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Archive for 8/01/19

VÍSPERAS

MARTES II de NAVIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Confiada mira la luz dorada
que a ti hoy llega, Jerusalén:
de tu Mesías ve la alborada
sobre Belén.

El mundo todo ve hoy gozoso
la luz divina sobre Israel;
la estrella muestra al prodigioso
rey Emmanuel.

Ya los tres magos, desde el Oriente,
la estrella viendo, van de ella en pos;
dan sus primicias de amor ferviente
al niño Dios.

Ofrenda de oro que es Rey declara,
incienso ofrece a Dios su olor,
predice mirra muerte preclara,
pasión, dolor.

La voz del Padre, Cristo, te llama
su predilecto, sobre el Jordán.
Dios en los hombres hoy te proclama
valiente Juan.

Virtud divina resplandecía
del que del agua vino sacó,
cuando el anuncio de eucaristía
Caná bebió.

A darte gloria, Señor, invita
la luz que al hombre viniste a dar,
luz que nos trae gloria infinita
de amor sin par. Amén.

SALMO 48: VANIDAD DE LAS RIQUEZAS

Ant. No podéis servir a Dios y al dinero.

Oíd esto, todas las naciones;
escuchadlo, habitantes del orbe:
plebeyos y nobles, ricos y pobres;

mi boca hablará sabiamente,
y serán muy sensatas mis reflexiones;
prestaré oído al proverbio
y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,
cuando me cerquen y acechen los malvados,
que confían en su opulencia
y se jactan de sus inmensas riquezas,
si nadie puede salvarse
ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida, 
que nunca les bastará
para vivir perpetualmente
sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,
lo mismo que perecen los ignorantes y necios,
y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua
y su casa de edad en edad,
aunque hayan dado nombre a países.

El hombre no perdura en la opulencia,
sino que perece como los animales.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. No podéis servir a Dios y al dinero.

SALMO 48

Ant. «Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

Éste es el camino de los confiados,
el destino de los hombres satisfechos:
son un rebaño para el abismo,
la muerte es su pastor,
y bajan derechos a la tumba;
se desvanece su figura,
y el abismo es su casa.

Pero a mí, Dios me salva,
me saca de las garras del abismo
y me lleva consigo.

No te preocupes si se enriquece un hombre
y aumenta el fasto de su casa:
cuando muera, no se llevará nada,
su fasto no bajará con él.

Aunque en vida se felicitaban:
“Ponderan lo bien que lo pasas”,
irá a reunirse con sus antepasados,
que no verán nunca la luz.

El hombre rico e inconsciente
es como un animal que perece.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. «Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

LECTURA: Ef 2, 3b-5

Naturalmente, estábamos destinados a la reprobación como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo. Por pura gracia estáis salvados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Será la bendición de todos los pueblos.
V/ Será la bendición de todos los pueblos.

R/ Lo proclmarán dichoso todas las razas de la tierra.
V/ Todos los pueblos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Será la bendición de todos los pueblos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Como luz te mostraste, Cristo, y los magos te ofrecieron regalos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Como luz te mostraste, Cristo, y los magos te ofrecieron regalos. Aleluya.

PRECES

Unidos a todos los cristianos en la oración y la alabanza, roguemos al Señor:

Escucha a tus hijos, Padre santo.

Socorre, Señor a los que te desconocen y te buscan a tientas;
— oriéntalos con la luz vivificante de Cristo.

Mira con amor a los que te adoran como único Dios y te esperan como juez en el último día;
— sé propicio con ellos, Señor, y con nosotros.

Acuérdate de aquellos a quienes das la vida, la luz y todos los bienes;
— que nunca se encuentren lejos de ti.

Guarda bajo la protección de tus ángeles a cuantos van de camino,
— y líbralos de la muerte imprevista y repentina.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que manifestaste tu verdad a los fieles difuntos mientras vivieron en la tierra,
— condúcelos a contemplar la hermosura de tu rostro

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne, concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

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Lectio: Martes, 8 Enero, 2019

Tiempo de Navidad

1) Oración inicial
Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne, concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad. Por nuestro Señor. Amen.
 
