Comentario – Sábado II de Tiempo Ordinario

Según la breve narración de Marcos, parece como si Jesús y sus discípulos hubiesen hecho un alto en el camino de su frenética actividad y hubiesen vuelto a casa con intención de descansar. No es la única vez que se alude a este intento. Pero la gente no les dejaba en paz. Eran tantos los que se juntaron que no les dejaban ni comer. Esta precisión es significativa. Estaban tan absorbidos por las demandas de la gente que no les quedaba tiempo ni para las tareas más necesarias. Pero si Jesús atendía estas demandas es porque le importaban las personas que acudían a él, porque sentía lástima de ellos, porque amaba a la humanidad en su concreta situación. Jesús se deja hasta tal punto «comer» que no tiene tiempo ni para comer. Esta entrega era preludio de su disposición a morir por el hombre, de su entrega hasta la muerte y muerte de cruz. El que por atender a la humanidad doliente y necesitada dejó de ser dueño de su propio tiempo hasta no tenerlo para comer, acabó dándose a comer en su cuerpo crucificado y glorioso para provecho de esa misma humanidad. Tal es nuestro Cristo-eucaristía.

Pero aquella entrega y actividad en favor de los demás no fue entendida por todos. Y los primeros en no entenderla fueron los más próximos a él por razón del parentesco, los de su propia sangre. El evangelista destaca esta incomprensión con una escueta, pero elocuente, frase: Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. No precisa qué miembros de su familia. Menciona a la familia sin más precisiones. Pero es claro que la actividad profética iniciada por Jesús no había caído bien en el seno de su familia, que empezó a sospechar que el hijo de María, tal vez su primo o su sobrino, había perdido la cabeza con esos sueños de grandeza mesiánica que le habían llevado a la plaza pública. Jesús fue un incomprendido en su círculo familiar más próximo. Aquello tuvo que apenarle y entristecerle, pero no podía abandonar la misión que el Padre le había confiado; tenía que seguir adelante a pesar de estos intentos de retenerle o de apartarle de la misma.

Su familia le tuvo por loco; después, otros le tendrán por malhechor, heterodoxo y blasfemo; algunos incluso le tendrán por revolucionario y alborotador. Pero él no se desviará de su camino, el camino marcado por la voluntad del Padre, hasta ver consumada su hora en el Calvario. Es la actitud de un hombre convencido de lo que hace y dispuesto a recorrer su camino existencial con todas las consecuencias. Pues bien, su convicción y su testimonio de amor hasta el extremo, hasta la entrega total de la propia vida, son nuestra fuerza, aunque puedan también infundirnos un cierto temor, como todo lo que se expresa con esta radicalidad que acaba poniendo en cuestión el valor de esta vida temporal que tanto apreciamos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística