II Vísperas – Bautismo del Señor

II VÍSPERAS

BAUTISMO DEL SEÑOR

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mas ¿por qué se ha de lavar
el Autor de la limpieza?
Porque el bautismo hoy empieza,
y él lo quiere inaugurar.

Juan es gracia y tiene tantas,
que confiesa el mundo de él
que hombre no nació mayor
ni delante ni después.

Y, para que hubiera alguno
mayor que él, fue menester
que viniera a hacerse hombre
la Palabra que Dios es.

Esta Palabra hecha carne
que ahora Juan tiene a sus pies,
esperando que la lave
sin haber hecho por qué.

Y se rompe todo el cielo,
y entre las nubes se ve
una paloma que viene
a posarse sobre él.

Y se oye la voz del Padre
que grita: «Tratadlo bien;
escuchadle, es el Maestro,
mi hijo querido es.»

Y así Juan, al mismo tiempo,
vio a Dios en personas tres,
voz y paloma en los cielos,
y al verbo eterno a sus pies. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Vino una voz del cielo y se oyó la voz del Padre: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo.»

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vino una voz del cielo y se oyó la voz del Padre: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo.»

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. En el río Jordán aplastó nuestro Salvador la cabeza del antiguo dragón y nos libró a todos de su esclavitud.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En el río Jordán aplastó nuestro Salvador la cabeza del antiguo dragón y nos libró a todos de su esclavitud.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Hoy se nos revela un gran misterio, porque el Creador de los hombres purifica en el Jordán nuestros pecados.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Hoy se nos revela un gran misterio, porque el Creador de los hombres purifica en el Jordán nuestros pecados.

LECTURA: Hb 10, 37-38

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que vino con agua y con sangre.
V/ Éste es el que vino con agua y con sangre.

R/ Jesucristo, nuestro Señor.
V/ Con agua y con sangre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que vino con agua y con sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cristo Jesús nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo Jesús nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

PRECES
Roguemos a nuestro Redentor, bautizado por Juan en el Jordán, y supliquémosle, diciendo:

Envía, Señor, tu espíritu sobre nosotros.

Oh Cristo, servidor de Dios, en quien el Padre tiene todo su gozo,
— envía tu Espíritu sobre nosotros.

Oh Cristo, elegido de Dios, tú que no quebraste la caña cascada ni apagaste el pábilo vacilante,
— compadécete de cuantos te buscan con sinceridad.

Oh Cristo, Hijo de Dios, a quien el Padre ha elegido como alianza del pueblo y luz de las naciones,
— abre por el bautismo los ojos de los que no ven.

Oh Cristo, salvador de los hombres, a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo y envió para salvación del mundo,
— haz que todos los hombres te conozcan y crean en ti para que así obtengan la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Oh Cristo, esperanza nuestra, que llevas la luz de la salvación a los pueblos que yacen en las tinieblas de la ignorancia,
— recibe junto a ti, en tu reino, a nuestros difuntos.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Festividad del Bautismo del Señor

Entre los cuatro Evangelistas es Lucas quien subraya como ningún otro cuanto se refiere a la oración. En la narración del Bautismo de Jesús, es él el único qe menciona que fue precisamente en el momento en que Jesús oraba, tras haber sido bautizado por Juan, cuando se abrió el cielo y descendió sobre Él, bajo forma de paloma, el Espíritu Santo. Por esta misma apertura en el cielo pasaría la voz del Padre que decía: “Tú eres mi Hijo. Hoy te he engendrado yo”

Vamos a ver qué es lo que este texto nos enseña sobre la oración.

La oración – bien se trate de una oración de adoración, de petición o de acción de gracias – es una actividad que desgarra el velo que separa el mundo creado de su Creador, que abre una brecha en el muro que separa el tiempo de la eternidad. Vivimos en el tiempo, en el que se da un ayer, un hoy y un mañana. Dios vive en un presente eterno. Por la oración que nos pone en comunión con Dios, penetramos en ese presente eterno de Dios. Y ello es posible porque Él mismo ha recorrido ese mismo camino a la inversa. El hijo de Dios se ha hecho uno de los nuestros. Ha venido al tiempo y al espacio. Y cuando se ha puesto a orar, el velo entre el tiempo y la eternidad, entre el espacio de los hombres y la omnipresencia de Dios, se desgarra, y la voz del Padre, que desde toda la eternidad engendra a su Hijo, ha podido decir en el tiempo de nuestra historia: “Hoy”, sí, “Hoy, te he engendrado”

Esta voz del Padre acompaña el descenso visible del Espíritu Santo sobre Jesús. Cuando nos ponemos a orar, es decir cuando nos abrimos al don de la oración, se abre el cielo, y el Espíritu del Padre y de Jesús desciende sobre nosotros, para orar con nosotros, y hacernos capaces de decir: “Abba, Padre”, y entonces, cada vez, nos dice asimismo a nosotros la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo. Hoy te he engendrado”. Nos convertimos en hijos adoptivos en el Hijo muy amado, el Primogénito de una multitud de hermanos y hermanas. Bautismo de fuego ya que quema en nosotros cuanto es extraño a esta comunión en la que constituye un obstáculo.

Podemos así comprender la enseñanza de los grandes teólogos de la Época Patrística y de la Edad Media que veían en la liturgia de aquí abajo una participación en la liturgia celestial. Todos los bienaventurados que han hecho el paso de la vida presente a la vida eterna alaban sin cesar a Dios en su Hoy eterno. Nuestras liturgias y los oficios que aquí abajo celebramos, aun cuando tan pobres sean tan a menudo, y a pesar de nuestras distracciones provocan ese desgarro que hace entreabrirse al cielo y que por un instante nos permite entrever el cielo y nos permite, no sea más que por un instante adentrarnos en ese mismo Hoy de Dios en el que todo se halla presente. Y entonces nuestra liturgia terrena se hace contemporánea de la liturgia celestial.

Se realiza entonces cada vez lo que escribía Pablo a su discípulo Tito: “Dios, nuestro Salvador, ha manifestado su bondad y su ternura para con los hombres; nos ha salvado”
 

Armand VEILLEUX

Bautismo del Señor

1. Concluye el gran ciclo de Adviento-Navidad y comienza el Tiempo Ordinario I con la fiesta del Bautismo del Señor. Sin duda, en la tradición tuvo muchas más resonancias que en la actualidad. Quizá tenga que ver con la pérdida de conciencia de la importancia del Bautismo.

2. En la primera tradición evangélica, con el bautismo de Jesús en el Jordán se inicia propiamente el «tiempo definitivo»:

  • El del Cumplimiento (primera lectura).

Renovación del mundo (salmo responsorial).

– Llegada de la Salvación universal (segunda lectura).

  • La presencia escatológica de Dios por medio de Jesús, el Hijo y Mesías, investido con la plenitud del Espíritu Santo (Evangelio).

3. El evangelista Lucas introduce un elemento propio en su descripción de la escena: que todo sucedió mientras Jesús oraba.

En la oración se unen la tierra y el cielo, la obediencia que se abre a la voluntad de Dios y la intervención salvadora de Dios.

En la oración se concentra lo invisible: por qué el Reino necesitará ojos nuevos, por qué la ley de ocultamiento va a configurar el estilo mesiánico de Jesús.

El valor de la oración no está en dedicarnos a una «actividad superior», espiritual y contemplativa, sino en estar dispuestos a entrar en los planes de Dios.

Lo cual, evidentemente, presupone silencio e interioridad. No nos engañemos respecto a lo esencial de la vida y de todo quehacer.

Por eso, Lucas ha hablado del Jesús orante en relación con los momentos claves de su acción y destino mesiánico. Lee también Lc 6,12; 9,28-29; 11,1; 12,39-45; 23,44-47.

4. Es esencial para un cristiano que los momentos importantes de su vida (decisiones, acontecimientos significativos, crisis existenciales…) los viva en oración. ¿Qué lugar ocupa la oración en tu vida?

Javier Garrido

Comentario del 13 de enero

Con la fiesta del Bautismo de Jesús se clausura el tiempo de Navidad-Epifanía y se inicia el tiempo ordinario. El hecho que hoy recordamos no pertenece a los relatos de la infancia, sino a los de la vida pública de Jesús. San Pedro, en uno de sus primeros discursos, lo presenta como algo sucedido en el país de los judíos en tiempos de Juan el Bautista, aunque sus raíces hay que buscarlas en Galilea, la tierra del Nazareno. Pasamos, por tanto, del Jesús-niño, manifestado a los magos, al Jesús-adulto, manifestado en el Jordán como el Hijo-Amado, el Predilecto de Dios Padre. Porque el Bautismo de Jesús fue antes que nada una manifestación y una unción, o mejor, la ocasión para la manifestación y la unción. Así lo presentan los evangelios.

Eran tiempos de expectación. El pueblo vivía a la espera del Mesías. Por eso no es extraño que lo confundan con Juan o al menos se pregunten si no será él. Pero Juan, que es consciente de su misión (él es sólo la voz que grita en el desierto, el que prepara los caminos del Señor) no se aprovecha de tales expectativas usurpando el puesto del Mesías. Al contrario, declara abiertamente que él es simplemente su precursor: Yo os bautizo con agua… Él (es decir, el Mesías) os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Lo paradójico e incomprensible es que el que había de bautizar con Espíritu Santo y fuego, se acerque ahora con el resto de los conversos tocados por la palabra vigorosa de Juan a recibir el bautismo de agua de manos del Precursor. ¿Es que tenía algo de qué arrepentirse el Cordero inocente que había venido a quitar el pecado del mundo?

La sorpresa que provoca esta actitud y decisión del profeta de Galilea es tal que el mismo evangelista se siente obligado a justificar el hecho, pues no puede evitar la extrañeza que le produce ver al Mesías entre los pecadores que se acercan a recibir el bautismo de manos de Juan porque se sienten llamados a la conversión, pues se trataba de un bautismo de conversión. Pero no será la única ocasión en que veamos a Jesús entre pecadores o gentes de mala fama (leprosos, publicanos, mujeres de mala vida, marginados); de hecho, acabará sus días como un ajusticiado (blasfemo para unos; peligroso para otros) entre dos malhechores. Luego su solidaridad con los pecadores puede sorprender sólo al que no le conoce.

