Comentario del 24 de enero

El escenario de la actuación de Jesús sigue siendo Cafarnaúm. Marcos refiere que Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, pero no lograron el aislamiento pretendido. Una muchedumbre de Galilea lo siguió. Estas alusiones a las multitudes ponen de manifiesto la notoriedad o el prestigio alcanzados por el Maestro. Y eran sobre todo las cosas que hacía –más que las que decía- las que reunían a estas multitudes a su alrededor: gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania y de las cercanías de Tiro y Sidón, regiones y ciudades no muy distantes, pero apartadas del lugar de sus intervenciones. Jesús se ve obligado a tomar precauciones ante el empuje del gentío y manda a sus discípulos que le tengan preparada una lancha, no para escapar, sino para actuar desde ella, como plataforma de actuación.

El evangelista quiere dar razón de la avalancha de la gente, a pesar de ser un lugar abierto, aunque con la frontera del agua del lago: como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. La gente lo buscaba con ansiedad, especialmente los enfermos y los que sufrían cualquier tipo de dolencia, porque del contacto con él procedía una fuerza curativa de efecto inmediato. No es extraño que con estos antecedentes todo el mundo de le eche encima para tocarlo. Buscaban en el contacto con Jesús esa medicina milagrosa que todo lo curaba.

Y en semejante situación entran en escena los espíritus inmundos. Entre los muchos enfermos que se le acercaban estaban los endemoniados. Al menos así eran percibidos, como poseídos del demonio. Y estos también se postraban ante el sanador y gritaban, seguramente por conocerle mejor: Tú eres el Hijo de Dios. Se trata de una proclamación de fe puesta en boca de un endemoniado, pero como procediendo del poseedor y no del poseído, es decir, del mismo espíritu inmundo. Es la fe de los demonios, que se ha convertido en tema monográfico de algún escrito actual. Ante la confesión pública de estos espíritus Jesús reacciona mandándoles callar, prohibiéndoles severamente que lo diesen a conocer. ¿Por qué esta prohibición? ¿Porque no quería la profesión de fe de un demonio aunque fuese exacta en sus términos? ¿Por el llamado «secreto mesiánico», es decir, porque Jesús quería evitar a toda costa que se difundiese esta denominación que podría dar lugar a equívocos pseudoreligiosos o políticos y forzar la intervención de las autoridades para mantener el orden?

Lo cierto es que Jesús, hasta su entrada triunfal en Jerusalén en las vísperas de su Pascua, huye de este género de proclamaciones que se prestaban a interpretaciones triunfalistas que podían degenerar en tumultos y reivindicaciones populares de tipo nacionalista. Ya llegará el día en que él mismo confiese: Tú lo has dicho: yo soy el Hijo de Dios o yo soy rey. Pero lo hará desde su condición de esclavo o en un contexto de sometimiento o de arrestamiento, como Cordero manso llevado al matadero. En ese contexto habrá que entender su mesianismo para no confundir nuestra confesión de fe con la de Satanás o con la de Pedro cuando opinaba como Satanás: Apártate de mi vista, Satanás, tú piensas como los hombres, no como Dios.

La profesión de fe de los demonios es, pues, literalmente exacta; pero totalmente disconforme con la voluntad de Dios, que tenía otros planes para su Hijo. Tengamos, por consiguiente, esto en cuenta. Para que nuestra profesión de fe sea ortodoxa, no sólo ha de ser recta (=correcta) en sus términos, sino también en su concepción. El mesianismo de Jesús fue un mesianismo vivido y sustentado sobre la consigna del amor –ese amor que le llevó a la cruz-. La fe en él no puede separarse de este concepto, ni de esta información que impone la caridad. Los demonios creen y, sin embargo, tiemblan, porque no creen desde el amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística