Viernes de la Octava de Navidad

Hoy es 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes.

Es Navidad. La vida nace y busca estrecharme en su abrazo. Me tomo un tiempo tranquilo para escuchar las voces que surgen en mi interior y para entrar en contacto con la alegría que quiere despertarme a nuevas cotas de realidad. Al ritmo de la respiración me preparo para escuchar y entrar en el misterio.

Hoy, fiesta de los Santos Inocentes, pienso en tantos hombres y mujeres que se sienten inseguros, heridos, golpeados. Pienso en María y José camino de Egipto. Pongo todas esas incertidumbres en tus manos, pidiéndote que me des la capacidad de confiar y esperar en ti, Señor.

Cuando las fuerzas aflojan
Tú me das con que seguir.
Cuando me ciego y me agobio
Tú serenas mi vivir.
Confío en Ti, en Ti confié.
Una vez más en Ti esperaré.( Bis)
una vez más en Ti esperaré,
una vez más en Ti,
yo esperaré, yo esperaré.

Una vez másinterpretado por Ixcís, «Al otro lado del mar»

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 2, 13-18):

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: “Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto”. Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven”.

En el ambiente festivo por la vida que viene, el evangelio de hoy me invita a girar la mirada hacia la vida que se va, que es arrancada violentamente. Es impresionante. En los santos inocentes, recordamos aquellas criaturas que sin tener nada que ver, pagan la injusticia de este mundo. En ellas reconozco que el mundo está roto y que yo formo parte de él. Soy pecador.

A la luz de la paradoja del evangelio de hoy, experimento que no me comprendo. Encuentro en mí el Herodes que amenaza y elimina la vida y también el José que la protege y la cuida. Me atrevo a sentir el desafío interior y exterior de Herodes. Tanta gente que escala el poder y sólo piensa en su interés personal sin importar lo que otros tengan o sufran. De la familia de Nazaret, tantos migrantes y refugiados que tienen que huir, en medio de la noche, hasta otra tierra sin ningún plan concreto. De Jesús niño, tantos niños que son hoy cruelmente masacrados. No son suficientes las voces que se levantan en contra de la violencia que sufren las niñas y los niños. Se alzará la mía.

Todavía hay Navidad

Todavía «no hay lugar para ellos»
ni en Belén ni en Lampedusa.
¿Navidad es un sarcasmo?
«Si tu Reino no es de este mundo»,
¿qué vienes a hacer aquí
subversivo, aguafiestas?
Para ser el Dios-con-nosotros
has de serlo en la impotencia,
con los pobres de la Tierra,
así, pequeño, así,
desnudo de toda gloria,
sin más poder que el fracaso,
sin más lugar que la muerte,
pero sabiendo que el Reino
es el sueño de tu Padre,
y también es nuestro sueño.
Todavía hay Navidad,
en la Paz de la Esperanza,
en la vida compartida,
en la lucha solidaria,
¡Reino adentro, Reino adentro!

(Pedro Casaldáliga)

Muchos me preguntan de muchas maneras, ¿se puede confiar en Dios en un mundo donde se torturan niños? Entonces me quedo en silencio e intuyo que también en esa dolorosa realidad, puede entrar en el misterio y descubrir el grito dolorido de Dios. Me dispongo a acoger de nuevo la palabra hecha niño. La palabra que hoy se hace gemido y lamento y llanto. Dejo que con sus lágrimas me aporte transparencia, novedad, frescura, aliento de vida y en silencio permito que me desarme, que vaya quitando de mí tantas armas o escudos que me protegen pero me hacen difícil respirar profundo y arriesgarme.

Al terminar este rato de oración, doy gracias al Señor. Seguramente he reconocido que él se identifica con las víctimas inocentes y de esa manera, nos revela a su Dios. Ya sé que al grito de todas ellas, al grito materno de Raquel, se une el grito de dolor del mismo padre. También sé que no sirve de nada el no querer mirar ni tampoco culpabilizarme con lamentos inoperantes. Por eso, termino poniéndome en las manos de Dios y comprometiéndome con él a denunciar con valentía, a trabajar humildemente al lado de los débiles, a cuidar como pueda la vida amenazada.

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias.

 Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal de que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.

 No deseo nada más, Padre.

 Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.

 Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

Charles de Foucauld

Liturgia 28 de diciembre

VIERNES. LOS SANTOS INOCENTES, mártires, fiesta

Misa de la fiesta (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio de Navidad, embolismos propios de la Octava en las Plegarías Eucarísticas. Conveniente Plegaria Eucarística I. No se puede decir la Plegaría Eucarística IV.

Leccionario: Vol. IV

  • 1Jn 1, 5 – 2, 2. La sangre de Jesús nos limpia de todo pecado.
  • Sal 123. Hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador.
  • Mt 2, 13-18. Herodes mató a todos los niños en Belén.

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Antífona de entrada

Los niños inocentes murieron por Cristo, siguieron al Cordero sin mancha, a quien alaban por siempre: Gloria a ti, Señor.

Acto penitencial
Celebramos hoy la fiesta de los santos Inocentes, el nacimiento a la vida eterna de aquellos niños de Belén muertos por causa de Cristo como consecuencia del odio y el miedo ciego de Herodes. Ellos nos muestran las consecuencias terribles del afán de poder y de la falta de amor; pero nos muestran más todavía la fuerza de Dios que da vida y gloria por siempre, más allá de todo el mal que los hombres podamos poner en este mundo, más allá de toda tristeza y dolor.

Pongámonos, pues, en silencio delante de Dios, y pidiendo su perdón dispongámonos a celebrar la Eucaristía.

• Tú, Luz que ilumina a todo hombre.
• Tú, Príncipe de la Paz.
• Tú, Verbo de Dios encarnado.

Gloria

Oración colecta
O
h Dios,

los mártires inocentes pregonan hoy tu gloria
no de palabra, sino con su muerte;
concédenos dar testimonio con nuestra vida
de la fe que confesamos con los labios.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Elevemos nuestras oraciones a Dios, que existe por toda la eternidad, pero que ha querido hacerse hombre para manifestarnos su amor con un corazón humanado.

1.- Por la Iglesia, Pueblo de Dios, que se goza con el nacimiento de Jesús en nuestra carne; para que viva cada vez más su Evangelio, sea dócil al Espíritu Santo y se deje renovar por Él. Roguemos al Señor.
2.- Por las vocaciones sacerdotales al servicio de nuestra diócesis; para que el ejemplo de san Juan, que dejó las redes y a su padre para seguir a Cristo, anime a muchos jóvenes a entregar su vida por entero al anuncio de la Buena Noticia. Roguemos al Señor.
3.- Por nuestros gobernantes; para que sirvan al bien común, trabajen por la justicia y hagan posible la convivencia pacífica entre todos los ciudadanos. Roguemos al Señor.
4.- Por todos los hombres que todavía no han oído hablar de Dios; para que el Verbo de Dios, que quiso poner su morada entre nosotros, se manifieste en sus corazones y lo acojan con fe. Roguemos al Señor.
5.- Por todos los que estamos celebrando la fiesta de san Juan en el marco de las fiestas de Navidad; para que recibamos la abundancia de la gracia que nos trae Jesucristo y la transmitamos a nuestros hermanos. Roguemos al Señor.

Oh Dios, que por el nacimiento de tu Hijo en nuestra carne has querido manifestarnos tu amor y tu cercanía; escucha nuestras oraciones y haz que, siguiendo las huellas de san Juan que supo vivir en tu amor, lleguemos un día a la plenitud de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
R
ecibe, Señor, las ofrendas de tus fieles siervos

y purifícalos al celebrar piadosamente tus misterios,
con los que santificas incluso a aquellos que no te conocen.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Navidad

Antífona de comunión Ap 14, 4
Estos fueron rescatados como primicias de los hombres para Dios y el Cordero. Estos son los que siguen al Cordero adonde quiera que vaya.

Oración despúes de la comunión
C
oncede, Señor, las riquezas de la salvación

a los fieles que han recibido tu aliento santo
en la fiesta de quienes,
incapaces todavía de confesar de palabra a tu Hijo,
han sido coronados con la gracia celestial
en virtud del nacimiento de Cristo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne

— Dios, bondad infinita,
que disipó las tinieblas del mundo
con la encarnación de su Hijo
y con su nacimiento glorioso
iluminó esta noche santa
aleje de vosotros las tinieblas del pecado
y alumbre vuestros corazones con la luz de la gracia.

