Domingo IV de Adviento

El Nacimiento constituye un elemento importante en la celebración popular de la Navidad. Por todas partes – en las iglesias y en las casas privadas, en las tiendas, en los parques, etc., nos encontramos con Nacimientos. Los personajes principales de los mismos lo constituyen, por supuesto, José, María y Jesús, y el aspecto físico de los mismos queda determinado en general por la raza del artista o de quien haya fabricado las estatuillas. Normalmente se añaden los Pastores en la noche de Navidad y los Magos en la fiesta de Epifanía. Y nos encontramos además, cómo no, con el buey y el asno, y se añaden diversas decoraciones (estrella, lámparas centelleantes., etc) que se añaden con un gusto mejor o peor.

Si examinamos los detalles que nos ofrecen los Evangelistas, que nos hablan del nacimiento de Jesús, podemos comprobar que ninguno de los dos Evangelios que tratan el tema nos ofrece toda esa retahíla de detalles. Nuestros Nacimientos representan una reconstrucción de los hechos, a partir de los pocos detalles que nos ofrecen Lucas y Mateo.

Es menester que por otra parte no olvidemos que ni Lucas ni Mateo pretenden en manera alguna, en esos primeros capítulos de sus respectivos Evangelios, ofrecernos una descripción histórica de los acontecimientos que han rodeado los primeros momentos de la vida de Jesús. De hecho, tanto el uno como el otros nos enseñan ya lo que ha de constituir el elemento central de su Evangelio: la huida en seguimiento de Cristo, o la condición de discípulo.

La enseñanza de Jesús en el Evangelio de Lucas se concentra en el viaje desde Galilea hasta Jerusalén. Este viaje, aparte de ser un movimiento geográfico, es asimismo un tema teológico. A lo largo de este viaje les enseña Jesús a sus discípulos lo que ha de constituir su propio peregrinar humano: un camino hacia la gloria pasando por el sufrimiento. A uno que expresaba el deseo de seguirle, le diría: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58)

Según Lucas, Jesús ha comenzado su vida en la inseguridad, lejos de la casa de sus padres, en un pesebre. Todo lo cual es un símbolo de su rechazo por parte de los jefes del pueblo de Israel, que no tenían lugar alguno para él en su tradición. La trayectoria de la vida de Jesús comienza en el Evangelio de Lucas sin un sitio para él en el albergue y concluye sin un lugar para él en el corazón de su pueblo. La respuesta de Jesús a quien quiere seguirle expresa que la vulnerabilidad y la inseguridad constituyen una condición para llegar a ser ‘discípulo’, una apertura total a cuanto puede significar la obediencia a Jesucristo.

Lucas anticipa toda esta enseñanza en sus dos primeros capítulos. La primera expresión de todo ello lo constituye María, que es el modelo de todo discípulo que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica.. La narración de Lucas nos expresa la manera totalmente inesperada según la cual, en continuidad con el Antiguo Testamento, escoge Dios a una jovencita judía virgen de un pueblaco de Galilea. No hay que olvidar que la Galilea se encontraba en una provincia del Norte, y que constituía el objeto del desprecio de los Judíos más cultivados de Judea. Una de las razones de este desprecio se basaba en que esta región se hallaba habitada por numerosos Gentiles, de suerte que podía incluso ponerse en duda la pureza ritual de los Judíos que habitaban esa región.

Dios no visita únicamente a esa jovencita. En ella y por ella visita a su vez al resto de la humanidad. En el Antiguo Testamento, en el Libro segundo de Samuel (2 S 6, 2-11), damos con una descripción plena de colorido del traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén. El Arca, símbolo de la presencia de Dios, descansa en la casa de Obededón y se convierte en fuente de bendición para esta casa. David danza ante el Arca, Lucas vuelve a hacer suyos todos estos elementos en la narración del Evangelio que acabamos de escuchar, en su descripción de la visita de María a su prima Isabel. Como el Arca, emprende María un viaje que la conduce de Galilea a Judea, a través de las montañas de Samaria. Tiene lugar la misma manifestación de gozo, incluida la danza sagrada que realiza Juan el Bautista en el seno de su madre y que corresponde a la de David ante el Arca. Y la exclamación de Isabel en su saludo a María reproduce casi literalmente la de David cuando se halla ante el Arca.

María es la verdadera Arca de la Alianza, que comunica la presencia de Dios a cuantos ella visita. Pero todo esto se lleva a cabo dentro de una extrema sencillez y con un admirable toque de humanidad.

He ahí cuanto ha de penetrar en nuestro espíritu y en nuestro corazón cuando contemplamos un Nacimiento. El Nacimiento no ha de ser simplemente una expresión superficial más del espíritu festivo de la época, sino una evocación de que Dios se llega a nosotros para pedirnos que seamos discípulos suyos, y que el seguir en pos de Él implica la aceptación del desafío de la pequeñez, de la vulnerabilidad y de la inseguridad.

A. Veilleux

Domingo IV de Adviento

1. Situación

Dios trae la Salvación a la humanidad entera; pero la realiza mediante la fe de unas cuantas personas, casi siempre anónimas, cuya vida y palabra adquieren eficacia sólo cuando es acogida por el mismo espíritu de fe.

Ocurre así, también, en cada historia personal. Recuerda las personas que antes y ahora te han influido a esos niveles. Cuando la fe es sólo una herencia social o una normativa para pensar y hacer, su fuerza transformadora es más aparente que real. Cuando dinamiza el corazón y la vida de la persona, la historia de la Salvación está en marcha.

2. Contemplación

Así lo comprende Isabel, cuando le visita su prima María. Un acontecimiento familiar toma relevancia universal. Y en torno a la fe de María y al misterio del hijo de sus entrañas, las palabras proféticas de Miqueas y el salmo responsorial se revisten de contenidos nuevos insospechados. Ha llegado a sazón el Tiempo. Estamos en presencia del Acontecimiento esperado por los siglos. ¡Todo, tan simple y tan cargado de esperanzas infinitas!

La segunda lectura de hoy (Heb 10,5-10) nos coloca en el centro mismo desde donde irradia, para la fe, la luz que, en esta hora bendita, transfigura al mundo. Todo ocurre en el seno de María: el sí de Dios al mundo al darnos a su Hijo, el sí del Hijo cuando entra en el mundo y el sí de María, el mundo que acoge por la fe el don de Dios, coinciden. ¡Ya está!

Nuestra celebración, en vísperas de Navidad, se hace adoración y recogimiento. María representa a la Iglesia, a cada uno de los creyentes que, a través de los siglos, han sentido en sus entrañas la vida del Hijo de Dios.

3. Reflexión

Si has leído estas semanas los dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas, te habrán resultado sorprendentes: por sus relatos, llenos de portentos, y por su mensaje.

Los estudiosos nos confirman lo que ya sospechábamos, que lo portentoso (anuncio de ángeles) tiene, principalmente, una intencionalidad teológica, hacer ver quiénes son Jesús y María de Nazaret para la comunidad creyente, por qué el Mesías nació y vivió tantos años en la oscuridad de Galilea.

En el camino de nuestro Adviento, nos interesa resaltar la figura de María en cuanto «mujer creyente», proclamada por su prima Isabel como dichosa por haber creído, cabalmente. María ha sido vista por el pueblo cristiano desde distintas perspectivas. A raíz del Concilio Vaticano II va predominando esta perspectiva: María, modelo de fe. Incluso la maternidad virginal de María es valorada principalmente en su dimensión de fe, más que en su «maternidad natural». Recuperamos así la perspectiva bíblica.

Tiene esto mucha importancia para nuestra vida cristiana. Al subrayar cada vez más la humanidad de Jesús, María nos parece una mujer «normal»; no la vemos «aparte», en el reino de la divinidad.

Nos ocurre como con Jesús: Al verlo como un hombre concreto, en una historia conocida con métodos racionales, terminamos por reducir a Jesús a un profeta entre otros o a un modelo ético. La solución no es volver a sublimar, divinizando, las figuras de Jesús y de María, sino radicalizar la fe.

La fe adulta se constituye así: en acoger la humanidad de Dios, y quedarse sobrecogidos ante la grandeza, la sabiduría y el amor de Dios en nuestra carne humana.

No se necesita divinizar lo humano, pues Dios se ha hecho hombre. ¡Nunca tan admirado, adorado, deseado y engrandecido!

Al humanizar la figura de María y valorarla por su fe, la seguimos llamando Madre del Señor y madre nuestra; pero de una manera nueva, la auténticamente espiritual, en la identidad de vida que viene de Dios, la Palabra, que María acoge por la fe y en ella se hace carne, la misma Palabra que nosotros acogemos por la fe y se hace historia en nuestras vidas.

¡Dichosos nosotros si creemos de verdad en la Palabra de Dios!

Javier Garrido

I Vísperas – Domingo IV de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO IV DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, ven, Señor, no tardes.
Ven, ven, que te esperamos.
Ven, ven, Señor, no tardes,
ven pronto, Señor.

El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor,
los hombres no son hermanos,
el mundo no tiene amor.

Envuelto en sombría noche,
el mundo, sin paz, no ve;
buscando va una esperanza,
buscando, Señor, tu fe.

Al mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta el cielo,
al mundo le faltas tú. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Mirad: vendrá el deseado de todos los pueblso, y se llenará de gloria la casa del Señor. Aleluya.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad: vendrá el deseado de todos los pueblso, y se llenará de gloria la casa del Señor. Aleluya.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Ven, Señor, y no tardes: perdona los pecados de tu pueblo, Israel.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a al voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ven, Señor, y no tardes: perdona los pecados de tu pueblo, Israel.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Mirad: se cumple ya el tiempo en el que Dios envía a su Hijo al mundo.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad: se cumple ya el tiempo en el que Dios envía a su Hijo al mundo.

LECTURA: 1Ts 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

R/ Danos tu Salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstarnos, Señor, tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Oh Rey de las naciones y deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh Rey de las naciones y deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, que nació de la Virgen María, y digámosle:

Ven, Señor Jesús.

Hijo unigénito de Dios, que has de venir al mundo como mensajero de la alianza,
— haz que el mundo te reciba y te reconozca.

Tú que, engendrado en el seno del Padre, quisiste hacerte hombre en el seno de María,
— líbranos de la corrupción de la carne.

Tú que, siendo la vida, quisiste experimentar la muerte,
— no permitas que la muerte pueda dañar a tu pueblo.

Tú que, en el día del juicio, traerás contigo la recompensa,
— haz que tu amor sea entonces nuestro premio.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor Jesucristo, que por tu muerte socorriste a los muertos,
— escucha las súplicas que te dirigimos por nuestros difuntos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 22 de diciembre

Lectio: Sábado, 22 Diciembre, 2018

1) Oración inicial

Señor Dios, que con la venida de tu Hijo has querido redimir al hombre, sentenciado a muerte; concede a los que van a adorarlo, hecho niño en Belén, participar de los bienes de su redención. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 1,46-55
Y dijo María: «Alaba mi alma la grandeza del Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su nombre
y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías.
Acogió a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
– como había anunciado a nuestros padres –
en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos.»

3) Reflexión

• El cántico de María era uno de los cánticos de las comunidades de los primeros cristianos. Revela el nivel de conciencia y la firmeza de fe que las animaba por dentro. Cantado por las Comunidades, este cántico de María enseña a rezar y a cantar.
Lucas 1,46-50: Maria empieza proclamando el cambio que acontece en su propia vida bajo la mirada amorosa de Dios, lleno de misericordia. Por esto, canta feliz: “Exulto de gozo en Dios, mi Salvador”.
Lucas 1,51-53: Luego canta la fidelidad de Dios hacia su pueblo y proclama el cambio que el brazo del Señor estaba realizando a favor de los pobres y hambrientos. La expresión “brazo de Dios” recuerda la liberación del Éxodo. Es esta fuerza salvadora y libertadora de Javé la que hace acontecer los cambios: dispersa a los orgullosos (Lc 1,51), destrona a los poderosos y eleva a los humildes (Lc 1,52), despide a los ricos sin nada y llena de bienes a los hambrientos (Lc 1,53).
Lucas 1,54-55: Al final, María recuerda que todo esto es expresión de la misericordia de Dios con su pueblo y expresión de su fidelidad a las promesas hechas a Abrahán. La Buena Nueva vista no como una recompensa por la observancia de la Ley, sino como expresión de la bondad y de la fidelidad de Dios a sus promesas. Es lo que Pablo enseñaba a los Gálatas y a los Romanos.

4) Para la reflexión personal

• Los cánticos son el termómetro de la vida de las comunidades. Revelan el grado de conciencia y de compromiso. Examina los cánticos de tu comunidad.
• Analiza la conciencia social que aflora en el cántico de María. En el siglo 20 después de Cristo este canto fue censurado por los militares de un país latinoamericano, porque fue considerado subversivo.

5) Oración final

Levanta del polvo al humilde,
alza del muladar al indigente
para sentarlo junto a los nobles,
y darle en heredad trono de gloria. (1Sam 1,8)

Cuarta semana de Adviento

CUARTA SEMANA

 
La Navidad está cerca; no, mejor, la Navidad está ya aquí.
Todo parece preparado: ya casi estamos de vacaciones, la televisión -en sus anuncios- sólo habla de Navidad; en nuestra casa ya hemos “montado” el Belén, se escuchan villancicos por las calles, en los comercios… pero, ¿sólo esto va a ser nuestra Navidad?
María, contenta por lo que siente que va a suceder, tiene la necesidad de correr a comunicar a su familia la Buena Noticia de la cercana Salvación.
Al igual que María nosotros los cristianos, que nos hemos ido empapando de cada una de las gotas de la lluvia misericordiosa de Dios en este Adviento, sentimos la necesidad de ser anunciadores del próximo nacimiento del Señor, para que todos puedan vivir la Navidad.
Oración
 
Quisiera, Señor,
correr a anunciar a todos,
la Buena Noticia del nacimiento de Jesús.
Llevarla a mis amigos y conocidos,
a mi familia y a mis vecinos,
a todas las personas y niños
con los que me encuentre.
Como María,
quiero presentarme a los demás,
porque el mundo necesita de Ti,
como la tierra reseca necesita de la lluvia.
En este tiempo de Adviento
he procurado dejarme empapar por tu Palabra;
he recogido en mis manos
parte de la lluvia que Tú nos has regalado;
por eso, quiero ser portador de tu gracia,
de tu misericordia;
ofrecer a los demás mi alegría
y la Buena Noticia de que Tú,
Dios del amor misericordioso,
estás acampado entre nosotros.
Gracias, Señor.

Sábado III de Adviento

SÁBADO III de ADVIENTO

(22 de diciembre)

Nuestra oración se transforma en admiración por María. En ella se refleja el amor de Dios a los hombres. Con ella también nosotros queremos vivir nuestra vida diciendo “sí” a Dios. En nuestra oración a María hemos aprendido a llamarla “Madre”, y no sólo a llamarla, sino también a tratarla con confianza, como lo hizo Francisco:

“¡Salve, Señora, Santa Reina, Santa Madre de Dios!
María, virgen hecha iglesia,
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por Él con su santísimo Hijo amado
y el Espíritu Santo paráclito;
que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia y todo bien.
¡Salve, palacio de Dios!
¡Salve, tabernáculo de Dios!
¡Salve, casa de Dios!
¡Salve, vestidura de Dios!
¡Salve, esclava de Dios!
¡Salve, madre de Dios!

Ellos verán la gloria el Señor,
la belleza de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles,
robusteced las rodillas vacilantes;
decid a los cobardes de corazón:
«Sed fuertes, no temáis.
Mirad a vuestro Dios,
que trae el desquite;
viene en persona, resarcirá y os salvará.»

(Del Libro de Isaías. Is 35, 2b-4)

“VERÁN LA GLORIA DEL SEÑOR”

Gaudete et exsultate – Francisco I

La lógica del don y de la cruz

174. Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Él no hace caer fuego sobre los infieles (cf. Lc 9,54), ni permite a los celosos «arrancar la cizaña» que crece junto al trigo (cf. Mt 13,29). También se requiere generosidad, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35). No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica»[125]. Si uno asume esta dinámica, entonces no deja anestesiar su conciencia y se abre generosamente al discernimiento.

Domingo IV de Adviento

Nuestra intención, a lo largo de estos cuatro domingos, ha sido prepararnos para celebrar el nacimiento de Jesús no solamente como un agradable recuerdo vivido en familia o una hermosa historia representable cada año a través de los belenes, las luces, los regalos y las cenas especiales, sino como el extraordinario acontecimiento de su venida al mundo para introducirse y reconducir el desarrollo mismo de la evolución cultural de la humanidad.

Todo el maravilloso despliegue de entrañables sentimientos que despierta la Navidad está bien y hemos de favorecerlo, porque el ser humano es razón y también sentimiento y pasión. Pero todas esas facetas hemos de atenderlas, introduciendo en ellas un fuerte contenido espiritual racional, que es la dimensión que nos caracteriza como seres específicamente diferentes, dentro del grupo zoológico de los primates.

Este año hemos querido ver racionalmente, el impacto que Dios pretendía causar en el desenvolvimiento del cosmos, haciéndose presente en él, en la persona de Jesús.

En ese proceso evolutivo Jesús se ofrece como savia nueva, (Jn. 15,1) capaz de sanear los vicios adquiridos a lo largo de los tiempos, ofertando nuevas perspectivas para que esa evolución, que comenzó con el decreto creador de Dios, acabe felizmente siendo Dios el alfa y el omega, el principio y el fin de la aventura del mundo.

Le hemos contemplado como una pieza fundamental en la construcción de un mundo verdaderamente humano.

Hoy, ahora, queremos manifestar nuestro embeleso por toda esa generosidad. Como santa Isabel ante la visita de su prima María, la madre de Jesús, queremos exclamar ¡de dónde que venga a visitarnos el mismo Dios hecho carne!

Ante este desconcertante acontecimiento por grandioso, queremos manifestarle hoy nuestro agradecimiento, nuestra sorpresa, nuestro júbilo, de la misma manera que el pasado domingo, con la pregunta ¿Qué quieres de mí Señor? le ofrecíamos nuestro compromiso de escucharle.

De modo especialísimo nuestro agradecimiento porque la encarnación de Jesús es la más fehaciente prueba del amor que Dios nos tiene.

Ya se anunció en el A. T. en múltiples ocasiones. Una de ellas ha sido la primera lectura. (Miq. 5, 1-4) “De ti voy a sacar al gobernador de Israel”

El autor de la carta a los hebreos entendió perfectamente el compromiso de Jesús en favor nuestro. En el texto que acabamos de escuchar le hace decir a Jesús: (Heb. 10,5-10) “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”.

Jesús era plenamente consciente de esa voluntad y por eso proclamó solemnemente: “Al que viene a mí no lo rechazo, pues he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y ésta es la voluntad del que me ha enviado, que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día. Pues es voluntad de mi Padre que todo el que vea al hijo y crea en él tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”. (Jn. 6, 37-39)

Un pensamiento enormemente enriquecedor de nuestra esperanza en la misericordia de Dios pero que incluye otro seriamente comprometedor para nosotros. ¿Qué es el hombre para que Dios se preocupe tan seriamente por él? ¿Qué es “eso” de ser hombre que mueve a Dios a rebajarse hasta ponerse a nuestra altura, en la persona de Jesús?

En la próxima Semana Santa, si Dios quiere, veremos cuánto le hemos costado a Jesús en su intento de traernos al buen camino. Ello nos permitirá insistir sobre la grandeza del hombre y el respeto que debe merecernos.

Un respeto que civilmente está reconocido de los Derechos Humanos de diciembre del 48 en uno de sus preámbulos: “Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres”…

La reflexión cristiana y civil sobre el hombre debe hacer que nos formulemos la pregunta de si nosotros como cristianos y como civiles respetamos la dignidad del hombre tanto como lo ha hecho el mismo Dios al empeñarse en salvarnos.

Hoy tocamos el tema solo de pasada en orden a despertar en nosotros, en estas entrañables fiestas de la Navidad, un también entrañable afecto al ser humano, a los hombres y mujeres que como nosotros participan de la gran aventura del mundo.

Es otra de las grandes lecciones que nos ofrece la Navidad. No la desaprovechemos, como tampoco la de entregarnos a ese Jesús que viene a salvarnos. AMÉN.

Pedro Sáez

María, puesta al servicio de los demás, visita a su Isabel

Querido amigo: Hoy te invito a que juntos los dos contemplemos en pleno encuentro un cuadro maravilloso, delicadamente femenino, muy humano y muy divino, que Lucas nos pinta y nos narra en la escena de la Visitación. Te invito a que entremos en ese contraste de una mujer anciana, que porta al último profeta del Antiguo Testamento —Juan Bautista—, y a María, joven, que porta también a un Jesús encarnado y hecho hombre con la humanidad. El abrazo de estas dos mujeres termina con ese himno, ese homenaje emocionado de Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que vengas a visitarme?”. Entremos con atención, con calor, con cariño en esta escena tan profunda y tan preciosa que Lucas en el capítulo 1, versículo 39-45, nos describe:

Por aquellos días se puso María en camino y marchó aprisa a la montaña, a una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y exclamó con fuerte voz y dijo: “¡Bendita Tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí este bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Pues tan pronto como tu saludo llegó a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Bienaventurada la que ha creído que se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor”.

Pues bien, querido amigo, hoy el personaje central de nuestro encuentro es María, la Madre de Jesús. Y la escena transcurre entre dos mujeres, María e Isabel; estas dos figuras que nos llevan a reconocer la gran humildad y el servicio de una mujer como es María, y la gran humildad y la acogida de una mujer anciana, que es Isabel. Entramos en la escena: vemos a María, que después de la visita del ángel, entiende que tiene que ir aprisa a comunicar el gozo que tiene. No se lo guarda para sí. Empujada por esa alegría, por esa gran fuerza que siente dentro, quiere comunicárselo a su prima. Y la vemos, bien sola o acompañada… sube a Jerusalén, al pie de la montaña… la vemos cómo sale de Galilea, atraviesa parte de Judea, hasta que entra en la región montañosa de Judá para llegar al valle de Ain Karem; y allí se encuentra a Zacarías, como dueño de la casa, y a su prima Isabel. En esa casa es donde surgen los dos himnos tan grandes que tenemos, como es el Magnificat y el Benedictus.Contemplamos el saludo de estas dos mujeres: esta mujer joven, María, saluda a la anciana Isabel. Y cómo nos dice el evangelista que el niño saltó de gozo en el seno de su madre. Ella se llenó del Espíritu y exclamó: “¡Bendita Tú entre las mujeres!”. Dos personas: María e Isabel.

Querido amigo, vamos a entrar a contemplar… En María nos llama la atención su forma de actuar, cómo acoge el mensaje del ángel, cómo se llena del Espíritu Santo, cómo está ya con su Hijo dentro de su seno y qué rápidamente quiere comunicar esa alegría. El texto nos narra unos verbos preciosos: se fue aprisa, entró, saludó. Para mí estos verbos significan una persona puesta al servicio de los demás. Fíjate que no se arredra ante nada, ante todo lo que tiene que caminar. El camino era duro, largo, ingrato —nos dicen los textos que serían como 127 kms. y que le ocuparía como cinco días—. Una mujer joven, sola o acompañada, pero que no se aminora ante todas las dificultades; decidida. Tú y yo tenemos que ser así ante tanta dificultad: entregarnos a los demás, ser personas para los demás. Por eso bien se merece que se le diga: “¡Dichosa Tú porque has creído!”.

Pero ¿qué es lo que le mueve a ser así a María? Su fe, su fe inquebrantable, el fiarse de su Dios. Y esa fe se ha traducido en escucha atenta y en servicio, pero también en escucha atenta a las necesidades de los demás. Por eso Dios la elige con tanta elegancia y por eso Dios la elige con tanta alegría. Y si nos fijamos en Isabel, su prima, también es un testigo profundo de la acción de Dios. Recibe la ayuda de María, sabe leer los acontecimientos de esa acción de Dios que le llena de amor. Y su hijo salta de alegría en su vientre. Viene a su casa el Dios de la alegría, el Dios del gozo, el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Ese hacer de esta mujer silencioso pero abierta a todo lo que es de Él.

Querido amigo, yo creo que tú y yo no nos podemos perder esta escena y tenemos que entrar en una contemplación, poniéndonos y acompañando a María en ese camino duro que lleva. Acompañándola y viendo todo lo que hace, y pidiéndole ser como Ella y pidiéndole también saber actuar como Ella, aprender a servir. Iría a Ain Karem y haría las faenas más humildes de la casa, como las de entonces. Ésta es María, una figura que la tenemos muy cuadriculada en estatuas… con miradas… No, es una mujer sencilla pero sobrenatural, llena de gozo, de amabilidad, de espíritu de servicio, porque se siente esclava del Señor, porque se siente criada del Señor, pero a la vez servidora de Isabel. Pidámosle a María que nos enseñe a ser humildes, llenarnos de fe, llenarnos de servicio como Ella.

¡Qué bonita es esta escena para contemplarla! Quédate conmigo en silencio contemplando a María en todos sus gestos y en todas sus actitudes. Y a la vez le hablemos y le pidamos que sepamos estar en servicio, que seamos portadores de la Buena Noticia de Dios, que seamos personas que llevan la alegría a los demás, que comparten la fe. La visita de María empieza por la fe y termina por la caridad. Y ésta es María, los rasgos fundamentales de Ella.

Y también apreciar a Isabel, esa mujer acogedora al encuentro con el Señor. Cuántas veces nosotros nos sumimos en nuestro egoísmo, en nuestra vida, en nuestras cosas, en nuestro trabajo y nos cuesta servir, y nos cuesta entregarnos, y nos cuesta darnos a los demás. Pero aprendamos de María, pero aprendamos de dónde le nace el servicio: de la fe. Y sepamos compartir todo con Ella y como Ella. María es el gran personaje del Adviento porque es el modelo de sencillez, de fe profunda y de caridad.

Es la morada de Dios entre nosotros porque ha creído, pero es la primera transmisora. Es la primera transmisora.

Querido amigo, cuando yo pienso en esta escena me viene un pensamiento profundo en mi interior que me llena de alegría y de asombro: veo a Jesús en el vientre de María llevado como un sagrario viviente en su seno y que va con presteza a Nazaret, a Ain Karem, pero va para hacerse uno con el hombre. Es la primera visita que realiza Jesús a los hombres llevado en ese sagrario viviente que es María. Cada vez que contemplamos esta escena nos llenamos de gozo, de alegría y de asombro.

Hoy en este encuentro observando, gozándonos, admirándonos y asombrándonos, aprendemos de María a servir, a entregarnos y a comunicar a Jesús, a tener esa faceta en nuestra vida de un servicio abierto, de un servicio profundamente humano y sobrenatural; un servicio gozoso y lleno de amor. La lección del servicio, la gran lección del servicio: María visita a Isabel. Es el foco de luz profundo del Adviento: María. Como Ella nadie nos puede ayudar a prepararnos para la inminente venida de Jesús. Como Ella, con ese amor que espera a su Hijo, aprendamos también y llenémonos de ese amor para esperar y recibir a Jesús. Aprendamos la fe en lo que el Señor le dice: “Dichosa Tú porque has creído”. Ojalá se nos pueda decir de cada uno de nosotros “dichosos porque hemos creído”, y nacerá en nosotros la alegría, el servicio por amor, el servicio a los demás. Esto realmente es lo más fuerte en este encuentro.

Querido amigo, quedémonos en silencio asombrándonos del gran misterio de María y aprendamos esa lección: la lección del servicio en la figura de María, que deja todo, toda su intimidad y quiere compartir el gozo con los demás. Ella es nuestra fuerza en nuestra fragilidad y nuestra fuerza en nuestra falta de esperanza. Terminemos nuestro encuentro pidiéndole a Ella que sepamos escuchar todos los momentos que el Señor nos pone. Que sepamos vivir este Adviento, pero que nos llenemos de servicio, de gozo, de fe. Vamos a recitarle a Ella una oración: “Madre mía, María, haz que de una vez sepamos compartir la alegría con los demás; sepamos tener espíritu de acogida, de generosidad; sepamos entregarnos a los demás; sepamos darnos; sepamos tener fe. María, Madre del servicio, ruega por nosotros”.

Querido amigo, que así sea. ¡Disfrutemos de este encuentro!

Francisca Sierra Gómez

Domingo IV de Adviento

Lo primero que hace María, en cuanto Jesús ha fundido su presencia en la vida y en el ser de ella (inmediatamente después del anuncio angélico de la encarnación), es ir “deprisa” a visitar a Isabel. La presencia de Jesús, en un ser humano, impulsa a este al encuentro. El encuentro que acerca y une a las personas. El primer signo de la presencia de Jesús es el deseo de encuentro, de fusión, de diálogo, de alegría compartida. Donde estas experiencias y sentimientos están ausentes, no está Jesús, ni está el Espíritu de Jesús.

La preparación de la Navidad, tal como se suele gestionar y se acostumbra, se centra sobre todo en la comida y los regalos, en torno a la idea y el deseo de la familia que se reúne en esos días de vacación y disfrute. Por eso y como es lógico, el comercio, el negocio, la ganancia…, son los factores determinantes de las vísperas de Navidad. De ahí que la Navidad se ha convertido en una fiesta mundana, en la que lo que menos importa es el recuerdo de Jesús. Y lo que más interesa es pasarlo lo mejor posible.

Sucede ahora, además, que cuando más medios de comunicación tenemos, más incomunicados y solitarios vivimos. En los pueblos y aldeas todo el mundo se saluda. En las grandes ciudades, hay personas que viven muchos años en la misma casa, se encuentran con frecuencia en la escalera y ni se saludan. El saludo de María hizo saltar de gozo a Juan Bautista, en el seno materno. Nosotros hemos organizado la sociedad en la que es un hecho que hay mucha diversión, pero poco saludo de encuentro a fondo y de verdad.

José María Castillo