Vísperas – Lunes I Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES I TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Col 1, 9b-11

Conseguid un conocimiento perfecto de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Porque he pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que, recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Trata con bondad a tu pueblo, Señor

Salva a tu pueblo, Señor,
— y bendice tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos,
— para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
— que difundan en todas partes la fragancia de Cristo.

Muestra tu amor a los agonizantes:
— que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
— y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y, ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 14 de enero

Lectio: Lunes, 14 Enero, 2019
Tiempo ordinario
1) Oración inicial
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor. Amen.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Marcos 1,14-20

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.»
Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres.» Al instante, dejando las redes, le siguieron.
Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.
3) Reflexión
• Después de que tomaron preso a Juan, Jesús fue a la provincia de Galilea y empezó a proclamar la Buena Nueva de Dios. Juan fue tomado preso por el rey Herodes porque denunció el comportamiento inmoral del rey (Lc 3,18-20). ¡La prisión de Juan Bautista no asustó a Jesús! Vio en ella una señal de la llegada del Reino. Y hoy, ¿sabemos leer los hechos de la política y de la violencia urbana para anunciar la Buena Nueva de Dios?

• Jesús proclamaba la Buena Nueva de Dios. La Buena Nueva de Dios no solamente porque viene de Dios, sino que también y sobre todo porque Dios es su contenido. Dios, El mismo, es la mayor Buena Nueva para la vida humana. Responde a la aspiración más profunda de nuestro corazón. En Jesús aparece lo que acontece cuando un ser humano deja que Dios entre y reine. Esta Buena Nueva del Reino de Dios anunciada por Jesús tiene cuatro aspectos:
a) ¡El plazo está vencido! Para los demás judíos el plazo no estaba vencido todavía. Faltaba mucho para la llegada del Reino. Para los fariseos, por ejemplo, el Reino podía llegar sólo cuando fuera perfecta la observancia de la Ley. Jesús tiene otro modo de leer los hechos. Dice que el plazo está vencido.
b) ¡El Reino de Dios se ha acercado! Para los fariseos la llegada del Reino dependía de sus esfuerzos. Llegaría sólo después que ellos hubiesen observado toda la ley. Jesús dice lo contrario: ¡El Reino se ha acercado!” Ya estaba allí, independientemente del esfuerzo hecho. Cuando Jesús dice: “¡El Reino se ha acercado!”, no quiere decir que el Reino estaba llegando en ese momento, sino que ya estaba allí. Aquello que todos esperaban, ya estaba presente en sus vidas, y ellos no lo sabían, no lo percibían (cf. Lc 17,21). ¡Jesús lo percibió! Pues él leía la realidad con una mirada diferente. Jesús revelará a los pobres de su tierra esta presencia escondida del Reino en medio de la gente. Es ésta la semilla del Reino que recibirá la lluvia de su palabra y el calor de su amor.
c) ¡Conviértanse! El sentido exacto es mudar la forma de pensar y de vivir. Para poder percibir la presencia del Reino en la vida, la persona tendrá que empezar a pensar y a vivir de forma distinta. Tendrá que mudar de vida y encontrar otra forma de convivencia. Tendrá que dejar de lado el legalismo de la enseñanza de los fariseos y permitir que la nueva experiencia de Dios invada su vida y le dé ojos nuevos para leer y entender los hechos.
d) ¡Crean en la Buena Nueva! No era fácil aceptar este mensaje. No es fácil empezar a pensar de forma distinta de todo lo que uno ha aprendido, desde pequeño. Esto sólo es posible mediante un acto de fe. Cuando alguien viene a traer una noticia diferente, difícil de ser aceptada, usted la aceptará sólo si la persona que trae la noticia es de confianza. Y usted dirá a los demás: “Pueden ustedes aceptar. Yo conozco a la persona. No engaña. ¡Es de confianza!” ¡Jesús es de confianza!
• El primer objetivo del anuncio de la Buena Nueva es formar comunidad. Jesús pasa, mira y llama. Los cuatro primeros en ser llamados: Simón, Andrés, Juan y Santiago, escuchan, lo dejan todo y siguen a Jesús para formar comunidad con él. ¡Parece amor a primera vista! Según el relato de Marcos, todo aconteció durante el primer encuentro con Jesús. Comparando con otros evangelios, la gente percibe que los cuatro ya conocían a Jesús (Jn 1,39; Lc 5,1-11). Ya tuvieron la oportunidad de convivir con él, de verle cuando ayudaba a la gente y de escucharle en la sinagoga. Sabían como vivía y lo que pensaba. El llamado no fue cosa de un momento, sino más bien de repetidos llamados e invitaciones, de avances y retrocesos. ¡El llamado comienza y vuelve a empezar siempre de nuevo! En la práctica, coincide con la convivencia de los tres años con Jesús, desde el bautismo hasta el momento en que Jesús fue levantado al cielo. (He 1,21-22). Entonces, ¿por qué Marco nos lo presenta como un hecho repentino de amor a primera vista? Marcos piensa en el ideal: el encuentro con Jesús tiene que producir un cambio radical en nuestra vida.
4) Para la reflexión personal
• Un hecho político, la prisión de Juan, llevó a Jesús a que iniciara el anuncio de la Buena Nueva de Dios. Hoy, los hechos políticos y sociales ¿influyen en el anuncio que hacemos de la Buena Nueva a la gente?

