I Vísperas – Domingo II de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Luz que te entregas!
¡Luz que te niegas!
A tu busca va el pueblo de noche:
alumbra su senda.

Dios de la luz, presencia ardiente
sin meridiano ni frontera:
vuelves la noche mediodía,
ciegas al sol con tu derecha.

Como columna de la aurora,
iba en la noche tu grandeza;
te vio el desierto, y destellaron
luz de tu gloria las arenas.

Cerró la noche sobre Egipto
como cilicio de tinieblas,
para tu pueblo amanecías
bajo los techos de las tiendas.

Eres la luz, pero en tu rayo
lanzas el día o la tiniebla;
ciegas los ojos del soberbio,
curas al pobre su ceguera.

Cristo Jesús, tú que trajiste
fuego a la entraña de la tierra,
guarda encendida nuestra lámpara
hasta la aurora de tu vuelta. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: Col 1, 2b-6b

Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre. En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos. Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos, que ya conocisteis cuando llegó hasta vosotros por primera vez el Evangelio, la palabra, el mensaje de la verdad. Éste se sigue propagando y va dando fruto en el mundo entero, como ha ocurrido entre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Había una boda en Caná de Galilea, y Jesús estába allí, junto con María, su madre.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Había una boda en Caná de Galilea, y Jesús estába allí, junto con María, su madre.

PRECES
Demos gracias al Señor, que ayuda y protege al pueblo que se ha escogido como heredad, y, recordando su amor para con nosotros, supliquémosle, diciendo:

Escúchanos, Señor, que confiamos en ti.

  • Padre lleno de amor, te pedimos por el Papa, y por nuestro obispo:
    — protégelos con tu fuerza y santifícalos con tu gracia.
  • Que los enfermos vean en sus dolores una participación de la pasión de tu Hijo,
    — para que así tengan también parte en su consuelo.
  • Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
    — y haz que encuentren pronto el hogar que desean.
  • Dígnate dar y conservar los frutos de la tierra,
    — para que a nadie falte el pan de cada día

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Ten, Señor, piedad de los difuntos
    — y ábreles la puerta de tu mansión eterna.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, esuccha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 19 de enero

Lectio: Sábado, 19 Enero, 2019

Tiempo ordinario

1) Oración inicial

Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor. Amen.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 2,13-17
Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?» Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

3) Reflexión

• En el evangelio de ayer, vimos el primer conflicto que surgió entorno al perdón de los pecados (Mc 2,1-12). En el evangelio de hoy meditamos sobre el segundo conflicto que surgió cuando Jesús se sentó a la mesa con los pecadores (Mc 2,13-17). En los años 70, época en que Marcos escribe, había en las comunidades un conflicto entre cristianos venidos del paganismo y los cristianos venidos del judaísmo. Los que venían del judaísmo tenían dificultad en entrar en la casa de los paganos convertidos y sentarse con ellos en la misma mesa (cf. He 10,28; 11,3). Al describir como Jesús se enfrenta con este conflicto, Marcos orientaba las comunidades en la solución del problema.
Jesús enseñaba, y a la gente le gustaba escucharle. Jesús vuelve a irse a orillas del mar. Llega la gente y él empieza a enseñar. Transmite la Palabra de Dios. En el evangelio de Marcos, el inicio de la actividad de Jesús está marcado por su enseñanza y por la aceptación de parte del pueblo (Mc 1,14.21.38-39; 2,2.13), a pesar de los conflictos con las autoridades religiosas. ¿Qué es lo que Jesús enseñaba? Jesús anunciaba la Buena Nueva de Dios (Mc 1,14). Hablaba de Dios, pero hablaba de él de forma nueva, diferente. Hablaba a partir de la experiencia que él mismo tenía de Dios y de la vida. Jesús vivía en Dios. Debe haber tocado el corazón de la gente a quienes les gustaba oírle (Mc 1,22.27). Dios, en vez de ser un Juez severo que de lejos amenazaba con castigo e infierno, volvía a ser, de nuevo, una presencia amiga, una Buena Nueva para el pueblo.
Jesús llama a un pecador a ser discípulo y le invita a comer a su casa. Jesús llama a Leví un publicano, y éste, inmediatamente, lo deja todo para seguir a Jesús. Empieza a formar parte del grupo de los discípulos. En seguida, el texto dice literalmente: Estando sentado a la mesa en su casa. Algunos piensan que su casa, se refiere a la casa de Leví. MPero la traducción más probable es que se trata de la casa de Jesús. Es Jesús que invita a todo el mundo a que coma en su casa: pecadores y publicanos, junto con los discípulos.
Jesús no vino para los justos, sino para los pecadores. Este gesto de Jesús provocó la rabia de las autoridades religiosas. Estaba prohibido sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, ¡ya que sentarse a la mesa con alguien era lo mismo que tratarlo como hermano! En vez de hablar directamente con Jesús, los escribas de los fariseos hablaban con los discípulos: ¿Qué es eso? ¿Come con publicanos y pecadores? Jesús responde: No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores! Como anteriormente con los discípulos (Mc 1,38), también ahora es la conciencia de su misión lo que ayuda a Jesús a que encuentre una respuesta y a indicar el rumbo para el anuncio de la Buena Nueva de Dios.

