II Vísperas – Domingo III de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya. +

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memoriables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifetarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

  • Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
    — haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.
  • Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
    — líbranos de toda desesperación y de todo temor.
  • A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
    — concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.
  • Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
    — para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
    — haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Domingo III de Tiempo Ordinario

Cuando lee Jesús el pasaje mesiánico de Isaías trunca deliberadamente la profecía que concluía con estas palabras:

“El Espíritu del Señor me ha enviado…a anunciar un año de bienes concedido por el Señor, un día de venganza de nuestro Dios”.

Así, pues, Jesús ha suprimido deliberadamente del texto de Isaías esta mención de la venganza divina que, sin duda alguna, estaban esperando sus oyentes de la sinagoga de Nazaret. Sería preciso recordarlo cada vez que en nuestras relaciones entre personas, Iglesias o pueblos, podamos pretender tener el derecho de ejercer la venganza divina – pretensión que se halla a la base de todos los fanatismos religiosos.

Hemos terminado la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos y sabemos muy bien todos que jamás se realizará esta unidad sin un profundo respeto a la gran diversidad que se da y se ha dado siempre en la familia cristiana. En este contexto es sumamente oportuno escuchar las reflexiones de Pablo en su carta a los Cristianos de Corinto, reflexiones sobre la gran diversidad dentro de la Iglesia, diversidad que compara a la que se da en el cuerpo humano.

La primera lectura, tomada del libro de Nehemías, es asimismo interesante desde este punto de vista. El Pueblo de Israel había olvidado la Ley del Señor. Ley que es hallada de nuevo y proclamada de manera solemne por el sacerdote Esdras, en tiempos del profeta Nehemías. Nos vendría bien también a nosotros, el leer de nuevo, de vez en cuando nuestra historia cristiana desde sus mismos comienzos. De ahí que demos comienzo en este Domingo tercero del tiempo ‘ordinario’ del año litúrgico a la lectura del Evangelio de Lucas, comenzando por los primeros versículos.

En estos días celebramos la solemnidad de los santos fundadores de la Orden del Cister. Bien estaría sin duda alguna que releyésemos en nuestra lectio personal los documentos primitivos de nuestra Orden, que nos narran los comienzos de nuestro carisma y que comienzan con las palabras tan sencillas y tan solemnes a un tiempo del Pequeño Exordio: “Nosotros, primeros monjes cistercienses, fundadores de esta comunidad…” También ellos se creían con derecho a ser y afirmar su diferencia.

Cuando se refiere a sus discípulos, utiliza Jesús diversas imágenes, como, por ejemplo, la de la vid y la del rebaño. Pablo habla de la Iglesia como de una construcción, o más a menudo como lo hace en la lectura que hemos escuchado, de un cuerpo que tiene diferentes miembros, cada uno de los cuales tiene su función propia y específica.

En el contexto de esta semana de oración por la Unidad de los Cristianos que hoy concluye, se da una pregunta que solemos escuchar más de una vez: “¿Es Jesús quien en verdad ha fundado la Iglesia?” Pregunta que puede parecerles a algunos terriblemente iconoclasta, y que no tiene importancia alguna para otros, y a la que no puede responderse con un simple ‘Sí’ o un simple ‘No’.

Si entendemos por Iglesia la estructura de la institución eclesiástica, cual hoy existe, en todos sus detalles, con su curia romana, sus cardenales, su liturgia y su derecho canónico, nuestra respuesta tiene que ser necesariamente ‘No’. Se trata en estos casos de estructuras que se ha creado la comunidad cristiana en el transcurso de los años y de los siglos, para dar una respuesta a las necesidades nuevas de cada época.

Ahora bien, Jesús ha querido llamar junto a Si a un grupo de discípulos que le han seguido y a los que ha dado el mandato de mantener viva su memoria y de llevar su mensaje a todos los confines de la tierra, hasta el fin de los tiempos. Es esta Comunidad, reunida en torno a Jesús y enviada por Jesús, lo que constituye la Iglesia. En este sentido, decimos, Sí, que Jesús ha fundado la Iglesia. Más tarde, ya los primeros Cristianos, una vez que se han puesto a dar testimonio de Cristo y de su Evangelio, han establecido diferentes ministerios que correspondían a carismas diferentes.

Pidamos al Señor en este día que nos de ojos puros y humildes que nos permitan ver, dentro de la gran diversidad del pueblo cristiano y de la familia cisterciense, una diversidad de misiones. Dejemos de considerar a los demás como ‘menos cristianos’ porque sigan una tradición cristiana diferente, o como ‘menos cistercienses’, porque su forma de vida se ha adaptado a condiciones diferentes de las nuestras. Veamos, más bien, en esta diversidad una gran riqueza.

En nuestros oídos y en nuestros corazones resuenan las Palabras del Testamento del Padre Christian de Chergé de Tibhirine, cuando nos enseñaba a un Dios que se complacía en rehacer la unidad primordial ‘jugando’ con las diferencias.

Testamento del Padre Christian

abierto el domingo de Pentecostés, 25 de mayo de 1996

Cuando un A-Dios se vislumbra…

1. Si me sucediera un día –y ese día podría ser hoy–
ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento
a todos los extranjeros que viven en Argelia,
yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia,
recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país.

Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida
no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.
Que recen por mí.

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato.
Mi vida no tiene más valor que otra vida.
Tampoco tiene menos.

En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.
He vivido bastante como para saberme cómplice del mal
que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo,
inclusive del que podría golpearme ciegamente.

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.

Yo no podría desear una muerte semejante.
Me parece importante proclamarlo.

En efecto, no veo cómo podría alegrarme
que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato.
Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la «gracia del martirio»
debérsela a un argelino, quienquiera que sea,
sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam.

Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente.
Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo.
Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila
identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.
Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma.

Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido,
encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio
que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia,
precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón
a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:
«¡qué diga ahora lo que piensa de esto!»

Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad.
Entonces podré, si Dios así aún lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre
para contemplar con El a Sus hijos del Islam
tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,
frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu,
cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión
y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente
para este GOZO, contra y a pesar de todo.

En este GRACIAS en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida,
yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy,
y a vosotros, amigos de aquí,
junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías.
Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este «A-DIOS» en cuyo rostro te contemplo.
Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices
en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.

¡AMEN!

A. Veilleux

Domingo III de Tiempo Ordinario

La primera parte (vv. 1-4) de este evangelio es el prólogo que el mismo Lucas le puso a su relato. Así dejó claro que se había documentado bien, (como solían hacer los autores griegos). Pero aquí conviene recordar que un «evangelio» no es meramente un libro de historia, sino que lo central (en él) es la «ejemplaridad» de lo que relata. Al leer los evangelios, lo que tenemos que preguntarnos no es: «testo es histórico?». La pregunta tiene que ser: «¿Qué me enseña este relato para mi vida y mi conducta?». Aquí está la clave para buscar en el Evangelio lo que en él podemos encontrar. No es la «historicidad», sino la «ejemplaridad» de lo que nos relata sobre Jesús.

Lucas enseguida (vv. 14-15) presenta el comienzo de la actividad de Jesús en Galilea. En Jesús actúa la fuerza del Espíritu. O sea, a Jesús no le llevó ni el deber de la religión, ni la obligación de la ley, ni mucho menos el afán de ser famoso o tener poder. Jesús actuaba por la fuerza y la orientación del Espíritu. En esto radicaba su profunda espiritualidad. Una fuerza interior que le hizo hablar de tal manera que motivó a la gente para sentirse mejor, sentirse feliz. Por eso todos alababan y glorificaban lo que estaban viviendo. ¡Qué pena que hoy sea tan raro encontrar predicadores así!

La lectura, que hizo Jesús en la sinagoga, se tomó del profeta Isaías (61, 1-2). Pero Jesús suprimió de esa lectura las palabras finales, que se refieren al desquite de Dios. «Desquitarse» es «vengarse». Cuando el profeta Isaías hablaba de este desquite o venganza, se refería a lo que el pueblo de Israel había sufrido en el destierro de Babilonia. En tiempo de Jesús, cuando se leía a este profeta, se pensaba que Dios tenía que castigar y hacer sufrir a quienes habían sometido y oprimido a los israelitas. Pero Jesús no quiso ni mencionar semejante desquite. Jesús —y el Dios que se nos revela en Jesús— no quiere ni desquites, ni venganzas. Así no se arregla este mundo. Ni así seremos más felices.

Solo la comprensión, el perdón, la misericordia y la tolerancia pueden lograr un mundo más habitable y más humano.

José María Castillo

Comentario del 27 de enero

La palabra evangélica de este día nos es remitida a modo de carta-circular que nos dirige el Espíritu Santo por medio de Lucas. El evangelista nos habla de su tarea como redactor del evangelio. Se ha propuesto, nos dice, componer un relato de hechos verificados por testigos oculares. Son los hechos concernientes a Jesús de Nazaret. Y quienes los han transmitido son los que habían sido testigos oculares de los mismos y más tarde predicadores de la Palabra: primero, testigos oculares; después, anunciadores; primero, vieron, y después anunciaron lo que habían visto. Lucas se limitó –según su propio testimonio- a comprobarlo todo con exactitud –comparando tradiciones, refrendando testimonios, investigando- y a poner en orden el material recogido: primero, los hechos de la infancia; después, los de la vida pública; finalmente, los de su pasión, muerte y resurrección. Se trata de hechos acaecidos en la historia, de hechos pertenecientes a una biografía, hechos con sus dichos correspondientes. Este carácter fáctico del relato evangélico es lo que confiere solidez a las enseñanzas recibidas: la solidez de los hechos. Con este fin, el de dar solidez a nuestra fe, escribe san Lucas su relato.

A la cadena de los hechos pertenece la existencia histórica de Jesús, y su estancia en Galilea, y su presencia en la sinagoga de Nazaret, y su ponerse en pie el Sábado para leer al profeta Isaías, y su proclamar en voz alta: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. He aquí una secuencia de hechos verificados y testimoniados. Pero los hechos se nos cuentan no únicamente para que les demos crédito en cuanto hechos, sino para que, por ellos, creamos en su protagonista o en lo que su protagonista dijo de sí, interpretando su propia vida como la del Ungido del Espíritu y la del Enviado para dar la buena noticia a los pobres: para anunciar a los cautivos la libertad…, para dar libertad a los oprimidos. No sólo para anunciar la libertad, sino también para darla.

Jesús no se presenta como un simple anunciador de liberaciones, sino como donador o ejecutor de la liberación que anuncia o de la gracia que proclama. Y para demostrar que sus palabras eran veraces desarrolló una actividad taumatúrgica de notables dimensiones. Sus curaciones milagrosas fueron sin duda un signo muy claro de esta veracidad. Así lo vieron sus contemporáneos, que lo seguían a todas partes deseosos de aprovecharse de sus beneficios o que se escandalizaban por el conflicto de tales acciones con normas tan sagradas como las impuestas por la observancia del descanso sabático. Así lo verán también cuantos en las futuras generaciones invocarán sus milagros como signos de credibilidad. Él era realmente el Ungido del Espíritu anunciado por Isaías, porque sus obras poderosas y bienhechoras así lo delataban.

Y los primeros destinatarios de sus benéficas acciones fueron sin duda los pobres: ciegos, cojos, mancos, leprosos, marginados, mujeres, niños, pecadores, harapientos, encarcelados, oprimidos: pobres, porque lo eran y porque se sentían tales; de no haberse sentido pobres no habrían acudido a Jesús buscando remedio a su dolencia o carencia. Luego Jesús comienza su tarea de Ungido del Espíritu anunciando la Buena Noticia y suministrando, anunciando la liberación y liberando. Nosotros, en cuanto seguidores suyos, no podemos ir por el mundo de otra manera que anunciando con palabras y obras el Evangelio.

Optar preferencialmente por los pobres, sin excluir a los demás, como hizo Jesús, es testimoniar un estilo que es el estilo propio del amor de Dios, de su providencia misericordiosa. Para ello basta con dejarse llevar por la ternura divina. Y el panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente. Ayer eran los leprosos y los tuberculosos; hoy son los enfermos de sida, los ancianos abandonados, las mujeres explotadas o maltratadas, los desesperados de la vida, los sin techo, los emigrantes, las víctimas de abusos, los acosados, etc. La Iglesia debe continuar esta tradición secular de caridad que ha sido una de sus señas de identidad y que ha tenido múltiples manifestaciones, desde las limosnas particulares de cada uno hasta las grandes instituciones de caridad nacidas para dar respuesta a ciertas necesidades de relevancia social.

Pero, en este campo, no sólo hay que considerar la eficacia de la caridad; también hay que reparar en el modo de ejercerla –de hecho, el modo contribuye a la eficacia-. El que recibe nuestra ayuda no debe sentirse nunca humillado, sino copartícipe de un compartir fraterno. ¿Quiénes de los enfermos que acudían a Jesús se sentían humillados cuando se les otorgaba el beneficio de la curación? Pues así hemos de actuar nosotros, dando sin humillar. Este debe ser el estilo (fraterno) de nuestra caridad.

