Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica

60.- “El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa hecha a los patriarcas, el pueblo de la elección (cf. Rm 11, 28), llamado a preparar la reunión un día de todos los hijos de Dios en la unidad de la Iglesia (cf. Jn 11, 52; 10, 16); ese pueblo será la raíz en la que serán injertados los paganos hechos creyentes (cf. Rm 11, 17-18.24).”

Es el pueblo nacido de Abraham. En primer lugar nosotros somos el pueblo nacido de Abraham, porque Abraham engendra un pueblo no meramente biológico, sino que es nuestro padre en la fe. Yo también creo que habría que decir que el propio Abraham tiene una peregrinación interior. Ese hombre que peregrina a la tierra que Dios le va a mostrar también creo que hay que señalar que no veamos en Abraham alguien que no tiene la más mínima duda, alguien perfecto, alguien con una imagen inalcanzable para nosotros. Nosotros muchas veces cuando hablamos de Abraham solemos fijarnos en el texto: sal de tu tierra, vete a la tierra que yo te voy a mostrary vemos el gran acto de confianza de escuchar esa voz de Yavé y marcharse. Y luego también nos solemos acordar en episodio de Isaac, de esa obediencia a la fe, capaz de hacer ese amago de estar dispuesto a sacrificar a su hijo, a su único hijo Isaac y entonces parece que la figura de Abraham es una figura inimitable, por el grado de confianza que tiene. Pero no es verdad porque uno lee todos los capítulos que hacen referencia a Abraham, en el libro del Génesis que si no mal recuerdo creo que está en el capítulo 12 al 25. Y claro se da cuenta de que Abraham es un hombre de carne y hueso, como cualquiera de nosotros y que tiene sus luchas interiores y que le cuesta confiar y le cuesta creer. Abraham tiene sus temores y es el hombre abierto a la palabra de Dios, es verdad, pero en parte, porque también es frágil. Él tiene miedos, miedo de ser mal visto, miedo a ser marginado, miedo a no ser considerado. Por ejemplo llama la atención que cuando Abraham, en un momento determinado, baja a Egipto, allí oculta la identidad de su mujer Sara, la oculta porque tenía un instinto él de defensa, que dice claro si llego con una mujer hermosa a Egipto, les va a atraer mi mujer y como yo soy el marido, me van a eliminar a mí para quedarse con mi mujer. Entonces a mí me van a matar y se quedan con mi mujer. Y él le dice a su mujer Sara: Oye Sara no les digas que eres mi mujer, vamos a decirles que eres mi hermana. Y claro, fijaros qué debilidad por parte de Abraham que él había confiado en la palabra de Dios, pero luego tenía fragilidades porque claro, tiene un instinto de conservación de su vida que hasta es un instinto excesivo, porque también le lleva hasta la indignidad de ponerle a su mujer de manera que es, al verla como su hermana y pensando que no tiene compromiso, el faraón se siente atraído por ella y la lleva con él. Luego cuenta el relato como el faraón vio que al haber tomado a esa mujer, empezó a recibir como maldiciones, o vio que los dioses no aprobaban que hubiese cogido esa mujer y entendió que debía pedirles que marchasen pues porque había habido una serie de acontecimientos en su vida que él había interpretado como que los dioses egipcios, o como los entendiese él, no habían bendecido que hubiese tomado esa mujer. Entonces es cuando se entera que es la mujer de Abraham y le dice, ¿por qué me has ocultado que era tu mujer? Seguro que yo he sido castigado por los dioses por eso, y entonces les manda fuera.

