Vísperas – Santa Inés

VÍSPERAS

SANTA INÉS, virgen y mártir

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Espíritus sublimes, ¡oh mártires gloriosos!,
felices moradores de la inmortal Sión,
rogad por los que luchan en las batallas recias,
que alcancen la victoria y eterno galardón.

¡Oh mártires gloriosos de rojas vestiduras,
que brillan con eternos fulgores ante Dios!
Con vuestro riego crezca de Cristo la semilla,
y el campo de las mieses se cubra ya en sazón. Amén.

SALMO 114: ACCIÓN DE GRACIAS

Ant. Esta virgen cristiana no temió las amenazas ni se dejó seducir con halagos.

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Diso es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando y sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Esta virgen cristiana no temió las amenazas ni se dejó seducir con halagos.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. A él solo guardo fidelidad; a él solo me entrego con todo mi ser.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagarél al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. A él solo guardo fidelidad; a él solo me entrego con todo mi ser.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Te bendigo, Padre de mi Señor Jesucristo, porque has dado a tu sierva la victoria por medio de tu Hijo.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te bendigo, Padre de mi Señor Jesucristo, porque has dado a tu sierva la victoria por medio de tu Hijo.

LECTURA: 1P 4, 13-14

Queridos hermanos, estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ Dios la eligió y la predestinó.
V/ Dios la eligió y la predestinó.

R/ La hizo morar en su templo santo.
V/ Y la predestinó.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Dios la eligió y la predestinó.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Santa Inés, con las manos extendidas, oraba: «Padre Santo, imploro tu ayuda; siempre te he amado, te he buscado, te he deseado, y ahora vengo a ti.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Santa Inés, con las manos extendidas, oraba: «Padre Santo, imploro tu ayuda; siempre te he amado, te he buscado, te he deseado, y ahora vengo a ti.»

PRECES

A la misma hora en que el Rey de los mártires ofreció su vida, en la última cena, y la entregó en la cruz, démosle gracias diciendo:

Te glorificamos, Señor

Porque nos amaste hasta el extremo, Salvador nuestro, principio y origen de todo martirio:
Te glorificamos, Señor

Porque no cesas de llamar a los pecadores arrepentidos para los premios de tu Reino:
Te glorificamos, Señor

Porque hoy hemos ofrecido la sangre de la alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados:
Te glorificamos, Señor

Porque, con tu gracia, nos has dado perseverancia en la fe durante el día que ahora termina;
Te glorificamos, Señor

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Porque has asociado a tu muerte a nuestros hermanos difuntos:
Te glorificamos, Señor

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que eliges a los débiles para confundir a los fuertes de este mundo, concédenos a cuantos celebramos el triunfo de tu mártir santa Inés imitar la firmeza de su fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 21 de enero

Lectio: Lunes, 21 Enero, 2019
Tiempo ordinario
1) Oración inicial
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor. Amen.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Marcos 2,18-22

Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen: «¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?» Jesús les dijo: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día. Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echarían a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo, en pellejos nuevos.»
3) Reflexión
• Los cinco conflictos entre Jesús y las autoridades religiosas. En Mc 2,1-12 vimos el primer conflicto. Era entorno al perdón de los pecados. En Mac 2,13-17, el segundo conflicto trataba de la comunión de mesa con los pecadores. El evangelio de hoy habla del tercer conflicto sobre el ayuno. Mañana tendremos el cuarto conflicto alrededor de la observancia del sábado (Mc 2,13-28). Pasado mañana el último de los cinco conflictos será alrededor de la curación en día de sábado (Mc 3,1-6). El conflicto sobre el ayuno ocupa el lugar central. Por esto, las palabras medio sueltas sobre la tela nueva y el vestido viejo y sobre el vino nuevo en odre nuevo (Mc 2,21-22) hay que entenderlas como una luz que arroja su claridad también sobre los otros cuatro conflictos, dos antes y dos después.

• Jesús no insiste en la práctica del ayuno. El ayuno es una costumbre muy antigua, practicada en casi todas las religiones. Jesús mismo la practicó durante cuarenta días (Mt 4,2). Pero él no insiste con los discípulos para que hagan lo mismo. Los deja libres. Por eso, los discípulos de Juan Bautista y de los fariseos, que estaban obligados a ayunar, quieren saber porqué Jesús no insiste en el ayuno.
• El novio, está con ellos, así que no precisan ayunar. Jesús responde con una comparación. Cuando el novio está con sus amigos, es decir, durante la fiesta de la boda, los amigos no precisan ayunar. Jesús se considera el novio. Los discípulos son amigos del novio. Durante el tiempo en que él, Jesús, estuvo con los discípulos, hay fiesta. Llegará el día en que el novio dejará de estar, y en ese momento, si ellos quieren, podrán ayunar. Jesús alude a su muerte. Sabe y siente que, si continúa por este camino de libertad, las autoridades religiosas van a querer matarlo.
• Remiendo nuevo sobre una tela vieja, vino nuevo en odre nuevo. Estas dos afirmaciones de Jesús, que Marcos coloca aquí, aclaran la actitud crítica de Jesús ante las autoridades religiosas. No se pone un remiendo nuevo sobre una tela vieja, porque a la hora de lavar la tela, el remiendo nuevo encoge, tira de la tela vieja y la estropea más aún. Nadie pone vino nuevo en un odre viejo, porque la fermentación del vino nuevo hace estallar el odre viejo. ¡Vino nuevo en odre nuevo! La religión defendida por las autoridades religiosas era como una ropa vieja, como un odre viejo. No se debe querer combinar lo nuevo que trae Jesús con costumbres antiguas. No se puede querer reducir la novedad de Jesús a la medida del judaísmo. ¡O el uno, o el otro! El vino nuevo que Jesús trae hace estallar el odre viejo. Hay que saber separar las cosas. Jesús no está contra lo que es “viejo”. Lo que quiere evitar es que lo viejo se imponga a lo nuevo y, así, le impediría manifestarse. Sería lo mismo que reducir el mensaje del Concilio Vaticano II al catecismo anterior al Concilio, como algunos están queriendo hacer.
4) Para la reflexión personal
• A partir de la experiencia profunda de Dios que lo animaba por dentro, Jesús tuvo mucha libertad en relación con las normas y prácticas religiosas. Y hoy ¿tenemos esa misma libertad o nos falta la libertad de los místicos?

• Remiendo nuevo sobre tela vieja, vino nuevo en odre viejo. ¿Hay esto en mi vida?
5) Oración final
Y nosotros hemos conocido

y hemos creído en el amor
que Dios nos tiene.(1Jn 4,16)

Sugerencias prácticas – Domingo III de Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de la semana anterior a este domingo procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente; una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un movimiento eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Tenemos necesidad de valorar mejor el lugar de la proclamación de la Palabra.

En este domingo de la proclamación de la Palabra procurad especialmente que el lugar de la Palabra tenga más visibilidad. Es el lugar de la primera mesa en la que Dios se da a su pueblo.

Realzad la elevación del Evangeliario al final de la proclamación del Evangelio, estando la asamblea “con los ojos fijos en Jesús”. Esta elevación está ligada a la elevación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo durante la doxología que concluye la Plegaria Eucarística.

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: “Dios y Padre nuestro, que velas de tu pueblo desde hace muchas generaciones, con el Escriba Esdras y con toda su comunidad nosotros también confesamos que la alegría del Señor es nuestra salvaguardia. Bendito seas por siempre. Te recomendamos a todos nuestros hermanos en la fe que trabajan para dar a conocer, comprender y amar la Palabra en las Sagradas Escrituras”

Al finalizar la segunda lectura: “Padre, te damos gracias por el cuerpo de Cristo, al cual nos incorporaste por el bautismo y la confirmación, para que fuéramos miembros vivos de él. Te pedimos por los apóstoles, los profetas, los catequistas y por todos los que tienen misiones en la Iglesia. Guárdanos a todos en la unidad”.

Al finalizar el Evangelio: “Cristo Jesús, nuestro maestro y nuestro hermano: bendito seas Tú, porque realizaste las palabra de los profetas. Reconocemos en ti la presencia del Espíritu en toda su plenitud. Tú eres para nosotros el libertador, la luz y el benefactor soberano. Te pedimos por tu Iglesia: que proclame la Buena Noticia, que anuncia la liberación del mal y revela la luz al mundo”.

4. Oración Eucarística.

La Plegaria Eucarística III, en su epíclesis, se sitúa en el tono de las lecturas. Se puede escoger también la Plegaria Eucarística I para la Reconciliación, pues hoy termina la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

5. Palabra para el camino.

Al finalizar la celebración, ¿“comemos” verdaderamente las palabras del salmista? Antes de volver a nuestras casas y tareas, escuchemos una vez más al salmista que canta al Dios que habla a su pueblo: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos”. La Palabra que recibimos es una palabra que alegra y que ilumina. Es una canción, una lámpara. Que ella nos acompañe en todo momento a lo largo de la semana…

Comentario del 21 de enero

Eran días de ayuno para todo judío respetuoso de sus tradiciones. Ayunaban los discípulos de Juan (el Bautista) y ayunaban los fariseos. Todos estaban de ayuno menos los discípulos de Jesús. Y semejante descuido, que parece denotar falta de aprecio por las observancias preceptivas de la tradición judaica, no pasa desapercibido a los que estaban al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor. Y llega la censura de los observantes: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no? La pregunta era un reproche a la inobservancia de los discípulos de Jesús en materia de ayuno, como si el maestro de tales discípulos hubiese descuidado este capítulo de la disciplina penitencial y del manual del buen judío.

