Domingo de Epifanía

El contenido de la festividad de la Epifanía aparece claramente en los textos. Isaías (1ª lec. 60, 1-6) promete al pueblo judío  el amanecer de Dios sobre él. San Pablo (2ª lec. Ef. 3, 2-3, 5-6 extiende la promesa a todos los pueblos. El evangelista (3ª lec. Mt. 2, 1-12) escenifica la universalidad con el relato de los magos.

Efectivamente: el relato de los Magos corresponde a una escenificación de la intencionalidad universalista de la venida de Jesús al mundo. Hoy discutir sobre la amplitud de esa intencionalidad carece de sentido pero no así en los primeros tiempos en los que el cristianismo se extiende en un ambiente judío que tiene  conciencia de ser el único pueblo elegido por Dios.

Una de las primeras discusiones que se originaron en el seno de la Iglesia fue debida a la pretensión de los judeocristianos  de hacer pasar por algunos ritos del judaísmo a quienes quisieran ser cristianos.

En ese contexto es normal que los Evangelistas quisieran escenificar el valor universal de la venida de Jesús. Así es como se entiende la aparición a los pastores, gente en aquel entonces, era tenida por  hombres  pecadores.

De la misma manera hemos de entender el episodio de los Magos. La entrada   en escena,  de unos personajes  que no sabemos ni quienes ni cuantos ni de dónde vienen, guiados por una estrella que se oculta en Jerusalén pero que vuelve a lucir al abandonar la ciudad, muestra claramente la intencionalidad de la narración. Jesús convoca a todas las gentes y las convoca porque Él ha venido para ser la luz que ilumine a todos los que se dejen ser iluminados por Él. El relato que acabamos de escuchar es simplemente  una de las varias escenificaciones que aparecen en los Evangelios. Pronto recordaremos otra: el Bautismo de Jesús.

Es importante insistir en estas cosas porque la información infantil que recibimos en la catequesis, acomodada a nuestras entendederas de aquel entonces  y   no ampliada luego en la edad adulta,   puede inducirnos a dudas, –muchas veces provocadas con mala intención por los detractores del Cristianismo-  que carecen de todo fundamento.

Estas navidades, en pleno siglo XXI me preguntaron varias personas si era verdad lo del nacimiento de Jesús porque habían oído en alguna emisora o cadena de televisión que el 25 de diciembre era una fiesta pagana y que los cristianos nos habíamos apoderado de ella como fiesta del nacimiento de Jesús. Es increíble que esto pueda ser cuestión hoy en día para “cristianos veteranos”.

La fecha del nacimiento de Jesús nos es desconocida  porque a los evangelistas lo que les interesa comunicarnos  es que nació Jesús, sus predicaciones y su obra. Hoy los historiadores detallan una serie de datos que en aquellos tiempos no se valoraban no solo por los Evangelistas sino también por los historiadores de aquella época.

Aprovechando las fiestas paganas en honor de Saturno, las saturnales, como comienzo del alargamiento de los días, -el nacimiento del sol-  los cristianos pensamos que siendo Jesús la Luz del mundo, -nuestro sol espiritual- , se podía celebrar su nacimiento en esas fechas.  Pero esto debería ser perfectamente conocido a estas alturas por todos los cristianos sin padecer la más mínima duda respecto del hecho del nacimiento de Jesús. Una cosa es el hecho y otra la fecha en la que se señala. Distinto es la fecha de su muerte porque esa sí sabemos que era en la pascua judía, en el mes de Nisán. No es que los evangelistas quisieran señalar la fecha sino que les venía dada por el solemne acontecimiento judío de la celebración de la Pascua.

Quizás un buen compromiso de esta pequeña reflexión en este domingo de Epifanía sea la de preocuparnos de leer alguna obra en la que se traten estos temas con rigor científico excluyendo todo sistemático y obsesivo  ataque al cristianismo.

Desde un punto de vista más “doméstico” siendo hoy también la entrañable fiesta de los Reyes no olvidemos poner en los deseos de los demás nuestro afecto y  nuestra ayuda. Mucha gente espera impaciente una sonrisa, una palmada en la espalma, una palabra de consuelo o una ayuda material.

“Echárselo” nosotros en su desesperada esperanza será la mejor forma de agradecer  lo que Jesús nos “puso” a todos nosotros un día, allá en Belén  cuando nació: el mensaje de su  amor. Que así sea. 

Pedro Sáez