II Vísperas – Sagrada Familia

II VÍSPERAS

LA SAGRADA FAMILIA

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Temblando estaba de frío
el mayor fuego del cielo,
y el que hizo el tiempo mismo
sujeto al rigor del tiempo.

Su virgen Madre le mira,
ya llorando, ya riendo,
que, como es su espejo el Niño,
hace los mismos efectos.

No lejos el casto esposo;
y de los ojos atentos
llueve al revés de las nubes,
porque llora sobre el cielo. Amén.

SALMO 112

Ant. A los tres días, encontraron a Jesús en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. A los tres días, encontraron a Jesús en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

SALMO 147

Ant. Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

Glorifica al Señor, Jerusalén:
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

LECTURA: Flp 2, 6-7

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo.
V/ Tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo.

R/ Apareció en el mundo y vivió entre los hombres.
V/ Para ser compasivo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» «¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» «¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»

PRECES

Adoremos a Cristo, Hijo del Dios vivo, que quiso ser también hijo de una familia humana, y aclamémosle, diciendo:

Tú eres, Señor, el modelo y el salvador de los hombres.

  • Oh Cristo, por el misterio de tu sumisión a María y a José,
    — enséñanos el respeto y la obediencia a lso que nos gobiernan legítimamente.
  • Tú que amaste a tus padres y fuiste amado por ellos,
    — afianza a todas las familias en el amor y la concordia.
  • Tú que estuviste siempre atento a las cosas de tu Padre,
    — haz que Dios sea honrado en todas las familias.
  • Tú que quisiste que tus padres te buscaran durante tres días,
    — enséñanos a buscar siempre primero el reino de Dios y su justicia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que has dado parte en tu gloria a María y a José,
    — admite también a nuestros difuntos en la familia de los santos.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

Amén.

La Familia de Nazaret

Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua, y cuando tuvo doce años subieron a la fiesta como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo advirtieran. Pensando que iba en la caravana, anduvieron una jornada buscándole entre sus parientes y conocidos, pero al no encontrarlo regresaron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días lo encontraron en el Templo sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían estaban asombrados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron y su Madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. Y Él les dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”. Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Su Madre conservaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.

Lc 2, 41-52

Al escuchar este texto yo me pregunto: ¿qué es lo que me quiere decir hoy Jesús? ¿Qué lecciones tengo que aprender al considerar a tu familia, al ver cómo vivías con tu madre, María, y con tu padre, José? Dímelo, Jesús, ¿qué me quieres decir? Siento que me dices tantas cosas… y me las dices al corazón. Hoy me hablas de la palabra “familia”. Parece que quieres que viva mi familia, el ambiente donde vivo, el ambiente donde estoy de una manera igual que tu familia, tu familia de Nazaret.

Y me llevas a tu casa, a Nazaret, a tu hogar. Y allí, ¿qué es lo que veo, Jesús? Veo una familia unida, donde reina la paz, el silencio, el trabajo. Jesús, cuando considero y veo cómo vivís los tres —María, José… contigo—, cuando contemplo esta familia, me lleno de asombro, me impacta verla, observarla, sentirla. ¿Cómo Tú, Jesús, sabiendo quién eres, obedeces a María y a José, tus padres? ¿Cómo te humillas tanto? Ya sé, para enseñarme también la gran lección de la humildad, la lección de la pobreza —interior y exterior—, de estar en una familia tranquila, pobre, escondida, llevando el trabajo ordinario con mucho amor. Me llevas hoy a pensar mucho para que quite todos estos afanes que tengo: a veces ese afán de sobresalir, de ser tenida en mucho… y en más. Me llevas también a pensar que valore mi familia, que valore mi casa, a los míos, con quien estoy. Que aprenda de ti a rezar, a escuchar, a trabajar, a servir.

¡Qué grandes lecciones me das hoy, Jesús! Y contigo, pienso… Y pienso en esa casita y veo, Jesús, otra muestra para que yo la capte, otra gran lección también: la obediencia. Y pienso: ¿quién obedece? Tú, que eres el Hijo de Dios. ¿Y a quién obedeces? A dos criaturas, a María y a José, unas simples personas. ¿Y en qué obedeces? En todo, en lo más humilde. Jesús, dame que aprenda hoy esta gran lección, que quite mis rebeldías, mis formas de pensar, mis juicios, mis motivos para no seguirte. Quita en mí todo esto. Me pregunto y me preguntas Tú también: ¿te conozco yo?, ¿obedezco a las insinuaciones que Tú me pides? Y cuando dude, Jesús, me iré a tu casita, a la casita de Nazaret, y allí, en silencio, aprenderé las grandes lecciones del amor.

Y observándote veo cómo trabajas de una forma sencilla, de una forma ordinaria, pero bien; de una forma normal, con responsabilidad, con amor, con cariño, con orden, con perfección. Mi trabajo es así: muchas veces lo hago deprisa, en la rutina, no me doy cuenta de que lo tengo que hacer nuevo, distinto, que lo tengo que hacer como Tú, con alegría, con cariño, con responsabilidad, con perfección. Necesito ir a tu casita, a la casita de Nazaret. Jesús, que hoy aprenda todo lo que tengo que aprender en esta vida de familia.

Pero hoy, Jesús, también te pido por estas familias, tantos hogares unidos y tantos hogares desunidos. Ayúdales, para que aprendan de ti el valor de vivir en familia como la familia de Nazaret. Que aprendan a llenarse de unión, de alegría, de fuerza, de comprensión, de dulzura, de misericordia, de bondad. Jesús, tanto tengo que aprender… ¿Y la lección del silencio, de elevar todo a tu Padre, de cumplir todas las normas con amor? Este es el hogar de Nazaret y este tiene que ser hoy, Jesús, mi gran compromiso y mi gran oración. ¡Reina en mí! ¡Reina en mi familia! Que reine la paz, la unión, la contemplación…

Pienso contigo, Jesús: ¿trabajo?, ¿trabajo por cumplir lo que veo en tu casa?, ¿trabajo por acoger, por servir? Jesús, hoy te pido que reine la paz y la alegría en todas las familias, que sepa tener unidad en los gozos y en las tristezas, en las penas, en las dificultades; que sepa reconocerte en cada miembro de las personas que convivimos juntos. Te pido por tantos hogares separados que llenan de tristeza tu corazón… tantos rincones sin amor. Te pido para que sepa llevar una vida oculta, obediente, dócil, llena de vocación, de ardor hacia ti y hacia las personas que me rodean, que aprenda a acoger todo lo que Tú me insinúas en las personas con las que convivo. ¡Ayúdame, Jesús! Ayúdame y ayuda a tantas familias que necesitan de ti. Que aprendamos los grandes valores de la casa de Nazaret.

Y sigo preguntándome contigo —y Tú, Jesús, también me preguntas—: ¿cómo vives tu convivencia? ¿Cómo vives tu amistad, tu familia? ¿Qué siembras tú en ella? ¿Cómo te comportas? Tendrás que aprender tanto de mí y de esta casita…

Me voy otra vez al hogar de Nazaret y allí, en silencio, observo, sirvo, trabajo como uno más, y trabajo en todo lo que mueve la casa, para aprender de ti una y mil veces los grandes valores y la gran lección del amor de la familia de Nazaret. Este es el gran reto de esta oración y hoy te lo pido de todo corazón. Jesús, María y José, ayudadme a acoger todo lo que ocurra en el hogar con una sonrisa. María, que aprenda a trabajar como tú. José, que aprenda a obedecer, a amar, a estar en silencio, a disfrutar, a ser feliz en la vocación de mi familia, en la vocación que Tú me has dado en mi casa. Que sepa ser agradecida. Que sepa aprender los grandes valores de Nazaret. Pienso, me quedo en silencio, observo y una y muchas veces me pregunto: ¿qué lecciones veo?, ¿qué aprendo de ahí? Termino mi oración agradeciendo las grandes lecciones que hoy me das en la casa de Nazaret.

Esta es la gran familia de Nazaret

Que así sea

Francisca Gómez Sierra

Fiesta de la Sagrada Familia

Habida cuenta de que celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia, es muy tentador el buscar en esta narración de la escapada de Jesús en el Templo tras su subida a Jerusalén con sus padres para la fiesta de Pascua, a la edad de doce años, lecciones sobre la familia familiar de Jesús, María y José. Ahora bien al hacer esto, introduciríamos en esta bella narración preocupaciones que sin duda alguna nada tenían que ver con las de Lucas. Hemos podido ver en más de una ocasión que los dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas utilizan un lenguaje profundamente simbólico y teológico. No pretende ofrecernos información alguna sobre la infancia de Jesús, de la cual probablemente ni él sabe cosa alguna. Nos anuncia más bien los grandes temas de su Evangelio, que comienza con el bautismo de Jesús en el Jordán por su primo Juan el Bautista.

En los dos capítulos de introducción a sus dos libros (su Evangelio y los Hechos de los Apóstoles) Lucas hace venir a Jesús dos veces al templo de Jerusalén acompañando a sus padres. Y en ambas ocasiones vuelve de inmediato Jesús a Nazaret, donde sigue creciendo en edad y en sabiduría ante Dios y ante los hombres. De su vida en Nazaret nada nos narra Lucas, más que el hecho de que estaba sometido a sus padres.

Estas dos subidas a Jerusalén van ya preparando la gran subida a Jerusalén que va a tener lugar al final de la vida de Jesús (Lc 19, 45ss.). En estas tres subidas hallamos muchos elementos comunes a las mismas. Siempre que viene al templo lo hace por respeto a una prescripción de la Ley. La primera vez, para la presentación del recién nacido y las dos otras veces para la celebración anual de la Pascua. En los tres casos escuchamos palabras que provocan el asombro. En el caso de la presentación se nos dice que “el padre y la madre del niño estaban asombrados de lo que [Simeón] decía de él”. En el caso de la segunda subida cuantos escuchan a Jesús discutir con los doctores de la Ley están totalmente asombrados y sus padres no acaban de comprender su respuesta cuando les dice que tiene que estar en la casa de su Padre; y finalmente, en el caso de la última predicación de Jesús en el Templo, no le entiende nadie cuando habla de la destrucción del templo. Los tres días durante los cuales María y José están buscando a Jesús, están ya anunciando simbólicamente los tres días en el sepulcro.