¿A dónde voy? A lo que voy es que sorprende que el hombre tan valiente para dejar su tierra, tan valiente para estar dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, tuviese esa debilidad de decir, Sara no digas que eres mi mujer, porque igual me van a matar a mí para quedarse contigo. Diles que eres mi hermana. Pues vaya debilidad. O por ejemplo también hay otros momentos de dudas. Cuando Yavé le promete que de él va a hacer un pueblo, un pueblo numeroso, él cree a Yavé. Mira no puedes tener hijos, eres un hombre mayor, pero haré de ti un pueblo numeroso. Y entonces el hace un acto de fe y cree. Pero curiosamente, aunque cree y Dios no le da inmediatamente cumplida esa promesa, pues él dice: Yavé me prometió eso pero no lo cumple, entonces de repente su mujer Sara le dice, por qué no tomas a mi criada Agar, la tomas en mi nombre y concibes con ella un hijo y será como yo te he dado a la esclava para que concibas en ella, será como si fuese hijo nuestro. Y curiosamente Abraham aceptó, le escuchó a Sara. Le había escuchado a Yavé que le iba a dar un hijo, pero luego cae en la tentación. Como Dios no le daba inmediatamente cumplimiento de que iba a tener descendencia, pues bueno, cae en la tentación de escuchar también a Sara, a su mujer, que ella le da la esclava y entonces se une a la esclava y tiene el hijo que es Ismael. Uno dice, pero no te había dicho Yavé que tendrías descendencia. ¿cómo no has tenido más paciencia? Finalmente, más tarde, le daría el hijo natural que tendría con su mujer Sara, que sería Isaac. Al principio cayó en la tentación porque no se terminaba de fiar. Qué quiero decir con todo esto, que existe una lucha también en el corazón de Abraham. Esa peregrinación que hace Abraham, no sólo es una peregrinación geográfica, es que también es una peregrinación espiritual. En un lugar dentro de él, dentro de cada uno de nosotros tiene lugar esa peregrinación que vamos caminando de nuestros miedos a la confianza en Dios. Tenemos que irnos desprendiendo. Ese sal de tu tierra es también un sal de tus miedos, sal de tus incoherencias, sal de tu sí pero no, no pero sí. Es impresionante la lectura de la historia de Abraham porque es nuestro padre en la fe, es el peregrino en la fe y bien nos puede significar a nosotros, nos representa a nosotros en esa peregrinación que cada uno tenemos para buscar al hombre plenamente confiado en Dios.

Lo mismo pasa también, podemos decir más episodios todavía, el episodio de cuando concibe la criada Agar, la criada, en el momento que ha concebido ya se siente con más derechos, porque yo aquí estoy haciendo de madre de alquiler, como diríamos hoy en día. Y se siente con mas derechos y eso suscita los celos de Sara que ve a la criada que se está engriendo y entonces la maltrata y va a despedirla, y la echa fuera de casa a pesar de estar embarazada de su marido. La echa fuera por los celos que ha cogido. Entonces Abraham por una parte dice, no me habías dicho que me ibas a dejar a la criada para concebir, ahora cómo la echas fuera. Pero resulta que Abraham le tiene miedo a su mujer, cualquiera le dice a mi mujer que está teniendo una ataque de celos. No te das cuenta que es absurdo que tú me hayas dicho que tome a la criada para concebir con ella y ahora le despidas llevando al hijo en su seno. Pero le tiene miedo a su mujer y entonces no se atreve a decírselo y consiente con que Agar sea expulsada con su hijo en su seno. Es decir, que vemos la figura de un Abraham que perfectamente podemos ser cualquiera de nosotros en esa lucha interior. Y si esto lo trasladamos a lo que es nuestra situación interior todos tenemos duplicidades. Por ejemplo la del joven rico en el Nuevo Testamento, que quiere seguir a Dios, seguirle pero al mismo tiempo, cuando Jesús le dice, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, ven y sígueme. Entonces, de repente, él dice, toma, eso es mucho, yo no puedo, me entra miedo, me tiemblan las piernas y no es capaz de dar ese salto adelante. O por ejemplo la parábola de los talentos que sí, uno tiene unos talentos dados por Dios pero tuve miedo y enterré el talento. Fijaros que en la parábola de los talentos tuvo miedo. O sea que los miedos de Abraham son los de todos los tiempos, los de todos los hombres. Aquellos a los que Jesús también hablo del temor servil.

Existe en nosotros, cuando las cosas nos van mal, cuando pintan en bastos, como se dice, solemos tener la tentación, en vez de seguir confiando en Dios, a las duras y a las maduras, como se dice, tenemos la tentación de salir del apuro con algún acto de autodefensa, con ese instinto de conservación que nos hace agarrarnos a falsas seguridades. Sin embargo, en medio de esa tentación, Dios nos da gracia de decir, tengo miedo pero confío en ti, me refugio en ti, Señor. Que es lo que finalmente hace Abraham, que es lo que finalmente estamos llamados a realizar. Tengo miedo y tengo tentaciones, por el miedo que tengo a agarrarme a esto, a agarrarme a lo otro, pero a pesar de estas dificultades, me fío en ti, me abandono en ti. Para mí tu palabra es más determinante que mis miedos. Este es, si queréis, la conclusión última. A ti Señor me acojo, líbrame de la injusticia, sé tu mi roca, mi fortaleza, mis manos, en tus manos pongo mi espíritu. En la angustia acudo a ti.

