Jueves III de Adviento

Hoy 20 de diciembre.

Señor, terminando este tiempo de Adviento, quiero prepararme para tu venida. No esperas a que sea perfecto, ni esté dignamente preparado. Es en medio de mis pobrezas y mis rutinas, donde tú te encarnas. Así, pobre y distraído, me sereno y acojo tu palabra.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 1, 26-38):

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.

Dios entra en la historia pidiendo  permiso a una joven asustada. El ángel no obliga a María y sus primeras palabras son de pura gratuidad. Así es como Dios toma la iniciativa. Alégrate porque el Señor está contigo. No temas.

María es la que pregunta cómo y no por qué. Ante una noticia imposible, ella confía. ¿Cómo será eso? No pregunta por qué ella, por qué no otra. María se fía y tan sólo pregunta cómo sucederá lo que Dios ha anunciado.

Dios cumple sus promesas. Un Dios que engendra vida en María e Isabel. La Virgen y la estéril. La demasiado joven y la demasiado anciana. Nada es imposible para él. Todo el espectro de la vida puede ser bendecido y salvado por Dios. Lo nuevo y lo viejo, la ilusión y el desgaste. En sus manos, todo puede llenarse de vida.

Vuelvo a leer el texto y me fijo en la cantidad de nombres que aparecen en este pasaje. María, la joven de Nazaret, su esposo, san José, su prima Isabel, el ángel Gabriel, el niño que se llamará Jesús. La entrada de Dios en la historia, es a través de personas concretas. Gente de carne y hueso como yo.

Señor, también te encarnas en este mundo. Mis historias y problemas no te son ajenos. Hazme receptivo a tu palabra. Déjame comprometerme con un sí activo, como el de María.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Liturgia 20 de diciembre

JUEVES DE LA III SEMANA DE ADVIENTO, feria

Misa de feria – 20 de diciembre (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio II o IV de Adviento.

Leccionario: Vol. II

  • Is 7, 10-14. Mirad: la virgen está encinta.
  • Sal 23. Va a entrar el Señor; él es el Rey de la gloria.
  • Lc 1, 26-38. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.

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Antífona de entrada Cf. Is 11, 1; 40, 5; Lc 3, 6
Brotará un renuevo del tronco de Jesé y la gloria del Señor llenará toda la tierra. Toda carne verá la salvación de Dios.

Acto penitencial
Brotará un renuevo del tronco de Jesé y la gloria del Señor llenará toda la tierra. Todos verán la salvación de Dios. Junto a la voz del Bautista, que descubre la presencia del Mesías en medio de su pueblo, la Liturgia de Adviento nos recuerda el silencio de María que lo lleva en sus entrañas. De igual modo, todos los cristianos formamos ese pueblo de Dios en el que está escondida la presencia del Salvador, el Deseado de todos los pueblos. Pero nosotros también somos la Iglesia que peregrina, igual que María, la Virgen Madre de Dios, llevando en sus entrañas el Futuro del mundo, el Señor que ha de manifestarse al final de los tiempos.

Comencemos la celebración de la Eucaristía pidiendo perdón al Señor por las veces que nos hemos encerrado a Cristo para nosotros mismos y no lo hemos querido dar a conocer a los demás.

• Oh llave de David y Cetro de la casa de Israel.
• Tú que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir.
• Ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Oración colecta
Oh, Dios de eterna grandeza,
ya que la Virgen Inmaculada,
por el anuncio del ángel,
acogió tu Verbo inefable
y, transformada en templo de tu divinidad,
se llenó con la luz del Espíritu Santo,
concédenos que, a ejemplo suyo,
aceptemos humildemente tu voluntad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Pidamos ahora, hermanos, la ayuda de Dios que ama a su pueblo con amor eterno, y supliquémosle que se acuerde de nosotros y de todos los hombres.

1.- Para que la Iglesia, a ejemplo de la Virgen María, esté siempre en actitud de acogida obediente a la voluntad de Dios. Roguemos al Señor.
2.- Para que el Señor escuche la oración de la Iglesia, la bendiga con nuevas y santas vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal y dé fecundidad a su tarea misionera. Roguemos al Señor.
3.- Para que los que ejercen autoridad y poder en el mundo sepan fiarse de la providencia de Dios, que conduce la historia. Roguemos al Señor.
4.- Para que los enfermos y todos los que sufren descubran la presencia misteriosa de Jesucristo en su mismo dolor. Roguemos al Señor.
5.- Para que todos nosotros nos preparemos a recordar la Natividad del Señor Jesús con un corazón bien dispuesto. Roguemos al Señor.

