I Vísperas – Sagrada Familia

I VÍSPERAS

LA SAGRADA FAMILIA

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Temblando estaba de frío
el mayor fuego del cielo,
y el que hizo el tiempo mismo
sujeto al rigor del tiempo.

Su virgen Madre le mira,
ya llorando, ya riendo,
que, como es su espejo el Niño,
hace los mismos efectos.

No lejos el casto esposo;
y de los ojos atentos
llueve al revés de las nubes,
porque llora sobre el cielo. Amén.

SALMO 112

Ant. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

SALMO 147

Ant. José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.

Glorifica al Señor, Jerusalén:
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

LECTURA: 2Co 8, 9

Ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza.

RESPONSORIO BREVE

R/ La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
V/ La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

R/ De su plenitud todos hemos recibido.
V/ Y acampó entre nosotros.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos.

PRECES

Adoremos a Cristo, Hijo del Dios vivo, que quiso ser también hijo de una familia humana, y aclamémosle, diciendo:

Tú eres, Señor, el modelo y el salvador de los hombres.

  • Oh Cristo, por el misterio de tu sumisión a María y a José,
    — enséñanos el respeto y la obediencia a lso que nos gobiernan legítimamente.
  • Tú que amaste a tus padres y fuiste amado por ellos,
    — afianza a todas las familias en el amor y la concordia.
  • Tú que estuviste siempre atento a las cosas de tu Padre,
    — haz que Dios sea honrado en todas las familias.
  • Tú que quisiste que tus padres te buscaran durante tres días,
    — enséñanos a buscar siempre primero el reino de Dios y su justicia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que has dado parte en tu gloria a María y a José,
    — admite también a nuestros difuntos en la familia de los santos.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

Amén.

Lectio Divina – 29 de diciembre

Lectio: Sábado, 29 Diciembre, 2018

1) Oración inicial

Dios todopoderoso, a quien nadie ha visto nunca; tú que has disipado las tinieblas del mundo con la venida de Cristo, la Luz verdadera, míranos complacido, para que podamos cantar dignamente la gloria del nacimiento de tu Hijo. Que vive y reina …..

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 2,22-35
Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

3) Reflexión

• Los primeros dos capítulos del Evangelio de Lucas, escrito en la mitad de los años 80, no son historia según el sentido en que hoy entendemos la historia. Funcionan mucho más como espejo, en el cual los cristianos convertidos del paganismo, descubrieron que Jesús había venido a realizar las profecías del Antiguo Testamento y a atender las más profundas inspiraciones del corazón humano. Son, asimismo, símbolo y espejo de lo que estaba ocurriendo entre los cristianos del tiempo de Lucas. Las comunidades llegadas del paganismo habían nacido de las comunidades de judíos convertidos, pero eran diferentes. El Nuevo no correspondía a lo que el Antiguo imaginaba y esperaba. Era “señal de contradicción” (Lc 2,34), causaba tensiones y era fuente de mucho dolor. En la actitud de María, imagen del Pueblo de Dios, Lucas representa un modelo de cómo perseverar en el Nuevo, sin ser infiel al Antiguo.
• En estos dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas, todo gira entorno del nacimiento de dos niños: Juan y Jesús. Los dos capítulos nos hacen sentir el perfume del evangelio de Lucas. En ellos, el ambiente es de ternura y de alabanza. Desde el comienzo al fin, se alaba y se canta, pues, por fin, la misericordia de Dios se reveló en Jesús; él cumplió las promesas hechas a los padres. Y Dios las cumplió a favor de los pobres; de los anawim, como Isabel y Zacarías, María y José, Ana y Simeón, los pastores. Estos supieron esperar su venida.
• La insistencia de Lucas en decir que María y José cumplieron todo aquello que la Ley prescribe, evoca lo que Pablo escribió en la carta a los Gálatas.: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, sometido a la Ley para rescatar a los que estaban sometidos a la Ley, para que fuesen adoptados como hijos” (Gal 4,4-5).
• La historia del viejo Simeón enseña que la esperanza, aunque se demore, un día se realiza. No se frustra, ni se deshace. Pero la forma de realizarse no siempre corresponde a la manera que nos imaginamos. Simeón esperaba al Mesías glorioso de Israel. Llegando al templo, en medio de tantas parejas que llevan a sus niños, él ve a una pareja pobre de Nazaret. Y en esta pareja pobre con su niño ve la realización de su esperanza y de la esperanza del pueblo: “Mis ojos han visto la salvación ante todos los pueblos para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.”
• En el texto del evangelio de este día, aparecen los temas preferidos por Lucas, a saber, una gran insistencia en la acción del Espíritu Santo, en la oración y en el ambiente orante, una atención continua a la acción y participación de las mujeres, y una preocupación constante con los pobres y con el mensaje para los pobres.

4) Para la reflexión personal

• ¿Serías capaz de percibir en un niño pobre la luz para iluminar a las naciones?
• ¿Serías capaz de aguantar una vida entera esperando la realización de tu esperanza?

5) Oración final

¡Cantad a Yahvé un nuevo canto,
canta a Yahvé, tierra entera,
cantad a Yahvé, bendecid su nombre!
Anunciad su salvación día a día. (Sal 96,1-2)

Fiesta de la Sagrada Familia

Palabra

El Evangelio de hoy se presta a una interpretación romántico-piadosa, dedicándose a subrayar los sentimientos de cohesión familiar y las virtudes «caseras» de Jesús, especialmente su obediencia. Pero, en realidad, su contenido es altamente crítico, pues Jesús invoca el primado de Dios en su vida por encima de la autoridad familiar, a la edad, precisamente, en que un joven judío, a los 12 años, es considerado religiosamente adulto y puede participar activamente en el comentario de la Palabra.

Mejor dicho, el Evangelio es desconcertante, porque une los dos extremos sin establecer ninguna normativa: libertad y obediencia, primado de Dios y mediación humana, autoconciencia de la misión y ocultamiento.

La primera lectura concuerda con el núcleo evangélico: el profeta Samuel, como Jesús, pertenece desde niño a los planes de Dios.

La segunda lectura nos habla del don que nos ha traído la Navidad: el poder ser hijos en el Hijo, familia de Dios; y del mandamiento primero que rige la vida cristiana, tanto en el ámbito reducido de la familia como en nuestras relaciones sociales, el amor mutuo.

Vida

Los padres olvidan con frecuencia que sus hijos pertenecen en primer lugar a Dios. Llega un momento en que su crecimiento les obliga a la desapropiación (los hijos tienen que tomar decisiones propias y seguir su camino cristiano, distinto del de sus padres); pero no siempre se enteran. Es normal que, como María y José, los lazos afectivos se resistan; pero la fe en Dios les posibilitará transformar el sufrimiento en un amor nuevo, más desinteresado y creyente.

Los hijos confunden con frecuencia su derecho a la libertad adulta con el desinterés respecto a sus padres. No es fácil la síntesis; pero en ello se juega mucho, nada menos que la madurez del amor.

El que confunde la autonomía con el miedo a la vinculación y no se reconcilia con sus raíces, termina sin identidad personal o, al menos, con una identidad gravemente mutilada.

Por el contrario, el que confunde el amor a la familia con el calor protector, incapaz de crear mundo propio, quedará estancado en el infantilismo.

Javier Garrido

Sábado de la Octava de Navidad

Hoy me limito a transcribiros el comentario que hace el Papa a este pasaje de Lucas en su libro sobre la infancia de Jesús. Dice así: «En el cuadragésimo día hay tres acontecimientos: la «purificación» de María, el «rescate» del hijo primogénito Jesús mediante un sacrificio prescrito por la Ley y la «presentación» de Jesús en el templo.