María no comprende, lo mismo que no comprenderá al pie de la cruz, pero guardará todo en su corazón, incluso el anuncio hecho por Simeón con motivo de la primera subida al templo.

La familia es un lugar de paso. A través de ella penetramos e el mundo, pero es preciso que un día salgamos de la misma para ocupar el puesto que nos corresponde en la sociedad. De igual manera la pertenencia a un pueblo o a una nación debiera constituir la entrada en la gran familia humana, más bien que conducir a un nacionalismo estrecho y ciego. Hay momentos de ruptura necesarios para el crecimiento, de la misma manera que es necesaria para el nacimiento la salida del seno materno.

La narración del Evangelio que hoy hemos escuchado nos describe algunas de esas rupturas y nos anuncia otras más radicales. Jesús que había venido por primera vez al Templo como niño, reaparece en el mismo Templo pero esta vez en actitud de autoridad. Frente a los doctores de la Ley manifiesta su inteligencia, y ya se deja entrever la lucha a muerte que le van a infligir esos mismos doctores una vez que comiencen a darse cuenta de que constituye para ellos una amenaza. ¿Y por qué ha de constituir una amenaza para ellos? – Sencillamente porque cuanto ha de enseñar sobre su ‘Padre’ va a trastornar sus ideas sobre Dios y va a hacer caduco su universo ‘religioso’. En este día ha comenzado ya la lucha hasta el final.

En esta lucha será Jesús el perdedor, ya que lo condenarán a muerte. Perdedor, pero tan sólo en apariencia, ya que se darán esos ‘tres días’ – anunciados ellos también, al término de los cuales se realizará en toda su plenitud la respuesta de Jesús a María: “Tengo que estar en la casa de mi Padre”.

Una vez que nos ha presentado a todos los personajes del drama, Lucas hace volver a Jesús a Nazaret con María y con José, para una vida sin historia, durante los aproximadamente veinte años posteriores, a lo largo de los cuales ‘crecía en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y ante los hombres ’.

¿No es éste el misterio, y el drama a menudo, de toda familia humana: ver que se van desprendiendo uno tras otro los miembros de la misma, de suerte que pueda vivir cada uno su misterio personal y ocupar su puesto en la gran comunidad humana?

A. Veilleux

Sagrada Familia

El episodio evangélico de hoy nos presenta a la Sagrada Familia cumpliendo una costumbre religiosa: la de subir a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Jesús, ya un niño de doce años, acompaña a sus padres; pero un incidente rompe la normalidad de la peregrinación. Se produce el extravío (voluntario) del niño, al que sigue la búsqueda intensa y angustiosa por parte de los padres y, finalmente, el hallazgo entre gozoso y asombroso del hijo en el templo, en medio de los doctores de la ley, quizá sorprendidos por la agudeza y el ingenio de que daba muestras este adolescente recién salido de la infancia. Y si asombrosas eran las preguntas del niño “prodigio”, más asombrosa y desconcertante fue aún para sus padres la respuesta que les dio al transmitirle su preocupación y angustia paternas por creerle irremediablemente perdido, una respuesta realmente desconcertante en un niño que hasta el momento, con toda probabilidad, no les había dado muestras más que de docilidad y obediencia: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en la casa de mi Padre?

El interrogante escondía un reproche: ¿No sabíais? “Pues deberíais saberlo”. Ellos no entienden, pero ante una expresión tan cargada de autoridad, callan. En esta frase afloraba, no obstante, la singular conciencia filial de este niño de apenas doce años que se sentía hijo de otro Padre y tenía que estar, por tanto, en su casa. Aquel incidente, sin embargo, quedó como un hecho aislado, pues no pareció alterar las relaciones habituales de este hijo con sus padres, dado que Jesús, según narra el evangelista, bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad, quizá más tiempo de lo que sus padres podían sospechar tras esta muestra de independencia, hasta que llegó su hora mesiánica, que no fue precisamente pocos años después, sino a una edad ya madura. Mientras tanto Jesús crecía en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres. Es el progreso en la vida del “hecho hombre”, en todo semejante a nosotros, hasta en el crecimiento.

He aquí a la familia de Nazaret viviendo en autoridad y en obediencia, en cotidianeidad y en sobresalto: una autoridad que sabe apartarse con discreción cuando se manifiesta una autoridad superior, la de Dios; una obediencia que sabe esperar pacientemente el momento de la madurez o de la emancipación, que se sabe dependiente de una voluntad superior a la de sus padres y a la suya propia. Pero tanto la autoridad como la obediencia ejercidas desde el amor y el respeto. Una autoridad que no impide, sino que estimula el crecimiento, y una obediencia que no obstaculiza, sino que guía ese mismo crecimiento.

Tanto la autoridad de los padres como la obediencia de los hijos deben estar al servicio del crecimiento de estos. Si fuesen un impedimento para ese acrecentamiento en edad, sabiduría y gracia, no serían buenas ni adecuadas. Pero sin autoridad y obediencia la familia no podría subsistir, y con su destrucción desaparecerían valores muy útiles, necesarios, para el crecimiento personal. De tales valores ya eran muy conscientes los antiguos cuando afirmaban la respetabilidad del padre y la autoridad de la madre sobre los hijos y cuando prometía larga vida al que respetaba a su padre y honraba a su madre. Y no solo larga vida, sino una promesa de expiación de los propios pecados: la piedad para con el padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar sus pecados. En esta piedad de que habla el libro del Eclesiástico hay amor, dedicación, cuidado, atención, respeto, gratitud…

La familia podrá cambiar de estilo, de miembros, de ritmos de trabajo y diversión, de indumentaria, de espacio, etc., pero para ser una familia en regla tendrá que seguir apoyada en el cimiento de unos valores imperecederos que proporcionarán base al edificio, una estructura paterno-filial, donde haya un padre, una madre, unos hijos, unos hermanos y unas relaciones basadas en el respeto, en la autoridad compartida (o corresponsable), en la obediencia razonable, en la búsqueda del bien y la verdad.

La familia es nuestra primera escuela o lugar de aprendizaje. En ella aprendemos a ser personas en sociedad, no sólo a vivir, sino a convivir y a compartir; porque no nos es posible vivir sin con-vivir, pues en ningún caso vivimos solos. En el seno de la familia aprendemos a compartir espacios, comida, impresiones, juegos, responsabilidades, dinero y hasta ropa, libros, etc.; aprendemos a respetarnos y a amarnos, a valorar a las personas por lo que son y no por lo que tienen (cultura, dinero, belleza, popularidad); aprendemos, por tanto, cosas demasiado importantes para no tenerlas en cuenta. En la escuela de la familia aprendemos fundamentalmente valores, esos valores que mantienen en pie no sólo la estructura familiar, sino también la personal, porque sin tales valores, sin fidelidad, sin sinceridad, sin respeto, sin paciencia, sin comprensión, sin amor, se tambalea no sólo el matrimonio, sino también la paternidad, la fraternidad, la entera estructura familiar.

Hoy ya nadie duda de las duras condiciones que rodean la vida familiar, de las dificultades que encuentran muchas familias para su subsistencia. Desprotegida por leyes estatales y laborales, abandonada por gobiernos que no aprecian suficientemente sus valores, confundida por uniones que pretenden equipararse a ella, minada por el egoísmo que busca su espacio y reclama su libertad o autonomía, la institución familiar se ve hoy gravemente acosada, herida, desestabilizada y, en muchos casos, arruinada. Son muchos los ataques que tiene que resistir, las intromisiones y agresiones procedentes de una sociedad permisiva y consumista que pone en la satisfacción del propio apetito su supremo valor, de modo que a este objetivo se supedita todo lo demás.

Cuando esto sucede, la familia puede verse zarandeada en sus mismos cimientos, incapaz de resistir los embates del apetito de cada uno de sus miembros. Cuando prevalece el deseo egoísta de cada uno, la comunidad familiar se desintegra como se desintegraría cualquier proyecto de vida comunitaria. Por eso necesitamos de la ayuda de Dios y de sus sacramentos, fuentes de gracia. En ellos recibimos la energía (amor) necesaria para hacer frente a nuestros desvaríos y debilidad congénitos. Pidamos al que se dignó nacer en el seno de una familia y nos proporcionó este espacio vital para nuestro armónico crecimiento que proteja a nuestras familias y nos de coraje para luchar por ellas.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID,
Dr. en Teología Patrística

Episcopalis communio – Francisco I

5. Por tales razones, desde el comienzo de mi ministerio petrino me he ocupado con especial atención del Sínodo de los Obispos, confiando en que se podrá llegar a «desarrollos ulteriores para favorecer aún más el diálogo y la colaboración entre los Obispos; y entre ellos y el Obispo de Roma»[17]. Para animar esta obra de renovación se necesita la firme convicción de que todos los Pastores están constituidos para el servicio del Pueblo santo de Dios, al que ellos mismos pertenecen en virtud del sacramento del bautismo.

Es verdad que, como afirma el Concilio Vaticano II, «los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso asentimiento del espíritu»[18]. Pero también es verdad que «la vida de la Iglesia y la vida en la Iglesia es una condición para el ejercicio de su misión de enseñar»[19].

Así pues el Obispo es al mismo tiempo maestro y discípulo. Él es maestro cuando, dotado de una especial asistencia del Espíritu Santo, anuncia a los fieles la Palabra de la verdad en nombre de Cristo cabeza y pastor. Pero él también es discípulo cuando, sabiendo que el Espíritu ha sido dado a todo bautizado, se pone en escucha de la voz de Cristo que habla a través de todo el Pueblo de Dios, haciéndolo «infalible “in credendo”»[20]. De hecho, «la totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos” presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres»[21]. El Obispo, por esto, está llamado a la vez a «caminar delante, indicando el camino, indicando la vía; caminar en medio, para reforzarlo en la unidad; caminar detrás, para que ninguno se quede rezagado, pero, sobre todo, para seguir el olfato que tiene el Pueblo de Dios para hallar nuevos caminos. Un obispo que vive en medio de sus fieles tiene los oídos abiertos para escuchar “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2, 7) y la “voz de las ovejas”, también a través de los organismos diocesanos que tienen la tarea de aconsejar al Obispo, promoviendo un diálogo leal y constructivo»[22].


