirle en esta Navidad que se acerca.

Alma de Cristo, santifícame,
Cuerpo de Cristo, sálvame,
Sangre de Cristo, embriágame,
Agua del costado de Cristo, lávame,
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme,
no permitas que me aparte de ti,
del maligno enemigo, defiéndeme.
y en la hora de mi muerte, llámame,
y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos.
Amén.

Liturgia 17 de diciembre

LUNES DE LA III SEMANA DE ADVIENTO, feria

Misa de la feria – 17 de diciembre (morado)
 
Misal: Antífonas y oraciones propias, Prefacio II o IV de Adviento.
 
Leccionario: Vol. II
• Gén 49, 1-2. 8-10. No se apartará de Judá el cetro.
Sal 71. En sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.
• Mt 1, 1-17. Genealogía de Jesucristo, hijo de David.
_________________________________________________________________________
Antífona de entrada Cf. Is 49, 13
Exulta, cielo; alégrate, tierra, porque viene nuestro Señor y tendrá misericordia de sus pobres.
Acto penitencial
Estamos en la recta final del Adviento, es decir, que debemos estar a la expectativa, o, mejor dicho, en vigilante espera. La voz de los profetas, que mantuvo en vilo las esperanzas del pueblo de Israel castigado tantas veces en su historia, suena para nosotros, castigados o fustigados por un mundo que nos sofoca. La voz de los profetas es la voz de Dios que nos alerta. Algo grande está a punto de ocurrir. Por ello, nosotros pedimos ahora, al comenzar la celebración, que el Señor se compadezca de nosotros, y perdone nuestros pecados.
• Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo.
• Tú que abarcas del uno al otro confín y ordenas todo con firmeza y suavidad.
• Ven, y muéstranos el camino de la salvación.
Oración colecta
Oh, Dios, creador y redentor de la naturaleza humana,
que has querido que tu Verbo
se encarnase en el seno de María, siempre virgen,
escucha complacido nuestras súplicas,
para que tu Unigénito, hecho hombre,
nos haga partícipes de su divinidad.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Oración de los fieles
Levantemos, hermanos, nuestra alma a Dios y supliquémosle que disponga el corazón de los hombres para recibir al Salvador, que ya está cerca.
1.- Para que Dios se digne mirar y visitar a la Iglesia, viña que su derecha plantó. Roguemos al Señor.
2.- Para que como María, los jóvenes extiendan con la entrega radical de sus vidas el Reino que nos trae el Emmanuel. Roguemos al Señor.
3.- Para que conceda a todos los gobernantes trabajar por la paz y la justicia. Roguemos al Señor.
4.- Para que se acuerde de las promesas hechas a nuestros padres de Israel. Roguemos al Señor.
5.- Para que restaure en todos nosotros la imagen de su Hijo, y así contemplemos su salvación. Roguemos al Señor.
Oh Dios, origen de la sabiduría y principio de nuestra salvación, que por un designio de tu bondad, bendijiste a aquellas antiguas generaciones que fueron el camino por el que tu Hijo vino al mundo, escucha nuestras oraciones y bendice con tus dones a quienes nos preparamos para celebrar el misterio de la Navidad. Por Jesucristo nuestro Señor.
 
Oración sobre las ofrendas
Santifica, Señor, las ofrendas de tu Iglesia
y haz que, por estos sagrados misterios,
merezcamos recibir el pan del cielo
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio II o IV de Adviento
 
Antífona de comunión Cf. Ag 2, 7
Vendrá el deseado de todos los pueblos y se llenará de gloria la casa del Señor.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
que nos has alimentado con el don divino,
te pedimos que, inflamados por el fuego de tu Espíritu,
resplandezcamos delante de Cristo que se acerca,
como luminarias de su gloria.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición solemne
— Dios todopoderoso y rico en misericordia, por su Hijo Jesucristo,
cuya venida en carne creéis y cuyo retorno glorioso esperáis,
en la celebración de los misterios del Adviento,
os ilumine y os llene de sus bendiciones.
Amén.
— Dios os mantenga durante esta vida firmes en la fe,
alegres por la esperanza y diligentes en el amor.
Amén.
— Y así, los que ahora os alegráis
por el próximo nacimiento de nuestro Redentor,
cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria
recibáis el premio de la vida eterna.
Amén.
— Y la bendición de Dios todopoderoso
del Padre, del Hijo † y del Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
Amén.

San Juan de Mata

SAN JUAN DE MATA

(+ 1213)

Hay muchas oscuridades en la vida de San Juan de Mata, debido, parte a la humildad del interesado, poco propenso a llamar la atención, parte a la existencia de varias tradiciones, entre ellas una española y otra francesa, no siempre conformes entre sí. Y como ocurre a menudo en casos semejantes, se ha querido remediar a nuestras ignorancias con leyendas edificantes desprovistas de base histórica y acogidas con facilidad excesiva por escritores llenos de las mejores intenciones, pero faltos de verdadero sentido crítico. Trataremos, sin embargo, de entresacar lo cierto que ofrecen las varias tradiciones, aunque muchas veces resulta dificilísimo fijar la cronología.

Por ejemplo, para la fecha del nacimiento del Santo se ha hablado de 1154, mientras el año generalmente aceptado es el de 1160. Ciertos documentos españoles le llaman Joannes de Matha o de Mataplana, apellido de una familia muy conocida en Cataluña. El hecho es que Juan de Mata nació en una aldea de la Alta Provenza, Fauçon, cerca de Barceloneta, cuando esta región dependía de la corona de Aragón. Es, por lo tanto, un santo franco-español, aunque algo más francés que español por los acontecimientos de su vida, como se verá luego. Sus padres eran Eufemio o Eugenio, barón de Mata, y Marta o María Fenouillet, de distinguida familia marsellesa.

Por esta última circunstancia se ha supuesto que, de joven, el hijo del matrimonio pudo conocer en el puerto de Marsella los daños que los piratas musulmanes infligían a los cristianos, ver a los cautivos berberiscos que vivían esclavos en la ciudad a consecuencia de las inevitables represalias, y concebir así el deseo de trabajar al rescate o al canje de los cautivos de ambas orillas del Mediterráneo. Mas, para esta obra de caridad, se necesitaba entonces pertenecer al clero, y, por consiguiente, hacia los años 1180, Juan se fue a estudiar a París, en donde tomó el grado de doctor en teología y recibió el sacerdocio. Quiere una piadosa leyenda que, durante la celebración de su primera misa (¿1193?), haya tenido la revelación de la Orden que iba a instituir: cuando la elevación de la hostia consagrada le apareció un ángel o, según otros, el mismo Jesucristo, con un vestido blanco y una cruz azul y encarnada sobre el pecho; tenía a sus lados dos cautivos, un moro y un cristiano, parecía que se disponía a canjearlos, y le ordenó fundar una Orden religiosa para la redención de los cautivos. Dos amigos de Juan, el obispo de París, y el abad de San Víctor, le aconsejaron entonces hiciera el viaje a Roma para ofrecerse al Soberano Pontífice, someterle su proyecto y acatar su decisión.

Juan llegó a Roma a principios de 1198, después de haber pasado por Fauçon para saludar a sus padres. El Papa era en aquel tiempo Inocencio III. Poco partidario de la multiplicación de las órdenes religiosas, parece que acogió al peregrino con frialdad y le negó el permiso para fundar un nuevo instituto. Pero, según otra piadosa leyenda, también un ángel o el mismo Señor Jesucristo vino a revelarle el error que había cometido, apareciéndole en las mismas condiciones que a San Juan de Mata en París años antes.

Inocencio hizo llamar a Juan otra vez y él mismo le impuso el hábito blanco adornado de una cruz azul y encarnada que también había visto durante su visión. La cruz, desde luego, es el símbolo de la Redención, y los tres colores son el símbolo de la Santa Trinidad: el blanco, color perfecto, representa al Padre; el azul, al Hijo, a causa de los sufrimientos de la pasión, el encarnado, al Espíritu Santo, Se dice, aunque no se sabe nada cierto, que el fundador puso su Orden bajo la invocación de la Trinidad porque es el dogma cristiano que más ofende a los musulmanes, a, quienes, desconociendo su sentido verdadero, parece absurdo y blasfematorio, y juzgó deber glorioso confesarlo y proclamarlo frente al Islam. Después, el Papa le mandó regresar a París para elaborar con el obispo de la ciudad y el abad de San Víctor, sus amigos, la regla de la nueva Orden. Así lo hizo, y volvió a Roma para presentarla a Inocencio III, quien la reprodujo en la bula de aprobación de 17 de diciembre de 1198. De este modo nació la Orden de la Santísima Trinidad y Redención de Cautivos.

La regla primitiva de 1198 confirma, en efecto, que la Orden queda consagrada a la Santísima Trinidad. Dispone, además, que en cada convento habrá tres sacerdotes y tres legos, más el superior o ministro, y que las rentas de cada comunidad irán divididas en tres partes iguales: las dos terceras para el sustento y funcionamiento del mismo convento y el ejercicio de la hospitalidad, y la última para el rescate de los cautivos. Impone también el silencio, el ayuno y la abstinencia de carne en condiciones análogas a las de las demás órdenes religiosas, pero con cierta austeridad, puesto que el comer carne se autoriza únicamente unos pocos domingos y festividades del año y que a los religiosos sólo se les permite el pescado cuando están viajando fuera de sus conventos. Otros artículos se refieren al noviciado y a la entrada en la Orden, a los usos litúrgicos, al status de los ministros, etc. La regla primitiva dispone igualmente que los religiosos llevarán por encima del hábito blanco una capa adornada con una cruz. Es curioso notar que no precisa el color de esta cruz, que llegó a ser azul y encarnada a consecuencia de la doble tradición que hemos recordado. Esta regla de 1198, que choca por su carácter incompleto y esquemático, parece obra personal de San Juan de Mata. De todos modos, ignoramos qué parte tomaron en ella el obispo de París y el abad de San Víctor. En cuanto al papa Inocencio III, según toda probabilidad, no hizo ninguna corrección al texto que se le sometió. 

La Orden, favorecida por el rey Felipe Augusto, fundó sus primeras casas en Francia, especialmente en el lugar llamado Cerfroy o Cerfroid (actual departamento de Aisne), cuyo convento acabó siendo el centro del nuevo instituto. Inocencio le dió en Roma el convento de Santo Tomás in Formis, situado sobre el monte Celio. Desgraciadamente, poco sabemos de la vida del Santo entre la bula de 1198 y su fallecimiento. Parece que hizo un viaje de redención a Marruecos en 1199 y otro a Túnez en 1200 con el mismo objeto, que presidió a las fundaciones de Arlés y de Marsella hacia 1200-1203 y que procedió a varias fundaciones en España de 1205 a 1209, siendo las más importantes, las de Lérida, Toledo, Segovia, Burgos y Daroca. Pasó los últimos años de su existencia en Roma, dedicándose a la predicación y al cuidado de los pobres, de los enfermos y de los, prisioneros. Allí murió santamente, en el convento de Santo Tomás in Formis, a fines del año 1213 (17 de diciembre, aniversario de la bula de aprobación, según la fecha generalmente admitida). San Juan de Mata no ha sido canonizado oficialmente. Su culto, muy tardío, se introdujo públicamente en la Iglesia de modo indirecto con la aprobación de su oficio por la Congregación de Ritos en 14 de agosto de 1666 y con la inserción de su nombre en el Martirologio en 27 de enero de 1671. El 6 de mayo de 1679 el papa Inocencio XI fijó su fiesta en 8 de febrero y un decreto de la Congregación de Ritos de 1694 la hizo extensiva a la Iglesia universal.

Ha dicho un historiador que San Juan de Mata resultó mucho más célebre después de su muerte que durante su vida. Su existencia transcurrió en la penumbra, casi en la oscuridad. No pensó en su persona, sólo pensó en su obra y su mayor deseo fue desaparecer detrás de ella o fundirse con ella. El investigador puede lamentarlo, pues esta circunstancia le priva de datos y documentos y le complica la tarea. Pero el cristiano debe admirar tan honda abnegación, este practicar el Ama nesciri al pie de la letra, y aprovechar la lección de humildad que encierra. Abnegación y humildad que, como siempre, fueron muy fecundas. La Orden de los Trinitarios se difundió rápidamente por Europa, especialmente por Francia, España, Portugal e Italia. Sigue existiendo todavía, a pesar de que ha desaparecido el principal objeto de su fundación (pero siempre habrá cautivos en el mundo, prisioneros en las cárceles materiales de los hombres, prisioneros de la cárcel espiritual del pecado). De esta Orden han salido congregaciones femeninas de renombrada historia y que actualmente se dedican útilmente a la educación de las jóvenes. Pero, para comprender convenientemente y medir en sus verdaderas proporciones el alcance de la obra de San Juan de Mata, hay que representarse las circunstancias históricas en que nació y que explican su rápido desarrollo: las luchas de la Reconquista en la península Ibérica y las piraterías marítimas de los musulmanes llenaban las mazmorras de la España mora y del norte de África de una muchedumbre de cristianos que sufrían y gemían en una esclavitud muchas veces durísima, y siempre expuestos, además, en un momento de dolor o de flaqueza, a renegar la fe de sus antepasados. La Orden de la Santísima Trinidad respondía, por lo tanto, a una necesidad grave y urgente. San Juan de Mata la fundó, pues, contra el peligro y el azote que hemos dicho, y que no desapareció con la toma de Granada (1492), puesto que los piratas berberiscos y turcos siguieron asolando el Mediterráneo y, hasta el Atlántico oriental y atacándo las costas de España, Francia e Italia. Sin disputa, uno de los mayores timbres de gloria de la Orden de San Juan de Mata es en 1580 el rescate por un padre trinitario, fray Juan Gil, del ilustre manco de Lepanto Miguel de Cervantes, cautivo en Argel desde el año de 1575, en que fue apresado por unas galeras turcas mientras pasaba de Italia a España.