— Quien encomendó al ángel anunciar a los pastores
la gran alegría del nacimiento del Salvador
os llene de gozo
y os haga también a vosotros mensajeros del Evangelio.
Amén.

— Quien por la encarnación de su Hijo
reconcilió lo humano y lo divino
os conceda la paz a vosotros, amados de Dios,
y un día os admita entre los miembros de la Iglesia del cielo
Amén.

— Y la bendición de Dios todopoderoso
del Padre, del Hijo † y del Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
Amén.

Despedida

Llevemos a todos la Buena Noticia: «Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor». Podéis ir en paz.

Los santos inocentes

SANTOS INOCENTES

Recordemos aquel trozo de pequeña historia política: ante el reyezuelo Herodes aparecieron un día tres sabios, preguntándole, incautos como buenos sabios, dónde estaba el rey que acababa de nacer. Herodes, disimulando el terror para utilizarles a ellos mismos como manera de cortar el peligro, convocó doctores que le dijesen dónde anunciaban las profecías el nacimiento del futuro rey redentor—»liberador», diríamos modernamente—, y se dispuso a luchar con los presagios y con los profetas. Aquellos sabios, sin infundir sospechas por su misma buena fe, le servirían para descubrir el escondrijo del niño. Pero—ya lo recordáis—los sabios, avisados en sueños, volvieron por otros caminos hacia su patria. Y Herodes contó los días, nervioso, irritado consigo mismo por su estupidez. Al fin se decidió a explorar, y se convenció de la decepción: se habían ido. Su remedio fue frío, feroz, burocrático, con estilo del siglo xx: calculó los tiempos, la tardanza del viaje de los Magos, la ida a Belén. La espera; añadió un «margen de seguridad», redondeó; salían dos años. 

Entonces decretó: que murieran todos los niños de esa comarca nacidos en los últimos dos años. Fue como una leva militar, dos «reemplazos» de niños para morir, arrancados a sus madres; algunos ya andando, diciendo sus primeras palabras balbucidas: otros muertos sobre los pechos maternos. Que dentro de unos años se notara un extraño fenómeno —un vacío de edad entre los mozos, menos brazos para la siega, una escasez de novios para las muchachas—, esto era un detalle administrativo sin importancia. Lo que importaba era durar en el mando, no ser depuesto del trono. Todavía, tiempo después, algún espía herodiano recorrería la región sonsacando, preguntando por los niños, preguntando si alguien confiaba en un futuro rey, si tal vez, ahora mismo… Pero había un vacío tranquilizador. El baño de sangre parecía haber borrado el peligro. 

Esos son los Santos Inocentes, los mártires sin culpa. Pero—nos dice nuestro instinto respondón—también sin mérito. Tendemos a pensar que la bienaventuranza es sólo el pago debido a trabajos y sufrimientos conscientes y voluntarios, y que el niño pequeño todavía no es quién para la gloria. «Angelitos al cielo», decimos como fórmula hueca de consuelo, pero nos resistimos a pensar que allí sean, no cabecitas tontas con alas, no juegos inconscientes, sino personas enteras, que acaso gozarán de Dios mejor que muchos sabios y muchos grandes hombres. Pero ¿es que cuenta tanto la diferencia del crecer, si no es a los tristes efectos de ser más responsables de nuestras maldades? «El que no se haga semejante a uno de estos pequeñuelos no entrará en el reino de los cielos.» ¿Acaso hemos ido mucho más allá del niño en comprender a Dios, en saber por qué hacemos lo que hacemos en la vida? A veces es al contrario; hemos enredado, con nuestro orgullo de creer que sabemos explicarlo todo, la clara simplicidad del mundo que teníamos al llegar, donde todo era tan natural y tan enterizo, risa y miedo, cariño y horror, y el sentir que dependemos de algo, al fondo de la vida, nunca bien visible. 

El niño tiene también su manera de gloria. San Pablo dice que hay diferencias entre la gloria de las almas como entre la luz de las estrellas: y acaso podemos entender que no sólo es que haya más o menos luz, sino que la luz es diversa, pura y quieta en alguna estrella pequeña: parpadeante y de colores en alguna estrella grande y agitada. El niño todavía está hecho, sin más, para la gloria, sin tener que curarse del arrastre vivido para brillar en luz: su gloria no tendrá ciertas profundidades—ciertos «gozos accidentales», diría la teología—del alma que llega de un largo viaje dolorido, pero será también gloria total, «de mayor». El niño crecerá para Dios en su madurez eterna. Y es que nuestros «méritos»—esa palabra que debería hacernos ruborizar cada vez que la usamos—valen porque sirven para que Cristo nos dé los suyos. Como los jornaleros del Evangelio, acaso nos irrita pensar que lo que se nos dará tras de tanto peligro y esfuerzo, ya lo tienen unos niñitos que ni siquiera pudieron ser tentados y que apenas tuvieron tiempo de ser buenos y malos. Otra vez Cristo responde «Y a ti qué te importa? ¿No es acaso un enorme regalo el que os hago a todos, en cuanto no os negáis a ello? ¿Por qué no iban a tener los pequeños esa suerte? ¿Creéis que vais a tocar a menos? Tal vez os molesta ya la compañía de los niños en la tierra, porque os señala la vaciedad de lo que creéis vuestros «méritos» de mayores, y porque os desconciertan con sus grandes preguntas, que vosotros empequeñecéis y contestáis con una bobada superficial. Y os desazona pensar que la gloria no es simplemente un asunto de los de «personas mayores», como vuestros oficios, vuestras visitas y vuestras costumbres; que es algo tan arrollador y abierto que seguramente los niños, como en el campo, pueden estar más a gusto allí que vosotros, Pero así hay que hacerse todos: puros e infatigables, como niños jugando, para disfrutar del gran recreo definitivo. 

Pero el niño—lo sabemos—, si no se le aplica la redención de Cristo, queda al margen, sin pena ni gloria; no hereda la condena adánica, pero tampoco se puede agarrar a la mano que abre la gloria. Es el caso del niño sin bautizar. Pero, así como hay un «bautismo de sangre», aun sin agua sacramental, para los hombres que reciban la muerte por amor de Dios, también lo puede haber para los niños. Ya sabemos que no hace falta que el niño crezca y diga su voluntad para ser llevado a la pila por el bautismo y entrar en la Iglesia de Cristo; así, tampoco hizo falta que crecieran para que el bautismo de muerte, recibido en ignorancia, les hiciera cristianos en el último momento. Así entraron en tropel a la gloria para jugar, atónitos, con Dios. 

Desde ellos, casi continuamente, de vez en cuando, la historia ha dado «inocentes al cielo». Cada vez que en el mundo hay una guerra o una matanza por las cosas de Dios, hay mártires inconscientes, involuntarios, que mueren revestidos, sin saberlo, de la sangre de Cristo. Basta que no estén enemistados con Dios: un bombardeo, un fusilamiento en masa, convierte en héroes de gloria incluso a quienes, preguntados uno por uno, tal vez se hubiesen acobardado. Tienen derecho al titulo de compañeros de Cristo en su martirio, a través de los siglos, y no se les negará sólo porque ellos no lo hayan pedido. Ocurre lo mismo con la patria: tan héroe es el que dio su sangre acudiendo a alistarse voluntario como el que fue quizá de mala gana, porque tocaba su turno. Sus nombres no se distinguen en las listas y las lápidas. 

Hay aquí un profundo y olvidado consuelo. La historia camina sobre mieses de cadáveres que nos parecerían muertos en vano, a ciegas, como animales en cataclismo; pero de entre tanta carnicería a veces se elevan ejércitos enteros de almas santas, transfiguradas súbitamente de su mediocridad y de su olvido por el sagrado azar de que les tocó caer por causa de Cristo, como una de las infinitas pavesas que brotan del largo incendio traído por la palabra de Dios. 

«De la boca de los que no saben hablar sacaste tu alabanza», dice el profeta Jeremías anunciando la gloria evangélica de los niños. Y nosotros hemos de inclinarnos sobre la matanza de los Santos Inocentes para meditar cómo ahí está la mejor gloria que el hombre da a Dios muriendo: todos sus trabajos, todas sus reflexiones y sus convicciones quedan como diminuto añadido al lado de la gran entrega de la vida, ni siquiera pensada, simplemente porque se estaba en las manos de Dios y al morir se ha caído en ese gran abismo de luz que todo lo transfigura. No es preciso que nos alcance la muerte violenta por la causa divina para morir por Dios, para que nuestra muerte se una a la de Cristo, elevándonos de la miseria en que pasamos los días: nos basta ser obscuros siervos, preparados y fieles, y que nuestra vida esté echada siempre ante Él, para que nuestra muerte, por plácida que sea, ocurra «en acto de servicio» y transfigure nuestro pasado vivir como en renovado bautismo sangriento. 

 

JOSÉ Mª. VALVERDE

Laudes – Los santos Inocentes

28 de DICIEMBRE

LAUDES

LOS SANTOS INOCENTES, fiesta

Cristo se salvó de la persecución de Herodes por la matanza de unos niños inocentes, que la Iglesia venera desde siempre.

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Venid, adoremos a Cristo, recién nacido, que ha coronado a los mártires Inocentes.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
qu eno entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Tanto al tirano le place
hacer de su orgullo ley,
que por deshacer a un Rey
un millar de reyes hace.

Hace reyes de excelencia
con cabezas coronadas,
pues son coronas logradas
el martirio y la inocencia.

Con los niños desvalidos
hace de su fuerza alarde
y, como es sólo un cobarde,
no espera a verlos crecidos.

Por matar a un enemigo
siembra de sangre Belén,
y en Belén, casa del trigo,
no muere un Rey, nacen cien.

Y así su cólera loca
no puede implantar su ley,
pues quiere matar a un Rey
y corona a cuantas toca.

La furia del mal así
no puede vencer jamás,
pues, cuando me hiere mí,
estás tú, Señor, detrás.

Estás para convertir
en corona cada muerte,
para decirnos que el fuerte
es el que sabe morir. Amén.

SALMO 62: EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

Ant. «Caminarán conmigo, porque son dignos», dice el Señor.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mi labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. «Caminarán conmigo, porque son dignos», dice el Señor.

CÁNTICO de DANIEL: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR

Ant. Los niños alaban al Señor; muertos, proclaman lo que en la vida no pudieron decir.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
Astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
Vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor;
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant. Los niños alaban al Señor; muertos, proclaman lo que en la vida no pudieron decir.

SALMO 149: ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Ant. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles,
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.
Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos.

LECTURA: Jr 31, 15

Una voz que escucha en Ramá: gemido y llanto amargo: Raquel está llorando a sus hijos, y no se consuela, porque ya no existen.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los santos y los justos viven eternamente.
V/ Los santos y los justos viven eternamente.

R/ Reciben de Diso su recompensa.
V/ Viven eternamente.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los santos y los justos viven eternamente.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Niños inocentes murieron por Cristo. Por orden de un rey cruel, fueron ejecutados niños de pecho. Ahora sigue al Cordero sin mancha y cantan sin cesar: «Gloria a ti, Señor».

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Niños inocentes murieron por Cristo. Por orden de un rey cruel, fueron ejecutados niños de pecho. Ahora sigue al Cordero sin mancha y cantan sin cesar: «Gloria a ti, Señor».

PRECES

Celebremos la gloria de Cristo, que, sin escuadrones de hombres armados, sino sólo con una blanca milicia de niños, venció al tirano, y aclamémosle:

Te ensalza, Señor, el blanco ejército de los mártires.

  • Cristo de quien los Inocentes, no de palabra, sino con su sangre, dieron testimonio,
    — concédenos confesarte, de palabra y de obra, ante los hombres.
  • Tú que hiciste dignos del laurel de la victoria a los que aún no estaban preparados para la lucha,
    — no nos dejes caer a los que hemos recibido tanta ayuda para vencer.
  • Tú que lavaste con tu sangre los vestidos de los Inocentes,
    — líbranos de todo pecado.
  • Tú que has colocado a los niños los primeros en el reino de los cielos,
    — no nos excluyas del banquete eterno.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que en la infancia sufriste persecución y destierro,
    — guarda a los niños que hoy sufren por el hambre, la guerra o la injusticia de los mayores.

Llenos del Espíritu de Jesucristo, acudamos a nuestro Padre común, diciendo:
Padre nuestro…

ORACION

Los mártires Inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, no de palabra, sino con su muerte; concédenos, por su intercesión, testimoniar con nuestra vida la fe que confesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

Amén.