«Amigo de Dios»

En este tercer domingo del Tiempo Ordinario, tras celebrar el Bautismo del Señor hace dos domingos y escuchar el domingo pasado el relato del primer milagro de Jesús en la boda que se celebraba en Caná de Galilea, comenzamos hoy la lectura continua a lo largo de los domingos de este año del Evangelio escrito por san Lucas. Las lecturas de hoy nos hablan de la centralidad de la palabra de Dios pues, como rezamos en el salmo de hoy, sus palabras son espíritu y vida.

1. El comienzo del Evangelio de Lucas. El pasaje evangélico de este domingo recoge en primer lugar el inicio del Evangelio según san Lucas. El Evangelista dirige su escrito a un tal Teófilo. Probablemente el autor del Evangelio no se dirige a una persona concreta llamada Teófilo sino que, con este nombre simbólico, que significa literalmente “amigo de Dios”, Lucas quiere acercar el Evangelio a aquellos cristianos que son amigos de Dios y seguidores de Cristo. Se trata por tanto de un recurso literario para lograr que el lector y el oyente del Evangelio sientan que el Evangelio está dirigido directamente a ellos. Cada uno de nosotros somos, por tanto, este Teófilo, ese amigo de Dios a quien Lucas dirige sus palabras en el Evangelio. El mismo Evangelista explica en el comienzo cuál es el motivo y la finalidad al escribir el Evangelio: “para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”. Lucas deja claro que ya otros han emprendido la tarea de recoger lo que hizo y dijo Jesús, tal como los transmitieron los apóstoles y los testigos oculares de Jesús. A éstos les llama “servidores de la palabra”, pues son los que han escuchado y han creído la palabra de Cristo y así la han transmitido. Estas palabras del comienzo del Evangelio de Lucas nos hablan por tanto de la importancia del Evangelio, pues recoge las enseñanzas de Jesús, transmitidas por sus testigos directos, comprobadas diligentemente por el mismo Evangelista, y escritas para que den solidez a nuestra fe. Nosotros creemos en Cristo por el testimonio de quienes le vieron y escucharon, un testimonio recogido cuidadosamente en el Evangelio, que se convierte así en palabra de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, una palabra que nos fortalece en el seguimiento de Dios y que convoca a toda la Iglesia.

2. “Hoy se cumple esta Escritura”. Después del comienzo del Evangelio, pasamos directamente al pasaje en el que Jesús vuelve a su pueblo después del bautismo y de las tentaciones en el desierto. Jesús, sobre quien descendió el Espíritu Santo en forma de paloma el día de su bautismo, llevado por este mismo Espíritu al desierto para ser tentado, vuelve ahora a Galilea con la fuerza del Espíritu. Va a su pueblo de Nazaret, y allí entra en la sinagoga un sábado. Lee el libro del profeta Isaías, concretamente el pasaje en el que Isaías presenta al Mesías como el ungido por el Espíritu. Y cuando termina de leer el pasaje proclama: “Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír”. De este modo, Jesús se presenta ante sus paisanos como el Mesías prometido, el ungido de Dios, el Cristo, pues “Cristo” significa “ungido”. En Él se cumplen las promesas hechas por Dios al pueblo de la Antigua Alianza. Él es aquél a quien esperaban los israelitas, el enviado por Dios. Es la Palabra misma de Dios que se ha hecho carne, como celebrábamos en Navidad. Ahora la palabra ya no es simplemente un escrito en unas tablas de piedra o en un simple pergamino. Ahora la Palabra habita entre nosotros, Dios nos habla a través de su Hijo. Del mismo modo que en el Antiguo Testamento el pueblo de Israel reconocía a Dios a través de su palabra, como hemos escuchado en la primera lectura del libre de Nehemías, cuando el pueblo se reunió en la asamblea tras la vuelta del exilio de Babilonia y se postró rostro en tierra al abrir el libro de la Ley, nosotros ahora reconocemos a Dios que se manifiesta en Cristo, su enviado, el ungido, que es el cumplimiento de su palabra.

3. Nosotros, bautizados en un mismo Espíritu, formamos un sólo cuerpo. San Pablo, en la segunda carta a los Corintios que estamos escuchando estos domingos, nos propone la imagen de un cuerpo humano para explicarnos cómo es la Iglesia. Del mismo modo que en el cuerpo humano hay muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser distintos, forman un solo cuerpo, así sucede en la Iglesia: todos nosotros somos iguales en dignidad, y todos somos importantes, como son importantes todos los miembros de un cuerpo humano, a pesar de que cada uno tenemos una función distinta en la Iglesia, como también en un cuerpo humano cada miembro tiene una función distinta. Hemos de vivir por tanto en la comunidad eclesial de este modo, reconociendo cada uno su función propia y la de los demás, procurando vivir cada uno según su vocación, sin suplantar las funciones de los demás como un miembro del cuerpo humano no puede suplantar las funciones de otro miembro. Pero todos vivimos y actuamos de forma unánime, pues todos hemos recibido el mismo bautismo. Por el bautismo, todos nosotros hemos recibido el mismo Espíritu, lo que nos hace a todos hijos de Dios y miembros del pueblo de Dios. No hay por tanto entre nosotros ninguna distinción en cuanto a la dignidad, pues todos somos por igual hijos de Dios. El mismo Espíritu que ungió a Cristo como Hijo de Dios, como el Mesías, nos hace a nosotros miembros del cuerpo de Cristo, cada uno según su función.

La palabra de Dios, que es la que nos convoca en la Iglesia cada domingo para celebrar la Eucaristía, se cumple en Cristo, el enviado por Dios, el Ungido. Por nuestro bautismo, en el que recibimos el Espíritu Santo, también nosotros somos hijos de Dios por medio de Cristo. El bautismo y la palabra de Dios, leída y celebrada hoy como cada domingo en la Eucaristía, nos muevan a reconocernos a nosotros y a los demás como miembros de este cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y a llevar a cabo cada uno nuestra función en él.

Francisco Colomina Campos