4) Para la reflexión personal

• Jesús llama a un pecador, a un publicano, persona odiada por el pueblo, para que sea su discípulo. ¿Qué mensaje existe en este gesto de Jesús para nosotros de la Iglesia católica?
• Jesús dice que vino a llamar a los pecadores. Existen leyes y costumbres en nuestra iglesia que impiden a los pecadores el acceso a Jesús. ¿Qué podemos hacer para cambiar estas leyes y costumbres?

5) Oración final

Guarda a tu siervo también del orgullo,
no sea que me domine;
entonces seré irreprochable,
libre de delito grave. (Sal 19,14)

Domingo II de Tiempo Ordinario

Este relato da que pensar. Porque viene a decir que el primero de los «signos», los hechos y «gestos simbólicos», que nos dan a conocer a Dios presente en Jesús y el proyecto de Jesús, es una boda, una fiesta de amor y alegría. O sea, el Dios de Jesús se revela, ante todo en el cariño humano y en la alegría que festeja ese cariño. La religión, la espiritualidad y la ascética nos han desviado la atención de lo primero y lo más importante que aquí nos enseña el IV evangelio. Y lo que nos enseña Jesús, con tales símbolos humanos, es la verdad asombrosa de lo que, en teología, se ha denominado el «existencial sobrenatural». No hay oposición ni incompatibilidad entre lo natural y lo sobrenatural. La presencia de lo trascendente se vive en todo lo verdaderamente humano.

Lo que hizo Jesús en la boda se comprende desde el momento en que tomamos en cuenta que, en una modesta casa de una pequeña aldea de Galilea (Caná) tenían seis tinajas de piedra con seiscientos litros de agua, para las purificaciones rituales de los judíos. Demasiada piedra y demasiada agua exigía la pureza religiosa-ritual de la religión. Es evidente que, en aquella casa, sobraba pureza ritual y faltaba vino para celebrar una fiesta de amor y felicidad. Y eso es lo que vio María y lo que vio Jesús, que no lo soportó. Por eso lo resolvió. Convirtió la «pureza religiosa» en el mejor «vino de fiesta». Y el relato termina diciendo que así fue cómo aumentó la fe de sus seguidores (Jn 2, 11).

Con frecuencia ocurre que la religión hace de los fieles practicantes personas muy piadosas, observantes, fervorosas… Pero sin saber por qué, el hecho es que la religión deshumaniza a algunas gentes. Hasta el extremo de hacer la convivencia complicada, difícil, desagradable. Cuando la religión produce tales efectos y se traduce en semejantes consecuencias, esa religión no lleva a Dios. Es un autoengaño. Porque eso es incompatible con la fe que enseñó Jesús y que vemos reflejada en el Evangelio.

José María Castillo

Comentario del 19 de enero

De nuevo vemos a Jesús, esta vez a la orilla del lago, rodeado de gente y enseñando. La enseñanza sobre el Reino de los cielos ocupó gran parte de su tiempo. Y elemento nuclear de esta enseñanza era la oferta de perdón para todos los pecadores. Lo dicho por Jesús al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados, valía para todos los que se acercaban a él porque antes él se había acercado a ellos. San Marcos narra la vocación del recaudador de impuestos Leví, el de Alfeo, como una llamada de efecto fulminante: Pasando Jesús junto al mostrador de los impuestos, vio a Leví y le dijo: Sígueme. Éste se levantó y lo siguió. Hemos de suponer contactos previos que permitan entender la celeridad en la respuesta. Uno no sigue a un desconocido por el simple hecho de que le diga «sígueme». Si Leví respondió a esa solicitud con semejante prontitud fue porque conocía a Jesús y le inspiraba confianza. Sólo la fe en la persona en cuestión permite una respuesta con tal desarraigo y decisión. Seguir al Maestro significaba «levantarse», esto es, dejar el oficio desempeñado hasta el momento y dar un nuevo rumbo a la propia vida.

Esto no impide que haya espacio para las despedidas. De hecho, parece que el publicano, llamado a la compañía de Jesús, organizó en su casa una comida de despedida. El evangelista cuenta que estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que los seguían, un grupo de recaudadores y otra gente de mala fama se sentaron con Jesús y sus discípulos. Esto llamó la atención de algunos letrados fariseos que dijeron a los discípulos: ¡De modo que come con recaudadores y pecadores! Evidentemente censuraban este comportamiento del Maestro de Galilea. Mezclarse con publicanos y pecadores era muy sospechoso. Compartir mesa con ellos era escandaloso: una prueba manifiesta de impureza legal. Su maestro se estaba contaminando del pecado de aquellos con quienes compartía la mesa; pero, para Jesús, esto no era sino un anticipo de la comunión que habría de ser plena realidad en el banquete del Reino de los cielos. Estos pecadores con los que ahora compartía mesa no tenían vedado el acceso a ese Reino del que era proclamador y portador. Porque él venía a ellos como un médico capaz de curar su pecado, capaz de devolverles la salud y hacerles idóneos para el Reino.

Jesús se siente médico; por eso, no se encuentra incómodo entre enfermos. Y los pecadores son sus principales enfermos, dado que el pecado es la más grave enfermedad que puede apoderarse del hombre. No necesitan médico los sanos, sino los enfermos –les dice-. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. La correlación entre enfermos y pecadores es diáfana. Ello nos indica que, a juicio de Jesús, el pecado era comparable a una enfermedad; y su labor en relación con él equiparable a la de un médico. Nada tiene de extraño ver a un médico entre enfermos; extraño sería más bien no verle nunca con enfermos. Por eso Jesús, que tiene clara conciencia de haber venido al mundo para salvarlo, responde a la crítica de los fariseos, asociando su labor a la de un médico. Porque salvar es curar. De hecho también actuó como sanador de enfermedades corporales y psíquicas.

Pero tales actuaciones no eran sino signos anticipadores o señalizadores de su actividad salvífica. Su medicina perseguía no una simple curación parcial, provisional, que finalmente se vería doblegada por la muerte, sino la salvación definitiva del pecado y de la muerte. Y la salvación del pecado es más que un mero acto de perdón; es la erradicación de sus mismas raíces: esas células cancerígenas que siempre parecen dispuestas a reproducirse a pesar de haberles aplicado la radioterapia y la quimioterapia pertinentes. Porque el pecado es semejante a un cáncer con raíces tan profundas que parece imposible su total extirpación, seguramente porque tales raíces son en último término genéticas. Pues bien, a Dios, para quien nada es imposible, le debemos suponer la capacidad de extirpar tales raíces, aunque para ello tenga que emplear, adecuándose al carácter progresivo del ser humano, el tiempo de toda una vida. La penitencia aplicada sería similar a un tratamiento de quimioterapia; pero su gracia sanante llega más lejos y más hondo que la «quimio».

Jesús no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, es decir, a todos, puesto que todos somos pecadores. Sólo que a algunos se les conoce o se les señala más como pecadores que a otros; pero puede que los que se creen justos, sean más pecadores que los que no tienen esta conciencia. Jesús, estando con los pecadores señalados como tales, delata su condición de médico-salvador y pone al descubierto aquello y aquellos para los que ha venido. No nos ocultemos, engañándonos a nosotros mismos, nuestro estado de pecadores, para no quedarnos al margen de su acción medicinal y poder obtener finalmente la salud, es decir, la salvación a la que aspiramos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Episcopalis Communio – Francisco I

Art. 15

Discusión del tema de la Asamblea del Sínodo

§ 1. En las Congregaciones Generales los Miembros realizan sus intervenciones según la norma del derecho peculiar.

§ 2. Periódicamente tiene lugar también un libre intercambio de opiniones entre los Miembros sobre los argumentos en discusión.

§ 3. También los Auditores, los Delegados Fraternos y los Invitados Especiales pueden ser invitados a tomar la palabra sobre el tema de la Asamblea del Sínodo.

Domingo II de Tiempo Ordinario

Palabra

La boda, la transformación del agua en vino, la fiesta del amor, es el primer signo de la presencia del Mesías. Lo más humano y lo más divino caminan al unísono. Dios es Amor, y el amor lo revela. Pero para percibirlo hace falta algo más que la posesión y el deseo; hace falta la fe de María, que penetra el significado profundo de esa boda (Evangelio).

Con Jesús ha llegado el tiempo del amor definitivo entre Dios y el hombre. Todo parece tan sencillo y normal y, sin embargo, ahí está toda la pasión arrebatadora de Dios por el hombre (primera lectura). ¿Cómo será Dios por dentro que ha sido expresado en la lírica más ardiente?

Vida

La Eucaristía representa, actualiza y celebra las bodas eternas. A veces nos resistimos a palabras tan afectivas- ¿No será que el amor de Dios no ha llegado a ser para nosotros presencia encarnada, pasión desbordante? Es Jesús, realmente, el esposo deseado, y el vino nuevo, reservado para el final. Pero sólo la fe podrá celebrar esta fiesta, pues la Eucaristía se parece tanto a un rito social y rutinario…

Para que la Eucaristía sea la fiesta del amor, hace falta que la vida entera comience a serlo.

— Cuando la tentación es cerrarse sobre uno mismo, desencantado de los demás, seguir abierto, confiando.

Las pequeñas alegrías de la relación humana, en esa mezcla de armonía y conflicto, donde la vida crece.

— Ante la necesidad ajena, la decisión de compartir.

— Los momentos especiales, aunque sean pocos, en que la amistad, o el amor de pareja, o la entrega al prójimo, nos hacen tocar el misterio del amor más grande: la incondicionalidad, el perdón, la fidelidad…

— Saber que lo que vive la gente que no aparece en los periódicos es duro; pero que ahí sigue dándose el milagro de la vida, el cuidado de las cosas y personas.

Javier Garrido

Domingo II de Tiempo Ordinario

El domingo pasado centrábamos nuestra reflexión sobre la exhortación del Padre a que escuchemos a Jesús. Tenemos que escuchar a Jesús, pero ¿Dónde habla? ¿Dónde dice cosas?

Dios nos habla con diversos lenguajes según las circunstancias. Uno de esos lenguajes, sin duda el principal, es Jesús de Nazaret, considerado como la palabra de Dios hecha carne y reconocido solemnemente por el Padre como su hijo a quien debemos escuchar, según recordábamos el domingo pasado en el episodio de su Bautismo en el Jordán.

La lectura repetida, sosegada, meditada, en silencio, de las enseñanzas de Jesús, tanto cuando nos enseña sus pensamientos como cuando nos muestra sus comportamientos, son el lugar idóneo por excelencia para saber qué es lo que Dios nos dice y nos pide a cada uno en los diferentes momentos y situaciones en las que nos encontramos.

“Los Evangelios”, el Nuevo Testamento, es un libro que todos deberíamos tener en nuestra biblioteca como uno de los más utilizados por nosotros. Es ahí donde se nos muestra la grandeza del pensamiento de Jesús y se nos convoca a seguirle. Es ahí donde vemos ejemplos maravillosos de amor, de entrega, de fidelidad, de justicia, de misericordia, de prudencia, etc. etc. que nos invitan a alzarnos sobre las miserias del mundo para soñar en otro donde todo eso sea realidad.

Es ahí donde vemos ejemplos de generosidad, de entrega, de perdones, de fidelidades que nos animan a imitarlas.

Es ahí donde se habla de esperanzas eternas compensadoras de los esfuerzos y tenacidades gastadas en conseguirlas.

Es ahí donde vislumbramos el verdadero sentido de nuestra existencia terrenal efímera, pero abierta a la transcendencia eterna, en el misterio de Dios, Padre y creador de todo.

Es ahí donde cogemos aliento y fuerzas para no sucumbir en la batalla.

Los Evangelios son el pan que nos alimenta y nos mantiene vivos espiritualmente en el diario vivir.

Es en ellos donde especialmente podemos escuchar lo que Jesús quiere decirnos a cada uno de nosotros en cada una de nuestras situaciones personales.

Pero no solamente ahí podemos escuchar lo que Dios quiere decirnos y pedirnos. El acontecimiento de las bodas de Caná, 1ª Lectura ( Jn. 2, 1-11) nos remite a otro gran vocero de Dios: los signos de los tiempos.

La necesidad de vino en una boda solicitó la intervención de Jesús. De no haber sido así, no hubiera comenzado su vida pública entonces. Fue una necesidad la que provocó la acción de Jesús. Igualmente, a nosotros se nos debe despertar el espíritu cristiano ante las situaciones concretas en las que se nos manifieste el mundo.

Dios nos solicita a través de los acontecimientos. El mundo en sus múltiples deficiencias como el hambre, la injusticia, la violencia, la ignorancia, la guerra, clama por gente que quiera comprometerse en la tarea de resolverlas. Ahí está Dios, diciéndonos lo que espera de nosotros en esa situación concreta; pidiéndonos nuestra colaboración para erradicarlas.

Los cristianos hemos de estar atentos a estas solicitaciones entendiéndolas como llamadas del mismo Dios a nuestra cooperación.

Nadie podemos sentirnos excluidos de escuchar y poner en práctica el mensaje evangélico en razón a nuestra pequeñez. En la gran empresa de Dios hay trabajo para todos según su situación. Son diversas funciones pero el mismo Señor quien las reparte, nos decía San Pablo en la segunda lectura, (1ªCor. 12, 4-11)

Cada uno de nosotros podemos hacer una pequeña aportación, es verdad, muy pequeña en muchos casos, pero millones de pequeñas aportaciones resultan una aportación substancial.

Escuchando las diversas llamadas de Dios, sea a través de Jesús o de las penurias del mundo, mereceremos el elogio que escuchábamos al profeta Isaías en la primera lectura ( 62, 1-5) “Serás una corona preciosa en manos del Señor, una diadema real en la palma de tu Dios. Como un joven se casa con su novia, así tu constructor se casará contigo; y como el esposo se recrea en la esposa, así tu Dios se recreará en ti. AMÉN

Pedro Sáez

Los signos de Jesús

1. El evangelista Juan elige el popular episodio humano de una boda para describir el primer signo de Jesús. Precisamente, la mejor imagen del reino de Dios es la del banquete de bodas, donde la comida es exquisita, abundante y gratuita. La boda de Caná es signo de las bodas de sangre de Cristo, el verdadero Esposo. Es decir, Jesucristo, que posee la plenitud del espíritu amoroso de Dios, es el Esposo de todo amor.