En el Libro del Levítico se establece que una mujer, después de dar a luz un varón, es impura (es decir, excluida de las prácticas litúrgicas) durante siete días; el octavo día el niño ha de ser circuncidado, y la mujer deberá quedarse en casa todavía treinta y tres días para purificar su sangre (cf. Lv 12,1-4). Después debe ofrecer un sacrificio de purificación, un cordero como holocausto y un pichón o una tórtola como sacrificio expiatorio. Los pobres sólo tienen que ofrecer dos tórtolas o dos pichones.

María ofreció el sacrificio de los pobres (cf. Lc 2,24). Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí, una vez más de manera inequívoca, que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa. También aquí nos percatamos nuevamente de lo que quiere decir: «nacido bajo la Ley»; y qué significa el que Jesús diga al Bautista que debe cumplirse toda justicia (cf. Mt3,15). María no necesita ser purificada por el parto de Jesús: este nacimiento trae la purificación del mundo. Pero ella obedece la Ley y sirve justamente así al cumplimiento de las promesas.

El segundo acontecimiento del que se trata es el rescate del primogénito, que es propiedad incondicional de Dios. El precio del rescate era de cinco siclos y se podía pagar en todo el país a cualquier sacerdote.

Lucas cita ante todo explícitamente el derecho a reservarse al primogénito: «Todo primogénito varón será consagrado (es decir, perteneciente) al Señor» (2,23; cf. Ex 13,2; 13,12s.15). Pero lo singular de su narración consiste en que luego no habla del rescate de Jesús, sino de un tercer acontecimiento, de la entrega («presentación») de Jesús. Obviamente, quiere decir: este niño no ha sido rescatado y no ha vuelto a pertenecer a sus padres, sino todo lo contrario: ha sido entregado personalmente a Dios en el templo, asignado totalmente como propiedad suya. La palabra paristánai, traducida aquí como «presentar», significa también «ofrecer», referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio.

Sobre el acto del rescate prescrito por la Ley, Lucas no dice nada. En su lugar se destaca lo contrario: la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente. Para ninguno de dichos actos prescritos por la Ley era necesario presentarse en el templo. Para Lucas, sin embargo, es esencial precisamente esta primera entrada de Jesús en el templo como lugar del acontecimiento. Aquí, en el lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre.

A este acto cultual, en el sentido más profundo de la palabra, sigue en Lucas una escena profética. El viejo profeta Simeón y la profetisa Ana —movidos por el Espíritu de Dios— se presentan en el templo y saludan como representantes del Israel creyente al «Mesías del Señor» (Lc 2,26).

A Simeón se le describe con tres cualidades: es justo, es piadoso y espera la consolación de Israel. En la reflexión sobre la figura de san José hemos visto lo que es un hombre justo: un hombre que vive en y de la Palabra de Dios, vive en la voluntad de Dios, tal como está descrita en la Torá. Simeón es «piadoso», vive en una íntima apertura personal hacia Dios. Está interiormente cerca del templo, vive en el encuentro con Dios y espera la «consolación de Israel». Vive orientado hacia lo que redime, hacia quien ha de venir.

En la palabra «consolación» (paráklēsis) resuena la palabra de Juan sobre el Espíritu Santo. Él es el Paráclito, el Dios consolador. Simeón es uno que espera y aguarda, y justamente así se posa ya ahora en él el «Espíritu Santo». Podríamos decir que es un hombre espiritual y, por tanto, sensible a las llamadas de Dios, a su presencia. Por eso habla ahora también como profeta. En un primer momento toma al Niño Jesús en sus brazos y bendice a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz» (Lc2,29).

En este himno se hacen dos afirmaciones cristológicas. Jesús es «luz para alumbrar a las naciones», y existe para la «gloria de tu pueblo, Israel» (Lc 2,32). Ambas expresiones están tomadas del profeta Isaías; la de «luz para iluminar a las naciones» proviene del primer y del segundo canto del Siervo del Señor (cf. Is 42,6; 49,6). Jesús es identificado así como el siervo de Dios, que en el profeta aparece como una figura misteriosa que remite al futuro. La esencia de su misión conlleva la universalidad, la revelación a las naciones, a las que el siervo lleva la luz de Dios.

Simeón, con el niño en brazos, tras haber alabado a Dios, se dirige con una palabra profética a María, a la que, después de las muestras de alegría por el niño, anuncia una especie de profecía de la cruz (cf. Lc 2,34s). Jesús «está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción». Al final le dirige a la madre una predicción muy personal: «Y a ti, una espada te traspasará el alma.» La teología de la gloria está indisolublemente unida a la teología de la cruz. Al siervo de Dios le corresponde la gran misión de ser el portador de la luz de Dios para el mundo. Pero esta misión se cumple precisamente en la oscuridad de la cruz.

Como trasfondo de la palabra sobre los muchos que caen y se levantan está la alusión a una profecía tomada de Isaías 8,14, en la cual se indica a Dios mismo como una piedra en la que se tropieza y se cae. Así, justamente en el oráculo sobre la Pasión, aparece la profunda relación de Jesús con Dios mismo. Dios y su Palabra —Jesús, la palabra viva de Dios— son «signos» e incitan a la decisión. La oposición del hombre contra Dios recorre toda la historia. Jesús se revela como el verdadero signo de Dios, precisamente tomando sobre sí, atrayendo hacia sí la oposición contra Dios hasta la oposición de la cruz.

Aquí no se habla del pasado. Todos nosotros sabemos hasta qué punto Cristo es hoy signo de una contradicción que, en último análisis, apunta a Dios mismo. Dios es considerado una y otra vez como el límite de nuestra libertad, un límite que se ha de abatir para que el hombre pueda ser totalmente él mismo. Dios, con su verdad, se opone a la multiforme mentira del hombre, a su egoísmo y a su soberbia.

Dios es amor. Pero también se puede odiar el amor cuando éste exige salir de uno mismo para ir más allá. El amor no es una romántica sensación de bienestar. Redención no es wellness, un baño en la autocomplacencia, sino una liberación del estar oprimidos en el propio yo. Esta liberación tiene el precio del sufrimiento de la cruz. La profecía de la luz y la palabra acerca de la cruz van juntas.

Como hemos visto, este oráculo sobre el sufrimiento se hace finalmente muy concreto; una palabra dirigida directamente a María: «Y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2,35). La oposición contra el Hijo afecta también a la Madre e incide en su corazón. La cruz de la contradicción, que se ha hecho radical, se convierte en ella en una espada que le traspasa el alma. De María podemos aprender la verdadera compasión, libre de sentimentalismo alguno, acogiendo el dolor ajeno como sufrimiento propio».

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID,
Dr. en Teología Patrística

Episcopalis communio – Francisco I

4. Pablo VI, en el acto de instituir el Sínodo como «consejo especial de Obispos», afirmaba ser consciente de que, «como todas las instituciones humanas, se podrá ir perfeccionando con el pasar del tiempo»[14]. A su desarrollo posterior han contribuido, por un lado, la progresiva recepción de la fecunda doctrina conciliar sobre la colegialidad episcopal y, por otro, la experiencia de las numerosas asambleas sinodales celebradas en la Urbe a partir de 1967, año en el que se publicaba también un específico Ordo Synodi Episcoporum.

El Sínodo de los Obispos, después de la promulgación del Código de derecho canónico y del Código de los cánones de las Iglesias orientales, en el que ha sido integrado en el derecho universal[15], ha seguido desarrollándose gradualmente hasta la última edición del Ordo Synodi, promulgada por Benedicto XVI el 29 de septiembre de 2006. De modo particular fue constituida, y poco a poco reforzada en sus propias funciones, la secretaría general del Sínodo de los Obispos, compuesta por el secretario general y por un consejo especial de Obispos, para que se pudiera asegurar mejor la estabilidad que es constitutiva del Sínodo en el tiempo transcurrido entre las distintas asambleas sinodales.