ROBERT RICARD

Laudes – Lunes III de Adviento

LAUDES

INVOCACIÓN INICIAL

Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Al rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Ya muy cercano, Emmanuel,

hoy te presiente Israel,

que en triste exilio vive ahora

y redención de ti implora.

Ven ya, del cielo resplandor,

Sabiduría del Señor,

pues con tu luz, que el mundo ansía,

nos llegará nueva alegría.

Llegando estás, Dios y Señor,

del Sinaí legislador,

que la ley santa promulgaste

y tu poder allí mostraste.

Ven, Vara santa de Jesé,

contigo el pueblo a lo que fue

volver espera, pues aún gime

bajo el cruel yugo que lo oprime.

Ven, Llave de David, que al fin

el cielo abriste al hombre ruin

que hoy peude andar libre su vía,

con la esperanza del gran día.

Aurora tú eres que, al nacer,

nos trae nuevo amanecer,

y, con tu luz, viva esperanza

el corazón del hombre alcanza.

Rey de la gloria, tu poder

al enemigo ha de vencer,

y, al ayudar nuestra flaqueza,

se manifiesta tu grandeza. Amén.

SALMO 83: AÑORANZA DEL TEMPLO

Ant. Mirad, vendrá el Señor, príncipe de los reyes de la tierra; ¡dichosos los que estén preparados para salir a su encuentro!

¡Qué deseables son tus moradas,
Señor de los ejércitos!
Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichosos los que encuentran en ti su fuerza
al preparar su peregrinación:

cuando atraviesan áridos valles,
los convierten en oasis,
como si la lluvia temprana
los cubriera de bendiciones;
caminan de baluarte en baluarte
hasta ver a Dios en Sión.

Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;
atiéndeme, Dios de Jacob.
Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,
mira el rostro de tu Ungido.

Vale más un día en tus atrios
que mil en mi casa,
y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados.

Porque el Señor es sol y escudo,
él da la gracia y la gloria;
el Señor no niega sus bienes
a los de conducta intachable.

¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre
que confía en ti!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad, vendrá el Señor, príncipe de los reyes de la tierra; ¡dichosos los que estén preparados para salir a su encuentro!

CÁNTICO de ISAÍAS: EL MONTE DE LA CASA DEL SEÑOR EN LA CIMA DE LOS MONTES

Ant. Cantad al Señor un cántico nuevo, llegue su alabanza hasta el confín de la tierra.

Al final de los días estará firme
el monte de la casa del Señor,
en la cima de los montes,
encumbrado sobre las montañas.

Hacia él confluirán los gentiles,
caminarán pueblos numerosos.
Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob:

él nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus sendas;
porque de Sión saldrá la ley,
de Jerusalén, la palabra del Señor.»

Será el árbitro de las naciones,
el juez de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven,
caminemos a la luz del Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cantad al Señor un cántico nuevo, llegue su alabanza hasta el confín de la tierra.

SALMO 95: EL SEÑOR, REY Y JUEZ DEL MUNDO

Ant. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria.

Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones;
porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.

Pues los dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo;
honor y majestad lo preceden,
fuerza y esplendor están en su templo.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda;
decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá
él gobierna a los pueblos rectamente.»

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque,

delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

LECTURA: Is 11, 1-3a

Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.
V/ Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.

R/ Su gloria aparecerá sobre ti.
V/ Amanecerá el Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sabed que está cerca el Reino de Dios, os aseguro que no tardará.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sabed que está cerca el Reino de Dios, os aseguro que no tardará.

PRECES

Oremos a Dios Padre, que trazó desde antiguo un plan de salvación para su pueblo, y digámosle:

Guarda a tu pueblo, Señor.

Oh Dios, que prometiste a tu pueblo un vástago que haría justicia,
— vela por la santidad de tu Iglesia.

Inclina, oh Dios, el corazón de los hombres a tu palabra
— y afianza la santidad de tus fieles.

Por tu Espíritu consérvanos en el amor,
— para que podamos recibir la misericordia de tu Hijo que se acerca.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que nos mantengamos firmes, Dios de clemencia,
— hasta el día de la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Llenos de alegría por nuestra condición de hijos de Dios, digamos confiadamente:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna, se encarnase en el seno de María, siempre Virgen, escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.