Continuamos con esta explicación del apartado Dios elige a Abraham, dentro de esta descripción de cómo son las etapas de la revelación. En el punto 60, que habíamos leído se habla de que el pueblo nacido de Abraham es depositario de la promesa hecha a los patriarcas, el pueblo de la elección. Nosotros somos el pueblo de la elección. Tenemos que entender bien esta expresión. Se nos remite a Rom 11, 28, que dice. Leo un par de versículos antes para coger el contexto: «No quiero que ignoréis hermanos este misterio, no sea que presumáis de sabios. El endurecimiento parcial que sobrevino a Israel, durará hasta que entre la totalidad de los gentiles. Así todo Israel será salvo, como dijo la escritura: vendrá de Sión el liberador, alejará de Jacob las impiedades y ésta será mi alianza con ellos cuando haya borrado sus pecados. En cuanto al evangelio, son enemigos para vuestro bien, pero en cuanto a la elección, amados en atención a sus padres.»

Ese texto de Rom 11, he leído del versículo 25 al 28, es curioso porque viene a decir una profecía de que Israel, que al principio mayoritariamente rechazó a Jesucristo como el Mesías que estaba esperando el pueblo judío, como una profecía de que al final de los tiempos, acogerá, reconocerá en Jesucristo al salvador. Dice, Y así todo Israel será salvo. El endurecimiento parcial que sobrevino a Israel, endurecimiento parcial porque muchos judíos lógicamente sí reconocieron a Jesucristo. Empezando por todos los apóstoles, que todos ellos eran judíos. Pero que ese endurecimiento durará hasta que los gentiles, hasta que la palabra de Dios se extienda a todos los gentiles, a todos los pueblos. Y una vez que todos los pueblos hayan conocido a Jesucristo, entonces Israel se convertirá, reconocerá a Jesucristo. Es curiosa esta profecía. Porque en ella, es como si dijésemos, somos el pueblo de la elección pero curiosamente no en el sentido que nosotros tengamos un privilegio, que nos tengamos que sentir por encima de los demás pueblos. Curiosamente los demás pueblos, los paganos, los gentiles van a conocer, van a aceptar a Jesucristo antes que el pueblo elegido. Fíjate tu que contradicción. El pueblo elegido tendría que haber sido el primero en reconocer a Jesucristo, pues según esta profecía y según vemos también en los hechos, resulta que el evangelio se expande más fácil y se expande antes por los pueblos paganos y los judíos quedan con una resistencia mayoritaria, que no total, pero mayoritaria a reconocer a Jesucristo. Al final esta profecía de Pablo dice: cuando todos acepten, cuando los pueblos acepten a Jesucristo y el evangelio llegue a todas las gentes, entonces el pueblo de Israel acogerá también a Jesucristo. Es decir, que no nos podemos engreír en eso de ser el pueblo de la elección. En casa de herrero cuchillo de palo como se dice. Pero cómo es posible, pues sí mira así suele ser. Precisamente para que no nos ufanemos de ser hijos de Dios o ser el pueblo elegido, la raza elegida. Dios sabe más y él sabe cómo hace las cosas. Existía lógicamente un peligro en ser el pueblo de la elección y el peligro era que uno se ufane, que uno se sobrecrezca por ello y se piense que su raza está por encima de las demás y cosas por el estilo. Resulta que al final los pobres, los que vienen de fuera, los gentiles, los que dice el evangelio que cuando los invitados a la cena no quisieron acoger la invitación, sale a los cruces de los caminos y a los pobres que veas pasar invítalos primero. Esta es la realidad. Nosotros somos de esos pobres que pasaban por el cruce de los caminos y fuimos invitados a entrar porque resulta que los de casa, los de casa eran los judíos, aquellos a los que vino Jesús, pues tuvieron un rechazo mayoritario. Mira cómo son las cosas. Pero el pueblo judío era instrumento de unidad para nosotros y ahora nosotros tenemos que ser instrumento de unidad para ellos. El caso es que Dios quería convocarnos a todos, quiere convocarnos a todos a través del pueblo de la elección.