Jesús habría podido responder a la crítica de los fariseos remitiéndose a la censura que hace el profeta Isaías de los ayunos de sus antepasados: Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores. Mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es este el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?; mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? (Is 58, 3-5). Pero no, en esta ocasión Jesús no responde con el ataque, se limita a señalar una particularidad del momento para justificar la conducta de sus discípulos: ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán.

En tiempo de bodas no hay espacio para el ayuno. El ayuno es una práctica de carácter penitencial. También el ayuno tiene su tiempo; por eso se señalan días de ayuno. Y los días que viven los discípulos de Jesús en compañía de su Maestro no son días para el ayuno, sino para disfrutar de esa compañía y sacar provecho de esa relación de amistad y discipulado. Son días para el aprendizaje y para el fortalecimiento de esa relación esponsal. Ya llegará el momento en que les arrebaten esa presencia (la presencia del novio) y se vean forzados a ayunar, es decir, a hacer duelo y a guardar luto por el muerto; porque ese es en primer lugar el ayuno que les vendrá exigido, la privación de ese novio (amigo, maestro, señor) con el que han convivido durante algún tiempo y a quien han acompañado a todas partes como discípulos y testigos de su mesiánica actividad. Y tras saborear la amargura de este ayuno, tras ser privados de esta compañía, vendrán otros muchos ayunos exigidos por la misma misión. Son todos esos ayunos que acompañan al misionero que se ve obligado a renunciar a tantas cosas (patria, casa, familia, amistades, lengua, cultura, seguridades, etc.) por imperativo de la misión asumida en nombre de Cristo.

Jesús no parece conceder demasiada importancia al ayuno en sí mismo; más bien lo ve como consecuencia de algo o en función de otra cosa. Hay ayunos que derivan de un seguimiento, de la asunción de un trabajo, de la consecución de un objetivo, de una relación personal, de un compromiso; son el efecto de ese seguimiento, de ese objetivo pretendido o de esa relación que exigen tales privaciones. Son los ayunos del misionero que marcha a un país desconocido, o del estudiante que prepara una oposición, o del enamorado que, por amor, es capaz de renunciar a muchas cosas, o del atleta que, por alcanzar el laurel de la victoria, se abstiene de tantas apetencias. La privación por la privación no tiene ningún sentido. El ayuno siempre tiene su razón de ser en otra cosa, en aquello para lo que se ayuna. Por eso, subsiste únicamente como «parásito» de la limosna a la que se orienta, de la oración que le reclama, del amor por el que se ayuna.

Por eso, cuando pierde esta correlación o funcionalidad, es equiparable –tal es la comparación que usa Jesús- al remiendo de paño que se coloca sobre un manto pasado, que la pieza (nueva) tira del manto (viejo) y deja un roto peor. Tales eran los ayunos que denunciaba el profeta Isaías como no agradables a los ojos de Dios: remiendos en unas vidas que no atendían a la voluntad de Dios, que prefería la misericordia al sacrificio, y a los ayunos, sobre todo cuando estos estaban desconectados de la misericordia y sus obras; peor aún si aquellos eran causa u ocasión de disputas, riñas, abusos, injusticias y acciones en las que brillaba por su ausencia la misericordia. Aquellas prácticas penitenciales tenían el aspecto de un remiendo en un manto viejo. No arreglaban nada de lo que estaba desarreglado en la vida de tales practicantes.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos. Entre el vino y los odres tiene que haber correspondencia o maridaje: a vino nuevo, odres nuevos. Lo mismo sucede con las prácticas en las que se expresa la vida o la fe de una persona: a vida cristiana, prácticas cristianas. Pero tales prácticas, ya sean de oración, de limosna o de ayuno, para que sean cristianas, tienen que llevar el carácter, esto es, el espíritu, la motivación, la razón de ser de lo cristiano. Sólo ahí, enmarcadas en lo cristiano, como expresión de la misericordia y el amor cristianos tendrán su valor. San Pablo lo entendió perfectamente: Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve (1 Cor 13, 3).

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Episcopalis Communio – Francisco I

Art. 17

Elaboración y aprobación del Documento final

§ 1. Las conclusiones de la Asamblea son recogidas en un Documento final.

§ 2. Para la redacción del Documento final, es constituida una Comisión especial, compuesta por el Relator General, que la preside, el Secretario General, el Secretario Especial y por algunos Miembros elegidos por la Asamblea del Sínodo teniendo en cuenta las diferentes regiones, a las que se añaden otros nombrados por el Romano Pontífice. 

§ 3. El Documento final es sometido a la aprobación de los Miembros según la norma del derecho peculiar, buscando en la medida de lo posible la unanimidad moral.

Homilía – Domingo III de Tiempo Ordinario

LIBERADOS Y LIBERADORES

«PARA DAR LIBERTAD A LOS OPRIMIDOS»

¡Cuánta expectación suscita el discurso programático de un político, de un dirigente religioso, que asume la dirección de un gran colectivo humano! Hace veinte siglos, un humilde profeta de Nazaret expuso también su programa. No lo hace ante el sanedrín, la autoridad religiosa, sino ante sus convecinos, que inicialmente le escuchan con admiración, pero que, paulatinamente, van cerrando los puños, cargados de ira.

Es un minidiscurso que apenas dura medio minuto: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista, para dar la libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia (es decir, una era de jubileo). Esto que dijo el profeta de sí mismo, se cumple hoy en mí».

Sabemos hasta qué punto los evangelistas levantaron acta de que Jesús cumplió íntegramente su programa salvador, cómo liberó del pecado, de la marginación, de la pobreza, del temor al poder de las fuerzas del mal. Pedro resume lapidariamente su vida diciendo: Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (Hch 10,38). ¡Qué buen lema para todo discípulo suyo!

Jesús anuncia solemnemente: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». A lo largo de los tiempos cualquier evangelizador puede repetir lo mismo: «Hoy Jesús sigue liberando». Pedro, años después, dando razón del milagro de la curación del lisiado, causa del juicio organizado contra él y contra Juan, testifica: «Ha sido por obra de Jesús Mesías, el Nazareno resucitado» (Hch 4,10). En otro sentido Pablo, varios años después, testificará también: «Cristo Jesús me ha otorgado esta libertad de que gozo» (Gá 5,1). Así mismo, Pablo pide a los miembros de sus comunidades que recuerden su antigua situación de esclavitud del pecado, de sus vicios, y la comparen con la experiencia de libertad que Cristo les ha regalado. «¿Qué salíais ganando de aquello de lo que ahora os avergonzáis? El pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús» (Rm 6,21).

EN PROCESO DE LIBERACIÓN

Tengamos el nivel espiritual que tengamos, todos somos todavía esclavos, porque todavía nos domina el egoísmo, el pecado. Dentro de nosotros se libra la batalla entre el «yo instintual», egoísta, y el yo profundo», el de la conciencia, batalla que tan genialmente, desde su propia experiencia, describe Pablo: «No hago el bien que quiero, sino el mal que repudio» (Rm 7,19). Esto lo vemos hoy en forma de adicción: «Le domina la bebida, la droga, la secta, el juego»… Pero, junto a esas esclavitudes de componente psicosomático, escandalosas, están las otras esclavitudes, que no nos dejan ser nosotros mismos ni gozar de la gran experiencia de una libertad radical. Y así, en una medida o en otra, todos somos esclavos de la ambición, del consumo, del placer, de la opinión ajena, del trabajo, de la comodidad, de las diversas versiones del egoísmo. Por eso, cuando aceptamos esa sumisión, sentimos que nos hemos traicionado a nosotros, al prójimo y a Dios. Y sentimos el reproche de nuestro «yo» auténtico.

Quienes presumen de libres son, con frecuencia, los más esclavos. «¿Nosotros esclavos?» (Jn 9,39), protestan enfurecidos los escribas y fariseos. «Todo el que está bajo el pecado es su esclavo» (Rm 6,16). Unamuno dijo sapiencialmente: No habla de libertad más que el cautivo, el pobre cautivo. El hombre libre canta amor. Leyendo las obras o las biografías de los grandes santos y místicos se observa que la vida creciente del cristiano es como un interminable proceso de liberación a través de muchas noches, muchas pruebas, muchas purificaciones. Creer es caminar hacia esa suspirada tierra de promisión, tierra de libertad.

San Pablo no cesa de repetir que su adhesión incondicional a Jesús le llevó a la profunda libertad interior. «Para que fuéramos libres nos liberó Cristo» (Gá 5,1). El amor es la única experiencia auténtica de libertad. Es más: el amor es el otro nombre de la libertad. La afirmación de san Agustín es asombrosa: Ama y haz lo que quieras.

La fe viva en Jesús de Nazaret comporta experiencia de liberación. El pecado entraña siempre experiencia de esclavitud. Retornar a la casa del Padre, convertirse, es recobrar la libertad.

La palabra del Señor invita a preguntarnos con sinceridad descarada: «¿Cuáles son las esclavitudes que más me oprimen? ¿Qué disgustos, ansias o sometimientos me atormentan? ¿Qué medios pone a mi alcance el Señor, nuestro Liberador, para crecer en la libertad de los hijos de Dios?

ES LIBERANDO COMO UNO SE LIBERA

Ungidos por el Espíritu, el Señor señala a los discípulos la misma misión que el Padre le encomendó a él: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios» (Mt 10,8). Lucas pone bien de manifiesto el cumplimiento de la misión por parte de los discípulos que, como el Maestro, realizan numerosas acciones liberadoras curando paralíticos, resucitando muertos, expulsando los malos espíritus, pero, sobre todo, liberando de la esclavitud del pecado en todas sus versiones. En esto consiste la conversión (Hch 2,38).

Con la experiencia de la libertad, nacida de su comunión con el Maestro, libres de la opresión de la ley (Mt 23,4; Hch 15,10), libres de sus propias ambiciones de poder hasta el punto de gozarse en los humillantes sufrimientos por fidelidad al Maestro (Hch 5,41), libres del servilismo a los hombres (Hch 5,30), anuncian el Evangelio de liberación. Y crean comunidades que, desde la fe en Jesús, viven la libertad.

Por lo demás, hay que tener en cuenta que el amor es la meta y el camino de la verdadera libertad. Si amo, soy libre; en la medida en que me entrego a los demás, voy creciendo en libertad. Nos contaba en una conferencia el escritor Michel Quoist que, en sus años de juventud, vivía atormentado por sus problemas dando vueltas en torno a ellos hasta marearse. Un buen día, se encontró con un compañero, cristiano comprometido, a quien le contó sus penas. El compañero, después de escucharle, le indicó: «Déjate de problemillas ridículos; ven, que te enseño tragedias; anda, échame una mano para solucionarlas, verás cómo desaparecen tus problemillas… Te preocupas por tu acné juvenil y lo que otros tienen es lepra, cáncer, hambre… Me curó de raíz».

Podría enumerar una larga letanía de ejemplos similares: personas esclavizadas por tragedias, obsesiones, frustraciones o traiciones que, al volcarse en los demás, se han visto libres de su propia esclavitud y han recobrado multiplicada la alegría y el dinamismo.

La señal imprescindible e indefectible de que estamos liberados es que somos liberadores. Si el amor es el otro nombre de la libertad, y el amor no nos lleva a liberar a los hermanos de cualquier esclavitud que les tenga oprimidos, es señal de que no amamos y, en consecuencia, de que no somos libres.

No se trata sólo de liberar de las grandes esclavitudes. Toda forma de caridad, toda ayuda, toda tarea de reconciliación en el seno de la familia, de la comunidad de vecinos, de los grupos eclesiales, toda ayuda al deprimido, desesperanzado, acomplejado, es una acción liberadora que nos libera. Y allí donde se libera el hombre, se construye el Reino.

Atilano Alaiz

Lc 1, 1-4, 14-21 (Evangelio Domingo III Tiempo Ordinario)

El Evangelio de hoy está constituido por dos textos diferentes. En el primero (1,1-4), tenemos un prólogo literario en el que Lucas, imitando el estilo de los escritores helenistas del momento, presenta su trabajo: se trata de una investigación cuidada de los “hechos que se han verificado entre nosotros”, a fin de que los creyentes de lengua griega (a quienes dirige Lucas su Evangelio) verifiquen “la solidez de las enseñanzas” en las que fueron instruidos.

Estamos en la década de los 80 cuando, desaparecidos ya los “testigos oculares” de Cristo, el cristianismo comienza a enfrentarse con una serie de herejías y de desvíos doctrinales que ponen en peligro la causa de la identidad cristiana. Era, pues, necesario, recordar a los creyentes sus raíces y la solidez de esa doctrina recibida de Jesús, a través del testimonio legítimo que es la tradición transmitida por los apóstoles.

En la segunda parte (4,14-21), se presenta el inicio de la predicación de Jesús, que Lucas sitúa en Nazaret. El escenario de fondo es el del culto en la sinagoga, el sábado.

El servicio litúrgico celebrado en la sinagoga consistía en oraciones y lecturas de la Ley y de los Profetas, con el respectivo comentario.

Los lectores eran miembros instruidos de la comunidad o, como en el caso de Jesús, visitantes conocidos por su saber en la explicación de la Palabra de Dios.

En el centro del relato está la proclamación de un texto del Trito-Isaías (cf. Is 61,1-2) que describe cómo llevará a cabo el mesías su misión.

La finalidad de la obra de Lucas es, como dijimos, recordar a los creyentes de las comunidades de lengua griega sus raíces y su referencia a Jesús. En este texto en concreto, Lucas va a presentar el programa que Jesús se propone realizar en medio de los hombres, como una propuesta de liberación dirigida a todos los oprimidos.

El punto de partida es la lectura del texto de Is 61,1-2. Ese texto presenta a un profeta anónimo que, en Jerusalén, consuela a los exiliados, como un “ungido de Dios”, que posee el Espíritu de Dios; su misión consiste en gritar la “buena noticia” de que la liberación ha llegado al corazón y a la vida de todos los prisioneros del sufrimiento, de la opresión, de la injusticia, del desánimo, del miedo. Lo que es más significativo, sin embargo, es la “actualización” que Jesús hace de esta profecía: él se presenta como el “profeta” que Dios ungió con su Espíritu, para realizar esa misión liberadora.

El proyecto libertador de Dios va dirigido a los hombres prisioneros del egoísmo, de la injusticia y del pecado comienza, por tanto, y se realiza a través de la acción de Jesús (“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”, v. 21). A continuación, Lucas va a describir la actividad de Jesús en Galilea como el anuncio (con palabras y gestos) de la “buena noticia” dirigida preferentemente a los pobres y marginados (a los leprosos, a los enfermos, a los publicanos, a las mujeres), anunciándoles que ha llegado el fin de todas las esclavitudes y un tiempo nuevo de vida y de libertad para todos.

Lucas anuncia también, en este texto programático, el camino futuro de la Iglesia y las condiciones de su fidelidad a Cristo. La comunidad creyente toma conciencia, a través de este texto, de que su misión es la misma que la de Cristo, que consiste en llevar la “buena noticia” de la liberación a los más pobres, débiles y marginados del mundo. Ungida por el Espíritu para llevar a cabo esta misión, la Iglesia realiza el seguimiento de Jesús.

En la reflexión, pueden considerarse los siguientes elementos:

En el Evangelio de Lucas, y en este texto en particular, Jesús manifiesta de forma nítida la conciencia de que fue investido del Espíritu de Dios y enviado para poner fin a todo lo que roba la vida y la dignidad al hombre. Hace veintiún siglos que nuestra civilización conoce a Cristo y la esencia de su propuesta. Sin embargo, nuestro mundo continúa multiplicando y refinando las cadenas opresoras.

¿Por qué la propuesta liberadora de Jesús todavía no ha llegado a todos? ¿Qué situaciones que se producen hoy a mi alrededor me parecen más dramáticas y me impelen a una acción inmediata (pensad en la situación de tantos inmigrantes; pensad en la situación de los enfermos de sida, sin amor y sin cuidados; pensad en los niños de la calle y en todos aquellos que duermen en los rincones de nuestras ciudades; pensad en la situación de tantas familias destruidas por la droga, por la violencia o por el alcohol…)?

La fidelidad al “camino” andado por Cristo es la exigencia fundamental del ser cristiano. A lo largo de los siglos, ¿ha sido la defensa de la dignidad del hombre la preocupación fundamental de la Iglesia de Jesús?
¿Trabajamos por la liberación de nuestros hermanos esclavizados?

¿Qué podemos hacer, en concreto, para continuar con la misión liberadora de Cristo?

Repárese, en este texto, cómo “actualiza” Jesús la Palabra de Dios proclamada y la convierte en un anuncio de liberación que afecta muy de cerca a la vida de los hombres.
¿Nosotros, que proclamamos la Palabra, que la explicamos en las homilías y catequesis, tenemos la preocupación de hacer de ella una realidad “palpable” y un anuncio verdaderamente transformador y liberador, que afecte a la vida de aquellos que nos escuchan?

1Co 12, 12-30 (2ª lectura Domingo III Tiempo Ordinario)

La segunda lectura viene a continuación de la que leímos el domingo pasado. Pablo está preocupado porque, en la Iglesia de Corinto, los “carismas” (dones de Dios para el bien de toda la comunidad), utilizados en beneficio propio, estaban generando individualismo, división, lucha por el poder, desprecio por los que aparentemente no poseían dones especiales.

Es una situación intolerable: aquello que debía beneficiar a todos es utilizado por algunos para su beneficio y está haciendo tambalear la unidad y la comunión de esta Iglesia.

Para hacer más claro el mensaje, Pablo utiliza una comparación muy conocida en el mundo greco-romano (donde es utilizada para hablar de los deberes comunitarios): la fábula del cuerpo y de sus miembros.

Pablo compara a la comunidad cristiana con un cuerpo. Ese cuerpo es constituido por una pluralidad diversificada de miembros, cada uno con su tarea, esto es, con su “carisma” peculiar. No basta con que los miembros sean varios: es necesario que sean variados, que sean distintos; es la riqueza de la diversidad la que permite a todo el conjunto sobrevivir. Además de eso, son miembros que se necesitan los unos a los otros y que se ayudan los unos a los otros. La unidad fundamental debe, pues, ir de la mano con el pluralismo carismático y con la preocupación por el bien común.

Sin embargo, lo más interesante y original (la fábula en sí no es original) es la identificación de este cuerpo con Cristo: la comunidad cristiana es el cuerpo de Cristo: “vosotros sois cuerpo de Cristo y sus miembros”, v. 27.

Es también esta identificación con Cristo la parte de la parábola que más interrogantes plantea. En este cuerpo tiene que manifestarse el Cristo total. Ahora bien, ¿puede Cristo estar dividido? ¿Puede el cuerpo de Cristo identificarse con conflictos y rivalidades? ¿Es posible que el cuerpo de Cristo dé al mundo un testimonio de egoísmo, de individualismo, de orgullo, de autosuficiencia, de desprecio por los pobres y débiles?

El cuerpo de Cristo (la Iglesia) es, pues, una comunidad de hermanos, que reciben de Cristo la misión de compartir la vida que los une; siendo una pluralidad de miembros, con diversas funciones, se respetan, se apoyan, son solidarios unos con los otros y se aman. Palabras clave para definir el entramado de relaciones que ligan a este cuerpo de Cristo son “solidaridad”, “participación”, “corresponsabilidad”.

En la parte final del texto, Pablo presenta una especie de jerarquía de los “carismas”. Obviamente, los “carismas” presentados en primer lugar son los que hablan del respeto a la Palabra, al anuncio de la Buena Nueva (“apóstoles”, “profetas”, “doctores”). Eso significa que el cuerpo de Cristo es, verdaderamente, la comunidad que nace de la Palabra y que se alimenta de la Palabra: todo lo demás pasa a un segundo plano, delante de la Palabra creadora y vivificadora que Dios dirige a la comunidad.

Sin embargo, tampoco aquí podemos olvidar lo que Pablo dice más arriba: todos los miembros del cuerpo desempeñan funciones importantes para el equilibrio y la armonía del conjunto y para la consecución del bien común.

Para la reflexión y el compartir, considerad los siguientes elementos:

La Iglesia es el cuerpo de Cristo donde se manifiesta, en su diversidad de miembros y funciones, la unidad, la solidaridad, el amor, que son inherentes a la propuesta salvadora que Él nos presentó.
¿Nuestra comunidad cristiana es, para cada uno de nosotros, una familia de hermanos, que viven en comunión, que se respetan y que se aman, o es el lugar donde chocan las envidias y los intereses egoístas y mezquinos?

¿Utilizamos los “carismas” que Dios nos confía para el servicio de los hermanos y para el crecimiento del cuerpo, o para nuestra promoción personal y social?

En ese cuerpo, los distintos miembros viven en interdependencia. ¿Es efectiva nuestra solidaridad con los miembros de la comunidad?
¿Los dramas y sufrimientos, las alegrías y las esperanzas de nuestros hermanos son sentidos como propios por todos los miembros de ese cuerpo?

¿Nos sentimos corresponsables en la construcción de esa comunidad de la que somos miembros y desempeñamos, con sentido de responsabilidad, nuestro papel, o nos limitamos a una situación de pasividad y de comodidad, esperando que sean otros los que hagan todo?

Ne 8, 2-4a. 5-6. 8-10 (1ª lectura Domingo III Tiempo Ordinario)

El Libro de Nehemías (como el de Esdras, con el cual, inicialmente, formaba una unidad) pertenece al período que sigue al regreso de los exiliados judíos de Babilonia.

Estamos en los siglos V-IV antes de Cristo; para los habitantes de Jerusalén, es todavía un tiempo de miseria y desolación, con la ciudad sin murallas y sin puertas, una sombra negra de aquella bella ciudad que había sido.

Nehemías, un alto funcionario del rey Artajerjes, entristecido por las noticias recibidas desde Jerusalén, obtiene del rey autorización para instarse en la capital judía. Nehemías va a comenzar su actividad con la reconstrucción de la muralla (cf. Ne 3- 4) y combatiendo las injusticias cometidas por los ricos contra los pobres (cf. Ne 5). Después, procurará restaurar el culto (cf. Ne 8-9).

En este contexto de preocupación por la restauración del culto es donde podemos situar el texto que se nos propone: Nehemías reúne a todo el Pueblo “en la plaza de la Puerta del Agua”, para que escuche la lectura de la Ley. Se trata de recordar al Pueblo el compromiso fundamental que Israel asumió con su Dios: sólo así será posible preparar ese futuro nuevo que Nehemías sueña para Jerusalén y para el Pueblo de Dios.

La cuestión fundamental sugerida por el texto tiene que ver con la importancia que la Palabra de Dios debe asumir en la vida de una comunidad. Todos los detalles apuntan en ese sentido.