En estos años, constatando la eficacia de la acción sinodal en las cuestiones que requieren una actuación oportuna y concorde de los pastores de la Iglesia, ha crecido el deseo de que el Sínodo se convierta cada vez más en una manifestación peculiar y en una aplicación efectiva de la solicitud de los Obispos por todas las Iglesias. El mismo Juan Pablo II afirmó que «quizá este instrumento podrá ser todavía mejorado. Quizá la responsabilidad pastoral colegial puede expresarse en el Sínodo de manera aún más plena»[16].


[14] Ibíd., Proemio.

[15] Cf. Codex Iuris Canonici, cann. 342-348; Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium, can. 46.

[16] Homilía en la Misa de conclusión de la VI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (29 octubre 1983).

La Sagrada Familia

Hoy la familia está muy cuestionada. Las razones son de muy diversa índole y ya las contemplamos en las homilías en las que reflexionamos sobre la Exhortación papal “El gozo del amor”. (Amoris Laetitiae).

Hoy, guiados por el ejemplo de la Sagrada Familia, queremos acercarnos a las virtudes que ellos practicaron en su vida ordinaria, la de cada día, convencidos de que también ejercerán su bienhechora influencia sobre la nuestra.

La Sagrada Familia es el modelo que nos ofrece Dios de cómo vivir esa institución. No se entra en cuestiones especiales que puedan deberse a múltiples causas. Simplemente se señalan los rasgos que si están presentes en ella, queda garantizada como una institución capaz de ser fuente de paz y enriquecimiento de quienes la integran, al mismo tiempo que sólida base para constituir la sociedad civil.

En primer lugar podríamos subrayar como rasgo fundamental, vertebral de La Sagrada Familia, el amor que constituyó la atmósfera en la que se desarrolló toda su vida. Un amor sincero, sin alharacas, sin ruido. Un amor consistente en que cada uno de ellos se sabía acompañado, comprendido, arropado por los otros. Un amor que les hacía sentir que el otro estaba a su lado en todo. Se les ve desvivirse por ser una eficaz ayuda para el otro. Ninguno de los tres es una cruz; nadie juega el papel de amarga-vidas del otro. Todo lo contrario, siempre se ve como se apoyan entre sí en favor de la vida familiar.

Consecuencias de ese amor es el respeto con el que se tratan en todos los momentos de su vida, incluso en aquellos más dramáticos y conflictivos que no les faltaron, exactamente igual que les ocurre a todas las familias.

José enterado del “extraño” embarazo de su joven esposa, lejos de explotar en indignación, -ante lo misterioso de la situación y conmovido por el buen comportamiento de María- solo piensa en retirarse sin hacerla el menor daño. Unos años más tarde volverían a manifestar su actitud comprensiva ante el argumento de Jesús tras su encuentro en el Templo, que nos ha recordado la 3ª lectura (Lc. 2,41-52)): ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi padre? Lo mismo. No hay gritos, ni amenazas, ni nada parecido, solo una enorme comprensión de la situación de su hijo. Comprender la situación del otro y respetarla es imprescindible para la buena marcha de las relaciones interfamiliares. En principio el otro, en las situaciones comprometidas, no debe ser considerado como un delincuente sino más bien como alguien que necesita una especial comprensión y ayuda.

Es el mismo respeto que aparece en la valoración que hace cada uno de ellos respecto de las opiniones y actuaciones de los otros miembros de la Sagrada Familia. No se les ve discutir cada una de las actuaciones del otro. Son de mutuo acuerdo: la huida a Egipto, su vuelta y el asentamiento definitivo en Nazaret. Nadie quiere imponer su voluntad, por el contrario, se afanan por decidir algo que convenga a todos en cada momento. No se trata de salvar el amor propio de cada uno sino de superar la dificultad en la que pueda encontrarse la vida familiar.

Otro factor importante para la buena marcha de la vida familiar es que cada uno sepa exactamente, y esté dispuesto a cumplirlo fielmente, su papel dentro de ella.

También en esto es modelo la Sagrada Familia. Cada uno de ellos cumple perfectamente con su papel. María es la madre, San José es el padre adoptivo que cumple rigurosamente su misión y el niño es eso, un niño que va creciendo en edad y sabiduría. Todos tienen claro el papel que juegan en la estructura familiar. No se trata de jerarquías, de mandos y obediencias, sino de responsabilidades vividas y compartidas en cada situación concreta. Ninguno de los tres deja de colaborar en aquello que es necesario para su buen funcionamiento. Los padres, María y José se dedican fielmente a las tareas que les corresponden en orden a que la familia sea sólida y capaz de progresar. Trabajan, se ayudan, ponen todo lo que está de su parte para que aquello funcione. Ninguno de los dos hace “cosas raras o extraordinarias” sino las propias de unos buenos padres. El niño juega también un papel propio de quien se está abriendo a la vida de la mano de sus padres. Les obedece, sigue sus orientaciones como todo el que ama al Señor. [1ªlec. Eclo. 3, 2-6, 12-14)]

Por último, no por menos importante sino como remate de toda esa perfecta y fecunda vida familiar, los tres son conscientes de que están realizando el plan de Dios. Se sienten protagonistas reales de una historia que sin embargo no han programado ellos en toda su entidad, sino que corresponde a unos planes que, en su más profunda ultimidad, han sido concebidos por Dios. Fue una vida en familia ante la presencia del Señor. [2ªlec. Col. 3, 12-21)

Así fue la Sagrada Familia y esos los recursos de los que se valieron para que en todo fuera una familia en perfecta armonía con Dios y entre ellos.

Amor, comprensión, colaboración, respeto, saberse el papel y todo ello vivido en la presencia de Dios son las virtudes, las actitudes, que salvaron su complicada viva y las que nos ofrecen para que nuestra familia sea como la suya: una sagrada familia.

Tomemos buena cuenta de ello y tendremos la absoluta garantía de que nuestras familias podrán alcanzar la paz y el progreso en la vida terrenal y la bienaventuranza eterna en la otra. AMÉN.

Pedro Sáez

La búsqueda de Jesús

1. «Buscar» equivale a indagar, escudriñar, preguntar por algo o por alguien. Evidentemente, el que busca de verdad encuentra. Pero hay personas que no buscan nada, porque tienen de todo, porque son perezosas, porque no tienen esperanza o porque están de vuelta de todo.

Naturalmente, hay que saber buscar y disponerse a conseguir lo que se desea. Dios nos sale al paso y debe ser buscado. A veces desaparece de nuestro entorno, y lo perdemos de vista. Pero, cuando lo buscamos con sincero corazón, lo encontramos.

2. Las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Lucas, con las que revela la vinculación al Padre de su persona, son éstas: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?».

Dichas palabras deben ser relacionadas con estas otras, también de Lucas: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

El templo y la ciudad de Jerusalén son para Lucas lugares simbólicos de comunidad y de revelación de Dios.

3. No es fácil entender los planes de Dios. Ni siquiera María «entiende». Pero hay tres exigencias fundamentales para entrar en comunión con Dios:

1) buscarlo: José y María “se pusieron a buscarlo”

2) Creer en Él: María es “la que ha creído”

3) Meditar la Palabra del Señor: María “conservaba todas estas cosas en el corazón”

Reflexión cristiana:

¿Sabemos buscar a Dios?

¿Cómo lo encontramos?

Casiano Floristán

Las cosas de mi Padre

Por fuerte que sea, y deba ser, la unidad familiar (primera lectura), la personalidad y la responsabilidad de sus miembros no se diluye en ella. Al contrario, los lazos de familia están llamados a reforzar las tareas y la misión de cada uno.

Revestirse del amor

Pablo da algunos consejos para la convivencia con otros. Se requiere humildad, acogida mutua, paciencia. Y si fuese necesario, perdonar. Así procede Dios con nosotros, su actitud debe ser el modelo de la nuestra (v. 12-13). Pero «por encima de todo» está el amor, de él tenemos que revestirnos, dice Pablo empleando una metáfora frecuente en sus cartas (v. 14). De este modo «la paz de Cristo» presidirá en nuestros corazones (v. 15).

La paz es ausencia de conflictos, pero no necesariamente de divergencias y de pasajeras incomprensiones entre las personas. Si el amor es el vínculo que las une la paz se irá construyendo, es un proceso, los desencuentros irán desapareciendo (los enfrentamientos también) y las relaciones se harán cada vez más transparentes. En el marco de la familia humana, esos lazos son detallados en el texto del Eclesiástico (3, 3-17).

Conservar en el corazón

Nuevamente Lucas nos presenta a la familia de Jesús cumpliendo sus deberes religiosos (v. 41-42). El niño los desconcierta permaneciendo por su cuenta en la ciudad de Jerusalén, allí donde más tarde será crucificado. A los tres días, un lapso de tiempo cargado de significación simbólica, lo encuentran. Sigue un diálogo difícil, suena a desencuentro; comienza con un reproche: «¿Por qué nos has tratado así?». La pregunta surge de la angustia experimentada (v. 48). La respuesta sorprende: «¿Por qué me buscabais?» (v. 49), sorprende porque la razón parece obvia. Pero la segunda interrogante apunta lejos: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (v. 49).

No, no lo sabían del todo, estaban aprendiendo, «no comprendieron» (v. 50), dice Lucas. La fe, la confianza supone siempre un itinerario. En tanto que creyentes María y José maduran su fe en medio de perplejidades, angustias y gozos. Las cosas se harán paulatinamente más claras. Lucas hace notar que María «conservaba todo esto en su corazón» (51; la misma expresión en 2, 19). La palabra cosas, significa también palabra; la palabra profética que es también acontecimiento. La meditación de María le permite ahondar en el sentido de la misión de Jesús. Su particular cercanía a él no la exime del proceso, por momentos difícil, que lleva a la comprensión de los designios de Dios. Ella es, como discípula, la primera evangelizada por Jesús. María debe también reconocer los signos del Mesías; José y María, al igual que Jesús debían crecer en gracia y sabiduría (v. 52). También nosotros, por cierto.

Gustavo Gutiérrez

Una familia diferente

Entre los católicos se defiende casi instintivamente el valor de la familia, pero no siempre nos detenemos a reflexionar el contenido concreto de un proyecto familiar, entendido y vivido desde el Evangelio. ¿Cómo sería una familia inspirada en Jesús?

La familia, según él, tiene su origen en el misterio del Creador que atrae a la mujer y al varón a ser “una sola carne”, compartiendo su vida en una entrega mutua, animada por un amor libre y gratuito. Esto es lo primero y decisivo. Esta experiencia amorosa de los padres puede engendrar una familia sana.

Siguiendo la llamada profunda de su amor, los padres se convierten en fuente de vida nueva. Es su tarea más apasionante. La que puede dar una hondura y un horizonte nuevo a su amor. La que puede consolidar para siempre su obra creadora en el mundo.

Los hijos son un regalo y una responsabilidad. Un reto difícil y una satisfacción incomparable. La actuación de Jesús, defendiendo siempre a los pequeños y abrazando y bendiciendo a los niños, sugiere la actitud básica: cuidar la vida frágil de quienes comienzan su andadura por este mundo. Nadie les podrá ofrecer nada mejor.

