Comentario del 2 de enero

Este es el testimonio de Juan. Así comienza el pasaje evangélico de este día. Se trata del testimonio de Juan el Bautista, que, a la pregunta de sacerdotes y levitas: ¿Tú quién eres?, él responde: Yo no soy el Mesías. Es evidente que Juan fue confundido con el Mesías esperado, o al menos con el Elías esperado o con un profeta singular, el Profeta. Por eso le preguntan por su identidad. Y él, que es un hombre íntegro, no se sirve de estas falsas atribuciones en su beneficio, haciéndose pasar por quien ya era tomado, por el Mesías o el Profeta. Ante las sucesivas negaciones, le piden que confiese abiertamente su propia identidad, la conciencia que él tiene de sí mismo: ¿Quién eres entonces? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? Y Juan contestó: Yo soy «la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (como dijo el profeta Isaías). Así se presenta el Bautista, como una voz, similar a la de Isaías, que se deja oír en el desierto pidiendo que se allane el camino al Señor.

Su predicación, por tanto, está en función de este Señor al que hay que allanar el camino apartando obstáculos y dificultades que imposibilitan su venida. Pero la respuesta de Juan no les deja del todo satisfechos. Los fariseos encuentran una incoherencia entre lo que dice de sí mismo y lo que hace: Entonces ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? Consideran que bautizar es tarea mesiánica o profética; por eso no entienden que, tras haber negado esta condición, Juan siga bautizando. Pero él responde: Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Juan, al tiempo que reconoce su bautismo (con agua) como un signo ligado a su predicación –a su condición de vocero– o llamada a la conversión, denuncia la presencia entre ellos de alguien, todavía desconocido, pero anterior a él, y al que no es digno de desatar la correa de la sandalia. De él dirá en otro lugar que bautizará con Espíritu Santo y fuego, y no sólo con agua, como él.

Este es el testimonio de Juan, no un testimonio de sí mismo, sino de otro que, viniendo detrás que él, existía antes que él y al cual no puede compararse porque le es muy inferior. Al afirmar de sí mismo que él no es el Mesías, está señalando en la dirección de ese otro que ya está en medio de ellos, aunque envuelto en el anonimato. Él será el que bautice de verdad, con Espíritu Santo, por ser el Mesías. A Juan le piden un testimonio de sí mismo, pero acaba dando testimonio en favor de otro, de aquél ante quien él se siente indigno y cuya voz le prepara el camino. Juan se siente realmente un servidor del Mesías, no un suplantador del Mesías. Por eso, consciente de su papel de precursor, obra con tanta humildad y honestidad, sin pretender engañar a nadie y sabiendo retirarse a tiempo. Es una enorme lección para todos los que hacemos presente a Cristo con nuestro oficio. Una cosa es hacerle (sacramentalmente) presente y otra suplantarle «ocupando su lugar». También los que obramos «in persona Christi» tenemos que saber retirarnos a tiempo para no dar lugar a borrosas confusiones o a indignas suplantaciones. Sólo así allanaremos el camino del Señor que viene a salvar a los corazones cautivos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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