• “¡Conviértanse! ¡Crean en la Buena Nueva!” ¿Cómo está aconteciendo esto en mi vida?
5) Oración final
Porque tú eres Yahvé,

Altísimo sobre toda la tierra,
por encima de todos los dioses. (Sal 97,9)

Sugerencias para el Domingo II de Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de la semana anterior a este domingo, procura meditar la Palabra de Dios. Medítala personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elige un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo de la parroquia, en un grupo de padres, en un grupo de un movimiento eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Las palabras iniciales de apertura y la atención a la Palabra.

Después del saludo inicial, el sacerdote puede expresar, a través de una breve monición, un aspecto particular de la celebración del día, intentando estar atento a la asamblea concreta. Puede apoyarse en el canto que acaba de ser cantado. Intente dirigirse de manera directa y concreta a los que le escuchan y le miran.

Después del Amén de la Oración Colecta, hágase un breve momento de verdadero silencio. El presidente dirija su mirada hacia el lugar de la proclamación de la Palabra, “conduciendo” a la asamblea a mirar también hacia el polo de atención que es el lugar de la proclamación de la Palabra.

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede alargar la cogida de las lecturas con la oración.

Al finalizar la primera lectura: “Dios, que te revelas como esposo de tu pueblo y llegas a considerar a tu Iglesia como esposa, te damos gracias y te bendecimos por los gestos de atención y por la ternura inmensa que siempre nos muestras.

Te pedimos por todos los esposos y por todos los matrimonios, pero, sobre todo, por los esposos cristianos, que llamaste a ser signos de tu amor y de tu fidelidad”.

Al finalizar la segunda lectura: “Dios único, Dios de todos los cristianos, que actúas en nosotros, te damos gracias por tu Espíritu Santo, que nos comunicas sin cesar en la liturgia y en la proclamación de tu Palabra.

Te pedimos por la reconciliación de la Iglesias y por la unidad en el interior de cada comunidad cristiana. Que tus hijos sepan discernir en cualquier circunstancia aquello que procede de tu único Espíritu”.

Después del Evangelio: “Jesús, nuestro Maestro, te damos gracias por el signo que realizaste en Caná, manifestando las bodas de Dios con su pueblo. Te bendecimos por el signo del vino y el cáliz de la nueva Alianza.

Te pedimos por todas las personas que a nuestro alrededor están privadas de la alegría que Tú nos revelas con tu presencia y con el don de tu Espíritu de fiesta”.

4. Oración Eucarística.

Durante esta semana de la Oración por la Unidad de los Cristianos, se puede orar con la Plegaria Eucarística II para la Reconciliación, pues el tema de la unidad está ahí claramente explicitado.

5. Palabra para el camino.

En la segunda lectura, San Pablo habla de un mismo Espíritu, de un mismo Señor, de un mismo Dios que realiza todo en todos: nuestros dones nos son regalados. El mismo y único Espíritu distribuye sus dones a cada uno, según su libre voluntad. En el uso que hacemos de nuestros dones, procuremos actuar con humildad: sobre todo no despreciemos a aquellos que recibieron, al menos aparentemente, dones menos vistosos o menos impresionantes.

Dios actúa a su manera, que no es la nuestra. Generalmente, estamos habituados a mirar al otro a nuestra manera y no a la manera de Dios, a ver casi únicamente sus defectos y no sus dones.

A lo largo de la semana, intentemos valorar el don que el hermano es para nosotros y, en particular, aquellos con los que nos encontramos en casa, en la comunidad, en el trabajo, en el estudio…

Comentario del 14 de enero

Tras ser arrestado Juan el Bautista, Jesús decide marchar a Galilea a proclamar su evangelio, que es el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed la Buena Noticia. La alusión al plazo hace referencia a un período de tiempo que ha llegado a su término. El plazo señala la frontera entre lo que finaliza y lo que comienza. La presencia de Cristo en el mundo representa esa frontera entre el viejo Testamento, que llega a su fin, y el nuevo, que irrumpe con él. Su proximidad es la cercanía del Reino, porque con él, con su presencia y actividad, llega el Reino de Dios. La llegada del Reino coincide con la implantación del derecho divino y con la liberación de los oprimidos por el diablo. Son las dos tarea que ha venido a realizar el Ungido por el Espíritu Santo. Por eso, en la medida en que implanta el derecho (divino) en las naciones y libera de la opresión del poder del diablo (o pecado), establece el Reino de Dios en el mundo. La cercanía del Reino es ya presencia operativa, aunque no sea plenitud –plena instalación- o consumación.