Dios y Padre nuestro, Señor de los señores, que elegiste a la Virgen María para ser la Madre de tu Hijo y aceptaste la ofrenda de su vida; escucha nuestras plegarias y, por su intercesión, haz que acojamos tu palabra en nuestros corazones y estemos siempre dispuestos a servirte dócilmente en el cumplimiento de tu voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, este sacrificio único,

para que, al participar en este misterio,
recibamos los dones que la fe nos hace esperar.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio II o IV de Adviento

Antífona de comunión Cf. Lc 1, 31
El ángel dijo a María: «Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús».

Oración después de la comunión
Protege, Señor, con tu poder divino
a los que alimentas con los dones del cielo,
para que, al participar en tus misterios,
les concedas gozar de la paz verdadera.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne
— Dios todopoderoso y rico en misericordia, por su Hijo Jesucristo,
cuya venida en carne creéis y cuyo retorno glorioso esperáis,
en la celebración de los misterios del Adviento,
os ilumine y os llene de sus bendiciones.
Amén.

— Dios os mantenga durante esta vida firmes en la fe,
alegres por la esperanza y diligentes en el amor.
Amén.

— Y así, los que ahora os alegráis
por el próximo nacimiento de nuestro Redentor,
cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria
recibáis el premio de la vida eterna.
Amén.

— Y la bendición de Dios todopoderoso
del Padre, del Hijo † y del Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
Amén.

Santo Domingo de Silos

SANTO DOMINGO DE SILOS
Abad benedictino


Nació: Cañas (La Rioja, España), 1000

Murió: Silos, 20-diciembre-1073

Canonización: 1076

Si nos atenemos a la tradición oral, única de la que en este caso podemos servirnos, el santo abad nació en el año 1000. El lugar donde vio la luz es una pequeña aldea llamada Cañas, perteneciente a la actual Rioja Alta. En el bautismo recibió el nombre de Domingo. Debido a su lugar de adopción, hoy es conocido como Santo Domingo de Silos. Amante de las cosas bien hechas, procuró ser en cada momento coherente con su consagración bautismal y realizar trabajos y labores que le eran encomendadas y estaban en consonancia con su edad.

 

ABAD DE SILOS

Como abad de Silos, mediado el siglo XI, se encontró con un «monesterio, que fue rico logar, mas era tan caydo que se queríe ermar , como dice su biógrafo Gonzalo de Berceo. Tal situación, que parecía desesperada, no arredró, sin embargo, a Domingo. Asumió con brío el desafío y se empleó a fondo en la ingente tarea de reanimar espiritual, cultural y materialmente el viejo cenobio. Aunque no desfalleció ante tamaña tarea, sí tuvo que enfrentarse a situaciones muy difíciles y dolorosas. Sin embargo, de todas ellas salió victorioso porque era sólida su confianza en la gracia y el poder divino. Tuvo el consuelo de ver cómo aumentaba el número de monjes, los cuales secundaban sus proyectos en la medida en que sus fuerzas y sus cualidades se lo permitían. Tampoco le faltó la colaboración de numerosos bienhechores, comenzando por el «buen rey» don Fernando y siguiendo por sus hijos Sancho II el Fuerte y Alfonso VI. Todos cooperaban con el santo abad para levantar de su lamentable postración al cenobio silense.

El monasterio se asienta en lo más angosto y oriental de un valle recoleto, llamado Tabladillo. Aunque situado a mil metros sobre el nivel del mar, está protegido de los fríos, propios de un clima meseteño, por los montes de Cervera, Peñacoba y Carazo, estribaciones calcáreas de la sierra de la Demanda, que lo rodean y favorecen un microclima muy característico. Un siglo había ya transcurrido desde el momento en que el conde Fernán González le otorgara una carta de fueros y franquicias. Entonces el monasterio tenía como titular al mártir San Sebastián. Era un testigo de Cristo en quien el abad Domingo tenía un buen modelo a imitar. En efecto, los mártires se caracterizan por defender valientemente su fe y abrazarse a las mayores penurias y dificultades por defenderla; hasta el punto de no dudar en perder la propia vida por la causa del reino de Dios. De ahí que, ya en sus mismos orígenes, los monjes los miraron como modelo y se consideraron sus sucesores naturales. Siguiendo su ejemplo, aunque generalmente sin llegar al derramamiento de su sangre, el ideal monástico lleva consigo una consagración radical, hasta las últimas consecuencias, en el seguimiento de Jesucristo.

Domingo, en medio de las urgencias y necesidades de todo tipo, normales, por otro lado, en una tarea tan ardua como es la reconstrucción espiritual, material y cultural de un monasterio, sabía que ni debía, ni podía, claudicar ante las adversidades. La experiencia ya le había enseñado que el desánimo no es cristiano, dado que pone en evidencia una falta de confianza en quien todo lo puede. En cambio, sí son muy cristianas las virtudes en las que él se ejercitaba diariamente. Por ejemplo, sabía que la esperanza y la fortaleza, cuando están motivadas por una fe profunda y robusta, no sólo pueden mover montañas, sino hasta cambiar los corazones. En efecto, la fe es la que salva. Es una fe animada por el amor de caridad, que todo lo puede y «no pasa nunca». Todo esto había tenido ocasión de aprenderlo y ejercitarlo en las diferentes etapas de su vida: como joven pastor del ganado paterno en su adolescencia, como sacerdote secular en su pueblo natal, y como ermitaño, etapa a la que consagró año y medio de su vida antes de ingresar como monje en el monasterio de San Millán de la Cogolla. En el claustro su virtud brilló de tal forma que le fue encomendada la restauración de un priorato dedicado a Santa María en el mismo Cañas, escuela que de tanto le habría de servir años más tarde. Y, finalmente, con el aplauso de toda la comunidad, fue nombrado prior de aquel gran monasterio emilianense.

EL EJEMPLO DE SU VIDA

En la vida de Domingo, el natural de Cañas, «el abad santo de Silos», como le llama Berceo, tenemos una hermosa lección de cómo hay que sacar rendimiento al tiempo del que disponemos en el curso de nuestra peregrinación terrena. Su vivir y su hacer nos aleccionan. Su ejemplo y su intercesión nos apremian a no malgastar el tiempo de salvación que tenemos a nuestra disposición. Se trata de saber dar a nuestra existencia su sentido pleno, con el fin de llevar a feliz término la misión que nos ha sido encomendada. En esta tarea el «Santo Bendito», como es llamado familiarmente por los fieles de Silos y Cañas, puso de su parte cuanto pudo, y fue mucho.

Del joven Domingo nos dice Berceo que, »Essa virtud obrava en este su amado, / por essi ordenamiento vivíe tan alumbrado, / sinon de tales días non serie seriado, / siempre es bien apreso qui de Dios es amado». En Santo Domingo de Silos tenemos un ejemplo de vida evangélica, de entrega generosa, de caridad exquisita, de amor a todos, especialmente a los más necesitados. Permaneció siempre abierto a cuanto es bello y bueno. En pos de su Maestro Jesucristo, el único ideal válido para Domingo, como ha de serlo para cada bautizado, no quiso ni deseó otra cosa que hacer la voluntad del Padre. Y hacerla en todo momento y circunstancia. Su actitud anímica se mantenía estable, ya se tratara, por ejemplo, cuando el rey de Navarra le pedía consejo o cuando le amenazaba de muerte por no doblegarse ante sus exigencias extemporáneas. Cuando sus monjes se quejaban porque faltaba el pan o cuando unas pobres gentes, curadas de sus males físicos y morales, le alababan porque, por su mediación, Dios obraba maravillas.

LA FUERZA DE LA ORACIÓN

La entereza de Domingo y sus manifestaciones llamativas, como son siempre los milagros, no significa que debamos considerarlo como una persona tan excepcional, que le tengamos más digno de admiración que de imitación. En absoluto. Lo que en verdad nos importa es constatar su vehemente deseo de hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias y normales, de dar a cada momento una respuesta en la fe y el amor. Y si lo conseguía, era porque no sólo ponía en ello su deseo de hacer la voluntad divina, sino que contaba también con la fuerza del Espíritu Santo. Acudía igualmente allí donde se encuentran las fuerzas necesarias y el entusiasmo que desconoce el desaliento. En efecto, Domingo era asiduo frecuentador del manantial inagotable de aguas vivas, que es el encuentro personal con Jesucristo. Era perseverante y fiel a las horas litúrgicas y a la lectio divina. Sabía que se trataba de una referencia muy necesaria, por lo que a ella se entregaba diaria y frecuentemente.