[17] Discurso a los miembros del XIII Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos (13 junio 2013).

[18] Lumen gentium, 25.

[19] Pastores gregis, 28.

[20] Evangelii gaudium, 119.

[21] Lumen gentium, 12.

[22] Discurso a los Participantes del Congreso para los nuevos Obispos promovido por la Congregación para los Obispos y la Congregación para las Iglesias Orientales (19 septiembre 2013). Cf. Evangelii gaudium, 31.

Lectio Divina – 30 de diciembre

Lectio: Domingo, 30 Diciembre, 2018

María y José encuentran a Jesús
entre los doctores del templo de Jerusalén
Luca 2, 41-52

1. Oración inicial

¡Padre que estás en los cielos! Tú eres mi creador, me acoges a través de Jesús tu Hijo, me guías con tu Espíritu Santo. Abre mi mente para que pueda comprender el sentido de la vida que me has dado, el proyecto que tienes sobre mí y sobre los que has puesto a mi lado. Inflama mi corazón para que pueda adherirme con gozo y entusiasmo a tu revelación. Refuerza mi débil voluntad, hazla disponible para unirse a los otros para cumplir juntos tu voluntad y así hacer del mundo como una familia, más semejante a tu imagen. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

2. Lectio: Lectura de Luca 2,41-52

Luca 2:41-5241 Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. 42 Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta. 43 Al volverse ellos pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres. 44 Creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; 45 pero, al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.
46 Al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas; 47 todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. 48 Cuando le vieron quedaron sorprendidos y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.» 49 Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» 50 Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
51 Bajó con ellos, vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. 52Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

3. Momento de silencio

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Meditatio: Algunas preguntas

para orientar la meditación y la actualización.

¿Por qué el evangelista Lucas narra este episodio de la vida de Jesús? ¿Cuál es el culmen, el centro del pasaje? Llega el momento en el que las relaciones familiares (comunitarias) son tensas y difíciles, surgen incomprensiones. ¿Buscamos la autonomía y la independencia? ¿Qué es lo que llega a ser lo más importante a un cierto punto de nuestra existencia? Los afectos, las relaciones, la afirmación de sí mismo, los valores, los negocios, la moral, ¿se pueden ordenar jerárquicamente? Cuando la familia (una comunidad multiétnica), como a veces hoy se puede encontrar, es “ampliada” con padres casados de nuevo, hijos e hijas, hermanos y hermanas, abuelos y abuelas, parientes del padre o de la madre, ¿sobre qué punto firme se puede apoyar? ¿Hay que someterse a alguno o toca rebelarse?

5. Una clave de lectura

Nos encontramos en los así llamados relatos de la infancia según Lucas (cap. 1-2) en los versículos finales. Un prólogo teológico y cristológico más que histórico, en el que vienen presentado los motivos que se harán después frecuente en la catequesis de Lucas: el templo, el viaje a Jerusalén, la filiación divina, los pobres, el Padre misericordioso, etc. Con una lectura retrospectiva, en la infancia de Jesús ya aparecen los signos de su vida futura. María y José conducen a Jesús a Jerusalén para participar en una de las tres peregrinaciones ( en la Pascua, en Pentecostés, y para la fiesta de las Cabañas) prescriptos por la ley (Dt 16,16). Durante los siete días legales de fiesta la gente participaba en el culto y escuchaba a los Rabinos que discutían bajo el pórtico del Templo. “El niño Jesús se quedó en Jerusalén”, la ciudad que el Señor ha escogido para su sede (2Re 21,4-7; Jer 3,17; Zc 3,2), donde está el Templo (Sal 68,30; 76,3; 135,21), único lugar de culto para el judaísmo (Jn 4,2). Jerusalén es el lugar en el que “todo lo que fue escrito por los profetas se cumplirá” (Lc 18,21), el lugar de su “despedida” (Lc 9,31.51; 24,18) y de las apariciones del resucitado (Lc 24,33.36-49). Los padres “se pusieron a buscarle” con ansia y angustia (44.45.48.49). ¿Cómo es posible perder un hijo, no caer en la cuenta que Jesús no va en la caravana? ¿Es Cristo el que debe seguir a los demás o al contrario? “Después de tres días” termina la “pasión” y encuentran a Jesús en el Templo, entre doctores, enseñando, entre el estupor general. Comienzan a desvelarse las características de su misión, que encuentran su compendio en las primeras palabras pronunciadas por Jesús en el evangelio de Lucas: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” Pero ¿quién es su padre? ¿Por qué buscarlo? Es el mismo Padre de las últimas palabras de Jesús, según Lucas, en la cruz “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (23,46) y en la ascensión al cielo: “Y yo os mandaré lo que mi Padre ha prometido” (24,49). Ocurre, ante todo, que se debe obedecer a Dios, como bien lo había entendido Pedro, después de Pentecostés (At 5,29), buscar el Reino de Dios y su justicia (Mt 6,33), buscar al Padre en la oración (Mt 7,7-8), buscar a Jesús (Jn 1,38) para seguirlo. Jesús declara su independencia – “yo debo” – cuando se refiere al Padre celestial. Él lo hace conocer en su inmensa bondad (Lc 15), pero con todo crea una distancia, una rotura, con respecto a los suyos. Antes de los lazos afectivos, de la realización personal, de los negocios…está el proyecto de Dios. “¡Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz! Pero no se haga mi voluntad”. (Lc 22,42) . Para la madre María empieza a realizarse la profecía de Simeón (Lc 2,34), “pero ellos no comprendieron”. La incomprensión de los suyos es también la de los discípulos cuando el anuncio de la Pasión (18,34) ¿Rebelarse? ¿Someterse? ¿Irse? Jesús “vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos” dice Lucas, y María “conservaba todas estas cosas en su corazón”. La conducta de María expresa el desarrollo de la fe de una persona que crece y progresa en la inteligencia del misterio. Jesús revela que la obediencia a Dios es la condición esencial para realizarse en la vida, por un camino de participación en la familia y en la comunidad. La obediencia al Padre es lo que nos hace hermanos y hermanas, nos enseña a obedecer el uno al otro, a escucharnos, a reconocer el uno en el otro el proyecto de Dios. En este clima se crean las condiciones para crecer “ en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres “ y caminar juntos.