Al final el pueblo en que todos nos unimos, no es Israel, no es Europa, no es Estados Unidos, no es Japón, no es China, el pueblo en que todos nos unimos es la Iglesia. Porque todo el mundo tiene que salir de su tierra para llegar a la unidad. El japonés tiene que salir de Japón y el español tiene que salir de España y el americano de Estados Unidos, y en el fondo también el israelí tiene que salir de su tierra. Todo el mundo tiene que salir de su tierra y entrar en la nueva tierra que yo les mostraré, hacer la unidad, que es la Iglesia. Todo el mundo tiene que salir de sí mismo para conseguir esa unidad.

Algún texto del Nuevo Testamento, Juan 11, 52,  es cuando Caifás, sumo sacerdote pronunció esa palabra profética sin darse cuenta él de lo que estaba diciendo, conviene que un justo muera por el bien de todos, dice el texto, esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que como era sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Es decir, unir en uno, no sólo la nación, sino a todos los dispersos. Es impresionante ver cómo el evangelio nos muestra a Jesús entregando su vida por la unidad. Para que todos seamos uno. En Juan 10, 16 dice, también tengo otras ovejas que no son de este redil, se refiere a los paganos, también a estas les tengo que conducir y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. El corazón de Jesús sueña en la unidad, sueña en que no halla ninguna oveja fuera del redil. Y lucha por ello. Y aunque tengamos en momentos concretos de la historia la sensación de decir, más que buscar, más que ir en camino de conseguir la unidad, si parece que las ovejas saltan fuera del redil por todas las esquinas, si lo que parecería es que el redil se está vaciando más que estemos buscando la oveja perdida. Lo que digo es no nos dejemos engañar que Dios es dueño de la historia y él la conduce por caminos que sólo él sabe hacia la unidad. Aunque halla episodios tan duros de división y de traición y de abandono dentro de los hijos de Dios que están bautizados, sin embargo tenemos la plena garantía de que el espíritu está suscitando la unidad entre todos nosotros. Termina diciendo, ese pueblo será la raíz en que será injertados los paganos hechos creyentes. Nosotros somos injertados en ese pueblo que es Israel, somos injertados en él. Porque claro no somos hijos biológicos, porque eso importa poco, porque se puede ser hijo biológico, el pueblo de la raza de Israel, y no reconocer a Jesucristo, con lo cual de poco sirve la biología. Acordaros de la famosa frase de Jesús, somos hijos de Abraham y dice Jesús yo de éstas piedras podría hacer hijos de Abraham, luego no os ufanéis de ser hijos de Abraham según la raza, que lo importante es serlo según la fe.

Se nos ofrece otro texto que es Rom 11, 17-18. 24. Es un texto que puede costar un poco entenderlo pero verdaderamente dice mucho. Que si algunas ramas fueron desgajadas mientras tú, olivo silvestre, olivo silvestre se entiende por nosotros, por los que somos paganos y las ramas desgajadas son los judíos que no creyeron en Jesucristo. Repito, que si algunas ramas fueron desgajadas mientras tú, olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas, hecho partícipe con ellas de la raíz y de la savia del olivo, no te engrías contra las ramas.Es decir, tú ahora, nosotros los que hemos sido paganos, de un pueblo que no fue el pueblo judío, ahora no nos engriamos con las ramas judías, no nos levantemos frente a los judíos y si  te engríes, sábete que no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz te sostiene a ti. Si es Jesucristo el que te ha dado gratuitamente la fe, ahora no te pienses que tú eres… Porque si tú fuiste cortado del olivo silvestre, que eras por naturaleza, es decir, si tú fuiste cortado, dejaste de ser pagano, fuiste cortado del árbol silvestre e injertado en el árbol de la salvación, que es el pueblo judío, porque si tú fuiste cortado del árbol silvestre que eras por naturaleza, para ser injertado contra tu natural en el olivo cultivado, con cuánta más razón ellos, o sea los judíos, según su naturaleza, serán injertados en su propio olivo. Es un texto para que no tengas justificación ninguna en atacar al pueblo judíos, para que nos demos cuenta de que el pueblo judío rechazó mayoritariamente a Jesucristo pero mira no nos sintamos con derecho de acusarles de nada. No te sientas con derecho de acusarles de nada, que al fin y al cabo nosotros hemos recibido gratuitamente el don de la fe gracias a ese pueblo judío, que ellos rechazasen a Jesucristo en gran parte, pero no nos engriamos frente a ellos, porque nosotros somos hijos de la gracia, hijos de la misericordia, luego tengamos misericordia también con ellos. Viene a decirnos este texto impresionante que para quien quiera leerlo es Rom 11, 17-18. 24.