Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 8, 22-26

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p style=»text-align:justify;»>«22Y van a Betsaida.
Y le llevan un ciego y le ruegan que lo toque.

23Y, tomando la mano del ciego, lo condujo fuera de la aldea y, escupiendo en sus ojos, imponiéndole las manos, le preguntaba: “¿Ves algo?”.

24Y, mirando hacia arriba, decía: “Veo personas que son como árboles andando”.

25Luego impuso de nuevo las manos sobre sus ojos y veía; y quedó restaurada [su vista] y veía nítidamente todas las cosas.

26Y lo envió a su casa diciendo: “No entres en la aldea”».

.- La escena en la que se critica duramente a los discípulos de Jesús por su falta de visión espiritual («¿Tenéis ojos y no veis?»: 8,18) va seguida inmediatamente por una narración simbólica en la que un hombre es curado de su ceguera después de pasar primero por un estado intermedio de visión defectuosa. La impresión de que esta yuxtaposición es deliberada queda reforzada por la narración siguiente, en la que Pedro muestra también una percepción genuina pero defectuosa: reconoce la identidad mesiánica de Jesús (8,29), pero no consigue tener una noción clara de lo que tal identidad presagia (8,32-33).

Uno de los rasgos más notables del pasaje es la extraordinaria abundancia de palabras que tienen que ver con los ojos y la vista. En estos cinco breves versículos se utiliza cinco veces el verbo blepein(«ver», dos veces en 8,23-24) y tres compuestos diferentes (anablepein, diablepeiny emblepein en 8,24-25); y un verbo relacionado, traducido también por «ver» en 8,24, se utiliza una vez. El adjetivo «ciego», dos veces en 8,22-23 y el adverbio, raro y poético, traducido por «nítidamente» (literalmente «que brilla a lo lejos»), en 8,25 aparecen también, así como dos palabras diferentes para «ojos». Es también impresionante el énfasis otorgado al aspecto material de las acciones de Jesús: la gente le suplica que toque al ciego; le tome de la mano, escupa sobre sus ojos y ponga sus manos dos veces sobre él.

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p style=»text-align:justify;»>El pasaje se divide en cinco partes, que giran alrededor de la críptica sentencia de 8,24: 8,22: introducción: el ciego es llevado a Jesús, a quien se pide que lo cure
8,23: primer toque curativo
8,24: RESPUESTA DEL CIEGO: «personas que andan como árboles»

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p style=»text-align:justify;»>8,25: segundo toque curativo
8,26: conclusión: el ciego es enviado a casa curado.
El pasaje está estructurado en forma de quiasmo, con un vocabulario semejante en la introducción, conclusión y en los dos toques curativos. La parte no pareada es la central, la respuesta del ciego en 8,24, dotada de notable énfasis retórico por el hecho de ser el único lugar en todo el relato en el que habla el ciego; además, la naturaleza críptica de sus palabras atrapa la atención del lector.

  • 8,22-23: Introducción y primer toque curativo. Después de la inquietante conversación a bordo sobre el olvido del pan, la peligrosa levadura y la errónea percepción de los discípulos (8,14-21), Jesús y los suyos atracan en Betsaida (8,22a), objetivo también de un viaje en barco antecedente (cf. 6,45.53). Se abre ahora una nueva etapa en el ministerio de Jesús: desde este momento, sus desplazamientos serán exclusivamente a pie, excepto su entrada triunfal en Jerusalén a lomos de un asno (11,1-10). Andar es una manera lenta de viajar y generalmente más ardua que la navegación, por lo que el cambio del modo de transporte corresponde a la dificultad creciente de la misión de Jesús, indicada también por la disminución en la frecuencia de milagros en esta sección del evangelio. Pero andar es también un motivo cargado de simbolismo en el Antiguo Testamento, que Marcos explotará al máximo. 
Sus parientes o amigos, probablemente, traen un ciego a Jesús y solicitan por favor al taumaturgo que lo cure mediante un toque carismático (8,22b). Jesús muestra su buena disposición a hacerlo tomando al hombre de la mano y conduciéndolo fuera de la ciudad (8,23a). Como en la narración análoga de la curación del sordomudo (7,33), este apartamiento de la muchedumbre sugiere que está a punto de ocurrir una acción misteriosa, demasiado sagrada para ser ejecutada en público. Pero, en el contexto marcano, esta acción posee también reverberaciones más profundas proporcionadas por el Antiguo Testamento. En el pasado Dios tomó a Israel de la mano y lo condujo fuera de Egipto (Jr 31,32). En el futuro escatológico Dios lo tomará asimismo de la mano, lo liberará de la esclavitud y abrirá sus ojos (Is 42,6-7). Gracias a este trasfondo del Antiguo Testamento, nuestra historia queda unida con el tema del nuevo éxodo a través del camino triunfal del Señor, un motivo que desempeña un papel importante en toda esta sección del evangelio. 
Tras alejar al ciego de la ciudad, Jesús ejecuta la curación realizando un conjunto de gestos conocidos por otras historias antiguas de sanación milagrosa: escupe en los ojos del ciego y pone sus manos sobre ellos (8,23b). Una vez más, estos gestos tradicionales adquieren un significado más profundo en el contexto del evangelio de Marcos: en la literatura antigua, la curación de la visión física estaba unida con la reparación de la vista espiritual; y una perícopa de Q, Mt 11,2-6 // Lc 7,18-23, da por supuesto que el pueblo esperaba que el mesías, entre otros milagros de curación, daría vista a los ciegos. Por ello, es natural la yuxtaposición marcana de nuestra historia de la curación de un ciego con la aclamación de Jesús como el mesías por parte de Pedro (8,27-30); y no es casualidad que otra historia de curación de un ciego (10,46-52) esté enmarcada por pasajes que aluden también al poder real de Jesús (cf. la referencia a la gloria real de Jesús en 10,37 y la entrada real, triunfal, en 11,1-10). 