6. Oratio: Salmo 83 (84)

Canto del peregrino

¡Qué amables son tus moradas,
Yahvé Sebaot!
Mi ser languidece anhelando
los atrios de Yahvé;
mi mente y mi cuerpo se alegran
por el Dios vivo.
Hasta el gorrión ha encontrado una casa,
para sí la golondrina un nido
donde poner a sus crías:
¡Tus altares, Yahvé Sebaot,
rey mío y Dios mío!

Dichosos los que moran en tu casa
y pueden alabarte siempre;
dichoso el que saca de ti fuerzas
cuando piensa en las subidas.

Al pasar por el valle del Bálsamo,
lo van transformando en hontanar
y las lluvias lo cubren de bendiciones.
Caminan de altura en altura,
y Dios se les muestra en Sión.

¡Yahvé, Dios Sebaot, escucha mi plegaria,
 hazme caso, oh Dios de Jacob!

7. Contemplatio: Oración final

Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque me has revelado tu bondad y tu amor. Eres verdaderamente el Único que puedes dar pleno sentido a mi vida. Amo a mi padre, pero Tú eres el Padre; amo a mi madre, pero Tú eres la Madre. Aunque no hubiese conocido el amor de mis padres, sé que tú eres el Amor, estás conmigo y me esperas en la morada eterna, preparada para mi desde la creación del mundo. Haz que, junto conmigo puedan cumplir tu voluntad también mis familiares, hermanas y hermanos, todos los que hacen un camino comunitario conmigo y así anticipar en esta tierra y después gozar en el cielo las maravillas de tu amor. Amén.

Sagrada Familia

La familia es una de las instituciones que más profundamente están cambiando, sobre todo en las últimas décadas. La inestabilidad y la inseguridad, que se palpa por todas partes, se debe, en buena medida, a la transformación que se está produciendo en la institución familiar. El cambio más fuerte consiste en que el matrimonio está siendo sustituido por la pareja. El matrimonio se entendía y se vivía como un compromiso para siempre: “Hasta que la muerte nos separe”. La pareja, por el contrario, es enteramente libre. Algo así como la amistad o la simple relación humana. De forma que, ni el hecho de los hijos o las propiedades son, con frecuencia, un elemento que pueda dar estabilidad al grupo familiar.

La familia tradicional era, sobre todo, una unidad económica. En las culturas tradicionales, el matrimonio estaba protegido por unos derechos y las correspondientes obligaciones. Por el contrario, la pareja es un hecho enteramente libre. Y, por eso mismo, carente de derechos y obligaciones. La estabilidad de la familia, en la cultura actual, depende de lo que acertadamente se ha denominado la “relación pura”. La relación basada en la comunicación emocional, en la que las recompensas derivadas de dicha relación son la base primordial para que la familia (o la pareja) se mantenga y se perpetúe.

La familia tradicional socializaba a los individuos en el sometimiento. La pareja emergente educa para la igualdad en dignidad y derechos. Por esto, sería importante (y es urgente) caer en la cuenta de que lo central (en la familia o la pareja) no es ya la “institución económica”, que perpetúa el patrimonio y la propiedad de los bienes, sino que lo más urgente es potenciar —como ya se ha dicho— la “relación pura”, es decir, la convivencia en la que la comunicación emocional es segura y transparente. ¿Es esto anticristiano? Quien se haga esta pregunta, debería preguntarse también por qué Jesús, en el Evangelio, habló de la familia de forma tan crítica y con tanta dureza. Basta leer algunos textos: Mt 10, 34-42; Lc 12, 51-53; 14, 26-27; cf. Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62.Y en las llamadas al seguimiento, lo primero que exige Jesús es abandonar la propia familia. ¿No da esto que pensar?

En todo caso, lo más urgente es educar a las nuevas generaciones para que integren en sus vidas la capacidad de cariño, de saber tratar a los demás, de convivir en paz, respeto, bondad, capacidad de perdonar y, sobre todo, la fidelidad a la palabra dada.

José María Castilla

¿No sabíais…?

A un miembro de Acción Católica General se le pidió que formase parte de una comisión diocesana de trabajo para desarrollar un tema pastoral concreto. Esta persona estuvo documentándose al respecto, y cuando llegó a la reunión, indicó su parecer: “La verdad es que todo está ya más que escrito, y no es necesario añadir más cosas. Lo que hace falta es llevarlo a la práctica”. Una afirmación que fue corroborada por el resto de miembros de dicha comisión. Porque sobre los temas básicos que afectan a la vida cristiana, hay mucha documentación al respecto, pero lamentablemente esa documentación es desconocida por la mayoría de cristianos.

Uno de esos temas básicos es “la familia”. A lo largo de los años han sido innumerables los documentos, tanto del Magisterio de la Iglesia como de otras realidades eclesiales, que han abordado directa o indirectamente el tema de la familia, a través de los Papas, Concilios, Pontificias Comisiones, Dicasterios, Conferencias y Comisiones Episcopales, así como de otros Organismos de la Iglesia, como Delegaciones diocesanas, Institutos… El último documento del Magisterio Papal al respecto es la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia” (2016), del Papa Francisco.

Pero si hiciéramos una encuesta entre quienes habitualmente participan en la Eucaristía y en la comunidad parroquial, ¿cuántos habrán leído al menos uno de estos documentos?

Hoy son muchas las cuestiones, dudas, interrogantes, incertidumbres, incomprensiones… que afectan a la familia en general, y a la familia cristiana en particular. Hay situaciones ante las que parece que “se nos escapa” la postura correcta que debemos adoptar desde la fe, como hemos escuchado en el Evangelio que Jesús “se escapó” de sus padres en Jerusalén. Podríamos hacer nuestra la queja de María: ¿Por qué nos has tratado así? ¿Por qué nos ha venido esta situación, por qué no sabemos cómo actuar, por qué no encontramos el camino a seguir…?

Jesús les respondió: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? Jesús, que progresivamente va tomando conciencia de su identidad, da por hecho que, después de lo que José y María han vivido desde el anuncio de su concepción, ya deberían tener claro dónde encontrarle con seguridad. Y ante nuestras cuestiones, dudas, incertidumbres… respecto a la familia cristiana, es como si hoy también nos dijese: ¿No sabíais dónde teníais que buscarme?

La celebración de la Sagrada Familia es una invitación a todos los que somos y formamos la Iglesia a tener más presente el Magisterio respecto a la familia, para que deje de ser tan desconocido. Especialmente los esposos, ante las diferentes situaciones que van surgiendo en su vida matrimonial y familiar, si quieren responder con y desde la fe están llamados hacer el (pequeño) esfuerzo de “buscar” lo que la Iglesia, basándose en el Evangelio, ha indicado ya al respecto.

Como indica el Papa Francisco en “Amoris Laetitia”: “hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia” (303), con el fin de que los esposos puedan tomar las decisiones adecuadas, recordando también que: “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas”. (37).

¿Qué documentos de la Iglesia conozco referentes al matrimonio y la familia? ¿He leído alguno de ellos? ¿Por qué? Ante situaciones y dudas que hayan surgido en mi vida familiar o matrimonial, ¿he buscado la propuesta de la Iglesia al respecto? Si es así, ¿sabía dónde tenía que buscar?

Son muchos los interrogantes e incertidumbres que afectan a la familia, y que a veces “se nos escapa” la postura correcta que debemos adoptar desde la fe, pero no nos quedemos en la duda; ya deberíamos saber que contamos con la Iglesia, como Madre educadora. Como dice el Papa: “Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios” (307).

Conozcamos el Magisterio sobre la familia y aprovechemos la formación que se nos ofrece, porque como finaliza el Papa: “ninguna familia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar… Cada familia debe vivir en ese estímulo constante. Caminemos familias, sigamos caminando. Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido” (325).

Vivir amistosamente

Son muchas las personas que no conocen la felicidad ni la alegría de la amistad. No se debe a que carezcan de amigos o amigas. Lo que sucede es que no saben vivir amistosamente.

Son hombres y mujeres que sólo buscan su propio interés y bienestar. Jamás han pensado hacer con su vida algo que merezca la pena para los demás. Sólo se dedican a «sentirse bien». Todo lo demás es perder el tiempo.

Se creen muy «humanos». Al sexo practicado sin compromiso alguno lo llaman «amor». La relación interesada es «amistad».