El bautismo recibido por Jesús ni le perdonó pecados que no tenía, ni le hizo hijo, el Hijo de Dios que ya era por naturaleza; pero sirvió para desvelar su misterio, un misterio escondido en su condición de hombre aparentemente necesitado de conversión como los demás. Porque fue entonces cuando se abrió el cielo –y con la apertura se produjo la teofanía- y el Espíritu santo bajó sobre él, y se oyó una voz que decía: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto. Luego el bautismo de Jesús venía a ser la ocasión de la que Dios se servía para revelar a su Hijo, el amado, el marco histórico de una teofanía –o manifestación de Dios Hijo por parte de Dios Padre- y de una unción, la del Espíritu, con vistas a la misión. Dios les decía lo que había dicho ya por boca del profeta: Mirad a mi siervo, a mi elegido, sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones… abriendo los ojos de los ciegos, sacando a los cautivos de la prisión…, curando a los oprimidos por el diablo.

Esto es lo que hizo Jesús durante su vida pública como ungido por Dios con la fuerza del Espíritu. Luego con la unción llega la hora de la misión. Ya no hay motivos para mantener oculta su condición de Hijo amado y de Mesías (=Ungido). Y la hora de la misión es la hora de aplicarse a la tarea de curar a los oprimidos por el diablo, porque cuando devolvía la salud a un enfermo (ciego, paralítico o epiléptico) curaba a un oprimido por el diablo; y cuando perdonaba a un corazón apesadumbrado por la culpa, o llenaba el estómago de un indigente, o colmaba la esperanza de un desesperado o devolvía la fe a un incrédulo, estaba curando también a un oprimido por el diablo. Nos curaba, por encima de todo, cuando nos redimía en su muerte salvadora dándonos su mismo Espíritu y con él la vida que no muere.

Pues bien, si en el bautismo de Jesús el Espíritu de Dios bajó y se posó sobre él, en nuestro bautismo el Espíritu Santo se ha posado sobre nosotros, haciendo de nosotros ungidos, como por un aceite, con la fortaleza, la paciencia, la constancia, la alegría, la bondad, la fe, la esperanza, la caridad del mismo Cristo, porque todo esto es el Espíritu del que pasó por este mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Por eso, podemos atribuirnos sin caer en la irreverencia de «otros cristos». Ello significa, además, que disponemos, o podemos disponer, de su misma fuerza para hacer el bien. Y si no nos sentimos capaces de ello será porque su Espíritu no ha penetrado suficientemente en nosotros –en nuestra inteligencia, voluntad y sentimientos-, ni el bautismo recibido ha fructificado debidamente en nuestras vidas; será porque esa vida germinal recibida en el bautismo no ha crecido hasta el punto de adueñarse de nuestros impulsos, tendencias y capacidades naturales; será porque hemos puesto demasiada resistencia a las mociones del Espíritu en nosotros.

Pero penetrar, fructificar, crecer son términos que implican un proceso. La unción bautismal no es una acción de efecto instantáneo –y menos aún mágico-, sino progresivo. Es la acción respetuosa (y adecuada al ritmo humano de crecimiento) del Espíritu en nosotros: acción progresiva de penetración, como la lluvia que va empapando la tierra o el aceite que va impregnando lo que toca, de fructificación, como el incesante madurar de los primeros brotes del árbol, de crecimiento, al ritmo inherente a las potencialidades de la naturaleza en que opera.

La fiesta que hoy celebramos es, por tanto, y en esencia, la fiesta del Espíritu que se posó sobre Jesús el día de su bautismo y que hemos recibido nosotros el día de nuestro bautismo-confirmación para que nos dejemos no sólo guiar, sino también mover por él, de modo que, como el Ungido, pasemos por este mundo haciendo el bien. Tales mociones del Espíritu van configurando un estilo de vida y una personalidad muy determinados: los de aquellos que, ungidos por el Espíritu de Cristo, pasan por este mundo haciendo el bien.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Episcopalis Communio – Francisco I

Art. 9

Implicación de los Institutos de Estudios Superiores

Los Institutos de Estudios Superiores, sobre todo lo que poseen una competencia especial sobre el tema de la Asamblea del Sínodo o sobre cuestiones específicas relacionadas con él, pueden ofrecer estudios, de propia iniciativa o a petición de los Sínodos de los Obispos de las Iglesias patriarcales y arzobispales mayores, de los Consejos de los Jerarcas y de las Asambleas de los Jerarcas de las Iglesias sui iuris y de las Conferencias Episcopales, o a petición de la Secretaría General del Sínodo. Tales estudios pueden ser siempre transmitidos a la Secretaría General del Sínodo.

Lectio Divina – 13 de enero

Lectio: Domingo, 13 Enero, 2019

El Bautismo de Jesús y
su manifestación como Hijo de Dios
Lucas 3,15-16.21-22

1. Oración inicial

¡Señor, nuestro Dios y nuestro Padre! Te pedimos el conocimiento del misterio del bautismo de tu Hijo. Concédenos comprenderlo como lo comprendió el evangelista Lucas: como lo comprendieron los primeros cristianos. Concédenos Padre, contemplar el misterio de la identidad de Jesús como lo has revelado en el momento de su bautismo en las aguas del Jordán y que está presente en nuestro bautismo.
¡Señor Jesús! Enséñanos en esta escucha de tu palabra qué cosa signifique ser hijos, en Tí y contigo. Tú eres el verdadero Cristo porque nos enseña ser hijos de Dios como tú. Danos una profunda conciencia de la acción del Espíritu que nos invita a una escucha dócil y atenta de tu palabra. ¡Espíritu Santo! Te pedimos que calmes nuestras angustias, los temores, los miedos para ser más libres, sencillos y mansos en la escucha de la voz de Dios que se manifiesta en la palabra de Cristo Jesús, nuestro hermano y redentor. ¡Amén!

2. Lectura

a) Clave de lectura:

El relato del bautismo de Jesús que la liturgia de este domingo nos invita a meditar toca una pregunta crucial de nuestra fe: ¿Quién es Jesús? Tal pregunta ha recibido en el tiempo de Jesús y durante toda la historia una infinidad de respuestas que muestran el intento por parte del hombre y del creyente de acercarse al misterio de la persona de Jesús. En nuestro recorrido meditativo, sin embargo, queremos llegar a la fuente más genuina y más digna de atención, la palabra de Dios. Lucas cuando describe la escena del bautismo de Cristo en las aguas del Jordán, no está interesado en comunicarnos detalles históricos o concretos sobre tal acontecimiento, sino que pretende darnos a nosotros, que leemos el evangelio en este año litúrgico, los primeros elementos para comprender la identidad de Jesús.

b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:

El pasaje lucano contiene dos declaraciones sobre la identidad de Jesús, la de Juan (3,15-16) y la de Dios mismo (3,21-22).
– La primera está provocada por la reacción del pueblo a la predicación y al bautismo de conversión de Juan: ¿No será quizás éste el mesías? (3,15). Juan responde que hay una diferencia substancial entre el bautismo con agua dispensado por él y aquel en “ Espíritu Santo y fuego” administrado por Jesús (3,16).
– La segunda proviene del cielo y es pronunciada durante el bautismo de Jesús. Al fondo de la escena está el pueblo de los bautizados, de los que sobresale la figura de Jesús, que uniéndose a ellos, se hace bautizar (3,21). El centro focal de la escena no está en la acción bautismal, sino en los hechos que le acompañan: se abren los cielos, el Espíritu desciende sobre él y se oye una voz que anuncia la identidad de Jesús. (3,22).

c) El texto:

Lucas 3,15-16.21-2215 Como el pueblo estaba expectante y andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo, 16 declaró Juan a todos: «Yo os bautizo con agua; pero está a punto de llegar el que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
21Todo el pueblo se estaba bautizando. Jesús, ya bautizado, se hallaba en oración, se abrió el cielo, 22bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; en ti me complazco.»

3. Momento de silencio orante

En el silencio trata de hacer revivir en tu corazón la escena del evangelio que has leído, trata de asumirla, haciendo tuya las frases leídas, identificando tu atención con el contenido o el significado de las frases.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) En el pasaje que has leído ¿qué efecto ha producido en ti la “voz de Dios” que ha declarado a Jesús “el” Hijo de Dios, el único, el amado?
b) Esta verdad ¿es una convinción compartida y consciente para ti?
c) ¿El bautismo de Jesús te ha convencido de que Dios no está lejano, encerrado en su transcendencia e indiferente a la necesidad de salvación de la humanidad?
d) ¿No te maravilla el hecho de que Jesús desciende a las aguas del Jordán a recibir también Él el bautismo de penitencia, haciéndose solidario con los pecadores, Él, que no tiene pecado?
e) Jesús no es un pecador, pero no rechaza solidarizarse con la humanidad pecadora ¿Estás convencido de que la salvación se empieza con la ley de la solidaridad?
f) Tú que has sido bautizado en el nombre de Cristo, “en Espíritu Santo y fuego”, ¿sabes que eres llamado a experimentar la solidariedad de Dios con tu historia personal, de modo que ella no sea solidaria ya con el pecado, que separa y divide, sino con el amor que une?

5. Una clave de lectura

para los que desean profundizar en la lectura.

I. El contexto del bautismo de Jesús

Después de los relatos de la infancia y como preparación a la actividad pública de Jesús, Lucas narra los acontecimientos que se refieren a Juan Bautista, el bautismo de Jesús, las tentaciones de Jesús; este conjunto sirve como de introducción a la verdadera y propia actividad de Jesús y le da sentido. El evangelista concentra en un cuadro único y completo toda la actividad de Juan: desde el comienzo de la predicación en las orillas del río Jordán (3,3-18) hasta el arresto mandado por Herodes Antipas (3,19-20). Cuando Jesús aparece en la escena en 3,21 para ser bautizado ya no se menciona a Juan. Con esta omisión Lucas clarifica su lectura de la historia salvífica: Juan es la última voz profética de la promesa veterotestamentaria. Ahora el centro de la historia es Jesús, es Él quien da comienzo al tiempo de salvación que se prolongará en el tiempo de la Iglesia.

Un elemento que no debe descuidarse para la comprensión de estos sucesos que preceden a las actividades de Juan Bautista y de Jesús es la descripción geográfica y política de la Palestina en los años treinta. El evangelista quiere dar una dimensión histórica y un significado teológico a lo realizado por Jesús. Quiere decir que no es el poder político mundial (representado por Tiberio César) o el religioso (los sumos sacerdotes) los que dan valor y sentido a los acontecimientos de la humanidad; sino más bien “la Palabra de Dios que desciende sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lc 1,2). Para Lucas, la novedad o el desarrollo de la historia inaugurada por Jesús se inserta en este contexto o situación política de dominio y de poder profano y religioso. Otras veces, en los relatos de los profetas, la palabra de Dios se dirige a situaciones históricas-políticas particulares, pero en Juan resuena con una cierta urgencia: Dios viene en la figura de Jesús. De modo que la Palabra de Dios llama desde el desierto a Juan Bautista para ser enviado al pueblo de Israel. El deber de este último profeta del Antiguo Testamento es el de preparar la venida del Señor en medio de su pueblo (Lc 1,16-17.76). Este papel se concretiza en preparar a todos para recibir con el bautismo de conversión el perdón de Dios (Jer 3,34; Ez 36,25), lo que implica un cambio en el propio modo de ver las relaciones con Dios. Cambiar de vida significa practicar la fraternidad y la justicia según las enseñanzas de los profetas (Lc 3,10-14) . Abandonando el bienestar religioso o social el lector de Lucas está invitado a abrirse a la persona de Jesús, el mesías salvador.

Además Lucas nos quiere subrayar que el profeta Juan no tiene ninguna pretensión de ser comparado con la persona de Jesús. Más bien, el profeta del Jordán se ha sentido completamente subordinado a la persona de Jesús: “al cual no soy digno de desatar la correa de sus sandalias” (3,16). Sobre todo Jesús es el más fuerte porque da el Espíritu.

La actividad de Juan tiene un final violento, a la manera de los profetas clásicos. La autenticidad de un profeta nace de su libertad en los enfrentamientos con el poder político: de hecho, denuncia las maldades cometidas por Herodes en la vida del pueblo. Ante la llamada del profeta existen dos respuestas diversas: el pueblo y los pecadores se convierten, mientras los potentes responden con violencia agresiva. Juan termina el recorrido de su existencia en la cárcel. Con este episodio trágico Juan anticipa el destino de Jesús rechazado y muerto, pero que se convierte en punto de referencia para todos aquellos que son perseguidos por el poder represivo.

Finalmente, el Jordán es el lugar físico de la predicación de Juan. La intención de Lucas es crear un estrecho lazo entre este río y Juan: Jesús no aparecerá ya más por allí después de su bautismo, así como Juan no aparecerá jamás por los confines de Galilea y de la Judea, porque son lugares ligados y reservados a la acción de Jesús.

II. Comentario del texto

1. Las palabras del Bautista sobre Jesús (Lc 3,15-16)

En el primer cuadro del pasaje evangélico de la liturgia de hoy Juan, con palabras de sabor profético, afirma que hay “uno más fuerte” que él y que está por venir. Se trata de la respuesta del profeta del Jordán a la opinión de la gente que creía que él fuese el Cristo. La muchedumbre que recibe el nombre de pueblo en espera, es considerado para Lucas Israel, un pueblo bien dispuesto o preparado para recibir la salvación mesiánica (al menos antes de la crucifixión). Las palabras de Juan nos llevan a las imágenes del Antiguo Testamento y tienen la función de exaltar al personaje misterioso del cual está anunciando su venida inminente: “pero viene uno más fuerte que yo” (3,16).

a) La figura del “más fuerte”
El Bautista comienza a diseñar el retrato de Cristo con el adjetivo “fuerte” que ya Isaías aplicaba al rey-mesías, “fuerte, potente como Dios” ( 9,5) y que en el Antiguo Testamento constituía uno de los atributos del Creador, considerado soberano del universo y de la historia: “el Señor reina, se cubre de esplendor, se ciñe de fuerza” (Sal 93,1). La expresión “viene uno”” recuerda un título de sabor mesiánico que encontramos en el salmo 118, un canto procesional que se cantaba durante la fiesta de las Cabañas: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Tal canto viene aplicado por Lucas a Jesús durante su entrada en Jerusalén. También el famoso anuncio mesiánico en el libro del profeta Zacarías trae el mismo mensaje: “He aquí Sión, que viene a tí tu rey…” (9.9).

b) Un gesto humilde: “yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”
Otro trazo con el cual el evangelista describe la figura de Cristo es típicamente de sabor oriental: “desatar la correa de las sandalias”. Es el gesto que se deja para el esclavo. El Bautista delante del mesías que viene se siente siervo, y el más humilde e indigno: “yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”.
Después presenta el bautismo que el personaje anunciado cumplirá: “éste os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. En el Salmo 104,3 el Espíritu de Dios se define como el principio que crea y regenera el ser: “Envías tu Espíritu, todas las cosas son creadas y renuevas la faz de la tierra”. Por el contrario, el fuego es por excelencia un símbolo divino: calienta e incendia, anima y destruye, es fuente de calor y de muerte.

2. Las palabras del cielo sobre Jesús (Lc 3,21-22)

En el segundo cuadro se contiene un nuevo perfil o epifanía de Cristo. Esta vez es Dios mismo, y no Juan, el que diseña el retrato de Cristo con palabras solemnes: “Tú eres mi Hijo el predilecto, en tí me complazco”. Esta presentación y definición de Cristo viene acompañada por una verdadera y propia coreografía celestial (el cielo que se abre… el descendimiento del Espíritu en figura de paloma… la voz del cielo) para mostrar las cualidades divinas de las palabras que se van a pronunciar sobre la persona de Jesús.

a) La paloma es símbolo del Espíritu de Dios que invadía a los profetas, pero que ahora se infunde en plenitud sobre el mesías como había predicho Isaías: “Sobre él se posará el Espíritu del Señor” (11,2). El símbolo de la paloma sirve para indicar que en la venida del Señor se realiza la presencia perfecta de Dios que se manifiesta en la efusión del Espíritu Santo que consagra a Cristo para su misión salvífica y para la tarea de revelar a los hombres la palabra definitiva del Padre. Con toda seguridad el signo de la paloma indica al lector del bautismo que Dios está disponible para encontrarse con el hombre. El nudo de este encuentro se hace verdad en la persona de Jesús. Si el Bautista había presentado a Jesús como el mesías – que en el AT es siempre un hombre, aunque perfecto – ahora Dios se apresta a definir a Jesús como el Hijo “predilecto”. Título que indica una presencia suprema de Dios y que supera a aquella que se experimentaba en el culto o en otros aspectos de la vida de Israel.

b) La voz divina es otro signo que acompaña a la manifestación de Jesús en las aguas del Jordán, Evoca dos textos del AT. El primero es un canto mesiánico que cita algunas palabras de Dios dirigidas a su Rey-Mesías: “Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado”(Sal 2,7). En el AT. tanto la figura del rey como la de mesías eran considerados como hijos adoptivos de Dios; sin embargo, Jesús es el hijo predilecto, sinónimo de unigénito. El segundo texto que ilumina el significado de las palabras pronunciadas por la voz del cielo es un pasaje cercano a los Cantos del siervo del Señor y que la liturgia de la palabra de este domingo nos propone como primera lectura: “He aquí mi Siervo a quien yo sostengo, he aquí mi elegido en quien me complazco” (Is 42,1). En la persona de Jesús convergen y se hacen presentes dos figuras presentadas por Isaías: la esperanza del rey. Mesías y la figura del Mesías sufriente. No es impropio decir que la escena del bautismo presentada por Lucas es una verdadera catequesis sobre el misterio de la persona de Jesús, mesías, rey, siervo, profeta, Hijo de Dios.
Además, de la voz del cielo aparece la cualidad transcendente, divina, única de la persona de Jesús. Esta pertenencia de Jesús al mundo de Dios será visible, palpable, experimentable incluso en su humanidad, en su presencia en medio a los hombres, en su peregrinar por los caminos de la Palestina. Por tanto la Palabra de Dios en este domingo intenta mostrarnos con el relato del bautismo la solemne presentación de Jesús al mundo. Esta se completará solo en la cruz y en la resurrección. De hecho sobre la cruz se superponen dos rostros de Cristo, el humano-salvífico con la muerte en la cruz para nuestra salvación, y el divino a través de la profesión de fe del centurión: “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”. La Palabra de Dios en este día del Señor nos invita a contemplar y adorar el rostro de Cristo, que San Agustín lo ha presentado así en una reflexión suya: “en aquel rostro nosotros llegamos a entrever también nuestros trazos, los de hijo adoptivo que nuestro bautismo revela”.

6. Salmo 42

Cuando experimentamos el silencio de Dios en nuestra vida, nos desanimamos, pero cultivamos siempre nuestra sed de Él junto a los hermanos, caminamos sobre los caminos del Reino, seguros de encontrar su presencia en Cristo Jesús.

La búsqueda del rostro de Dios

Como anhela la cierva los arroyos,
así te anhela mi ser, Dios mío.

Mi ser tiene sed de Dios,
del Dios vivo;
¿cuándo podré ir a ver
el rostro de Dios?

Son mis lágrimas mi pan
de día y de noche,
cuando me dicen todo el día:
«¿Dónde está tu Dios?».

El recuerdo me llena de nostalgia:
cuando entraba en la Tienda admirable
y llegaba hasta la Casa de Dios,
entre gritos de acción de gracias

¿Por qué desfallezco ahora
y me siento tan azorado?
Espero en Dios, aún lo alabaré:
¡Salvación de mi rostro, Dios mío!

7. Oración final

Señor Dios, mientras tu Hijo era bautizado por Juan Bautista en el Jordán, ha orado. Tu voz divina ha escuchado su oración rasgando los cielos. También el Espíritu Santo se ha mostrado presente en forma de paloma. ¡Escucha nuestra oración! Te pedimos que nos sostengas con tu gracia para que podamos comportarnos verdaderamente como hijos de la luz. Danos la fuerza de abandonar las ataduras del hombre viejo, para ser renovados continuamente en el Espíritu, revestidos e invadidos de pensamientos y sentimientos de Cristo.
A Tí, Señor Jesús, que has querido recibir de Juan Bautista el bautismo de penitencia, queremos dirigir nuestra mirada desde nuestro corazón para aprender a rezar como tú rezaste al Padre en el momento del bautismo, con el abandono filial y total adhesión a su voluntad. ¡Amén!

La manifestación de Dios

1. Dios se nos muestra como Padre (también es Madre) a través del símbolo paterno. Al nacer y dar los primeros pasos, vivimos todos una unión ilimitada con la madre; una unión física y afectiva, dichosa y replegada. La presencia del padre nos abre al encuentro con lo nuevo, es decir, con la alteridad y la transcendencia. El padre ayuda a que el niño adquiera libertad, autonomía, futuro. Es la imagen de una liberación, de un porvenir personal.

2. Al celebrar el Bautismo de Jesús como epifanía, se cierra el ciclo de las fiestas navideñas y se da comienzo al diálogo de Dios con Jesucristo y con nosotros. La epifanía del Bautismo de Jesús revela la relación de Jesús (y de todos los cristianos) con el Padre:

1) «se abrió el cielo» por la intervención del Padre (Dios no se cierra ala tierra);

2) «bajó el Espíritu Santo», espíritu de Dios (que nos hace hijos del Padre); y 3) «vino una voz del cielo», que es la Palabra de Dios (revelación y fuerza de transformación).

3. El bautismo es la primera epifanía sacramental: nos comunica la vida de hijos de Dios (es gracia), nos incorpora a la Iglesia (es entrada en la comunidad) y nos regenera del pecado (es perdón).

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Tenemos relación con Dios Padre?

¿Escuchamos la Palabra del Señor como voz de Dios?

Casiano Floristán

¿No sabías…?

El tema 12 del Catecismo Jesús es el Señor es “El bautismo de Jesús”. Y para comenzar la reunión, el material para el acompañante que ha publicado Acción Católica General para ayudar a desarrollar el tema, de acuerdo con lo indicado en la Guía Básica del Catecismo, propone plantear a los niños esta pregunta: “¿Por qué os bautizaron a vosotros?” Una pregunta que no sólo los niños, sino también los adultos, deberíamos plantearnos: ¿Alguna vez he preguntado a mis padres por qué fui bautizado? O también, si tengo hijos y han recibido el Bautismo, ¿por qué lo quise para ellos?

Las respuestas serían muy variadas; sin entrar a valorarlas, algunos dirían que porque hace años era impensable no bautizar a los hijos; también por costumbre social, como un “rito de presentación” y como ocasión para reunir a la familia; otros lo ven como algo que “no es malo hacerlo”; en algunos casos, para que los abuelos no se enfaden… La realidad es que pocos darían una respuesta basada en un verdadero convencimiento de fe.

La fiesta del Bautismo del Señor marca el final del tiempo litúrgico de Navidad: En un bautismo general, Jesús también se bautizó. El Bautismo de Juan era un signo de conversión y por tanto estaba destinado a los pecadores. Jesús no lo necesitaba, ya que era “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado” (cfr. Hb 4, 15), pero quiso recibirlo porque al hacerse verdadero hombre “tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, actuando como un hombre cualquiera” (cfr. Flp 2, 7), y así nos dio un ejemplo a seguir.

Jesús es bautizado por Juan el Bautista y en ese momento es ungido por el Espíritu Santo de modo peculiar: El Espíritu Santo bajó sobre Él en forma de paloma; y el Padre proclama: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto. Al aceptar ser bautizado, Jesús dio al Bautismo un nuevo sentido: “para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros… para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres” (Prefacio).

Contemplar a Jesús recibiendo el Bautismo puede servirnos para encontrar la razón fundamental para que los padres soliciten el Bautismo para sus hijos: para que conozcan a Jesús Resucitado desde pequeños, y puedan creer en Él. Como indica el Catecismo “Los primeros pasos en la fe”: “En la familia hemos recibido la vida, que es el gran regalo de Dios. Cuando recibimos el Bautismo, el regalo es aún mayor: «somos de la familia de los hijos de Dios»”. Y ese regalo empieza a producir frutos: “Al bautizarnos, Dios Padre nos dio un regalo muy grande: el Espíritu Santo, que está dentro de nosotros. Él nos ayuda a ser buenos, nos da alegría y nos enseña muchas cosas sobre Jesús.

Desde el día del Bautismo, Dios vive en nuestro corazón”.

Y esto sirve también para un adulto que desee recibir el Bautismo: si el Bautismo de Jesús es su manifestación como el Hijo amado del Padre, la respuesta adulta es la fe y recibir el Bautismo.

Además, Jesús comenzó su vida pública después de recibir el Bautismo. Y para nosotros, el Bautismo es la puerta a través de la cual empezamos a ser cristianos, es decir, a vivir como discípulos de Cristo e hijos de Dios. El Bautismo inicia un proceso de crecimiento en la fe, un camino a lo largo del cual vida y fe deben iluminarse y fortalecerse mutuamente, ayudadas por los demás Sacramentos, por la formación continua y por el conjunto de la comunidad cristiana.

¿Alguna vez he preguntado a mis padres por qué fui bautizado? O, si tengo hijos y han recibido el Bautismo, ¿por qué lo quise para ellos? ¿Lo entiendo como un gran regalo o como un “rito” más? ¿Qué significa para mí que Jesús recibiese el Bautismo? ¿Lo reconozco realmente como Salvador?

Durante el tiempo de Navidad hemos celebrado que Dios “se nos regala Él mismo”, que se hizo hombre en Jesús y quiso nacer entre nosotros, y vivir una vida como la nuestra para que nosotros, por su Palabra, por su pasión y resurrección, podamos alcanzar la vida de Dios. Y nuestra respuesta a este Regalo es la fe y el Bautismo. Aprovechemos todo lo que este Regalo nos ofrece, Para eso, la Iglesia celebra en la Vigilia Pascual y otras ocasiones la renovación de las promesas del Bautismo, porque renovar la fe, cuya expresión es el Bautismo, es un signo de que ésta crece y progresa a lo largo de nuestra vida como discípulos y apóstoles de Cristo, el Hijo amado de Dios.

Iniciar la reacción

El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los «bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia es hoy «la mediocridad espiritual». La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

Estos últimos años ha ido creciendo la desconfianza en la fuerza del Espíritu, y el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los «signos de los tiempos».

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categoría premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos creyentes.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son «espíritu y vida».

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Qué importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.

A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 13 de enero

El niño se nos ha hecho mayor

      El Bautismo del Señor, la fiesta que hoy celebramos, marca el comienzo de la vida pública de Jesús. No sabemos exactamente cuántos años tenía en ese momento. La tradición nos dice que unos treinta. En todo caso, parece ser que Jesús vivió unos cuantos años una vida escondida, sin manifestarse como el Mesías, sin hablar de su misión a los que se acercaban a él, sin diferenciarse en nada de otro judío más de los que vivían en Galilea en su tiempo. 

      Pero, de repente, algo sucede que un día le hace salir de su casa, dejar la tranquilidad del hogar familiar, del trabajo seguro, de la compañía de sus conocidos y familiares, y acercarse a Juan el Bautista. Posiblemente la fama de éste se había extendido ya por toda Judea y Galilea. Predicaba la inminencia de la venida del Mesías e invitaba al pueblo a convertirse de sus malos caminos para prepararse ante su venida cercana. 

      ¿Qué pensó Jesús ante esa predicación? No lo sabemos, pero está claro que ante Juan tomó conciencia de quién era, de cuál era su misión. Se dio cuenta de que había llegado el tiempo de dejar su casa y de salir a los caminos para predicar el Reino de Dios. No fueron las decisiones insustanciales de un niño. Fue una decisión seria y radical de una persona adulta que toma las riendas de su vida y se dirige a donde quiere. Su destino final, la muerte en cruz, no fue un accidente. Fue el fruto de esta decisión de Jesús de poner toda su vida al servicio del Reino.

      El Bautismo de Jesús marca ese momento trascendental, de cambio, que determina el futuro de Jesús. Antes de su bautismo, es seguro que Jesús se dedicó muy seriamente a pensar en su vida, en su misión. Cuando lo vio claro, entonces se decidió. Se presentó a Juan y se hizo bautizar. Y del mismo cielo le llegó la confirmación de su misión: “Tú eres mi Hijo, el amado”. A partir de entonces su vida dio un vuelco total. 

      Nosotros fuimos bautizados de recién nacidos. No fue fruto de nuestra decisión sino de la de nuestros padres. Pero nunca es tarde para pensar si realmente queremos asumir aquel bautismo como nuestro. Para decirlo de una forma simple: ¿Queremos ser de verdad cristianos? Porque no vale la pena quedarnos en la mera mediocridad. Tenemos que tomarnos nuestra vida en serio y no ser cristianos de domingo sino de todos los días y de todas las horas. 

Para la reflexión

      ¿Qué recuerdo tengo de las ceremonias de Bautismo a las que he asistido? ¿Qué pienso de mi propio Bautismo? ¿Qué significa para mí ser cristiano? ¿Basta con ir a misa los domingos, quizá ni siquiera todos, o ser cristiano significa algo más?

Fernando Torres, cmf