Domingo II de Tiempo Ordinario

Palabra

La boda, la transformación del agua en vino, la fiesta del amor, es el primer signo de la presencia del Mesías. Lo más humano y lo más divino caminan al unísono. Dios es Amor, y el amor lo revela. Pero para percibirlo hace falta algo más que la posesión y el deseo; hace falta la fe de María, que penetra el significado profundo de esa boda (Evangelio).

Con Jesús ha llegado el tiempo del amor definitivo entre Dios y el hombre. Todo parece tan sencillo y normal y, sin embargo, ahí está toda la pasión arrebatadora de Dios por el hombre (primera lectura). ¿Cómo será Dios por dentro que ha sido expresado en la lírica más ardiente?

Vida

La Eucaristía representa, actualiza y celebra las bodas eternas. A veces nos resistimos a palabras tan afectivas- ¿No será que el amor de Dios no ha llegado a ser para nosotros presencia encarnada, pasión desbordante? Es Jesús, realmente, el esposo deseado, y el vino nuevo, reservado para el final. Pero sólo la fe podrá celebrar esta fiesta, pues la Eucaristía se parece tanto a un rito social y rutinario…

Para que la Eucaristía sea la fiesta del amor, hace falta que la vida entera comience a serlo.

— Cuando la tentación es cerrarse sobre uno mismo, desencantado de los demás, seguir abierto, confiando.

Las pequeñas alegrías de la relación humana, en esa mezcla de armonía y conflicto, donde la vida crece.

— Ante la necesidad ajena, la decisión de compartir.

— Los momentos especiales, aunque sean pocos, en que la amistad, o el amor de pareja, o la entrega al prójimo, nos hacen tocar el misterio del amor más grande: la incondicionalidad, el perdón, la fidelidad…

— Saber que lo que vive la gente que no aparece en los periódicos es duro; pero que ahí sigue dándose el milagro de la vida, el cuidado de las cosas y personas.

Javier Garrido