En primer lugar, el autor del texto subraya la convocatoria de toda la comunidad para escuchar la Palabra: hombres, mujeres y niños en edad “de comprender”. La Palabra de Dios se dirige a todos sin excepción, a todos interpela y cuestiona.

En segundo lugar, póngase atención en la cuestión de los preparativos: hay un estrado de madera hecho a propósito que sitúa al lector en un plano superior; después, el Libro de la Ley es abierto de forma solemne y todos se levantan, en actitud de respeto y veneración por la Palabra. Es el ejemplo de una comunidad en la que la Palabra de Dios está en el centro y donde todo se conjuga en función del lugar especial que la Palabra ocupa en la vida de la comunidad.

En tercer lugar, tenemos la descripción del rito: la Palabra es aclamada por la asamblea; después, los levitan leen clara y distintamente; finalmente, explican al pueblo la Palabra de modo accesible, “de forma que comprendieron la lectura”. Tenemos aquí un auténtico manual de cómo debe procederse en una verdadera “celebración de la Palabra”.

En cuarto lugar, aparece la respuesta del Pueblo: enfrentados con la Palabra, lloran. La actitud del Pueblo muestra, ciertamente, a una comunidad que se deja interpelar por la Palabra, que confronta su vida con la Palabra proclamada y que siente, en consecuencia, la urgencia de la conversión. La Palabra es eficaz y provoca la transformación de la vida.

Finalmente, todo termina en una gran fiesta: el día “consagrado al Señor” es un día de alegría y de fiesta para la comunidad que se alimenta de la Palabra.

Considerad, en la reflexión, las siguientes cuestiones:

¿Qué lugar ocupa la Palabra de Dios en la vida de cada uno de nosotros y en la vida de nuestras comunidades? ¿La Palabra es el centro alrededor del cual todo se articula?
¿Encontramos un tiempo para leer, para reflexionar, para compartir la Palabra?

Aquellos a quienes se confía la misión de proclamar la Palabra, ¿preparan convenientemente el ambiente?
¿Proclaman la Palabra con claridad?
¿Reflexionan la Palabra y la explican de forma accesible, de forma que toque el corazón de la asamblea que la escucha?

¿Tienen la preocupación de adaptarla a la vida?

En nuestras asambleas comunitarias, ¿la Palabra es acogida con veneración y respeto, o aprovechamos el momento en el que es proclamada para encender velas a los santos de nuestra devoción, para rezar nuestras oraciones o para “controlar” quién está a nuestro lado?

¿La Palabra nos interpela, nos lleva a la conversión, al cambio de vida, o la Palabra es sólo para los demás?

Comentario al evangelio – 21 de enero

El Evangelio de hoy nos habla de “odres viejos y odres nuevos, y de vino nuevo”. Jesús, su mensaje y su estilo de vida, es el vino nuevo. Lo antiguo ha terminado, lo nuevo ha llegado. Es verdad que Jesús fue un judío amante de sus tradiciones y costumbres, pero profundamente innovador. Jesús dio el sentido verdadero a muchas prácticas religiosas de su tiempo y marcó el camino para distinguir entre lo viejo y lo nuevo. Las prácticas y costumbres  religiosas tienen valor y sentido cuando nacen de un corazón renovado por la escucha de la Palaba de Dios; un corazón que está abierto a Dios sabe dar sentido a los ritos, preceptos y ceremonias, de lo contrario se convierten en rutinarios y vacíos, y no sirven de nada. Con razón dice el Profeta: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

El vino nuevo es la obediencia a Dios que Jesús vivió a lo largo de toda su vida. Una obediencia que nace de un corazón abierto al soplo del Espíritu, de un corazón que acoge los planes de Dios con humildad y docilidad, un corazón que busca sobre todo la autenticidad en todo el proceder y actuar. Obediencia que no es un mero cumplimiento de normas y preceptos, sino una apertura a Dios  que en cualquier momento nos puede sorprender y marcarnos un camino diferente. Obediencia que pide apertura y receptividad. Obediencia  que pide disponibilidad y humildad  para aceptar la voluntad de Dios. “La obediencia vale más que el sacrificio” (1Sm 15, 22).

El vino nuevo en odres nuevos: el amor, la justicia, la fraternidad, la solidaridad, la honestidad, la sinceridad… que Jesús predicó y vivió no puede estar en los odres viejos del egoísmo, la mentira, la injusticia, la hipocresía, la desconfianza, la insolidaridad, las propias seguridades, el estilo de vida insolidario e individualista. El vino nuevo pide un cambio de mente y corazón, de actitudes y forma de vivir; un deseo de querer hacer las cosas de otra manera y sin aferrarse a viejos esquemas y tradiciones. Por eso Jesús comenzó su predicación invitando a cada uno a la conversión, y lo sigue haciendo constante y permanentemente.

José Luis Latorre, cmf