Nochebuena

NOCHEBUENA

Más o menos en tiempos del emperador Tiberio, nadie nos sabría decir exactamente ni dónde ni cuando, un personaje del que sabemos bien pocas cosas abrió una brecha en el horizonte de los hombres.

Seguramente no era ni un filósofo ni un tribuno, pero debió vivir de tal forma que toda su vida nos decía que cualquiera de nosotros puede, en cualquier momento de su vida, volver a empezar de nuevo.

Docenas y quizás centenares de narradores populares han cantado esa buena nueva. Conocemos tres o cuatro. El impacto que ellos recibieron lo cuentan con las imágenes de la gente sencilla, de los humillados, de los ofendidos, de los apaleados, cuando éstos se ponen a soñar que todo ha sido posible: el ciego ve, el cojo anda, los hambrientos en medio del desierto se hartan de pan, la prostituta descubre que es toda una mujer, el hijo muerto vuelve a la vida.

Para gritar la buena nueva era preciso que él mismo, por su resurrección, nos anunciase que todas las barreras habían sido destruidas, incluso la barrera suprema de la muerte.

Algunos eruditos pueden poner en duda cada uno de los hechos de esta existencia, pero esto no hace cambiar en nada esta certeza que transforma la vida. Se acaba de encender una luz nueva. Ha sido por esta chispa, es la llama inicial que dio origen a la hoguera.

Esta luz nueva fue primero a favor de los más pobres. Si no hubiese sido por esto, de Nerón a Diocleciano, el “stablisment” no los hubiera tratado tan duramente.

En este hombre el amor debió ser incendiario, subversivo; si no, no lo hubieran hecho morir en una cruz.

Hasta este momento, todas las sabidurías se habían basado en el destino ciego, la necesidad que tenía el mundo de la razón. Él, por el contrario, nos ha convencido de la locura; Él, que era todo lo contrario al Destino, Él que era la libertad, la creación, la vida misma, Él que ha derribado el fatalismo de la historia.

Él daba cumplimiento a las promesas de los héroes y de los mártires de la gran revelación de la libertad.

No sólo las esperanzas de Isaías y las llamadas de Ezequiel, también Prometeo rompía sus cadenas y Antígona dejaba de estar amurallada.

Estas murallas y estos muros, imágenes míticas del destino, delante de Él se esfumaban. Era como si el hombre volviese a nacer.

Roger Garaudy

I Vísperas – Natividad del Señor

I VÍSPERAS

NATIVIDAD DEL SEÑOR, Solemnidad

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Hoy grande gozo en el cielo
todos hacen,
porque en un barrio del suelo
nace Dios.
¡Qué gran gozo y alegría
tengo yo!

Mas no nace solamente
en Belén,
nace donde hay un caliente
corazón.
¡Qué gran gozo y alegría
tengo yo!

Nace en mí, nace en cualquiera,
si hay amor;
nace donde hay verdadera
comprensión.
¡Qué gran gozo y alegría
tiene Dios! Amén.

SALMO 112

Ant. El Rey de la paz ha sido glorificado, y toda la tierra desea contemplar su rostro

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Rey de la paz ha sido glorificado, y toda la tierra desea contemplar su rostro

SALMO 147

Ant. Envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Glorifica al Señor, Jerusalén:
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

CÁNTICO de FILIPENSES

Ant. El que era la Palabra substancial del Padre, engendrado antes del tiempo, hoy se ha despojado de su rango haciéndose carne por nosotros.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El que era la Palabra substancial del Padre, engendrado antes del tiempo, hoy se ha despojado de su rango haciéndose carne por nosotros.

LECTURA: Ga 4, 4-5

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su  Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

RESPONSORIO BREVE

R/ Hoy sabréis que viene el Señor.
V/ Hoy sabréis que viene el Señor.

R/ Y mañana veréis su gloria.
V/ Sabréis que viene el Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Hoy sabréis que viene el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cuando salga el sol, veréis al Rey de reyes, que viene del Padre, como el esposo sale de su cámara nupcial.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando salga el sol, veréis al Rey de reyes, que viene del Padre, como el esposo sale de su cámara nupcial.

PRECES

Adoremos a Cristo, que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado, y supliquémosle con fe ardiente, diciendo:

Por tu nacimiento, socorre, Señor, a quienes has redimido.

  • Tú que al entrar en el mundo has inaugurado el tiempo nuevo anunciado por los profetas,
    — haz que tu Iglesia se rejuvenezca siempre.
  • Tú que asumiste las debilidades de los hombres,
    — dígnate ser luz para los ciegos, fuerza para los débiles, consuelo para los tristes.
  • Tú que naciste pobre y humilde,
    — mira con amor a los pobres y dígnate consolarlos.
  • Tú que por tu nacimiento terreno anuncias a todos la alegría de una vida sin fin,
    — alegra a los agonizantes con la esperanza de un nacimiento eterno.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que descendiste al mundo para que los hombres pudieran ascender al cielo,
    — admite en tu gloria a todos los difuntos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Señor y Dios nuestro, que cada año nos alegras con la fiesta esperanzadora de nuestra redención, concédenos que así como ahora acogemos gozosos a tu Hijo como redentor, lo recibamos, también confiados cuando venga como juez. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

Amén.

Lectio Divina – 24 de diciembre

Lectio: Lunes, 24 Diciembre, 2018

1) Oración inicial

Apresúrate, Señor Jesús, y no tardes, para que tu venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de tu amor. Tú que vives y reinas.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 1,67-79
Zacarías, su padre, quedó lleno de Espíritu Santo y profetizó diciendo:
«Bendito el Señor Dios de Israel
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
y nos ha suscitado una fuerza salvadora
en la casa de David, su siervo,
como había prometido desde antiguo,
por boca de sus santos profetas,
que nos salvaría de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian
teniendo misericordia con nuestros padres
y recordando su santa alianza
el juramento que juró
a Abrahán nuestro padre,
de concedernos que, libres de manos enemigas,
podamos servirle sin temor
en santidad y justicia
en su presencia todos nuestros días.
Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo,
pues irás delante del Señor
para preparar sus caminos
y dar a su pueblo el conocimiento de la salvación
mediante el perdón de sus pecados,
por las entrañas de misericordia de nuestro Dios,
que harán que nos visite una Luz de lo alto,
a fin de iluminar a los que habitan
en tinieblas y sombras de muerte
y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.»

3) Reflexión

• El Cántico de Zacarías es uno de los muchos cánticos de las comunidades de los primeros cristianos, que hasta hoy están esparcidos por los escritos del Nuevo Testamento: en los evangelios (Lc 1,46-55; Lc 2,14; 2,29-32), en las cartas paulinas (1Cor 13,1-13; Ef 1,3-14; 2,14-18; Fil 2,6-11; Col 1,15-20) y en el Apocalipsis (1,7; 4,8; 11,17-18; 12,10-12; 15,3-4; 18,1 hasta 19,8). Estos cánticos nos dan una idea de cómo era la vivencia de la fe y de la liturgia semanal en aquellos primeros tiempos. Dejan entrever una liturgia que era, al mismo tiempo, celebración del misterio, profesión de fe, animación de la esperanza y catequesis.
• Aquí en el Cántico de Zacarías, los miembros de aquellas primeras comunidades, casi todos judíos, cantan la alegría de haber sido visitados por la bondad de Dios que, en Jesús, vino a realizar las promesas. El cántico tiene una bonita estructura, bien elaborada. Parece una lenta subida que lleva a los fieles hasta lo alto de la montaña, de donde observan el camino recorrido desde Abrahán (Lc 1,68-73), experimentan el comienzo de la realización de las promesas (Lc 1,74-75) y de allí miran hacia delante previendo el camino que tiene que recorrer el niño Juan hasta el nacimiento de Jesús; el sol de justicia que viene a preparar para todos el camino de la Paz (Lc 76-79).
• Zacarías comienza alabando a Dios porque ha visitado y redimido a su pueblo (Lc 1,68) y ha suscitado a un poderoso salvador en la casa de David su siervo (Lc 1,69) como había prometido por boca de los profetas (Lc 1,70). Y describe en qué consiste esta salvación poderosa: salvarnos de todos nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian (Lc 1,71). Esta salvación es el resultado, no de nuestro esfuerzo, sino de la bondad misericordiosa de Dios mismo que se acordó de su alianza sagrada y del juramento hecho a Abrahán; nuestro padre (Lc 1,72). Dios es fiel. Este es el fundamento de nuestra seguridad.
• Seguidamente Zacarías describe en qué consiste el juramento de Dios a Abrahán: es la esperanza de “que, libres de nuestros enemigos, podamos vivir sin temor, en santidad y justicia, en presencia de Dios, todos los días de nuestra vida”. Este era el gran deseo de la gente de aquel tiempo y sigue siendo el gran deseo de todos los pueblos de todos los tiempos: vivir en paz, sin miedo, sirviendo a Dios y al prójimo, en santidad y justicia, todos los días de nuestra vida. Este es lo alto de la montaña, el punto de llegada, que apareció en el horizonte con el nacimiento de Juan (Lc 1,73-75).
• Ahora la atención del cántico se dirige a Juan, al niño que acaba de nacer. El será el profeta del Altísimo, porque irá delante del Señor preparándole el camino, capacitando a su pueblo para conocer la salvación para el perdón de los pecados (Lc 1,76-77). Aquí tenemos una alusión clara a la profecía mesiánica de Jeremías que decía: “Ya no tendrá que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: “Conozcan a Javé”. Porque todos, grandes y pequeños, me conocerán, oráculo de Javé, porque yo habré perdonado su culpa y no me acordaré más de su pecado” (Jer 31,34). En la Biblia, “conocer” es sinónimo de “experimentar”. El perdón y la reconciliación nos hacen experimentar la presencia de Dios.
• Todo esto será fruto de la acción misericordiosa del corazón de nuestro Dios y se realizará plenamente con la venida de Jesús, el sol que viene de lo alto para iluminar todos los que están en tinieblas y sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por los caminos de la Paz (Lc 1,78-79).

4) Para la reflexión personal

• Hay veces que es bueno leer el cántico como si fuera por primera vez para poder descubrir en él toda la novedad de la Buena Nueva de Dios.
• ¿Has experimentado alguna vez la bondad de Dios? ¿Has experimentado alguna vez el perdón de Dios?

5) Oración final

Cantaré por siempre el amor de Yahvé,
anunciaré tu lealtad de edad en edad.
Dije: «Firme está por siempre el amor,
en ellos cimentada tu lealtad. (Sal 89,2-3)

En familia, Dios quiere nacer

En familia, Dios, quiso nacer
En familia, Dios, comenzó a llorar
En familia, Dios, acogió al pobre y al rico
En familia, Jesús, se dejó iluminar por una estrella
En familia, Jesús, reconoció a un nombre: MARIA
En familia, un Niño, respetó a un hombre: JOSÉ
En familia, el Dios con nosotros,
se inició en el valor de la fe.
En familia, Jesús, recibió
agasajos de humildes y regios
En familia, Jesús, supo lo que fue huir
En familia, Jesús, recibió aliento
En familia, Jesús, aprendió a vivir.
En familia, Jesús, sufrió el desprecio
de los que no supieron verle ni esperarle
En familia, Jesús, vio a los pastores
cuerpo a tierra y lágrimas en los ojos
En familia, Jesús, contempló a tres reyes
con abundancia de oro, incienso y mirra ofreciéndole.
En familia, Jesús, habló y guardó silencio
En familia, Jesús, fue perdido y encontrado
En familia, jugaba, rezaba y cantaba
y, en familia, sufrió la incomprensión
de algunos de los que le rodeaban
En familia…¡sí en familia!
¡En familia Jesús fue hijo!
¡En familia, Jesús, fue Niño
¡En familia, Jesús, fue joven!
¡En familia, Jesús, aprendió a ser adulto!
¡En familia, Jesús, aprendió a mirar a los cielos! Amén.

Lunes IV de Adviento

LUNES IV de ADVIENTO

(24 de diciembre)

José era un hombre bueno, un hombre bueno y generoso, por eso Dios se hizo presente en su vida y le enconmendó una misión: cuidar a María y al niño que estaba esperando.
No lo tuvo fácil, pero no le importó fue capaz de olvidarse de todas las dificultades porque sabía que maría le necesitaba. Se f´ió de Dios, como ella y decidió que su vida estaría dedicada a ellos, cuidándolos, protegiéndolos… siempre pendiente de sus necesidades.
José cuidó de María y preparó con cariño la venida del Niño.

Para reflexionar

• ¿Cómo ando de generosidad?

• ¿Soy capaz de descubrir lo que necesitan los demás?

• O ¿Sólo pienso en lo que necesito y quiero yo?

• ¿Estoy atento y disponible para ayudar a los demás?

Oración

Señor ayúdanos a ser generosos
con los demás.
Ayúdanos a descubrir que todos
somos importantes, porque a todos
nos has creado y nos has regalado unas
cualidades que ofrecer a los demás.
No nos dejes ser egoístas y pensar solo en nosotros,
ayúdanos a estar atentos y a salir al paso
de lo que los demás necesiten,
poniendo en juego eso que de especial
e importante tenemos.

Gaudete et exsultate – Francisco I

176. Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…».

Homilía – Navidad

DIOS HUMANADO – HOMBRE DIVINIZADO

NAVIDAD ES OTRA COSA

Felicidades y enhorabuena porque, sin duda, os esforzáis por vivir una navidad diferente a la social, bullanguera y folclórica. Porque la Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en nuestras calles, una fiesta mucho más honda y gozosa que todos los artículos de nuestra sociedad de consumo. Los creyentes tenemos que recuperar el corazón de esta fiesta y descubrir detrás de tanta superficialidad y aturdimiento el misterio que da origen a nuestra alegría. Mi congratulación porque procuráis vivir una Navidad que es fuente de alegría profunda y no sólo un paréntesis en la tristeza o el aburrimiento cotidiano, una Navidad que da sentido a la vida personal y a la historia.

Felicidades y enhorabuena porque, sin duda, como decía al comienzo del Adviento, venimos a celebrar algo, alguna liberación, alguna experiencia nueva de vida, algún paso hacia adelante en la vida personal, familiar y comunitaria. Alguien me confesaba: “He procurado tomar en serio el Adviento y hoy tengo que decir que, sin que hayan desaparecido los problemas de mi vida, tanto en lo familiar como en lo laboral (convive con personas alteradas psíquicamente), lo soporto todo con más humor, con menos dramatismo”.

Alguien que inició vida comunitaria en un grupo casi al comienzo de Adviento, testimonia que no sabe cómo agradecer a Dios el que le haya impulsado a ello. Otros que iniciaron una experiencia misionera de visitar a personas para animarlas y entusiasmarlas a participar en la vida de la Iglesia, sienten una profunda satisfacción por haber salido un poco de sí y sentirse útiles para los demás. Sin duda, todos tenemos alguna experiencia de superación que contar. Esto sí que es Navidad, porque tenemos algo por qué brindar, porque ha nacido algo nuevo en nosotros y se lo debemos al Hijo de Dios humanado que ha nacido en Belén.

Navidad es fiesta permanente porque en ella nace el sol que ilumina nuestro mundo, nuestra vida, nuestra persona. Afirma el Concilio Vaticano II que Jesús de Nazaret ilumina el misterio de Dios y el misterio del hombre. Navidad nos da una clave para entender la vida. Pero para comprender este misterio, para tener experiencia de la dicha que esto reporta, para “saborear” toda su grandiosidad y ternura, se necesita tener una mirada transparente, un corazón sencillo, sin pliegues ni repliegues. Los sabiondos de entonces y de ahora, por más que asistan al culto, se quedan sin encontrar a Dios o sin dejarse encontrar por Él. Lo revelan los relatos evangélicos de la infancia: No reconocen al Dios encarnado los sabios ni los legisladores, ni los encargados del culto, ni los guardianes del templo… Sí le reconocen los pastores, los magos, los ancianos Simeón y Ana, los humildes y pecadores arrepentidos. Hay muchos autosuficientes que se creen de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte, para quienes la experiencia religiosa es una realidad enteramente desconocida. La puerta que da entrada a la basílica de Belén apenas si tiene metro y medio. La hicieron así para impedir la entrada de los caballos invasores, pero la tradición lo interpreta como signo de humildad y pequeñez, sin las cuales no se puede acceder al portal.

 

JESUCRISTO, REVELACIÓN DE DIOS Y DEL MISTERIO DEL HOMBRE

Dios se hace niño, es un niño que acaricia y se deja acariciar, que es hermano nuestro, que necesita ser atendido; débil, necesita ser amamantado y acunado por una jovencita. “Muéstranos al Padre”, pide Felipe. “Pero, Felipe, ¿ahora me sales con ésas? ¿No sabes que quien me ve a mí, ve al Padre? Yo soy el rostro del Padre” (Jn 14,8-10).

Testimoniaba una cristiana fervorosa que el encuentro tenido con Chiara Lubich y la imagen que presentaba de Dios no justiciero, sino misericordioso, la habían convertido y abierto a una vida nueva: “Es como si empezara a vivir otra vida más radiante, feliz, confiada”. Ése es el rostro de Dios que nos refleja el niño nacido en un pesebre. Por lo demás, este acontecimiento central nos habla de la locura del amor de Dios Padre-Madre por nosotros: “Tanto amó Dios al mundo (tanto me amó a mí, hemos de decir) que nos entregó a su Hijo querido” (Jn 3,16). Y si nos dio a su Hijo como hermano nuestro, ¿qué nos va a negar? (Rm 8,32). Por amor “se hizo en todo semejante a nosotros, menos en el pecado” (Hb 4,15). No se aferró a su categoría de Dios, sino que se humilló hasta nacer en un establo y morir en una cruz como un delincuente (Cf. Flp 2,5-8).

El niño que nace en Belén, entre pajas y animales, revela por entero el misterio de todo ser humano. La humanización del Hijo de Dios revela el misterio y la grandeza del hombre. Dios se humanizó para divinizar al hombre. El Hijo de Dios se hizo hijo de hombre, para que los hijos de hombre seamos hijos de Dios, repiten con insistencia los Santos Padres.

Probablemente habéis oído la anécdota elocuente. Un aya de Luis XV tiene un descuido con respecto a una princesa. La princesa airada le reprende con acritud: “¿Te olvidas de que soy hija del rey?”. El aya, una mujer de mucha fe y de mucho coraje, le responde: “¿Se olvida, Alteza, que soy hija de Dios?”. Ése es el gran título que nos revela el niño de Belén y que nos hace a todos igualmente dignos.

Misterio incomprensible de amor es que el Hijo de Dios se haya hecho uno de nosotros; pero misterio no menos asombroso es que se haya identificado con cada persona humana. Esto sólo es aceptable por la fe. Y por eso, todo lo que hiciéremos a cada persona, se lo estamos haciendo a él (Mt 25,40).

Esto tiene una gran proyección para nuestra vida. Lo recordaba una obra teatral un poco simple, pero expresiva. Un profeta anuncia a un pueblo que le va a visitar Jesucristo en aquella semana. El pueblo se moviliza y empieza a prepararle minuciosamente el recibimiento: arcos, banderolas, banderas… Mientras están afanados viene al pueblo un mendigo pidiendo ayuda y cobijo, viene un emigrante, viene un anciano desmemoriado que se ha perdido, viene una mujer de la vida… A todos les responden de la misma manera: “No estamos para perder tiempo; estamos preparando el recibimiento de alguien muy importante”. El pueblo está engalanado, pero el Señor no llega. Malhumorados le envían un mensaje al profeta: “¿Qué pasa? ¿Nos has engañado? Ha pasado más de una semana, y el Señor no ha venido”. El profeta envía un mensaje de vuelta: “Sí que ha estado. ¿No le habéis reconocido? ¿No ha estado por ahí un mendigo, un emigrante, un anciano perdido, una mujer de la vida?”. Pues ése era Jesucristo…

Los paquetes que hemos entregado, los donativos que hemos hecho, los servicios que hemos prestado y estamos haciendo, se los estamos haciendo a él: “A mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Si de nuevo se hiciera históricamente presente, nos desviviríamos, le ofreceríamos lo mejor, nos pelearíamos por atenderle, por tener ese honor. No lo dudemos: cuando tendemos una mano al que nos necesita, se la estamos tendiendo a él. Y esto nos lo agradece más, tiene más mérito, porque se lo hacemos a él oculto bajo los defectos y deficiencias de las personas.

CON NOSOTROS PARA SIEMPRE

Navidad revela, además, otro misterio insondable: El Hijo de Dios se ha hecho hombre para siempre. Ha plantado su tienda entre nosotros, se ha hecho nuestro hermano y vecino para siempre. “Con vosotros me quedo hasta la consumación de los siglos” (Mt 28,20).

No sólo en la persona del prójimo, le oímos también cuando escuchamos su Palabra. No sólo se ha hecho uno de nosotros; se ha hecho también nuestro alimento. No es sólo un comensal como el hermano que cenó a mi lado en la reunión familiar de nochebuena; se hace nuestra comida para transformarnos en él. ¡Qué misterio! Él es el que crea la unión familiar, las actitudes de perdón, acogida, ternura, el que hizo surgir la alegría de la unión y de la reunión. Él sigue actuando por su Espíritu. ¿Por qué no hacer que toda la vida sea Navidad?

San León Magno exclamaba: No puede haber tristeza cuando nace la vida. Se apagarán las luces, terminará el folclore… pero el mensaje de Navidad sigue vivo como profunda fuente de alegría: El Hijo de Dios se ha hecho hermano de todos para siempre. ¿Esta realidad no convierte, como decía san Atanasio, toda nuestra vida en una fiesta continua?

Atilano Alaiz

Lc 2, 41-52 (Evangelio Domingo de la Sagrada Familia)

El Evangelio que hoy se nos propone es el final del “evangelio de la infancia” de Lucas. Ya sabemos que la finalidad del “evangelio de la infancia” no es hacer un reportaje sobre los primeros años de la vida de Jesús, sino hacer catequesis sobre Jesús; en esa catequesis, se dice quién es Jesús y se presentan algunos de los ejes teológicos que van a ser desarrollados, más tarde, en el resto del Evangelio.

La “catequesis” de hoy nos sitúa en Jerusalén. La Ley judía pedía que los hombres de Israel fueran tres veces por año a Jerusalén, en las tres grandes fiestas de peregrinación (Pascua, Pentecostés y Fiesta de las Tiendas, cf. Ex 23,17ss). Aunque los rabinos no considerasen obligatoria la ley hasta los trece años, muchos padres llevaban a sus hijos antes de esa edad. Jesús tiene doce años y, de acuerdo con el texto de Lucas, fue con María y José a Jerusalén a celebrar la Pascua.

En este ambiente de Jerusalén y del Templo es donde Lucas sitúa las primeras palabras pronunciadas por Jesús en el Evangelio. Son, sin duda, el centro de nuestro relato.

La clave de este episodio está, por tanto, en las palabras pronunciadas por Jesús cuando, finalmente, se encuentra con María y José: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”

El significado (la catequesis) de la respuesta a la pregunta de María es que Dios es el verdadero Padre de Jesús. De aquí se traduce que las exigencias de Dios son, para Jesús, prioritarias, y superan a cualquier otra exigencia. Su misión, la misión que el Padre le confía, va a obligarle a romper los lazos con su propia familia (cf. Mc 3,31-35).

Es posible que haya también, aquí, una referencia a la pasión, muerte y resurrección de Jesús: tanto el episodio que hoy leemos como los hechos relativos a la muerte-resurrección, se encuentran en un contexto pascual; en ambas situaciones Jesús es abandonado, aquí por María y José y, más tarde, por los discípulos, por personas que no comprenden que su prioridad es el proyecto del Padre; en ambas situaciones, Jesús es buscado (cf. Lc 24,5) y tiene que explicar que la finalidad de su vida es cumplir aquello que el Padre había planeado (cf. Lc 24,7.25-27.45-46).

Lucas presenta aquí la clave para entender toda la vida de Jesús: Él vino al mundo por mandato de Dios Padre y con un proyecto de salvación/liberación. A aquellos que se pregunten por qué debe el mesías andar determinado camino, Lucas les responde: porque es la voluntad del Padre. Fue para cumplir la voluntad del Padre por lo que Jesús vino a nuestro encuentro y entró en nuestra historia.

Detengámonos, todavía, en dos cuestiones un tanto marginales, pero que pueden servir también para nuestra reflexión: en primer lugar, reparemos en el entusiasmo que Jesús manifiesta por la Palabra de Dios y por las cuestiones que a ella se refieren; en segundo lugar, la “declaración de independencia” de Jesús ante sus padres puede ayudarnos a comprender que la familia no es un lugar cerrado, donde la persona crece en unos horizontes limitados y cerrados, sino que es el lugar donde nos abrimos al mundo y a los otros, donde nos pertrechamos para ir a la conquista del mundo que nos rodea.

La reflexión del Evangelio de hoy puede tener en cuenta las siguientes cuestiones:

Para Jesús, la prioridad fundamental a la que todo se somete (hasta la familia) es el proyecto de Dios, el plan que Dios tiene para cada persona. Si los planes de los padres y los planes de Dios entran en conflicto, ¿cuáles deben prevalecer?

¿Nos anima el mismo entusiasmo de Jesús por la Palabra de Dios?
¿Somos capaces de olvidarnos de otros intereses legítimos para dedicarnos a la escucha, a la reflexión, a la discusión de la Palabra?
¿Vemos en ella un medio privilegiado para conocer el proyecto que Dios tiene para nosotros?

María y José no hicieron una “escena” ante la respuesta “irreverente” de Jesús. Aceptaron que el joven Jesús no les pertenecía en exclusividad: él tenía su identidad y misión propias.
¿Es así como nos situamos ante aquellos con los que compartimos la experiencia familiar?

¿Nuestra familia potencia nuestro crecimiento, abriéndonos los horizontes y llevándonos al encuentro del mundo, o nos cierra en un espacio cómodo y reducido, donde nos mantengamos eternamente dependientes?

Col 3, 12-21 (2ª Lectura Domingo de la Sagrada Familia)

La Iglesia de Colosas, destinataria de esta carta, fue fundada por Épafras, un compañero de Pablo, por los años 56-57. Por lo que sabemos, Pablo nunca visitó la comunidad.

Hoy, no está claro para nosotros que Pablo haya escrito esta carta (el vocabulario utilizado y el estilo del autor están lejos de las cartas indiscutiblemente paulinas; también la teología presenta elementos nuevos, nunca usados en las otras cartas atribuidas a Pablo); por eso, es un tanto difícil definir el ambiente en el que este texto apareció.

Para los defensores de la autoridad paulina, con todo, la carta fue escrita cuando Pablo estaba prisionero, posiblemente en Roma (años 61-63). Épafras había visitado al apóstol en prisión y dejado noticias alarmistas: los colosenses corrían el riesgo de apartarse de la verdad del Evangelio; por causa de doctrinas enseñadas por ciertos doctores de Colosas. Esas doctrinas mezclaban prácticas legalistas (lo que parece indicar tendencias judaizantes) con especulaciones acerca del culto de los ángeles y de su papel en la salvación; exigían un ascetismo rígido y el cumplimiento de ciertos ritos de iniciación, destinados a comunicar a los creyentes un conocimiento más adecuado de los misterios ocultos y llevarlos, a través de los distintos grados de iniciación, a la vivencia de una vida religiosa más auténtica.

Sin refutar esas doctrinas de un modo directo, el autor de la carta afirma la absoluta suficiencia de Cristo y señala su lugar preeminente en la creación y en la redención de los hombres.

El texto que se nos propone, pertenece a la segunda parte de la carta. Después de constatar la supremacía de Cristo en la creación y en la redención (1a parte), el autor avisa a los colosenses que la unión con Cristo trae consecuencias para la vivencia práctica (2a parte): implica la renuncia al “hombre viejo”, al egoísmo y al pecado y “revestirse del Hombre Nuevo”.

¿Qué significa, concretamente, “revestirse del Hombre Nuevo”?

Para el autor de la carta, vivir como “Hombre Nuevo” es cultivar un conjunto de virtudes que resultan de la unión del cristiano con Cristo: misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Lugar especial ocupa el perdón de las ofensas, a ejemplo de Cristo que siempre manifestó una gran capacidad de perdón. Estas virtudes, que deben adornar la vida del cristiano, son exigencias y manifestaciones de la caridad, que es la fuente de donde brotan todas las virtudes del cristiano.

Catálogos de exigencias como este, aparecen también en los discursos éticos de los griegos. Lo que es nuevo aquí, es la fundamentación: tales exigencias son resultado de la íntima relación del cristiano con Cristo; vivir “en Cristo” implica vivir con él y como él, en amor total, en servicio, en disponibilidad, en donación de vida.

Una vez presentado el ideal de vida cristiana en sus líneas generales, el autor de la carta aplica lo que acaba de decir al ámbito más concreto de la vida familiar. A las mujeres, les recomienda respeto para con sus maridos (la referencia a la sumisión de las esposas debe ser entendida en la perspectiva del lenguaje y de la práctica de la época); a los maridos, les invita a amar a las esposas, evitando el dominio tiránico sobre ellas; a los hijos les recomienda la obediencia a los padres, a los padres, con intuición pedagógica, les pide que no sean excesivamente severos para con los hijos, pues eso puede impedir el normal desarrollo de sus capacidades. Para unos y para otros, la caridad (“ágape”), entendida como amor de entrega, de donación, a ejemplo de Jesús que amó hasta la donación de la vida, que debe presidir las relaciones entre los miembros de una familia.

Es de esta forma como, en el ámbito familiar, se manifiesta el Hombre Nuevo, el hombre transformado por Cristo y que vive según Cristo.

En la reflexión, considerad los siguientes elementos:

Vivir “en Cristo” implica hacer del amor nuestra referencia fundamental y dejar que se manifieste en gestos concretos de bondad, de perdón, de donación, de comprensión, de respeto por el otro, de servicio.
¿Es este el ámbito en el que se desarrollan nuestras relaciones con aquellos que nos rodean?

Nuestra primera responsabilidad es, evidentemente, para con aquellos que compartimos la vida del día a día (nuestra familia).
Ese amor que debe revestirnos siempre, ¿se traduce en una atención continua a aquel que está a nuestro lado, a sus necesidades y preocupaciones, a sus alegrías y tristezas? ¿Se traduce en gestos sentidos y compartidos de cariño y de ternura? ¿Se traduce en un respeto absoluto por la libertad y por el espacio del otro, por un dejar al otro crecer sin sofocarlo? ¿Se traduce en una voluntad de servir al otro, sin servirnos de él?

A las mujeres no les gusta oír a Pablo pedirles la sumisión a sus maridos. Sin embargo, no deben ser demasiado severas con el autor de esta carta: es un hombre de su tiempo, que utiliza el lenguaje de su tiempo y que pone las cosas en los términos alrededor de los cuales se organizaban las comunidades familiares de la época. No podemos exigir al autor de esta carta (que escribe hace casi dos mil años) el mismo lenguaje y la misma sensibilidad que tenemos hoy, a propósito de estas cuestiones. A pesar de todo, conviene recordar que el autor de la carta a los colosenses no se olvida de pedir a los maridos que amen a sus mujeres y que no las traten con aspereza; sugiere, de esta forma, que la mujer tiene, en relación con el marido, igual dignidad.

Eclo 3, 2-6. 12-14 (1ª Lectura Domingo de la Sagrada Familia)

El libro del Eclesiástico (o de Ben Sirá) es un libro de carácter sapiencial que, como todos los libros sapienciales, tiene por objeto dejar a los candidatos a “sabios” un conjunto de indicaciones prácticas sobre el arte del bien vivir y de ser feliz. Su autor es un tal Jesús Ben Sirá, un “sabio” israelita que vivió en la primera mitad del siglo II antes de Cristo.

La época de Jesús Ben Sirá es una época conturbada para el Pueblo de Dios. Los seléucidas dominaban Palestina e intentaban imponer a los judíos, con violencia, la cultura helénica. Muchos judíos seducidos por el brillo de la cultura griega, abandonaban los valores tradicionales y la fe de sus padres y asumían comportamientos más en consonancia con la “modernidad”. La identidad cultural y religiosa del Pueblo de Dios corría, así, serios riesgos.

En este contexto, Jesús Ben Sirá, un “sabio” tradicional, escribe para preservar las raíces de su Pueblo. En su libro, presenta una síntesis de la religión tradicional y de la “sabiduría” de Israel e intenta demostrar que es en el respeto por su fe, por sus valores, por su identidad como los judíos podrán descubrir el camino seguro hacia la felicidad.

Nuestro texto presenta una serie de indicaciones prácticas que los hijos deben tener en cuenta en las relaciones con sus padres.

La palabra que preside este conjunto de consejos del “sabio”, es la palabra “honrar” (se repite cinco veces, en estos pocos versículos). ¿Qué significa, exactamente, “honrar a los padres”?

La expresión nos lleva al Decálogo del Sinaí (“honra a tu padre y a tu madre”, Ex 20,1-2). Ahí el verbo utilizado es el verbo “kabad”, que se acostumbra a traducir como “dar gloria”, “dar autoridad”, “dar importancia”. Así, “honrar a los padres” es darles el debido valor y reconocer su importancia; es que ellos son los instrumentos de Dios, fuente de vida.

Reconocer que los padres son el instrumento a través del cual Dios concede la vida, debe llevar a los hijos a la gratitud; y la gratitud no es una declaración de intenciones, sino un sentimiento que implica ciertas actitudes prácticas. Jesús Ben Sirá apunta algunas:

“honrar a los padres” significa ampararlos en la vejez y no despreciarlos ni abandonarlos;
significa asistirlos materialmente, sin disculpa, cuando ya no pueden trabajar (cf. Mc 7,10-19); significa no hacer nada que los disguste; significa escucharlos, tener en cuenta sus orientaciones y consejos; significa ser indulgentes con las limitaciones que la edad o la enfermedad comportan.

Dado el contexto de la época en la que Ben Sirá escribe, es natural que, tras estas indicaciones a los hijos, esté también la preocupación por mantener vivos los valores tradicionales, esos valores que los más mayores preservan cuidadosamente y que los más jóvenes, a veces, olvidan.

Como recompensa de esta actitud de “honrar a los padres”, Jesús Ben Sirá promete el perdón de los pecados, la alegría, la vida larga y la atención de Dios.

La reflexión de este texto puede hacerse a partir de los siguientes datos:

¿Somos agradecidos a nuestros padres porque ellos aceptaron ser, en nuestro favor, instrumentos del Dios creador? ¿Nos acordamos de demostrarles nuestra gratitud?

A pesar de la sensibilidad moderna hacia los derechos humanos y la dignidad de las personas, nuestra civilización crea, con frecuencia, situaciones de abandono, de marginación, de soledad, cuyas víctimas son, muchas veces, aquellos que ya no tienen una vida considerada productiva, o aquellos a los que la edad o la enfermedad les trajeron limitaciones

¿Qué motivos justifican el desprecio, el abandono, el “dar la espalda” a aquellos a los que debemos “honrar”?

Es verdad que la vida de hoy es muy exigente en el ámbito profesional y que no siempre le es posible a un hijo estar presente al lado de un padre que necesita cuidados o de un acompañamiento especializado. Sin embargo, la situación es mucho menos comprensible si el alejamiento de un padre del hogar (y su ingreso en una residencia) es fruto del egoísmo del hijo, que no está para “aguantar al viejo”.

Sin querer juzgar ni condenar nadie, ¿qué sentido tiene el “deshacernos” de aquellos que fueron, para nosotros, instrumentos del Dios creador y fuente de la vida?

¿El capital de madurez y de sabiduría de vida que los más mayores poseen es considerado por nosotros como una riqueza o como algo ridículo para nuestra modernidad y nuestras certezas?

Padecemos una invasión continua de valores extraños que, tantas veces, ponen en peligro nuestra identidad cultural y religiosa (cuando no nuestra humanidad), ¿que significan los valores que recibimos de nuestros padres?
¿Aceptamos con naturalidad la permanencia de esos valores, o estamos dispuestos a renegar de ellos ante la primera señal que nos hagan los “valores de moda”?