Siempre está con el pueblo, con su madre, con sus amigos, con sus parientes, con sus discípulos…

Es el invitado principal, aunque no lo reconozcamos. Dicho de otro modo: Dios se revela en Cristo desde la vida misma, a través de los acontecimientos humanos, especialmente cuando el amor está de por medio. Hay que estar con amor en las bodas de la vida.

2. Cuando menos lo esperamos, hacen su aparición el fracaso, la escasez, la negación. La penuria de vino es síntoma de fragilidad y menesterosidad, pero también ocasión de ayuda mutua en la necesidad, de solidaridad en la desgracia.

La apelación esperanzada a Dios, a Jesucristo, es una muestra de fe. María, la creyente, pone en práctica la palabra de Dios y nos invita a hacer lo mismo. Las acciones humanas, necesarias para que en la vida haya amor, son fecundas cuando la palabra de Cristo les da sentido. Frente a una vida seca y triste, el evangelio nos convoca a una vida nueva con el vino alegre y comunitario de la fe. Se trata de hacer todos juntos lo que quiere el Señor.

3. A toda persona le llega su hora, sus instantes decisivos. También a Cristo le llega su hora, que es la de la entrega sin condiciones: hora de sufrimiento y de gloria, hora de efusión del Espíritu. La vida humana se ilumina cristianamente desde la hora del Señor. Nuestras horas son anticipaciones y preparaciones de la hora de los pueblos, de la hora del reino de Dios. La hora definitiva es paso a un mundo transfigurado, inauguración de tiempos nuevos, llegada de los bienes mesiánicos. Es banquete de bodas comunitario de todos los pueblos con el Señor.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Nos damos cuenta de la penuria en que vive nuestro pueblo?

¿Somos sensibles a la palabra del Señor?

Casiano Floristán

El Dios de la fiesta

Entre la epifanía, que quiere decir manifestación, y la cuaresma seguimos el misterio de la revelación del Señor a su pueblo. El contexto de los textos de hoy es altamente simbólico: en medio de la boda y de la fiesta se nos aparece un Dios nuevo.

Un nombre nuevo

En la situación del post-exilio y frente a la sensación de cansancio, abandono o desesperación del pueblo, el profeta siente el apremio y la impaciencia de hablar de lo «nuevo» que el Señor tiene preparado para su pueblo: un nombre nuevo (cf. Is 62, 2), una nueva alianza.

El simbolismo matrimonial, frecuente en la Biblia, es retomado aquí por Isaías para hablar de la ternura, la intimidad y el afecto de la nueva relación de Dios con su pueblo. No es un Dios severo y déspota, sino el esposo y amigo, capaz de amar con ternura y pasión, de encontrar alegría en el amor a su pueblo.

Retomando el tema, el evangelio de Juan no sólo presenta el primer milagro de Jesús, sino la primera de sus «señales»; tema central de este evangelista. Es un hecho lleno de sentido. «Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda» (Jn 2, 3). O, tal vez, sea él quien invita, nos invita a que lo conozcamos.

El Dios de Jesús no se nos revela en medio de un templo o en lo alto de un monte, rodeado de imponente majestad, sino en la boda y acompañado de amigos. El prepara para su pueblo una fiesta, una alianza nueva. Lo que ahora se presenta bajo un símbolo, será realidad plena cuando llegue la hora (cf. v. 4). Se trata de la nueva relación de Dios con su pueblo, tan contrapuesta a la anterior como el agua al vino.

El vino bueno

Juan nos dice que Jesús mandó llenar de agua seis tinajas de piedra destinadas a las «purificaciones de los judíos» (v. 6). El agua y las purificaciones aluden a ciertas costumbres religiosas en tiempo de Jesús. En adelante, no se tratará ya de una religión basada en la ley y en las constantes abluciones (signo de su inutilidad), ni en la observancia de preceptos observados bajo el temor del castigo y la culpa.

Esto es precisamente lo que Juan nos dice: la presencia de Jesús es la epifanía de este Dios nuevo y diferente. No del miedo y del castigo, lejano de los hombres y gozando con sus sacrificios, sino el Dios cercano, en medio de la fiesta, compartiendo sus alegrías y sus preocupaciones.

En la boda en la que «faltó el vino», se ofrece «el vino bueno», la mejor revelación del rostro de Dios. Su religión será la de la alegría y de la fiesta compartida porque se participa del gozo de Dios. «La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo» (Is 62, 5).

Por el Espíritu hemos entrado en la familia de Dios al hacernos hijos. El construye la Iglesia en la unidad y en la diversidad porque «en cada uno se manifiesta para el bien común» (1 Cor 12, 7). Una comunidad que, como el Dios de su fe, no descansará «hasta que rompa la aurora de su justicia» (Is 62, 1).

Gustavo Gutiérrez

Comentario al evangelio – 19 de enero

Hace unos días veíamos como Jesús llamaba a su seguimiento a dos parejas de hermanos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. No nos detuvimos en los detalles. Hoy encontramos un nuevo relato de llamada: la de un despreciable publicano. Leví tenía todas las contraindicaciones para formar parte del séquito de un profeta; era traidor a su pueblo y colaboracionista con el poder romano opresor; e incurría constantemente en impureza, al tratar con los funcionarios paganos para entregarles lo recaudado. Probablemente era también ladrón, cobrando más de lo debido a gente analfabeta e indefensa.

Pero en la llamada a ser seguidor de Jesús no cuentan méritos humanos, pues la iniciativa es solo de él. Podemos darnos cuenta de que Jesús es el sujeto de los tres primeros verbos: pasaba por el muelle, vio a Leví, le llamó. Leví no le esperaba, ni consta que desease cambiar de oficio; en esta primera parte de la escena es personaje pasivo, mero receptor de un don.

Históricamente hablando cabe suponer que el episodio fue más complicado; nadie se marcha, sin más ni más, con un desconocido; nadie aventura su futuro dejando el empleo sin garantizarse otra forma de economía para sí y para su familia… Pero los evangelistas han reducido la narración a mínimos: el creyente debe saber que, si Jesús llama, no se le ponen objeciones, no se le piden razones ni se hacen cálculos. ¡Es el Señor!

Con esta nueva incorporación, el grupo que rodea a Jesús comienza a ser cuestionable. Seguramente más de un observador se hizo las consideraciones más tarde encontraremos en un tal Simón, cuando, en su casa, Jesús se deje agasajar por una prostituta: “Si este fuese profeta, sabría…” (Lc 7,39). El mismo Jesús queda cuestionado. Y el motivo del cuestionamiento se acentuará con la segunda escena de hoy: la comida de publicanos y otros pecadores con Jesús. Nuestros traductores han dulcificado algo el episodio, indicando por su cuenta que es Leví quien prepara el banquete. Pero el texto original no dice “en casa de Leví”, sino “en casa de él”, es decir (con gran probabilidad), de Jesús. Al parecer es Jesús mismo quien, en su casa (pudiera ser la de Pedro), prepara una comida a la que convida a toda esa “chusma”.

Los restaurantes modernos nos han enseñado a comer junto a desconocidos. Pero en la cultura y época de Jesús eso era inconcebible. Compartir mesa o comedor era compartir la vida. Y, en una sociedad tan religiosa y puritana, ¿quién se atrevería a comer, en un lugar visible, con gente “indeseable”? Jesús rompe todos los moldes.

Algunas personas con prestigio religioso, escribas de tendencia farisea, piden explicaciones de conducta tan escandalosa. Y Jesús la da con gran simplicidad. Él es el médico de los enfermos; pero es sobre todo la encarnación de la bondad del Padre que recibir a sus hijos pródigos y celebra con ellos un banquete: comparte con ellos lo que es y lo que tiene. Nada tan poco cristiano como el puritanismo de quien “nunca se mancha”.

Severiano Blanco cmf