Pero la presencia del Reino en el mundo no se concibe sin conversión y sin fe en esa buena noticia que lo anuncia. La conversión a esa realidad a la que se invita a participar supone la fe en la realidad misma de esa noticia que se presenta como buena, puesto que el Reino es algo muy beneficioso para el hombre, tanto que representa su salvación. La cercanía del Reino es el evangelio de Jesús, su Buena Noticia para la entera humanidad. Pero formar parte de esta realidad que nos llega con Jesucristo no puede ser nunca una imposición. La estructura del Reino no es la propia de un régimen de esclavitud, sino de libertad. Sus habitantes no pueden ser sino personas libres, que han optado libremente por formar parte de este régimen en el que impera la ley del amor. La felicidad del Reino es incompatible con una situación de sometimiento forzado, similar al de un campo de concentración o al de un régimen policial. Por eso se hace imprescindible la conversión a (o la asunción de) sus valores para incorporarse a él como miembros de pleno derecho. Sólo los que aman los valores que prevalecen en el Reino -los proclamados en las bienaventuranzas- pueden sentirse cómodos o felizmente instalados en él.

Pero el Reino es también una realidad comunitaria, que no se concibe sin moradores, sin seres humanos viviendo en la armonía y el amor de Dios. La implantación del Reino es, por eso, implantación de una comunidad humana en la que se comparten bienes y recursos. Por eso Jesús no se limitó a proclamar la buena noticia de su proximidad y a invitar a la conversión a sus valores, sino que comenzó a forjar esa comunidad germinal, llamando a algunos a formar parte de la misma para hacerla después extensiva a otros lugares y personas. Eso es lo que significa ser pescadores de hombres. Jesús no llama a Simón y a Andrés y a los hermanos Zebedeo, Santiago y Juan, únicamente para que estuvieran con él, formando parte de esa comunidad mesiánica nuclear en la que comenzaba a germinar el Reino; los llama también para que sean pescadores de hombres, ampliando así los límites del Reino y propiciando el brote de nuevas comunidades donde se vivan los valores del Reino. Venid conmigo –les dice- y os haré pescadores de hombre. El Reino ya no depende exclusivamente del Mesías, sino también de todos los que, llamados por él, se incorporan a su misión de anunciar y de extender el Reino de Dios en el mundo como colaboradores suyos. Ellos dejaron inmediatamente las redes y lo siguieron. Su reacción ante la llamada significó el comienzo de esta colaboración para la que tuvieron que dejar cosas importantes; porque importantes para ellos (como lo es para cualquiera) eran su trabajo y su familia.

Pero aquella colaboración con Jesús empezó a significar para ellos más que su propio trabajo y sus lazos afectivos. De no haber sido así, no habrían roto con vínculos tan poderosos. La implantación del Reino de Dios justifica, por tanto, no sólo la misión del mismo Cristo, sino también la vocación y misión de sus discípulos, los futuros pescadores de hombres. Aquí, la pesca no es otra cosa que la convocación y congregación de los designados por Dios para formar parte de este Reino de salvación que es el suyo y del que por principio no se excluye a ninguna de sus criaturas racionales. Ello explica que, tras la resurrección, reciban el mandato de marchar por el mundo (sin detenerse en ninguna frontera) predicando el evangelio del Reino y bautizando. Tanto la enseñanza como el bautismo son los instrumentos empleados para la congregación de los llamados. Y esa labor se hace realidad histórica en las comunidades cristianas nacidas de esta siembra y de esta pesca. La realidad del Reino comienza germinando en el interior de las personas, pero no se visibiliza hasta que no se hace comunidad de vida en las familias y en las iglesias. Porque si no se hace comunidad –sólo en ella se puede compartir- es que su crecimiento se ha interrumpido. La levadura del Reino dispone de un dinamismo de comunión que tiene que hacerse patente de cualquier modo en las relaciones humanas, generando mecanismos de unión o de fraternidad. ¿Quién puede desear quedar excluido de esta hermosa realidad aportada por Cristo? Sólo los ignorantes, los soberbios o los solitarios enfermizos que desconocen el deleite de la vida en comunión.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Episcopalis Communio – Francisco I

Art. 10

Constitución de una Comisión preparatoria

§ 1. Para la profundización del tema y la redacción de eventuales Documentos previos a la Asamblea del Sínodo, la Secretaría General del Sínodo de los Obispos puede servirse de una Comisión preparatoria, formada por expertos.

§ 2. Dicha Comisión es nombrada por el Secretario General del Sínodo, que la preside.

Homilía – Domingo II de Tiempo Ordinario

LA BODA Y EL VINO DEL BANQUETE

ACONTECIMIENTO-PARÁBOLA

Estamos ante un pasaje evangélico muy grávido. Anota el evangelista Juan al final del relato: «Así, en Cana de Galilea, Jesús comenzó sus signos». El signo es aquella realidad a través de la cual podemos conocer otra realidad que está manifestada o simbolizada en el signo. Un dicho oriental afirma: «Cuando el dedo señala la luna, el idiota mira el dedo». El signo de las bodas de Cana es un dedo que señala una realidad más sublime que la trasciende. Todos los escrituristas están de acuerdo en que estamos ante una narración simbólica, un recurso literario para proclamar un hondo mensaje teológico. Todo esto significa que para el creyente, a quien van dirigidos los signos del evangelio, no tiene importancia el hecho de que las narraciones de estos signos sean un recurso literario o reflejen una realidad, ni importan tampoco los detalles de la narración. Lo importante es el mensaje que está entrañado en el signo.

En el caso concreto de las bodas de Cana tenemos, por una parte, la gran mayoría de los convidados, judíos practicantes, y las seis tinajas vacías, que simbolizan al pueblo de la Antigua Alianza; y, por otra, a Jesús, María, los apóstoles y el vino nuevo, que simbolizan el Nuevo Pueblo de Dios y su estilo de vida. Todo ello supone la oferta de un «vino nuevo en odres nuevos».

El relato nos presenta la relación del Señor con la Iglesia bajo el simbolismo de los desposorios. La imagen no es nueva; la repitieron con frecuencia los profetas, como hemos escuchado en la lectura de Isaías. El relato evangélico señala la indiferencia y falta de amor con que vive el pueblo judío su relación con Dios. Se reduce a ritos vacíos, simbolizados en las tinajas vacías o con agua, a formalismos y legalismos fastidiosos, sin alegría, simbolizados en la abundancia de agua para lavarse las manos y en la escasez de vino para alegrar el corazón.

Dios quiere contraer unos nuevos desposorios en la persona de Jesús de Nazaret con un pueblo nuevo, representado en las bodas de Cana por María y el grupo de los apóstoles. Un pueblo que, cuando Juan escribe su evangelio, son las diversas comunidades cristianas que viven unidas y enamoradas de su esposo, el Señor Jesús. Unas comunidades que viven en un ambiente de banquete festivo en el que abundan los «vinos de solera y los manjares suculentos»: el banquete mesiánico.

El pueblo religioso que encuentra Jesús es un pueblo aburrido, cumplimentero, ritualista, con una religiosidad muy pobre, contractual, que quiere comprar los favores divinos con ofrendas y plegarias humanas. Frente a esta comunidad aburrida, triste, que vive su religiosidad como una obligación, está la comunidad que instituye Jesús: una comunidad fraterna, que vive en un clima de alegría. Las primeras comunidades eclesiales viven una auténtica luna de miel en sus relaciones con Cristo: «A diario frecuentaban el templo en grupo; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y sencillez de corazón, siendo bien vistos por el pueblo» (Hch 2,46-47).

 

SIN COMUNIDAD NO HAY FIESTA

Con el paso del tiempo, aquel vino abundante con que celebraban el banquete del Reino se acabó para muchos cristianos y para muchas colectividades eclesiales. Siguiendo el simbolismo del evangelio, diríamos que hay una cierta manera «aguada» de vivir la vida y, por lo tanto, de vivir la fe. Los cuatro evangelistas señalan constantemente estas formas impropias para un buen encuentro o matrimonio entre Dios y los hombres. Así, por ejemplo: señalan la hipocresía de un culto exterior y legalista, el apego a las tradiciones humanas sin tener en cuenta la esencia de la Palabra de Dios que debe ser captada en el espíritu y no en la letra; también se indica el centralizar la religión en los actos de culto, olvidándose de la ley suprema del amor al prójimo, tanto si es amigo como si es extranjero o enemigo.

También es una religión aguada la que se contenta con rezar y dar alguna limosna soslayando el imprescindible deber de la justicia, o la que se cimienta sobre el culto a la personalidad y el autoritarismo religioso, olvidando que la autoridad es un servicio a la comunidad y que el único Señor es Jesucristo, a quien se le debe absoluta fidelidad. El Espíritu, en el Concilio, cambió de nuevo el agua de una religiosidad moralística, ceñuda, rutinaria, en vino de entusiasmo, de generosidad, de fraternidad. Pero, como siempre ocurre, todavía hay muchos que no se han enterado de que hay vino en sus mesas, vino exquisito que se guardaba en las bodegas del Evangelio.

El relato significativo de las bodas de Cana implica una serie de mensajes. En primer lugar, que sin aquella comunidad inicial de Jesús con los suyos no hubiera habido fiesta de bodas. Sin comunidad, no puede haber banquete del Reino. El Señor quiere recrear su Iglesia, quiere crear comunidades nuevas, juveniles, jubilosas en las que se encarne el misterio de la Iglesia, y quiere, para ello, contar con nosotros. Jesús se desposa con la «comunidad» como si fuera una sola persona.

El Señor está locamente enamorado de nosotros; y hasta siente celos de otros amantes, como tantas veces repite en la Escritura y como indican san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Pablo, embriagado por esta experiencia de sentirse amado por el Señor Jesús, exclama en un arrebato místico: «Me amó y se entregó por mí (Gá 2,20).

AMOR CON AMOR SE PAGA

Creo que el gran pecado de los cristianos está en no tener experiencia de sentirse apasionadamente amados por el Señor. De otro modo, nos sentiríamos arrebatados por un amor agradecido y desinteresado. Si tengo una fuerte experiencia de ser amado, ¿cómo voy a corresponder con cumplimientos tacaños, ritualistas y cicateros? Muchos cristianos necesitan que Jesús repita en sus vidas el milagro de Cana: que cambie el agua de su vulgaridad, la rutina y desgana, en vino generoso del Espíritu que nos vuelva «ebrios de Dios» hasta causar asombro como los apóstoles el día de Pentecostés (Hch 2,13). Necesitamos pasar del apagamiento al entusiasmo, vivir místicamente la fe en Jesús. La languidez, la desgana, la mediocridad no tienen nada que ver con la fe en Jesús. Se ha hecho antológica una afirmación certera del gran teólogo Karl Rahner: «El cristiano del siglo XXI será un místico o no será cristiano». El ángel echa en cara a la comunidad de Éfeso: «Conozco tus obras, tu constancia y tus fatigas… Pero tengo esto contra ti: Has perdido el amor del principio» (Ap 2,4).

El acontecimiento simbólico de la boda de Cana evoca otro aspecto de la vida de la comunidad cristiana. Una vez más se indica que el Reino es un banquete de bodas. El ambiente comunitario ha de ser festivo. Un conjunto de rostros serios, ceñudos, rígidos, de personas distantes, no es, ciertamente, una comunidad cristiana. Nosotros, «los amigos del novio (más todavía, la novia) no hemos de ayunar» (Mt 9,15). San Atanasio decía: «Cristo, la fe, convierte la vida del cristiano en una fiesta continua». El clima de fiesta, de alegría, es una exigencia esencial de sabernos amados por el Señor.

Atilano Alaiz

Jn 2, 1-11 (Evangelio Domingo II de Tiempo Ordinario)

Este texto pertenece a la “sección introductoria” del Cuarto Evangelio (que va del 1,19 al 3,36). En esta sección, el autor presenta un conjunto de escenas (con continuas entradas y salidas de personajes, como si estuviésemos en el palco de un teatro), destinadas a presentar a Jesús y su programa.

El autor declara explícitamente (cf. Jn 2,11) que el episodio pertenece a la categoría de los “signos” (“semiôn”): se trata de acciones simbólicas, de signos indicativos, que nos invitan a buscar, más allá del episodio concreto, una realidad más profunda hacia la cual apunta el hecho narrado. Lo importante, aquí, no es que Jesús haya transformado el agua en vino, sino presentar el programa de Jesús: llevar a la relación entre Dios y el hombre el vino de la alegría, del amor y de la fiesta.

El episodio narrado es, pues, una acción simbólica que apunta hacia algo que está más allá del hecho descrito. ¿Qué realidad es esa?

El telón de fondo es el de una boda. El escenario de las bodas o del noviazgo es (como vimos en la primera lectura) un cuadro en el que se refleja la relación de amor entre Yahvé y su Pueblo. Dicho de otra manera, estamos en el contexto de la “alianza” entre Israel y su Dios.

A esa “alianza” le viene a faltar, de alguna forma, el vino. El “vino”, elemento indispensable en las “bodas”, es símbolo del amor entre el esposo y la esposa (cf. Ct 1,2;4,10;7,10;8,2). Recordemos, a propósito de esto, cómo Isaías compara la “alianza” con la viña plantada por el Señor, que no produce frutos (cf. Is 5,1-7), así como también es símbolo de la alegría y de la fiesta (cf. Si 40,20; Qo 10,19).

Se constata, por tanto, la realidad de la antigua “alianza”: esta se ha convertido en una relación seca, sin alegría, sin amor y sin fiesta, que ya no potencia el encuentro amoroso entre Israel y su Dios.

Esta realidad de una “alianza” estéril y fallida está representada por las “seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos”. El número seis evoca la imperfección, lo incompleto; la “piedra” evoca las tablas de piedra de la Ley del Sinaí y los corazones de piedra de los que hablaba el profeta Ezequiel (cf. Ez 36,26); la referencia a la “purificación” evoca los ritos y exigencias de la antigua Ley que revelaban a un Dios susceptible, celoso, impositivo, que guarda las distancias: ahora bien, a un Dios así se puede temer, pero no amar. Las tinajas están “vacías” porque todo este aparato era inútil e ineficaz: no servía para acercar al hombre a Dios, sino para apartarle de ese Dios difícil y distante.

Detengámonos, ahora, en los personajes presentados. Tenemos en primer lugar, a la “madre”: ella “estaba allí”, como si perteneciese a la boda; por otro lado, es ella la que se da cuenta de lo intolerable de la situación (“no tienen vino”): representa al Israel fiel, que ya se habría dado cuenta de la realidad y que esperaba que el Mesías pusiese coto a esta situación.

Tenemos después, al “mayordomo”: representa a los dirigentes judíos, instalados cómodamente, que no comprenden, o no están interesados en comprender, que la antigua “alianza” ha caducado.

Los “sirvientes” son los que colaboran con el Mesías, que están dispuestos a hacer todo “lo que él diga” (cf. Ex 19,8) para que la “alianza” sea revitalizada.

Tenemos finalmente a Jesús: es a Él al que el Israel fiel (la “mujer”/madre) se dirige para que dé nueva vida a esa “alianza” caduca; pero el Mesías anuncia que es necesario dejar caer del todo esa “alianza” en la que falta el vino del amor (“Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”).

La obra de Jesús no será preservar las instituciones antiguas, sino presentar una radical novedad. Eso sucederá cuando llegue la “Hora” (la “Hora” es, en Juan, el momento de la muerte en cruz, cuando Jesús irradie sobre la humanidad esa lección del amor total de Dios).

El episodio de las “bodas de Caná” anuncia, por tanto, el programa de Jesús: el de llevar a la relación entre Dios y los hombres el vino de la alegría, del amor y de la fiesta. Este programa, que Jesús va a cumplir paulatinamente a lo largo de toda su vida, se realizará en plenitud en el momento de la “Hora”, de la donación total por amor.

En la reflexión y actualización, considerad las siguientes cuestiones:
Cuando la relación con Dios se asienta en un juego intrincado de ritos externos, de reglas y de obligaciones que es necesario cumplir, la religión se convierte en un peso insoportable que tiraniza y oprime. Ahora bien, Jesús vino a revelarnos a Dios como a un Padre bondadoso y tierno, que es feliz cuando puede amar a sus hijos. Ese es el “vino” que Jesús vino a traer para alegrar la “alianza”: el “vino” del amor de Dios, que produce alegría y que nos lleva a la fiesta del encuentro con el Padre y con los hermanos.
¿Nuestra “religión” es eso mismo, el encuentro con el Jesús que nos da el vino del amor?

¿Qué es lo que nuestros ojos y nuestros labios revela a los otros: la alegría que brota de un corazón lleno de amor, o el miedo y la tristeza que brotan de una religión pesada, de leyes y de miedo?

¿Con cuál de los personajes que participan en la “boda” nos identificamos: con el mayordomo, cómodamente instalado en una religión estéril, vacía e hipócrita, con la “mujer”/madre que pide a Jesús que resuelva la situación, o con los “sirvientes” que van a hacer “todo lo que él diga” y colaborar con Jesús en el establecimiento de una nueva realidad?

1Co 12, 4-11 (2ª lectura Domingo II de Tiempo Ordinario)

Los capítulos 12-14 de la primera Carta de Pablo a los Corintios constituyen una sección consagrada al buen uso de los “carismas”.

“Carisma” es una palabra típicamente paulina (aparece 14 veces en las cartas de Pablo y sólo una vez en el resto del Nuevo Testamento) que, en un sentido amplio, designa a cualquier gracia (“kharis”) o don concedido por Dios, independientemente del puesto que la persona ocupa dentro de la jerarquía eclesial.

En un sentido más estricto y más técnico, pasó a significar ciertos “dones especiales” concedidos por el Espíritu a determinadas personas o grupos, en beneficio de la comunidad. El testimonio de los escritos neo-testamentarios es que las primeras comunidades cristianas conocían estos dones del Espíritu. Eso también sucedía, según parece, en Corinto.

A pesar de que estaban destinados al bien de la comunidad, los “carismas” podían ser mal utilizados. Por un lado, podían conducir a una especie de endiosamiento del individuo que los poseía situándose, con frecuencia, en confrontación con la comunidad; por otro lado, no todos poseían carismas extraordinarios y era fácil, en este contexto, que estos fueran considerados “cristianos de segunda”. Además, se desprende de este texto, que había alguna discusión acerca de la importancia de cada “carisma” y, por tanto, de la posición que cada uno de estos “carismáticos” debería ocupar en la jerarquía comunitaria. Así, la comunidad de Corinto estaba preocupada por esta cuestión.

Estamos ante una comunidad con graves problemas de conflictos y de desavenencias donde, fácilmente, las experiencias “carismáticas” eran sobrevaloradas en beneficio propio. Creaban, pues, con frecuencia, individualismo y división en el seno de la comunidad.

Este es el problema que Pablo intenta resolver.

En este texto, Pablo enumera diferentes tipos de “carismas”, sin embargo, deja bien claro que, a pesar de la diversidad, todos ellos se refieren al mismo Dios, al mismo Señor y al mismo Espíritu.

Cada uno de los creyentes posee el Espíritu y, por tanto, de diverso modo y medida, recibe los “carismas”. Lo que es fundamental es que esos “carismas” no sean utilizados de forma egoísta, sino que estén siempre al servicio del bien común.

No tiene ningún sentido, pues, discutir cual es el “carisma” más importante. Tampoco tiene sentido que los poseedores de “carismas” se consideren “iluminados” y se enfrenten con el resto de la comunidad.

Y todavía tienen menos sentido considerar que hay cristianos de primera y cristianos de segunda. Es el mismo Dios uno y trino el que a todos une; la comunidad tiene que ser el espejo de esa comunidad divina, de la comunidad trinitaria.

En la meditación de este texto, considerad los siguientes puntos:

La comunidad cristiana tiene que ser el reflejo de la comunidad trinitaria, de esa comunidad de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu.
¿Nuestras comunidades religiosas, nuestras comunidades parroquiales son espacios de comunión y de fraternidad, donde el amor y la solidaridad de los diversos miembros refleja el amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu?

Como cristianos, todos somos miembros de un único cuerpo, con diversidad de funciones y de ministerios. La diversidad de “dones” no puede ser un factor de división o de conflicto, sino de riqueza para todos.
¿Los “dones” que Dios nos concede son siempre puestos al servicio del bien común, o sirven para autopromocionarnos, para ganar prestigio ante los otros?

¿Cómo consideramos a “los otros”, a aquellos que tienen “dones” diferentes, o a aquellos que se presentan de forma discreta, sin imponerse, sin nada especial? ¿Son vistos como miembros legítimos del mismo cuerpo que es la comunidad, o como cristianos de segunda, masa amorfa a la que no damos mucha importancia?

Is 62, 1-5 (1ª Lectura Domingo II de Tiempo Ordinario)

Este texto pertenece a ese bloque (capítulos 56-66 del Libro de Isaías) que se acordó llamar Trito-Isaías: una colección de textos anónimos, redactados en Jerusalén a lo largo de los siglos VI y V antes de Cristo (aunque algunos consideran que este texto puede ser del Deutero-Isaías, por los puntos de contacto que el poema presenta con los capítulos 49, 51, 52 y 54 del Libro de Isaías).

Estamos en Jerusalén, en la época del posexilio. Todavía se notan en todos las esquinas de la ciudad las marcas de la destrucción. Los pocos habitantes que quedan viven en condiciones de extrema pobreza; perseguidos por el fantasma de la humillación pasada, acosados por los enemigos, esperan la restauración del Templo y sueñan con una Jerusalén nueva, otra vez bella y llena de “hijos”, que viva, finalmente, en paz.

Se retoma la conocida presentación de la ciudad como esposa de Yahvé. La imagen de amor del marido por la esposa es una imagen que define de forma muy acertada el inmenso amor, nunca defraudado, de Dios por su Pueblo.

Es verdad que Jerusalén, la esposa, abandonó a Yahvé y corrió tras otros dioses; aquí, sin embargo, no se subraya la reconciliación de la esposa y del marido desavenidos (como sucede en otros textos proféticos), sino las nuevas nupcias, el comienzo de algo nuevo.

La situación antigua de Jerusalén es evocada discretamente (“abandonada”, “devastada”); pero la preocupación esencial del profeta/poeta es subrayar el rejuvenecimiento operado por Dios en la esposa, la novedad inagotable del amor de Dios que, sin mostrarse marcado por el pasado, se “casa” con la ciudad/novia y pasa a llamarla “mi preferida”.

El aspecto más impactante es el de la presentación de un Dios que no olvida su amor y que, a pesar de las faltas cometidas por la esposa en el pasado, continúa amándola. Es ese amor nunca roto el que va a rejuvenecer la relación, que va a posibilitar un nuevo casamiento y que va a transformar a la “esposa” infiel en una “corona fúlgida”, una “diadema real” que brilla en las manos del rey/Dios.

También se subraya la “alegría” de Dios por poder rehacer la relación: el Dios de la “alianza” quiere, con toda la fuerza de su amor, hacer el camino al lado de su Pueblo, y sólo es feliz cuando el hombre acepta ese amor que Dios quiere compartir, llenando el corazón del hombre de paz, de vida y de felicidad.

Considerad, para la reflexión, las siguientes líneas:

El amor de Dios por su Pueblo es un amor que nada ni nadie puede romper: ni nuestro alejamiento, ni nuestro egoísmo, ni nuestros rechazos. Está siempre allí, a la espera, de forma gratuita, invitando al reencuentro, a rehacer la relación; y ese amor genera vida nueva, alegría, fiesta, felicidad en todos aquellos que son tocados por él.

¿Cómo nos relacionamos con ese Dios cuya “alegría” es amar y cuyo amor, cuando es acogido, nos renueva completamente?

Vivir en relación con el Dios-amor implica también ser testigo, ser “profeta del amor”.
¿Somos signos vivos de Dios, con el amor que transparentan nuestros gestos? ¿Nuestras familias son un reflejo del amor de Dios?

¿Nuestras comunidades anuncian al mundo, de forma concreta, el amor que Dios tiene por los hombres?

Comentario al evangelio – 14 de enero

Hace un tiempo oí decir a una amiga muy creyente: “yo de la Biblia arrancaría un montón de páginas”. Creo que expresaba de manera algo bruta lo que otros dicen en términos más delicados: “Yo el Antiguo Testamento no lo soporto, con él no puedo orar”.

Probablemente a los judíos de la época de Jesús les sucedía algo parecido, pues muchos textos del AT ya tenían hasta diez o más siglos de antigüedad y no les eran inmediatamente inteligibles. Y entre esos judíos estaban los seguidores de Jesús y la primera generación cristiana. Pero esta tuvo una experiencia sorprendente; al escuchar y contemplar al Maestro, o al reflexionar posteriormente sobre lo acontecido en él, debió de exclamar: “ahora entiendo aquellos textos”.

En Jesús el AT se hizo claro, y hoy nos lo muestra magistralmente el escrito más culto y académico del NT, la carta a los Hebreos. Ahora ya se sabe a quién decía el Salmo 110 “siéntate a mi derecha”; se entiende igualmente quién era aquella “sabiduría” que precisamente en el libro de la Sabiduría (7,25) es definida como “reflejo de la gloria del omnipotente e impronta de su ser”, o a quién se dirigía el Sal 2,7 con la expresión “Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy”, o el segundo libro de Samuel (7,14) con la promesa “Yo seré para él un Padre y él para mí un Hijo”. En el evangelio (Jn 5,39) nos encontremos a Jesús diciendo: “las Escrituras dan testimonio de mí” (tengamos en cuenta que para los primeros lectores del Evangelio no hay más Escrituras que el A T). Ojalá el Jesús en quien creemos constituya para nosotros esas “gafas mágicas” que nos permitan captar el sentido de las Escrituras, y a través de ellas conocerle a él más a fondo.

Pero Jesús no pretende ser simplemente conocido, sino “ser vivido”: que vivamos con él y que vivamos por él y desde él. Esos primeros discípulos a quienes llama al seguimiento deben acompañarle, amarle, copiar sus actitudes, involucrarse en su proyecto, anteponerle a cualquier otro valor; en eso consiste ser “seguidores”.
Parte de todo eso ya no podemos realizarlo literalmente como Andrés o Juan. Pero la llamada ha quedado para los creyentes de todas las épocas. Y el autor de Hebreos lo expresa con sublimidad: el Hijo nos sostiene con su palabra poderosa, nos sigue creando y recreando; en sus palabras seguimos percibiendo el designio último del Padre, expresado de forma imperfecta por los profetas, pero con nitidez “en esta etapa final…”.

La más antigua confesión de fe explícitamente cristiana (ya no meramente judía) es “Jesús es Señor” (1Co 12,3). Es, por tanto, digno de “seguimiento” y de adoración: “adórenle todos los ángeles” (¡cuánto más los hombres!). Es una feliz coincidencia que, recién concluido el tiempo de Navidad, la liturgia nos ofrezca esta visión de Jesús en profundidad (carta a los Hebreos) y el recuerdo de su pretensión de que le antepongamos a todo y le sigamos, porque él es el reflejo perfecto de la gloria del Padre puesto a nuestro alcance: “la Palabra se hizo carne, y hemos visto su gloria”. Recordemos la canción, quizá melosa pero con enjundia: “No adoréis a nadie, a nadie más; no pongáis los ojos en nadie más…”.

Severiano Blanco cmf