Santa María, Madre de Dios

Proclamar a María, una criatura de Dios, «Madre de Dios», como hace el dogma efesino y la liturgia de la Iglesia Católica en este día, aunque resulte paradójico, no hace sino reafirmar nuestra fe en el misterio de la Encarnación, misterio de la Navidad. No es sino afirmar que lo nacido de María, su hijo, no es otro que el mismo Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, en su condición de hombre. Hay tal identidad entre el Hijo de Dios y el (hijo) nacido de María, que se puede afirmar con rotundidad que María es Madre de Dios (=Theotokos) o también Madre del Hijo de Dios (= Dios) hecho hombre. No sólo Madre de esa humanidad (=Anthropotokos), sino Madre del ‘sujeto’ que soporta esa humanidad, puesto que no hay humanidad (= naturaleza) sin sujeto o supuesto de esta naturaleza.

San Pablo habla de un «tiempo cumplido» o del cumplimiento de una promesa en su tiempo. Se trata del tiempo del «envío» del Hijo por parte de Dios. Y hace coincidir este tiempo (o kairós) con el momento del Nacimiento de una mujer. Llegado el tiempo previsto, Dios envía a su Hijo al mundo naciendo en él «ex muliere» (= de una mujer). Es el momento histórico que describe el evangelio: tiempo en que los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en un pesebre. Y tras haber visto y oído, los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios.

Aquellos pastores encontraron correspondencia entre lo que les habían dicho y lo que ellos pudieron constatar viendo y oyendo por sí mismos. Y esto provocó en ellos la alabanza a Dios, esto es, el reconocimiento de lo que Dios es por sí mismo, reconocimiento de su grandeza, de su bondad, de su misericordia: una reedición del Magnificat. La alabanza divina, como cualquier alabanza, brota de la contemplación de aquello (un paisaje, un rostro, una obra de arte, Dios) que resulta admirable. Y Dios es esencialmente admirable, lo más admirable para el que es capaz de contemplarlo. La alabanza traduce, pues, un sentimiento de ‘admiración’. Por eso, cuando alabamos (con los labios) sin estar admirados es que, en realidad, no estamos alabando. Hay un fondo de mentira en nuestra alabanza verbal.

En cualquier caso, ni siquiera la visión de los visto por ellos suple a la fe. En este mundo la visión nunca suple a la fe. Es algo que puede ayudar a creer, pero nunca sustituye a la fe. Para ver en el niño acostado en el pesebre al Hijo de Dios, aquellos pastores tuvieron que hacer, como nosotros, un acto de fe. Y es que los ojos simplemente no pueden ver en el ‘rostro’ de ese niño al Hijo de Dios (ni siquiera al Mesías anunciado). El misterio que se oculta tras ese rostro sólo se descubre a los ‘ojos de la fe’, no a los de la carne. Pero precisamente ahí, en lo invisible a los ojos de la carne, reside la verdad de esa carne, de ese recién nacido, según se deja traslucir en los acontecimientos (anteriores y posteriores) de su misma historia.

San Pablo nos ayuda a adentrarnos más en ese misterio (y en su verdad). Nos dice «para qué» envió Dios a su Hijo naciendo de una mujer. No se limita, por tanto, a testificar el ‘hecho’ (envío/nacimiento), sino que ofrece su interpretación del mismo remitiéndose a esa teo-lógicaque es la lógica del amor de Dios, indicándonos así el funcionamiento de la mente divina. Lo envió –nos dice- para rescatar a los que estaban bajo la ley, y añade: para que recibiéramos el ser hijos por adopción. La recepción filial exige primero un rescate. No se puede ser y vivir como hijos de Dios, si estamos todavía viviendo bajo el imperio de la ley. ¿De qué ley habla aquí el Apóstol? Sin duda, de la ley bajo la que ha nacido Jesús, la Ley judía, esa ley que le manda circuncidarse, ofrecer sacrificios, observar el Sábado, acudir en peregrinación al Templo de Jerusalén…, pero quizá también de ese régimen político-religioso que impera en su tiempo, y probablemente de cualquier régimen legal posible.

Prestemos atención a este razonamiento: Si el Hijo nos ha sido enviado para hacer de nosotros hijos de Dios (por adopción, pero verdaderos hijos) es para que vivamos como tales, es decir, para que no tengamos que vivir nuestra relación con Dios (la religión) como simples cumplidores o transgresores de una Ley o de unas leyes, aun siendo éstas divinas. La Ley en cuanto tal manda o prohíbe hacer algo, pero no da el espíritu (ni el estímulo) necesario para cumplir lo que manda. La Ley, por tanto, puede hacer cumplidores o transgresores, pero no hijos. Aquí se trata de otra cosa. Aquí se trata de ser hijos y de vivir como tales. Y para eso necesitamos algo más que una ley; porque ser hijos no es algo que se adquiere con una simple subscripción jurídica o registro legal; es mucho más: es recibir el ser (= la vida) de hijos por parte de quien puede darlo. San Pablo identifica este vivir como hijos con una vida en régimen de libertad. Y no es que en este régimen no haya ley. La hay; pero la ley tiene ya un rostro, y éste es el rostro de un Padre bueno, que manda hacer lo que es bueno para nosotros y que espera de nosotros una obediencia filial, propia de hijos.

Los mandamientos de la Ley de Dios siguen vigentes, pero ya no pueden ser vistos como una simple imposición legal de alguien que tiene el poder y el reino, sino como normas de conducta emanadas de una voluntad paternal –no sólo imperial- que no persigue otra cosa que el bien de sus hijos y que, además, da la fuerza (el Espíritu) para cumplirlas. El amor que suponemos en Dios, y el que brota en nosotros en correspondencia a ese amor sembrado en nuestras vidas, lo facilita todo; facilita el cumplimiento de sus mandamientos y la aceptación de su voluntad. En ello tenemos ocasión de demostrarle nuestro amor y nuestra gratitud, nuestro deseo de agradarle, como sucede analógicamente con nuestros padres terrenos. Y vivir en el amor –aunque no sin normas- es vivir en un régimen de libertad: un régimen en el que las normas se asumen voluntariamente como la mejor manera de conducirse en la vida: un régimen en el que el amor (y lo que se hace por amor) sobrepuja toda indicación o imposición normativa. Por amor (a sus padres), uno está dispuesto a hacer mucho más de lo que manda cualquier norma o ley. Esto es vivir como hijos: vivir movidos por el amor a Dios nuestro Padre.

Pero ¿qué no hacer por Aquél que nos lo ha dado todo con su Hijo? Por Aquél que nos lo ha dado todo con su Hijo podemos hacer todo lo que no sea contrario al espíritu de su Hijo. Porque si somos hijos de Dios, lo somos en el Hijo, no sin él. Y si hijos, herederos. En cuanto herederos, tenemos derecho a esperar la misma herencia recibida por su Hijo Jesucristo: la vida eterna, la gloria, el cielo. Más no cabe esperar. Pues vivamos esta hermosa realidad con admiración y concentración, como María. Y en permanente acción de gracias. Sin olvidar nunca que tenemos por Padre al mismo Dios. ¿Hay algo mejor que pueda darnos la paz y pueda ponernos en paz con todos?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID,
Dr. en Teología Patrística