Para Domingo los tiempos de oración no admitían demoras ni tampoco excusas. No encontraba »razones válidas» para obviarlos o reducirlos. Dialogar con Dios, escucharle, alabarle y rogarle, era para él algo imprescindible. Sólo así podía luego conservar el ánimo valiente y sereno ante las numerosas dificultades y los normales contratiempos con los que se iba topando en el camino. Todo lo contrario, cada situación que le tocaba vivir, la consideraba como una hermosa ocasión para darle una respuesta apropiada desde la fe y el amor. Por eso jamás perdía la calma. No encontraba razones para ello. Hasta sabía actuar con actitudes llenas de entereza y envueltas en un sano humor. Y así le vemos, cuando se encontraba reconfortado por la oración sosegada o el diálogo interior, fecundo y gratificante, como en las pruebas difíciles, que parecían superiores a sus fuerzas o imposibles de llevar a cabo. Es el caso, por ejemplo, de aquella visión, donde unos ángeles le invitaban a cruzar un estrecho y muy frágil puente de cristal. Es frecuente encontrarnos en la hagiografía medieval con estos modelos literarios, significativos y simpáticos a la vez, que se proponen poner de relieve las pruebas y los problemas que abundaban en la vida de los siervos de Dios y en el modo cómo ellos supieron resolverlos. Se trata de situaciones, incluso límite, que amenazan con engullirnos dentro de sus turbulentas y vertiginosas aguas, si no estamos fuertemente enraizados en Cristo.

Al ser humano, también al creyente y al religioso, no le resulta fácil mantenerse en un estado de paz interior y de confianza a toda prueba. Es algo que exige un gran esfuerzo para conseguir el equilibrio, tanto en «das duras como en las maduras», utilizando esta expresión popular entre nuestras gentes castellanas. Para lograrlo, Domingo procuraba reflejarse en el mejor espejo disponible: el ejemplo elocuente del Maestro. En Jesús, libro viviente, aprendemos cómo, ante las pruebas de todo tipo, lo que verdaderamente importa es tener la certeza de que se trata de un reto para probar la calidad de nuestro amor. Todo reto significa esfuerzo. Suele ser costoso y hasta doloroso. Puede incluso acarrear cuantiosas lágrimas. En ocasiones hasta exige entregar la vida por fidelidad al Evangelio.

Ahora bien, cuando lo que está en juego es el amor y la fidelidad al Señor, hay que luchar y demostrar que uno está dispuesto incluso a morir antes que claudicar. En la mayoría de los casos no se trata de la muerte física, sino de esa muerte, muchas veces no menos terrible, que es la de la propia voluntad, de nuestro egoísmo, nuestros gustos y caprichos. Es la muerte a todo ese bagaje tan «nuestro» y a la vez tan tirano, que aún no está evangelizado, ni tocado por la gracia divina. Cuando nuestro «yo» pretende sentar cátedra, y lo hace con excesiva frecuencia, eso nos impide ser coherentes con nuestra consagración bautismal, con nuestro «hágase» a Dios, dado en el bautismo y la confirmación; así como con nuestro «suscipe», proclamado en la profesión religiosa.

A imitación de su Maestro, Domingo gustaba pasar las noches en oración. Ahí encontraba consuelo y también fuerzas para responder en coherencia con su fe y sus principios. Era a la sazón prior en San Millán de la Cogolla, cuando fue amenazado de muerte por el mismísimo rey de Navarra, el cual pretendía llevarse los bienes del monasterio. Sin embargo, ante tamaña tropelía, Domingo conserva la calma, no se azora; hace recurso a las exigencias de la justicia y no se pliega a los deseos injustos del rey. Reacciona como corresponde a un cristiano y a un monje, para quien absolutamente nada debe anteponer a la voluntad divina y al amor a la Iglesia. Para ello saca fuerza de las mismas palabras del Maestro: «A vosotros, amigos míos, os digo esto: No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden hacer más. Yo os diré a quién debéis temer: temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno. A ése es a quien debéis temer (Lc 12, 4-5). Con esta lección bien aprendida, Domingo, sin perder la compostura, con serenidad y contundencia a la vez, responde al rey glosando la enseñanza de su Señor Jesucristo:

«Puedes matar el cuerpo, la carne maltraer, 

mas non as en la alma, rey, ningún poder; 

dizlo el evangelio, que es bien de creer, 

el que las almas iudga, esse es de temer.»

Pero esta valiente actitud trae sus consecuencias: amenazado de muerte por el monarca navarro, se ve obligado a desterrarse al vecino reino de Castilla, donde recibirá el año 1041, de manos del rey don Fernando, el antiguo cenobio de San Sebastián de Silos para que sea su restaurador en todos los órdenes.

 

SER SANTO: VIDA, BONDAD Y BELLEZA DIVINAS

En la vida espiritual, como en todo aquello que vale la pena, no hay sitio para las medias tintas ni para evasivas o componendas. Jesucristo aleja cualquier duda al respecto: «Quien no está conmigo, está contra mí» (Mt 12, 30). La lógica nos dice también que quien no recoge, desparrama. Cuando uno pretende librarse de la cruz y no tiene el firme propósito de renunciar cada día a su egoísmo, «no es digno de mí», sentencia el Maestro. Tomar la cruz, desde el amor y por amor, es vida y es resurrección. Es realización y santidad. Es ser el verdadero amigo del esposo, que entra con él al banquete de las bodas eternas.

Ser santo, como nuestro «leal escapulado», no es sinónimo de negación de las cosas y, menos aún, de las personas. La santidad pone un toque de vida, de bondad y de belleza divinas en cuanto vivimos, hacemos o tenemos. Ser santo es manifestar una presencia visible del Dios de Nuestro Señor Jesucristo, que «todo lo hace bien». En la vida de Santo Domingo de Silos comprobamos, una vez más, cómo es la docilidad al Señor lo que mueve a hacer bien las cosas. Por eso mismo, su presencia constante ha de estar siempre activa en nosotros, ya que allí donde su mirada se posa, todo se llena de gracia y brotan signos de vida eterna.

En Santo Domingo de Silos celebramos a un valiente y esforzado cristiano y monje. En su tiempo y para su tiempo supo dar de sí lo que pudo, como persona comprometida en su opción monástica, en su misión de abad y gracias a su labor constante en favor de una sociedad que estaba necesitada de consejo y orientación. Por eso mismo, su ejemplo también puede empujarnos y solicitarnos a hacer otro tanto dentro de la misión que tenemos encomendada. Su presencia espiritual nos anima, enardece e impulsa a abrir cauces de realización personal y comunitaria por los caminos nuevos que se abren ante nosotros.

El ejemplo del santo abad Domingo impulsa e incita a abrir nuevos derroteros, a partir de las viejas, pero siempre actuales, sendas del Evangelio. Viejas sendas, que fueron nuevas para Santo Domingo y las gentes de su tiempo. Viejas sendas que hemos heredado de nuestros mayores y estamos llamados a renovarlas y actualizarlas en nuestro continuo crecer y madurar.

Durante su vida terrena, Domingo de Silos veló y se desveló por sus hijos y por cuantos a él acudían en busca de consuelo y de salud. La muerte le sorprendió el 20 de diciembre de 1073 en medio de la paz y la alegría de quien sabía que había puesto todo su empeño en hacer de su vida, vida para los demás. Gozoso podía esperar confiado las tres coronas de gloria que le fueran prometidas en los difíciles inicios de la restauración de Silos. Es normal que muy pronto los monjes y cuantos le habían tratado y amado, le sintieran como intercesor ante Dios y modelo de vida cristiana y monástica; su canonización en 1076 es la respuesta oficial al anhelo de todo un pueblo. Y desde entonces hasta hoy, nuestro abad es un paradigma para nosotros, mientras intercede ante el Padre de todo don. Por eso, para concluir, me parece oportuno citar de nuevo al poeta Gonzalo de Berceo, cuya Vida de Santo Domingo, traducción castellana y versificada de la que en latín compusiera el monje Grimaldo, discípulo directo del santo, respira honda piedad y ternura:

«Señor, padre de muchos, siervo del Criador, 

que fust leal vassallo de Dios nuestro Señor; 

tu sey por nos todos contra él rogador, 

que nos salve las almas, denos la su amor.»

CLEMENTE SERNA, O.S.B.
Abad de Silos

Laudes – Jueves III de Adviento

LAUDES

JUEVES III DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Ant. El Señor está cerca, venid, adorémosle.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¡Cielos, lloved vuestra justicia!
¡Ábrete, tierra!
¡Haz germinar al Salvador!

Oh Señor, Pastor de la casa de Israel,
que conduces a tu pueblo,
ven a rescatarnos por el poder de tu brazo.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre,
anunciada por profetas,
ven a enseñarnos el camino de la salvación.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Hijo de David, estandarte de los pueblos y los reyes,
a quien clama el mundo entero,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
tú que reinas sobre el mundo,
ven a libertar a los que en tiniebla te esperan.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Oh Sol naciendo, esplendor de la luz enterna
y sol de justicia,
ven a iluminar a los que yacen de sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia,
tú que unes a los pueblos,
ven a libertar a los hombres que has creado.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Oh Emmanuel, nuestro rey, salvador de las naciones,
esperanza de los pueblos,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 86: HIMNO A JERUSALÉN, MADRE DE TODOS LOS PUEBLOS

Ant. A ti, Señor, levanto mi alma; ven y líbrame, Señor, que en ti confío.

Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.

¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!
«Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles;
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí.»

Se dirá de Sión: «Uno por uno
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado.»

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Éste ha nacido allí.»
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. A ti, Señor, levanto mi alma; ven y líbrame, Señor, que en ti confío.

CÁNTICO de ISAÍAS: EL BUEN PASTRO ES EL DIOS ALTÍSIMO Y SAPIENTÍSIMO

Ant. Da su paga, Señor, a los que esperan en ti, para que tus profetas sean hallados veraces.

Mirad, el Señor Dios llega con poder,
y su brazo manda.
Mirad, viene con él su salario,
y su recompensa lo precede.

Como un pastor que apacienta el rebaño,
su brazo lo reúne,
toma en brazos los corderos
y hace recostar a las madres.

¿Quién ha medido a puñados el mar
o mensurado a palmos el cielo,
o a cuartillos el polvo de la tierra?

¿Quién ha pesado en la balanza los montes
y en la báscula las colinas?
¿Quién ha medido el aliento del Señor?
¿Quién le ha sugerido su proyecto?

¿Con quién se aconsejó para entenderlo,
para que le enseñara el camino exacto,
para que le enseñara el saber
y le sugiriese el método inteligente?

Mirad, las naciones son gotas de un cubo
y valen lo que el polvillo de balanza.
Mirad, las islas pesan lo que un grano,
el Líbano no basta para leña,
sus fieras no bastan para el holocausto.

En su presencia, las naciones todas
como si no existieran,
valen para él nada y vacío.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Da su paga, Señor, a los que esperan en ti, para que tus profetas sean hallados veraces.

SALMO 98: ENSALZAD AL SEÑOR, DIOS NUESTRO, POSTRAOS ANTE EL ESTADO DE SUS PIES

Ant. Vuélvete, Señor, a nosotros y no tardes más en venir.

El Señor reina, tiemblen las naciones;
sentado sobre querubines, vacile la tierra.

El Señor es grande en Sión,
encumbrado sobre todos los pueblos.
Reconozcan tu nombre, grande y terrible:
Él es santo.

Reinas con poder y amas la justicia,
tú has establecido la rectitud;
tú administras la justicia y el derecho,
tú actúas en Jacob.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro,
postraos ante el estrado de sus pies:
Él es santo.

Moisés y Aarón con sus sacerdotes,
Samuel con los que invocan su nombre,
invocaban al Señor, y él respondía.
Dios les hablaba desde la columna de nube;
oyeron sus mandatos y la ley que les dio.

Señor, Dios nuestro, tú les respondías
tú eras para ellos un Dios de perdón,
y un Dios vengador de sus maldades.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro;
postraos ante su monte santo:
Santo es el Señor, nuestro Dios.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vuélvete, Señor, a nosotros y no tardes más en venir.

LECTURA: Gn 49, 10

No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga el que ha de venir, y le rindan homenaje los pueblos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sobre ti, Jerusalén, Amanecerá el Señor.
V/ Sobre ti, Jerusalén, Amanecerá el Señor.

R/ Su gloria aparecerá sobre ti
V/ Amanecerá el Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sobre ti, Jerusalén, Amanecerá el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Él ángel Gabriel fue enviado a María Virgen, deesposada con José.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Él ángel Gabriel fue enviado a María Virgen, deesposada con José.

PRECES

Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, luz que alumbra a todo hombre, y digámosle con gozo:

Ven, Señor Jesús

Que la luz de tu presencia disipe, Señor, nuestras tinieblas
— y nos haga dignos de recibir tus dones.

Sálvanos, Señor Dios nuestro,
— y durante todo el día daremos gracias a tu snato nombre.

Enciende nuestros corazones en tu amor,
— para que deseemos ardientemente tu venida, y anhelemos vivir íntimamente unidos a ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que quisiste experimentar nuestras dolencias,
— socorre a los enfermos y a los que morirán en el día de hoy.

Acudamos ahora a nuestro Padre celestial, diciendo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor y Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada aceptando, al anunciárselo el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo: tú que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en templo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.