¿No sabíais…?

Aunque litúrgicamente el tiempo de Navidad continúa hasta el próximo domingo en que se celebrará la fiesta del Bautismo del Señor, la Solemnidad de la Epifanía supone para la mayoría el final de la Navidad: terminan las vacaciones escolares, desaparecen los adornos de las casas y todo vuelve a la rutina habitual. Por eso, en este último día de fiestas, podemos pensar: ¿Qué ha quedado de la Navidad, en nosotros y a nuestro alrededor?

En el Evangelio hemos escuchado que Herodes, al enterarse por los Magos del nacimiento del Rey de los judíos, se sobresaltó y todo Jerusalén con él. Herodes representa a los poderes de este mundo, que actúan al margen de Dios y que, por eso mismo, ven en la fe cristiana una amenaza para sus intereses. Pero también en nuestro ambiente más cercano se produce esa situación: “La mayoría de las personas prescinden de lo religioso, prescinden de Dios, de la fe y de la Iglesia. Estamos ante una época de fuerte secularización, que va invadiendo de forma integral la vida de las personas, desarrollando una manera de pensar en la que Dios, no es que no sea el motor de sus vidas, sino que Dios no tiene sitio”. (Ser y misión de la ACG).

En esta realidad política, social, laboral, familiar… vivimos inmersos nosotros. Y tenemos que preguntarnos si, como los Magos, provocamos “sobresalto” a los “Herodes” de turno. Porque quizá en nuestra Navidad se nos han visto adornos, comidas, regalos… pero no se nos ha visto adorar al Niño. Muchos cristianos tienden a ver la fe como algo privado o individual, que no debe tener repercusiones en la vida política, social o laboral: “Muchos cristianos tienen en su modo de vida rasgos de un modo de vivir secularizado, de una vida en la que Dios no encuentra el sitio que le corresponde. El mensaje cristiano se reduce a aquello que sabemos que no va a crear un roce con el contexto cultural actual. Algunos cristianos omiten elementos fundamentales de la fe para no entrar en desacuerdo con los no creyentes” (Ser y misión de la ACG). De este modo quizá estaremos más tranquilos, pero no provocaremos ningún “sobresalto”.

Sin embargo, la celebración de la Navidad debe habernos dejado esta convicción: “que Jesús, el Hijo único de Dios, se ha hecho hombre entre los hombres y que se ha comprometido con nosotros y con la Historia. Por ello, el seguimiento de Cristo nos ha de llevar a plantear la vocación cristiana como una forma de vida comprometida con la realidad que nos rodea. O somos cristianos en medio del mundo o no lo somos de ninguna manera. El testimonio y el compromiso son el único modo posible de vivir la fe” (Llamados por la gracia de Cristo).

Por eso, al llegar la Navidad a su fin, los Magos de Oriente son un modelo para que se nos note que nosotros adoramos al Dios que nace, y así “sobresaltar” a nuestro entorno y a los “Herodes” del mundo. Y esto lo podemos hacer con normalidad, sin exhibicionismos ni acomplejamientos, como dijo el Papa San Pablo VI en “Evangelii Nuntiandi” 21: “Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Surgirán otros interrogantes, más profundos y más comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad”.

¿Qué ha quedado de la Navidad, en nosotros y a nuestro alrededor? ¿La adoración al Dios que nace ha ocupado un lugar primordial o han prevalecido otras cosas? ¿Mi fe provoca “sobresaltos” en los “Herodes” de mi alrededor, o prefiero ocultar mi fe para evitarme complicaciones?

La Navidad, el nacimiento del Hijo de Dios, se nos tiene que notar en la normalidad de nuestra vida familiar, laboral, social… viviendo la fe sin exhibicionismos ni acomplejamientos. Como los Magos, no tengamos miedo de provocar “sobresaltos” en los “Herodes” que nos rodean, porque como dice el Papa Francisco en “Evangelii Gaudium” 183: “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra”.