Una familia cristiana trata de vivir una experiencia original en medio de la sociedad actual, indiferente y agnóstica: construir su hogar desde Jesús. “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Es Jesús quien alienta, sostiene y orienta la vida sana de la familia.

El hogar se convierte entonces en un espacio privilegiado para vivir las experiencias más básicas de la fe cristiana: la confianza en un Dios Bueno, amigo del ser humano; la atracción por el estilo de vida de Jesús; el descubrimiento del proyecto de Dios, de construir un mundo más digno, justo y amable para todos. La lectura del Evangelio en familia es, para todo esto, una experiencia decisiva.

En un hogar donde se le vive a Jesús con fe sencilla, pero con pasión grande, crece una familia siempre acogedora, sensible al sufrimiento de los más necesitados, donde se aprende a compartir y a comprometerse por un mundo más humano. Una familia que no se encierra solo en sus intereses sino que vive abierta a la familia humana.
Muchos padres viven hoy desbordados por diferentes problemas, y demasiado solos para enfrentarse a su tarea. ¿No podrían recibir una ayuda más concreta y eficaz desde las comunidades cristianas? A muchos padres creyentes les haría mucho bien encontrarse, compartir sus inquietudes y apoyarse mutuamente. No es evangélico exigirles tareas heroicas y desentendernos luego de sus luchas y desvelos.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 29 de diciembre

Conocer a Jesús y cumplir los mandamientos

En estos días, tras la celebración de la Navidad, la liturgia se encarga continuamente de recordarnos que no se trata de una celebración “dulzona”. El sentimiento de ternura ante un niño recién nacido, que también experimentamos ante el hijo de María, no debe hacernos olvidar la seriedad de este encuentro. Ya nos lo han avisado Estaban, el discípulo amado y los santos Inocentes. Hoy la Palabra nos invita a mirarnos a nosotros mismos. Si al contemplar al niño, hemos conocido y reconocido en él al Hijo de Dios, esto nos compromete, y mucho. Porque conocer a Jesús significa obligarse  a cumplir sus mandamientos, su Palabra, es decir, a vivir como vivió él. Y al contemplar cómo vivió él, entendemos que “los mandamientos” son realidad “el mandamiento”, el único mandamiento del amor. La carta de Juan nos los recuerda incluso con extrema crudeza: si no lo hacemos así somos unos mentirosos, unos embusteros, unos cristianos sólo de fachada, que dicen creer en Jesús y se permiten aborrecer a sus hermanos. Es una fuerte llamada a examinar nuestra vidas, a reconocer que hay en ella actitudes, relaciones, formas de pensar que no cuadran con ese conocimiento creyente de Jesús. Pero hay más. La noche de la vigilia escuchamos la palabra profética: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9, 1). Ahora entendemos que nosotros mismos podemos ser esa luz, si guardamos el mandamiento antiguo y nuevo del amor a los hermanos. En vez de quejarnos de la oscuridad que reina en el mundo, se nos llama a salir de ella y disiparla con las obras de la luz, con el amor al hermano.   

María y José cumplen el mandamiento legal de la purificación. Sigue vigente todavía la antigua ley, y ellos se someten a ella, aunque son portadores de la nueva ley que ya está amaneciendo. Los justos del Antiguo testamento son capaces de percibirla. Así, el anciano Simeón. En el contexto de la ley y el templo estalla el Evangelio de la gracia. Pero, como el mismo Simeón profetiza, hay un “precio de la gracia”: Jesús alzado en la cruz, bandera discutida, ante el que habrá que tomar partido, y la espada que atravesará el corazón de María. Ahí podemos entender mejor por qué la liturgia, la Palabra, no nos descubren una Navidad edulcorada: el verdadero amor no tiene nada que ver con un sentimiento romántico, sino que es la disposición a dar la vida por los hermanos.

José M. Vegas CMF