En realidad viven sin vincularse a fondo con nadie, atrapados por un individualismo atroz. En todo momento buscan lo que les apetece. No conocen otros ideales. Nada es bueno ni malo, todo depende de si sirve o no a los propios intereses. No hay más convicciones ni fidelidades.

En estas vidas puede haber bienestar, pero no dicha. Estas personas pueden conocer el placer, pero no la alegría interior. Pueden experimentarlo absolutamente todo menos la apertura amistosa hacia los demás. Sólo saben vivir alrededor de sí mismos. Para ser más humanos necesitarían aprender a vivir amistosamente.

La verdadera amistad significa relación desinteresada afecto, atención al otro, dedicación. Algo que va más allá de las «amistades de negocios» o de los contactos eróticos de puro pasatiempo.

Al afecto y la atención al otro se une la fidelidad. Uno puede confiar en el amigo, pues el verdadero amigo sigue siéndolo incluso en la desgracia y en la culpa. El amigo ofrece seguridad y acogida. Vive haciendo más humana y llevadera la vida de los demás. Es precisamente así como se siente a gusto con los otros.

Se ha dicho que una de las tareas pendientes del hombre moderno es aprender esta amistad, purificada de falsos romanticismos y tejida de cuidado, atención y servicio afectuoso al otro.

Una amistad que debería estar en la raíz de la convivencia familiar y de la pareja, y que debería dar contenido más humano a todas las relaciones sociales.

Celebramos hoy la fiesta cristiana de la familia de Nazaret. Históricamente poco sabemos de la vida familiar de María, José y Jesús. En aquel hogar convivieron Jesús, el hombre en el que se encarnaba la amistad de Dios a todo ser humano, y María y José, aquellos esposos que supieron acogerlo como hijo con fe y amor.

Esa familia sigue siendo para los creyentes estímulo y modelo de una vida familiar enraizada en el amor y la amistad.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 30 de diciembre

Una familia marcada por el sufrimiento

     Estratégicamente situada inmediatamente después de la Navidad, esta fiesta nos invita a mirar a la familia formada por Jesús, María y José. En primer lugar, nos recuerda una vez más que el hecho de la encarnación tuvo lugar en nuestra historia. No sólo en un tiempo y lugar concretos sino también en una familia concreta. María y José fueron el matrimonio en el que Jesús nació, creció y maduró físicamente y como persona. 

     Tenemos la tentación de pensar en aquella familia y tratar de aplicar a ella lo que hoy pensamos que es el ideal para una familia. Si a nosotros nos parece que “x” es bueno para una familia, entonces ese valor “x” estuvo presente en aquella familia de Nazaret. Nos imaginamos la vida de aquella familia llena de armonía, de amor, de paz. José trabajando en el taller y María en la cocina, mientras que Jesús juega o está en la escuela. Todo eso no son más que proyecciones de nuestra realidad sobre una realidad de la que sabemos muy poco y de la que los Evangelios nos hablan menos todavía. En el caso de que los pocos datos que tengamos sean históricos –ya se sabe que los evangelios de la infancia tienen más de composición teológica que de historia fiel a los hechos–, la vida de aquella familia fue realmente azarosa. José tuvo que acoger a María, cuando ésta se había quedado embarazada sin su participación. No debió ser fácil ese primer momento de la relación. Luego viene el nacimiento en Belén. El texto nos habla de la pobreza en que vivían. ¡Nadie los acogió! Y la mucha pobreza no suele formar parte del ideal de la vida de una familia. No sólo eso. La familia se vio obligada a emigrar a Egipto. ¡Refugiados políticos! Hoy sabemos lo dura que es la vida de los emigrantes. Mucho más dura sería en aquellos tiempos en los que no existían en absoluto las organizaciones y leyes que hoy, mal que bien, se destinan a acogerlos y hacerles en cierta medida la vida más fácil. Del padre no se vuelve a hablar en los Evangelios y, por más que nos empeñemos, en algunos textos se ve que hubo una cierta distancia entre Jesús y su familia debido a su misión. Lo mismo se puede decir del Evangelio de hoy, quizá una parábola de lo que ocurrió una vez Jesús se hizo mayor. 

     Así ha sido la familia a lo largo de los siglos y las culturas. Una realidad siempre cambiante, siempre sometida a presiones diversas y dificultades. En esta fiesta quizá lo más importante no sea tratar de imponer el ideal de lo que a nosotros nos parece bueno para la familia sino comprometernos a echar una mano a todas las familias que sufren, a ser muy comprensivos con aquellos que no encajan en nuestra idea de familia, a acoger a los que están solos y abrirles las puertas de nuestro corazón, aunque no sean de nuestra familia. Porque la familia de los hijos de Dios es más grande que la familia de los lazos de la carne. 

Para la reflexión

¿Cómo vivo la relación con mi propia familia? ¿Me doy cuenta de que en Jesús mi familia se ha ampliado hasta abarcar a toda la humanidad? ¿Cómo practico la acogida y el amor con ellos, mis hermanos y hermanas del mundo, sobre todo los que más sufren?

Fernando Torres, cmf