Comentario 3 de enero

El testimonio de Juan se hace mucho más explícito en este pasaje. Nos dice el evangelista que al ver Juan a Jesús, que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo». Yo no lo conocía; pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. No designa a Jesús como el Mesías, ni como el Profeta; y no es que no le considere tal, pero utiliza un término que define bien su modo de entender el mesianismo de Jesús. Su concreta forma mesiánica será la del Cordero de Dios entregado a la muerte para quitar el pecado del mundo.

El concepto empleado tiene connotaciones proféticas. Ya Isaías describía la misión del Siervo de Yahvé como la de un cordero llevado al matadero, entregado en expiación. Situado en esta perspectiva profética, Juan supo ver antes que ninguno de los discípulos de Jesús la configuración histórica del mesianismo de éste: Jesús no actuaría como un rey victorioso ni como un sacerdote de la antigua Ley, sino como el Cordero de Dios que entrega su vida en acto de humilde obediencia por la salvación del mundo esclavo del pecado. La imagen del «cordero» sugiere la idea de la mansedumbre y la del sacrificio. Decir «cordero manso» es casi una redundancia; y el animal más empleado en los sacrificios rituales de la antigua Alianza era el cordero. Decir de Jesús que es el Cordero de Dios es aludir a ambas cosas: a su actuar con mansedumbre y a su aptitud para el sacrificio. En el mismo sacrificio –en la cruz- culmina su misión de Cordero de Dios, porque es ahí donde se completa su entrega, su acto de amor hasta el extremo: ese acto redentor que nos libera del pecado, otorgándonos la salvación.

Su misión se hace consistir precisamente en esto, en quitar el pecado del mundo, dicho así, en singular, como si se tratara de un poder que tiene al mundo bajo su imperio. Porque el pecado con el que nos podemos pasar la vida peleando es un poder que nos domina o una atadura que nos cuesta mucho disolver. Pues bien, Jesús, el Ungido del Espíritu, venció en su muerte al pecado, que en su vida se había manifestado sólo como tentación, para darnos con su victoria sobre la muerte su mismo poder, el poder de su Espíritu, para someter al pecado presente en nuestras vidas. Sólo recurriendo a ese poder espiritual lograremos la victoria sobre este otro poder maléfico (el pecado; léase, el egoísmo, la arrogancia, la cólera, la envidia, la lujuria, la falta de dominio, etc.), aunque para ello necesitemos todo el tiempo disponible de la vida y únicamente se haga plenamente efectivo en el momento de la muerte.

Juan le presenta como un hombre del que ya ha hablado como «estando delante de él» y como «existiendo antes que él», y ante el cual se siente «indigno de desatarle la correa de las sandalias». Y aunque dice «no conocerle», entiende que su misión y su actividad de «bautizante» están en función de su manifestación a Israel. Él ha salido a predicar y a bautizar con agua precisamente para darlo a conocer a su pueblo. Es lo que hace ahora con su público testimonio, al señalarle como el Cordero de Dios. La manifestación mesiánica de Jesús no dependerá exclusivamente del testimonio de Juan, pero éste será como el aldabonazo de esa manifestación, no sólo porque está en sus inicios, sino también por la fuerza de convicción que entraña. Juan proclama haber contemplado su propia unción: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Esta visión le reafirma en su convicción. Juan se siente también un enviado. Pues bien, el que le ha enviado a bautizar es el que le ha dicho: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.

Tras esta inspiración divina, Juan no puede dudar de que Jesús es realmente el Mesías, el Ungido del Espíritu, el que ha de bautizar con Espíritu Santo (y no sólo con agua). Por eso, porque ya no tiene dudas, lo proclama abiertamente, a pesar de ser un desconocido para él hasta ese momento. Este es el testimonio de Juan en favor de Jesús como Mesías y de su manifestación al pueblo de Israel, un testimonio que sigue teniendo vigencia para nosotros en un doble sentido: en cuanto que nos reafirma en nuestra convicción de Jesús como Hijo de Dios y en cuanto que nos aclara y confirma su modo concreto de actuación mesiánica, como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De este Mesías-Cordero no podemos esperar otra cosa sino ésta, que no es desdeñable, que quite el pecado del mundo, empezando por los que tenemos conciencia de aquello para lo que él vino, y con el pecado, la muerte, que es su consecuencia. Digo que «quitar el pecado del mundo» no es tarea desdeñable, porque con el pecado quitará muchas maldades, injusticias y sufrimientos que son consecuencia del mismo. ¡Ojalá que el Señor nos encuentre colaboradores con él en esta tarea!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística