Viernes de la Octava de Navidad

Hoy es 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes.

Es Navidad. La vida nace y busca estrecharme en su abrazo. Me tomo un tiempo tranquilo para escuchar las voces que surgen en mi interior y para entrar en contacto con la alegría que quiere despertarme a nuevas cotas de realidad. Al ritmo de la respiración me preparo para escuchar y entrar en el misterio.

Hoy, fiesta de los Santos Inocentes, pienso en tantos hombres y mujeres que se sienten inseguros, heridos, golpeados. Pienso en María y José camino de Egipto. Pongo todas esas incertidumbres en tus manos, pidiéndote que me des la capacidad de confiar y esperar en ti, Señor.

Cuando las fuerzas aflojan
Tú me das con que seguir.
Cuando me ciego y me agobio
Tú serenas mi vivir.
Confío en Ti, en Ti confié.
Una vez más en Ti esperaré.( Bis)
una vez más en Ti esperaré,
una vez más en Ti,
yo esperaré, yo esperaré.

Una vez másinterpretado por Ixcís, «Al otro lado del mar»

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 2, 13-18):

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: “Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto”. Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven”.

En el ambiente festivo por la vida que viene, el evangelio de hoy me invita a girar la mirada hacia la vida que se va, que es arrancada violentamente. Es impresionante. En los santos inocentes, recordamos aquellas criaturas que sin tener nada que ver, pagan la injusticia de este mundo. En ellas reconozco que el mundo está roto y que yo formo parte de él. Soy pecador.

A la luz de la paradoja del evangelio de hoy, experimento que no me comprendo. Encuentro en mí el Herodes que amenaza y elimina la vida y también el José que la protege y la cuida. Me atrevo a sentir el desafío interior y exterior de Herodes. Tanta gente que escala el poder y sólo piensa en su interés personal sin importar lo que otros tengan o sufran. De la familia de Nazaret, tantos migrantes y refugiados que tienen que huir, en medio de la noche, hasta otra tierra sin ningún plan concreto. De Jesús niño, tantos niños que son hoy cruelmente masacrados. No son suficientes las voces que se levantan en contra de la violencia que sufren las niñas y los niños. Se alzará la mía.

Todavía hay Navidad

Todavía «no hay lugar para ellos»
ni en Belén ni en Lampedusa.
¿Navidad es un sarcasmo?
«Si tu Reino no es de este mundo»,
¿qué vienes a hacer aquí
subversivo, aguafiestas?
Para ser el Dios-con-nosotros
has de serlo en la impotencia,
con los pobres de la Tierra,
así, pequeño, así,
desnudo de toda gloria,
sin más poder que el fracaso,
sin más lugar que la muerte,
pero sabiendo que el Reino
es el sueño de tu Padre,
y también es nuestro sueño.
Todavía hay Navidad,
en la Paz de la Esperanza,
en la vida compartida,
en la lucha solidaria,
¡Reino adentro, Reino adentro!

(Pedro Casaldáliga)

Muchos me preguntan de muchas maneras, ¿se puede confiar en Dios en un mundo donde se torturan niños? Entonces me quedo en silencio e intuyo que también en esa dolorosa realidad, puede entrar en el misterio y descubrir el grito dolorido de Dios. Me dispongo a acoger de nuevo la palabra hecha niño. La palabra que hoy se hace gemido y lamento y llanto. Dejo que con sus lágrimas me aporte transparencia, novedad, frescura, aliento de vida y en silencio permito que me desarme, que vaya quitando de mí tantas armas o escudos que me protegen pero me hacen difícil respirar profundo y arriesgarme.

Al terminar este rato de oración, doy gracias al Señor. Seguramente he reconocido que él se identifica con las víctimas inocentes y de esa manera, nos revela a su Dios. Ya sé que al grito de todas ellas, al grito materno de Raquel, se une el grito de dolor del mismo padre. También sé que no sirve de nada el no querer mirar ni tampoco culpabilizarme con lamentos inoperantes. Por eso, termino poniéndome en las manos de Dios y comprometiéndome con él a denunciar con valentía, a trabajar humildemente al lado de los débiles, a cuidar como pueda la vida amenazada.

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias.

 Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal de que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.

 No deseo nada más, Padre.

 Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.

 Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

Charles de Foucauld