Is 42, 1-4. 6-7 (1ª Lectura – Bautismo del Señor)

Nuestro texto pertenece al “Libro de la Consolación” del Deutero-Isaías o Segundo Isaías (cf. Is 40-55), “Deutero-Isaías” o “Segundo Isaías” es un nombre convencional con el que los biblistas designan a un profeta anónimo, de la escuela de Isaías, que llevó a cabo su misión profética en Babilonia, entre los exiliados judíos. Estamos en la fase final del Exilio, entro los años 550 y 539 antes de Cristo; los judíos exiliados están frustrados y desorientados pues, a pesar de las promesas del profeta Ezequiel, la liberación tarda.
¿Será que Dios se ha olvidado de su Pueblo? ¿Será que las promesas proféticas eran falsas?

El Deutero-Isaías aparece, entonces, con un mensaje destinado a consolar a los exiliados. Comienza anunciando la inminencia de la liberación y comparando la salida de Babilonia al antiguo éxodo, cuando Dios liberó a su Pueblo de la esclavitud de Egipto (cf. Is 40-48); después, anuncia la reconstrucción de Jerusalén, esa ciudad que la guerra ha reducido a cenizas, pero a la que Dios va a hacer volver la alegría y la paz sin fin (cf. Is 49-55).

En medio de esta propuesta “consoladora” aparecen cuatro textos (cf. Is 42,1-9; 49,1-13;50,4-11; 52,13-53,12) que se refieren a esta temática. Son cánticos que hablan de un personaje misterioso y enigmático, que los biblistas designas como el “Siervo de Yahvé”: es un elegido de Yahvé, a quien Dios llama, a quien confía una misión profética y a quien envía a los hombres de todo el mundo; su misión se cumple en el sufrimiento y en una entrega incondicional a la Palabra; el sufrimiento del profeta tiene, con todo, un valor expiatorio y redentor, pues de él viene el perdón para el pecado del Pueblo; Dios aprecia el sacrificio de este “Siervo” y le recompensa haciéndole triunfar delante de sus detractores y adversarios.

El texto que hoy se nos propone forma parte del primer cántico del “Siervo” (cf. Is 42,1-9). Es posible que el personaje al que se refiere este primer cántico sea Ciro, rey de los persas, el hombre a quien Dios confió la liberación de su Pueblo…

Nuestro texto tiene dos partes; ambas afirman, como si estuviésemos ante dos movimientos concéntricos que parten del mismo lugar y terminan de la misma forma, la elección del “Siervo” y su misión. Sin embargo, la primera desarrolla más el aspecto de la llamada y la segunda define mejor la cuestión de la misión.

En la primera parte (vv. 1-4), se afirma que el “Siervo” es un “elegido” (“behir”) de Dios, esto es, alguien que Dios decidió “escoger” (“bahar”) entre muchos, para una función o misión especial (cf. Nm 16,5.7; 17,20; Dt 4,37; 7,6.7; 10,15; 14,2; 18,5; 21,5; 1 Sm 2,28; 10,24; 2 Sm 6,21; 1 Re 3,8; etc.). Estamos en un contexto de “elección”, esto es, en un contexto en el que Dios señala a alguien de entre muchos para su servicio. La “elección” del “Siervo”, se realiza a través del don del Espíritu (“ruah”), que dará al “Siervo” el aliento de Yahvé, la capacidad para llevar a cabo la misión: es el Espíritu que Dios derrama sobre los jefes carismáticos del Pueblo de Dios (cf. Jz 33,10; 1 Sm 9,17; 16,12-13). Animado por ese Espíritu, el “Siervo” llevará “la justicia (“mishpat”) a las naciones”: será una misión de ámbito universal, que consistirá en la aplicación de decisiones justas de los tribunales, como base de un orden social acorde con los esquemas y los proyectos de Dios. La aplicación de ese “nuevo orden”, no se producirá con el recurso a al fuerza, a la violencia, al espectáculo, sino con la bondad, la mansedumbre, la sencillez que definen la lógica de Dios. Sobre todo, el “Siervo” actuará con sencillez, sin imponerse y sin desanimarse ante las dificultades de la misión.

En la segunda parte (vv. 6-7), se comienza afirmando que el “Siervo” fue “llamado” por el Señor e, inmediatamente, se muestra la finalidad de esa llamada: instaurar “la justicia” (“tzedeq”), esto es, la misión del “Siervo” es la del establecimiento de una recto orden social. Explicitando mejor la misión del “Siervo”, Dios le invita a ser “la luz de las naciones” y, en concreto, a abrir los ojos a los ciegos, a sacar de la cárcel a los prisioneros y de la prisión a los que habitan en las tinieblas. Es, por tanto, una misión de liberación y de salvación.

En las dos partes queda claro que el “Siervo” es un instrumento a través del cual Dios actúa en el mundo para traer la salvación a los hombres: es alguien que Dios eligió entre muchos, a quien llamó y a quien confió una misión, traer la justicia, proponer a todas las naciones un nuevo orden social del cual desaparecerán las tinieblas que alienan e impiden el caminar y ofrecer a todos los hombres la libertad y la paz. Dios no sólo está en el origen (elección, llamada y envío) de la misión del “Siervo”, sino que acompañará la realización de la misión y posibilitará su éxito: para llevar a cabo la misión, el “Siervo” contará con la ayuda del Espíritu de Dios, que le dará la fuerza para asumir la misión y para realizarla.

La reflexión puede iniciarse a partir de las siguientes cuestiones:

La figura misteriosa y enigmática del “Siervo” de la que habla el Deutero-Isaías presenta evidentes puntos de contacto con la figura de Jesús. Los primeros cristianos, colocados en la tesitura de explicar cómo es que el Mesías había sido condenado por los hombres y clavado en una cruz, utilizarán los cánticos del “Siervo” para justificar el sufrimiento y el aparente fracaso humano de Jesús: él es ese “elegido de Dios”, que recibió la plenitud del Espíritu, que vino al encuentro de los hombres con la misión de traer la justicia y la paz definitivas, que sufrió y murió por ser fiel a esa misión que el Padre le confió.

La historia del “Siervo” nos muestra, desde ahora, que Dios actúa a través de instrumentos a quienes confía la transformación del mundo y la liberación de los hombres.
¿Tengo conciencia de que cada bautizado es un instrumento de Dios en la renovación y transformación del mundo?

¿Estoy dispuesto a corresponder a la llamada de Dios y a asumir mis compromisos en esta cuestión, o prefiero esconderme y dimitir de mi responsabilidad profética?
Los pobres, los oprimidos, todos los que “yacen en tinieblas y en sombras de muerte” ¿pueden contar con mi apoyo y empeño?

Conviene no olvidar que la misión profética sólo tiene sentido a la luz de Dios y que todo parte de la iniciativa de Dios: es él el que elige, el que llama, el que envía, el que capacita para la misión. Aquello que yo hago, por más válido que sea, no es obra mía, sino de Dios; mi éxito en la misión no es consecuencia de mis cualidades, sino de la iniciativa de Dios que actúa en mí y a través de mí.

Prestemos atención a la forma de actuar del “Siervo”: no se impone por la fuerza, por la violencia, por el dinero o por medio amigos poderosos; sino que actúa con suavidad, con mansedumbre, respetando la libertad de los otros.
¿Es esta lógica, la lógica de Dios, la que yo utilizo en el desarrollo de la misión profética que Dios me ha confiado?

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