Viernes de la Octava de Navidad

Llamamos «santos inocentes» a esos niños de dos años para abajo mandados matar por Herodes en Belén y sus alrededores. Los celebramos como «santos» sin que ellos tuvieran que hacer nada para obtener ese título salvo haber nacido en un determinado tiempo y lugar. Al parecer, el megalómano rey Herodes vio en el niño de Belén, el Mesías profetizado, un serio rival que hacía peligrar su propio reinado. Por eso, al saberse burlado por los Magos, de quienes habría de recibir noticias, montó en cólera y mandó matar a todos los niños de Belén y sus alrededores menores de dos años para aniquilar, en conformidad con sus cálculos, al futuro rey-Mesías que debía encontrarse entre ellos. Pero, el niño en cuestión no estaba entre ellos. El ángel había avisado a José con tiempo para que tomara al niño y a su madre y huyera con ellos al país vecino de Egipto. De este modo podría evitar la muerte segura a manos del tirano que estaba al acecho.

El niño Jesús no murió, porque su padre fue avisado con antelación de las acechanzas de su enemigo. Pero otros muchos niños sí murieron en su lugar, cumpliéndose así el oráculo del profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes: es Raquel, que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven». Es el llanto de las madres bethlemitas que vieron cómo los soldados de Herodes les arrebataban de los brazos a sus hijos para ser degollados en su presencia. Ambos lamentos, el de las madres y el de los hijos, se mezclaron para constituir un clamor que ha llegado hasta nosotros. Y a éste se añade el llanto de tantos niños inocentes que mueren víctimas de las injusticias humanas, niños desnutridos, enfermos, abandonados, maltratados, violados, asesinados, niños no deseados, cuyas vidas se han visto segadas antes de ver la luz, en el seno de sus propias madres y por iniciativa de estas; en fin, niños inocentes que siguen muriendo a manos de adultos sin escrúpulos.

El clamor de estos niños no puede quedar sin respuesta por parte de ese Dios que tiene entrañas de Padre. Y su primera respuesta debe ser sin duda la acogida que les ha dispensado en su propia casa. Si los hombres no han querido acogerles en esta tierra que les vio nacer o en ese seno en el que fueron concebidos, Dios sí les acogerá en su cielo, porque en ellos no hay pecado que se lo impida. Pero también forma parte de su respuesta la condena sin paliativos de esa conducta criminal e impía de que hacen alarde quienes les conducen a la muerte sin reparar en daños.

Pero las madres que han perdido a sus hijos contra su voluntad y en circunstancias tan terribles, se preguntarán: ¿Por qué permite Dios, ese Dios que se cuida de todas sus criaturas y a quien no se le escapa el más mínimo detalle, muertes tan prematuras y crímenes tan detestables? Son vidas inocentes y vidas truncadas, que no han tenido tiempo ni posibilidades para desarrollarse. ¿Nacieron para morir al poco tiempo de nacer? Algunos mueren aún antes de nacer. ¿Qué sentido tienen estas vidas que quedan aniquiladas en sus comienzos? Por muy absurda que nos parezca esta trayectoria vital sin apenas trayecto, lo cierto –es lo que proclama la fe- es que nacieron para la eternidad. No nacieron para vivir en el tiempo, pues apenas gozaron de tiempo para esto, pero sí nacieron para vivir en la eternidad. Y para eso hemos nacido todos, vivamos más o menos años en el tiempo. En este sentido, el destino para el que fueron concebidos no se ha truncado. Lo han alcanzado más fácilmente que los demás, los que viviendo años y años experimentamos las fatigas de esta vida temporal que acaba, como en ellos, igualmente con la muerte.

Del mal sufrido por los que mueren, Dios saca el bien de la vida eterna; del mal sufrido por los que sufren el impacto de esas muertes (padres, hermanos, parientes, amigos, conmocionados), Dios saca el bien de la paciencia, o de la conformidad, o de las lágrimas saludables, o de la desapropiación, o de la generosidad, o de la renuncia, o de cualquiera de esos bienes que tan asociados están a las situaciones aflictivas de la vida. ¿Pero qué saca del mal (respectivamente, pecado) de los malvados que causan la desgracia? Se me ocurre pensar en el bien de la libertad que todo hombre dispone, incluso para hacer mal uso de ella empleándola para el maleficio. Y en segundo término, otros bienes como el posible arrepentimiento que haga realidad el dicho de san Pablo: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; o el castigo purificador de los que no han sabido usar rectamente de su libertad. Pero no podemos dudar en ningún caso de que si Dios permite tantos males, incluido el sufrimiento y la muerte de los inocentes a manos de criminales, es porque puede sacar bienes de estos males. De no ser así, no lo permitiría, aunque para ello se viese obligado a intervenir para alterar el rumbo de la propia naturaleza tal como salió de sus manos creadoras.

Es cierto que el mal presente en un mundo creado por un Dios poderoso y bueno siempre desconcierta y obliga a formularse preguntas de difícil respuesta: ¿Por qué Dios, que es poderoso, no puede eliminar el mal que hay en el mundo de un plumazo? Si es poderoso, debe poder. ¿Por qué no lo hace entonces? ¿Es que no quiere? Pero si no quiere, ¿en qué consiste su bondad? En nuestra respuesta tenemos que salvar ambas cosas: que Dios es todopoderoso y que es bueno. Si, a pesar de esto, sigue habiendo mal en el mundo, habrá que pensar que tiene algún sentido y que, no siendo absoluto, ha de sustentarse en el bien o ser ocasión para el bien. Aquí hay que distinguir tipos de mal o de privaciones de bien. Mal propiamente dicho es lo que nos priva del bien propiamente dicho; mal definitivo es lo que nos priva del bien definitivo. Sobre estas premisas tendríamos que reflexionar. Pero no lo olvidemos: Dios permite incluso el mal (pecado) que no quiere, al menos con voluntad de complacencia, porque puede sacar bien de él.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID,
Dr. en Teología Patrística