El Dios de la fiesta

Entre la epifanía, que quiere decir manifestación, y la cuaresma seguimos el misterio de la revelación del Señor a su pueblo. El contexto de los textos de hoy es altamente simbólico: en medio de la boda y de la fiesta se nos aparece un Dios nuevo.

Un nombre nuevo

En la situación del post-exilio y frente a la sensación de cansancio, abandono o desesperación del pueblo, el profeta siente el apremio y la impaciencia de hablar de lo «nuevo» que el Señor tiene preparado para su pueblo: un nombre nuevo (cf. Is 62, 2), una nueva alianza.

El simbolismo matrimonial, frecuente en la Biblia, es retomado aquí por Isaías para hablar de la ternura, la intimidad y el afecto de la nueva relación de Dios con su pueblo. No es un Dios severo y déspota, sino el esposo y amigo, capaz de amar con ternura y pasión, de encontrar alegría en el amor a su pueblo.

Retomando el tema, el evangelio de Juan no sólo presenta el primer milagro de Jesús, sino la primera de sus «señales»; tema central de este evangelista. Es un hecho lleno de sentido. «Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda» (Jn 2, 3). O, tal vez, sea él quien invita, nos invita a que lo conozcamos.

El Dios de Jesús no se nos revela en medio de un templo o en lo alto de un monte, rodeado de imponente majestad, sino en la boda y acompañado de amigos. El prepara para su pueblo una fiesta, una alianza nueva. Lo que ahora se presenta bajo un símbolo, será realidad plena cuando llegue la hora (cf. v. 4). Se trata de la nueva relación de Dios con su pueblo, tan contrapuesta a la anterior como el agua al vino.

El vino bueno

Juan nos dice que Jesús mandó llenar de agua seis tinajas de piedra destinadas a las «purificaciones de los judíos» (v. 6). El agua y las purificaciones aluden a ciertas costumbres religiosas en tiempo de Jesús. En adelante, no se tratará ya de una religión basada en la ley y en las constantes abluciones (signo de su inutilidad), ni en la observancia de preceptos observados bajo el temor del castigo y la culpa.

Esto es precisamente lo que Juan nos dice: la presencia de Jesús es la epifanía de este Dios nuevo y diferente. No del miedo y del castigo, lejano de los hombres y gozando con sus sacrificios, sino el Dios cercano, en medio de la fiesta, compartiendo sus alegrías y sus preocupaciones.

En la boda en la que «faltó el vino», se ofrece «el vino bueno», la mejor revelación del rostro de Dios. Su religión será la de la alegría y de la fiesta compartida porque se participa del gozo de Dios. «La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo» (Is 62, 5).

Por el Espíritu hemos entrado en la familia de Dios al hacernos hijos. El construye la Iglesia en la unidad y en la diversidad porque «en cada uno se manifiesta para el bien común» (1 Cor 12, 7). Una comunidad que, como el Dios de su fe, no descansará «hasta que rompa la aurora de su justicia» (Is 62, 1).

Gustavo Gutiérrez