  • 8,24. La respuesta del ciego: En respuesta a la pregunta de Jesús sobre si ve algo, el hombre contesta de una manera titubeante, que refleja su percepción deficiente. Así pues, la curación no ha sido aún del todo eficaz; el hombre no es ciego ya, pero tampoco ve con ojos que funcionan perfectamente. En contraste con las otras curaciones, esta no es instantánea: ¿Qué significa esta extraña y anómala terapia? 
El «estado intermedio» de la visión del hombre después del primer toque de curación de Jesús es probablemente simbólico y corresponde al estado intermedio de la percepción espiritual de los discípulos. Como los discípulos en el pasaje precedente (8,18), el hombre tiene ojos, pero aún no ve de modo claro, aunque finalmente será así. Esta forma de comparación entre la visión física y la espiritual era común en el mundo antiguo y acompañaba con frecuencia a la opinión de que el estado natural del ser humano era el de la ceguera espiritual. Por ejemplo, en la famosa alegoría platónica de la caverna, 
República 7,515c-517a, el hombre liberado de la cueva y arrastrado hacia la luz queda deslumbrado al principio e incapaz de ver algo, pero sus ojos se van adaptando gradualmente hasta que puede distinguir sombras y reflejos de los objetos terrestres, luego los objetos mismos y finalmente la luna, las estrellas y el sol. De este modo Platón, como Marcos, describe un crecimiento en la visión; igualmente el filósofo, también como el evangelista, utiliza este crecimiento como una imagen que describe la profundización de la perspicacia espiritual.

En el Antiguo Testamento, la visión clara es un don de Dios reservado para el tiempo futuro. La idea de una curación escatológica de la ceguera se halla en pasajes del profeta Isaías (29,18; 35,5; 42,6-7.16; 61,1) y dado el trasfondo isaiano de esta sección del evangelio, estos pasajes paralelos son especialmente importantes para nuestra historia. Dentro del Nuevo Testamento mismo, por ejemplo, Pablo afirma que el cristiano tiene en el presente solo una visión parcial, como «por medio de un espejo, débilmente», pero «cuando se alcance la plenitud, se acabará lo que es parcial» (1Cor 13,9-12). En Marcos, la curación de la ceguera está unida con el motivo del camino tanto en el contexto de la narración presente («en el camino» de 8,27) como en la historia de Bartimeo (cf. 10,46.52).

  • 8,25-26: Segundo toque curativo y conclusión: Es preciso tener otro contacto con Jesús y ello sucede en el punto culminante de la historia, en un versículo que constituye el clímax del relato y muestra una concentración extraordinaria de lenguaje de visión: Jesús impone de nuevo sus manos sobre los ojos del hombre, este comienza a ver y su vista queda restaurada; entonces ve todo nítidamente (8,25).

Si, como hemos dicho anteriormente, el estado intermedio del ciego «que ve, pero no totalmente» corresponde a la posición de los discípulos a través de todo el evangelio, ¿a qué correspondería dentro del relato su estado final de visión clara? La conclusión de nuestro pasaje apunta hacia la resurrección como el momento de la visión clara, ya que aquí, en este pasaje, Jesús envía al hombre a casa, prohibiéndole implícitamente que permita que se conozca su curación («No entres en la aldea»: 8,26b). Este veto a la publicidad conforma nuestro pasaje al motivo del secreto mesiánico del evangelio y el siguiente caso de tal prohibición, apenas veinte versículos después, alude a la resurrección de Jesús como el punto en el que el secreto cederá paso a la luz pública (9,9). La «perversa edad presente» solo tiene una visión turbia e imperfecta, pero la edad futura, el siglo de la resurrección, será una época de nitidez y perspicacia. Jesús prohíbe la publicidad sobre su identidad y sus curaciones porque estas cosas solo pueden ser realmente entendidas a la luz de su resurrección, que es también la luz que elimina la ceguera humana.

Antes de que pueda acontecer tal revelación, hay que presentar otros asuntos a la atención de los lectores de Marcos. Hay que refrescarles la memoria sobre quién es Jesús y qué implica su identidad respecto al destino de sus discípulos y del mundo en general, tanto en esta edad como en la futura. A estos asuntos cruciales se orientan los pasajes siguientes del evangelio.