Domingo II de Tiempo Ordinario

Queridos amigos:

Nada de cronista o de periodista tiene el Evangelista Juan. Tiene todo de un teólogo. De ahí que por lo que se refiere a un texto como el de hoy (las bodas de Caná), no hayamos de contentarnos con ver la descripción de un milagro simpático, por el que procura Jesús a los invitados el vino necesario para continuar la fiesta, sino que es más bien necesario descubrir el mensaje teológico que nos quiere transmitir el Evangelista. Como de ordinario nos encontramos con la clave de esta narración, precisamente fin de la misma: Fue, nos dice Juan, el primero de los signos realizados por Jesús, y este signo – que es algo muy diferente de un ‘milagro’ – nos da la clave para la interpretación de todo el resto del Evangelio.

El elemento central de la narración lo constituyen las siete tinajas de piedra. Es ya un tanto extraño el encontrar en una casa privada en que se celebra la boda seis de esas tinajas. Son de piedra, lo mismo que las Tablas sobre las cuales había sido entregada a Moisés la antigua Ley . Ahora bien, el hecho más importante lo constituye el que se hallen vacías. Tinajas vacías, que son signo de la Antigua Alianza en la cual vivía el hombre sometido al miedo, obsesionado por la tensión entre lo puro y lo impuro, lo permitido y lo prohibido, y tratando de liberarse de ese sentimiento suyo de impureza echando mano de abluciones rituales.

Es esta religión de lo puro y lo impuro, de abluciones y sacrificios la que viene a sustituir Jesús por una religión de amor, que queda simbolizada por el vino nuevo del Espíritu. En punto a esta antigua Ley, nos dirá un día Jesús que no ha venido a abolirla sino a a llevarla a su plenitud. El número de tinajas (hay seis de ellas) significa precisamente la falta de plenitud, siete simboliza de hecho el número perfecto. Jesús viene a llevar a su perfección la antigua economía haciendo que llenen de agua esas tinajas. Las llenan no de vino sino de agua. Y el agua queda convertida en vino no en las tiajas, sino cuando se la sirve.

Al comienzo de su Evangelio, ya a partir del Bautismo de Jesús en el Jordán, cuenta Juan con toda precisión los días. En este momento nos hallamos en el sexto, el que corresponde al día sexto del Génesis, día en que creó Dios al hombre. Jesús viene, pues, a crear una nueva humanidad. A lo largo de su Evangelio nos muestra a Jesús como el nuevo Adán (y a María como la nueva Eva), y el Reino que viene a establecer como una nueva creación.

Jesús y María no se hallan en esta boda por idénticos motivos. Juan pesa sus palabras:

“Se celebraba una boda en Caná y estaba allí María…Fue también invitado Jesús…”

María se encuentra allí porque pertenece aún a la Antigua Alianza. Cuando indica a Jesús que falta el vino, le hace ver Jesús que este vino que se ha acabado pertenece ya al pasado.

“¿Qué tengo yo contigo, mujer?”

No obstante, la Nueva Alianza, la nueva creación que nos trae no se halla presente en esta ocasión más que de manera simbólica, ya que no ha llegado aún su hora (la hora de la Pasión).

Al paso que Eva, la madre de los vivientes, había ofrecido la manzana al primer Adán, María no hace más que indicar a Jesús que se ha acabado el vino. Y Jesús, al invitarla a romper con ese pasado, hace de ella la madre de la Nueva Alianza, la madre de la Iglesia, y ya desde ese momento ejerce su papel diciendo a los sirvientes:
“Haced lo que os diga”

No ha llegado aún la hora de Jesús. Antes de que llegue esa hora vivirá Jesús las tensiones creadas por quienes se hallan enganchados a la Antigua Alianza, simbolizados en este lugar por el maestresala que interpela al novio y le echa en cara el no haberse sujetado a las reglas de costumbre y no haber servido en un primer término el mejor vino. De igual manera, los escribas y los doctores de la Antigua Ley echarán en cara de continuo a Jesús el no someterse a la tradiciones y costumbres.

Este Evangelio no invita a dejarnos instruir, a dejarnos modelar por los signos operados por Jesús y a vivir nuestra experiencia de Dios no tanto en una pureza rebuscada a través de observancias y ritos cuanto en el vino nuevo del Espíritu. No pertenecemos ya a la Antigua Alianza. Nada en común tenemos con el maestresala de la boda y con sus costumbres pasadas ya y superadas. Escuchemos más bien a María que nos dice:

“Haced lo que os diga”

Es entonces cuando seremos convidados a las nupcias del Cordero que nos va a describir Juan en el Apocalipsis y que se hallaban ya anunciadas en el texto de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura:
“Como la joven esposa es el gozo de su esposo, así serás tú también el gozo de tu Dios”

A. Veilleux