2) Lectura
Del santo Evangelio según Marcos 6,34-44
Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Era ya una hora muy avanzada cuando se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos le dicen: «¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?» Él les dice: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.» Después de haberse cerciorado, le dicen: «Cinco, y dos peces.» Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos sobre la verde hierba. Y se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los discípulos para que se los fueran sirviendo. También repartió entre todos los dos peces. Comieron todos y se saciaron. Y recogieron las sobras, doce canastos llenos y también lo de los peces. Los que comieron los panes fueron cinco mil hombres.
 
3) Reflexión
• Siempre es bueno mirar el contexto en que se encuentra el texto del evangelio, pues él trae la luz para descubrir mejor el sentido. Poco antes, en Mc 6,17-29, Marcos ha narrado el banquete de muerte, promovido por Herodes con los grandes de Galilea, en el palacio de la Capital, durante el cual mataron a Juan Bautista. Aquí, en Mc 6,30-44, describe el banquete de vida, promovido por Jesús con el pueblo hambriento de Galilea allá en el desierto. El contraste de este contexto es grande e ilumina el texto.
• En el evangelio de Marcos la multiplicación de los panes es muy importante. Aparece dos veces: aquí en Mc 6,35-44 y en Mc 8,1-9. Y Jesús mismo interroga a los discípulos respecto de la multiplicación de los panes (Mc 8,14-21). Por esto, vale la pena observar y reflexionar hasta descubrir en qué consiste exactamente esta importancia de la multiplicación de los panes.
• Jesús había invitado a los discípulos a que descansaran un poco en un lugar desierto Mc 6,31). La gente se dio cuenta de que Jesús había ido a la otra orilla del lago, y fue detrás de él y llegó antes (Mc 6,33). Cuando Jesús, al bajar del barco vio aquella multitud que le esperaba, se entristeció “porque estaban como ovejas sin pastor”. Esta frase evoca el salmo del buen pastor (Sal 23). Al ver a la gente sin pastor, Jesús se olvida del descanso y empieza a enseñar, empieza a ser pastor. Con sus palabras orienta y guía a la gente en el desierto de la vida, y la gente podía cantar: “¡El Señor es mi pastor! ¡Nada me falta!” (Sal 23,1).
• Va pasando el tiempo y empieza a oscurecer. Los discípulos están preocupados y piden a Jesús que despida a la gente. Piensan que allí en el desierto no es posible conseguir comida para tanta gente. Jesús dice: “Denles ustedes de comer.” Quedan asustados: “¿Tendremos que ir nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” (es decir, ¡el salario de 200 días!) Los discípulos tratan de buscar una solución fuera de la gente y para la gente. Jesús no busca una solución fuera de la gente, sino dentro de la gente y desde la gente. Y pregunta: “¿Ustedes tienen panes? ¿Cuántos? Vayan a ver.” La respuesta es: “Son cinco panes, y además hay dos pescados.” ¡Es poco para tanta gente! Jesús manda a la gente que se siente en grupos y pide a los discípulos que distribuyan los panes y los pescados. Todos comerán hasta saciarse.
• Es importante notar cómo Marcos describe el hecho. Dice: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los discípulos para que los distribuyeran”. Esta manera de hablar ¿en qué hace pensar a las comunidades? Sin duda alguna les hace pensar en la eucaristía. Pues estas mismas palabras son usadas (hasta hoy) en la celebración de la Cena del Señor. Así, Marcos sugiere que la eucaristía ha de llevar a compartir. Es el pan de vida que da valor y lleva a enfrentar los problemas de la gente de forma distinta, no desde fuera, sino desde dentro de la gente.
• En la manera de describir los hechos, Marcos evoca la Biblia para iluminar el sentido de los hechos. Fue Moisés el que primero dio de comer a la multitud hambrienta en el desierto (cf. Ex 16,1-36). Y el hecho de pedir que la gente se organice en grupos de 50 y 100 recuerda el censo del pueblo en el desierto después de la salida de Egipto (cf. Núm, cap. 1 a 4). Marcos sugiere así que Jesús es el nuevo Mesías. La gente de las comunidades conocía el Antiguo Testamento, y a buen entendedor, pocas palabras. Así que ellos fueron descubriendo el misterio que rodeaba a la persona de Jesús.
 
4) Para la reflexión personal
• Jesús olvida el descanso para poder servir a la gente. ¿Qué mensaje encuentro para mí?
• Si hoy compartiésemos lo que tenemos, no hubiese hambre en el mundo. ¿Qué puedo hacer yo?
 
5) Oración final
Florecerá en sus días la justicia,
prosperidad hasta que no haya luna;
dominará de mar a mar,
desde el Río al confín de la tierra. (Sal 72,7-8)

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Al llegar a casa, apenas se había sentado su padre, como todos los días, dispuesto a escuchar a su hija lo que solía contarle de sus actividades en el colegio, ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:

– ¿Papá?
– Sí, hija, cuéntame.
– Oye, quiero… que me digas la verdad. – Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido.
– Es que… -titubeó Cristina. Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo.
– Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?

La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:

– ¿Y tú qué crees, hija?
– Yo no sé, papá: que sí y que no. Por un lado, me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso…
– Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos, pero…
– ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
– No, mira; nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Cristina.
– Entonces no lo entiendo. papá.
– Siéntate, cariño, -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado- y escucha esta historia que te voy a contar, porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla.

Cristina se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos, en prueba de amor y respeto. Y el Niño se puso tan contento que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:

– ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
– ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.

Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:

– Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito…

Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar aquel deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió. Y la voz de Dios se escuchó en el Portal diciendo:

– Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Quiero ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?

– ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millo- nes y millones de pajes, casi uno para cada niño, que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos; pero no pode- mos tener tantos pajes, no existen tantos.

– No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.

– ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración.

– Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños y conocer bien sus deseos? -preguntó Dios.

– Sí, claro, eso es fundamental – asistie- ron los tres Reyes.

– Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los co- nozca mejor que sus propios padres?

Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

– Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO ordeno que, en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que, en vuestro nombre y de vuestra parte, regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, todos celebrarán el cumpleaños de Jesús haciéndose algún regalo los unos a los otros.

Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

– Ahora sí que lo entiendo todo, papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.

Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:

– No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.

Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

Autor desconocido

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La multiplicación de los panes es uno de esos hechos narrados por el Evangelio que san Ignacio de Loyola considera “misterios” de la vida de Jesús dignos de ser contemplados. Pudiera llamarse misterio por lo que tiene de inexplicable, pero también y sobre todo por formar parte de la vida de Jesús, que es vida (humana) del Hijo de Dios hecho hombre. En las acciones de este hombre está actuando la persona divina del Hijo, y eso ya es un misterio. Que una persona divina esté actuando en nuestro mundo y tiempo con manos, con boca, con palabras, con gestos y con materiales humanos, ya es un misterio: el misterio de la encarnación del Verbo, que está presente en todas las actuaciones del Encarnado. En él no podemos ver a un simple hombre, sino al Hijo de Dios en esa condición humana, terrena, temporal, limitada por el espacio y el tiempo, pero superando límites, liberando de ciertas cadenas: enfermedades, poder del demonio, pecado, hambre, muerte. Si Cristo ya es un misterio en sí mismo, cualquier cosa que haga en cuanto tal podrá ser calificada de mistérica: en ella se estará revelando o reflejando lo que él es (Dios en carne humana), esto es, su poder, su bondad, su intencionalidad, su designio.

Pues vayamos con el hecho y misterio de la multiplicación de los panes y los peces tal como nos viene narrado en el evangelio de san Marcos. Tras una experiencia o ensayo misionero, los apóstoles vuelven a reunirse con Jesús, compartiendo con él anécdotas y enseñanzas. Éste les invita a buscar un lugar apartado del tráfico humano para descansar un poco. Con este propósito toman la barca en busca de un lugar desierto. Pero sucede lo que no entraba en sus planes. Muchos les vieron marcharse y los reconocieron, de modo que, acudiendo por tierra a su lugar de desplazamiento, se les adelantaron. Y he aquí que al desembarcar se encuentran de nuevo con la multitud hambrienta o sedienta o mendiga de pan, o de consuelo, o de salud, o de vida. Y Jesús, que deseaba descansar con sus discípulos cambió de planes movido por la compasión hacia aquellos que veía como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles.

Esta respuesta nos muestra a una multitud más hambrienta de palabra o de enseñanza que de pan. Pero no sólo de palabra vive el hombre; también vive de pan. Resultó que se hizo tarde –recuerda el testimonio apostólico- y que estaban en descampado. Para conseguir comida había que desplazarse a los cortijos y aldeas más cercanos. Y esto es lo que sugieren sus discípulos a Jesús: Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer. Es una sugerencia razonable. La hora y las circunstancias aconsejan esta despedida y puesta en marcha. Pero Jesús, extrañamente les sugiere otra cosa: Dadles vosotros de comer.

El mandato les desconcierta: ¿Con qué comida podían alimentar medianamente a tanta gente? Serían necesarios al menos doscientos denarios de pan. Y nadie disponía de esta cantidad. Jesús les pregunta por su despensa; su disposición ya la conoce. No tienen a mano más que cinco panes y dos peces, bien poca cosa para las miles de personas que se congregan en torno suyo. Jesús manda que se recuesten sobre la hierba y en grupos. Es una manera de organizar la distribución. Jesús ya empieza a ejecutar su plan sin haber hecho del todo partícipes a sus apóstoles y colaboradores del mismo.

La gente se acomoda en grupos de cien y de cincuenta, y él toma, solemnizando el momento, los cinco panes y los dos peces que le habían proporcionado, y alzando la mirada al cielo, como en un acto cúltico de acción de gracias, pronunció una bendición, los partió en pedazos y se los iba dando a los discípulos para que estos, a modo de camareros o diáconos, se los sirvieran a la gente. Y hubo comida para todos: todos comieron y se saciaron. De tal manera se saciaron que hubo sobras (doce cestos de pan y de peces). San Juan, en su relato, nos dice que la gente, al ver el signo que había hecho, decía: Este es verdaderamente el profeta que tenía que venir al mundo y querían llevárselo para proclamarlo rey. Pero él se retiró solo a la montaña evitando esta pública proclamación mesiánica. Los demás evangelistas se limitan a reseñar el hecho que sin duda hubo de provocar la reacción que describe san Juan. No es extraño que, tras este hecho, al que tenían por guía y maestro, quisieran tenerlo también por regente y administrador de sus bienes, quisieran tenerlo por rey.

Aunque nosotros no podemos ponernos en el lugar de Jesús, algo que resultaría presuntuoso y temerario de nuestra parte, ni disponemos del poder divino de crear o multiplicar la materia, sí disponemos del poder que nos otorga el mismo Dios en virtud de la fe: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería; o también: Si tuvierais fe, haríais incluso obras mayores que yo.

Según estas expresiones, la fe da mucho poder: el poder de hacer milagros, el poder de renunciar a todos los bienes, el poder de dar la vida en vemos en tantos santos y mártires. Es el poder de Jesús que pasa a sus ungidos y ministros: el poder de perdonar pecados, el poder de transformar el pan ordinario en el cuerpo de Cristo, el poder de alimentar distribuyendo la palabra de Dios o el pan de la eucaristía. Es un poder realmente extraordinario: una participación en el poder de Jesucristo. Pero sin pretender disponer de este poder, que no debe usarse nunca en provecho propio, sí podemos compadecernos de los hambrientos de este mundo.

La compasión o capacidad para compadecer con nuestros semejantes es universal: una capacidad común a todo hombre. Pero nuestra compasión debe estar regida por el Espíritu de Cristo, esto es, por la caridad y la rectitud, es decir, por el recto amor al prójimo. Nuestra compasión, por ejemplo, no nos debe hacer cómplices del pecado de los demás. Pero el movimiento de la compasión puede verse muchas veces paralizado por nuestros miedos, con frecuencia disfrazados de prudencia, nuestras comodidades y nuestras cobardías; sobre todo, nuestros miedos a perder lo que tenemos, o a vernos enredados en asuntos poco gratos, o a contraer algún tipo de contagio maligno, o simplemente al decir de las personas decentes.

Es verdad que siempre hemos de actuar con prudencia, pero hay situaciones o emergencias en que la presunta prudencia puede acabar impidiendo nuestro obrar compasivo. Por “prudencia” Jesús se hubiera mantenido tal vez alejado de leprosos y pecadores; pero no lo hizo. Por “prudencia” no se hubiese dejado enredar en disputas con letrados y fariseos; por “prudencia” no debería haberse dejado tocar por ciertas mujeres de mala vida; por “prudencia” no tendría que haber permitido a sus discípulos arrancar espigas en sábado; por “prudencia” no debería haber venido a este mundo en el que antes había entrado el pecado y la muerte. Y san Damián, el apóstol de los leprosos, cometía una imprudencia al acercarse a estos enfermos para curar sus llagas. Son muchas las “imprudencias” cometidas por los santos en sus acercamientos a los indigentes y en sus penitencias y ayunos, sobre todo vistos desde la atalaya de la comodidad y de la pura racionalidad. También los mártires cometieron la “imprudencia” de declararse o delatarse como cristianos. Pero hoy les reconocemos testigos privilegiados de la fe.

Si nos ponemos en el lugar de los apóstoles, haciendo las veces de intermediarios entre Jesús y la multitud, le oiremos dirigirse a nosotros para decirnos: Dadles vosotros de comer; puesto que sabéis de la necesidad de estas personas, remediad vosotros esta necesidad. No os limitéis a sentir lástima de ellos; poned remedio a su situación lastimosa, proporcionándoles el pan que necesitan. Podríamos, quizá, responder como ellos: “no tenemos más que cinco panes y dos peces, pero ¿qué es eso para tantos?”

Dios, sin embargo, podría replicarnos lo mismo que Jesús: “traedme esos panes”; traedme lo que tengáis y veremos lo que se puede hacer. Y hace el milagro. Multiplica nuestros escasos recursos y con ellos logra saciar a la multitud. Dios obra el milagro, pero no sin nuestra aportación. Dios reclama la colaboración humana, y la reclama para todo: para el cultivo de la tierra, para la generación de nuevas vidas, para la confección de nuevas tecnologías, para la educación de los niños, para la evangelización, para el acrecentamiento de la caridad, para el combate contra el mal, para el restablecimiento de la justicia, para otorgar el perdón y para dar la vida eterna. Y cuando le entregamos lo poco que tenemos, lo multiplica, provocando nuestro asombro al comprobar el resultado obtenido. Pero ¿estamos dispuestos a entregarle ese poco, en el que solemos poner muchas veces nuestra seguridad?

Y si nos ponemos, finalmente, en el lugar de la multitud hambrienta, cabe preguntarse: ¿Nos sentimos realmente hambrientos de la palabra de Dios, hambrientos hasta el punto de acudir allí donde nos van a proporcionar ese alimento, aunque ello cueste desplazamientos, incomodidades, dinero, etc.? Porque no hemos dejado de ser ovejas necesitadas de pastor. Y si experimentamos la necesidad de saciarnos de este pan, ¿lo buscamos a diario? ¿Leemos con detención todos los días las lecturas que escuchamos en la misa? ¿Nos preocupamos de entenderlas? ¿Recurrimos a algún comentario o explicación? ¿Buscamos una misa con homilía incorporada? ¿Procuramos hallar claridad en los textos oscuros o difíciles? ¿Tenemos verdadero deseo de conocer el pensamiento de Jesús sobre el hombre, la vida, la muerte, la Iglesia, su seguimiento, nuestro destino? ¿Nos preguntamos qué espera él de nosotros? ¿Tenemos verdadero interés por conocerle más y mejor, porque el conocimiento de una persona amable incrementa el amor?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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Art. 4

Fases de la Asamblea del Sínodo

Cada Asamblea del Sínodo se desarrolla según fases sucesivas: la fase preparatoria, la fase celebrativa y la fase de implementación.

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Bautismo del Señor

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Cantos para el Bautismo del Señor

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