Como nos dice san Pablo, somos miembros de un solo cuerpo –la Iglesia es una entidad corporativa-, y como tales hemos de con-sentir y com-portarnos: condolernos con los sufrimientos del otro; gozar con las alegrías de los demás; apreciar la necesidad que tenemos unos de otros: si los pies necesitan de los ojos, los ojos necesitan de los pies; la necesidad es mutua porque formamos parte de un todo orgánico en el que cada miembro desempeña su función en beneficio de los demás. Hasta el miembro que parece más débil e inútil, la tiene; de lo contrario no formaría parte del todo. Pero este sentimiento de unidad sólo es posible desde la cabeza, en unión con Cristo, el órgano rector, el que da unidad a los miembros de su cuerpo, proporcionándole el oxígeno vital que lo mantiene vivo: el amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Episcopalis Communio – Francisco I

Art. 23

Tareas de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos

§ 1. La Secretaría General es competente en la preparación y la realización de las Asambleas del Sínodo, y en las otras cuestiones que el Romano Pontífice quiera encomendarle por el bien de la Iglesia universal.

§ 2. A ese propósito, coopera con los Sínodos de los Obispos de las Iglesias patriarcales y arzobispales mayores, los Consejos de los Jerarcas y de las Asambleas de los Jerarcas de las Iglesias sui iuris y las Conferencias Episcopales, así como con los Dicasterios de la Curia Romana.

Lectio Divina – 27 de enero

Lectio: Domingo, 27 Enero, 2019

Jesús presenta el programa de su misión
en la comunidad de Nazaret
Lucas 1, 1-4; 4,14-21

1. Oración inicial

Shadai, Dios de la montaña,
que haces de nuestra frágil vida
la roca de tu morada,
conduce nuestra mente
a golpear la roca del desierto,
para que brote el agua para nuestra sed.
La pobreza de nuestro sentir
nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche
y abra el corazón para acoger el eco del Silencio
para que el alba
encolviéndonos en la nueva luz matutina
nos lleve
con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto
que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro,
el sabor de la santa memoria.

2. Lectio

a) El texto:

Lucas 1, 1-4; 4,14-211 Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, 2 tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, 3 he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, 4 para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
14 Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la región. 15 Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.
16 Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. 17 Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito:
18 El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos 19 y proclamar un año de gracia del Señor.
20 Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. 21 Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.»

b) Comentario:

Acompañada por un breve sumario que ilustra la actividad de Jesús y su persona, la escena que el pasaje (Lc 4,14-21) propone para estudiar, está ambientada en la sinagoga de Nazaret, en día de sábado. El regreso de Jesús, cuya fama se ha extendido por todos los rincones de la Galilea, por donde ha ido por la potencia del Espíritu Santo, expresa una intención precisa. En lo conciso de sus expresiones, Lucas trata de dar una interpretación salvífica a los acontecimientos, iluminando los aspectos más relevantes. Con el enseñar Jesús en las sinagogas, trata de decir su origen hebreo y el deseo de entrar en el corazón del culto para convertir en vida aquella ley que Dios había entregado a su pueblo y para ofrecerse como cumplimiento de la esperanza de Israel.
A la pregunta sobreentendida en la narración ¿Es Jesús un Profeta?, la respuesta se hace siempre más evidente, según los criterios de discernimiento que Israel usa para verificar si un profeta es enviado o no de Jhwh: hay correspondencia entre lo que enseña y las enseñanzas de la ley, sus obras corresponden a los mandatos de Dios, las profecías sobre el futuro se cumplen todas. En Nazaret, Jesús se presenta como profeta – y de hecho se compara a Elías y Eliseo – aunque no se define así, conforme a su estilo, que rechaza toda definición de él mismo.

c) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros

3. Meditatio

a) algunas preguntas:

– Hacer investigaciones precisas de cada circunstancia: ¿Estamos siempre de carrera en nuestro vivir diario? ¿Anidamos en el corazón el deseo de investigar cuidadosamente el significado de cuanto acontece?
Me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva: ¿Pienso siempre que los pobres son los otros y que yo formo parte de los que tienen y sabe, y por tanto no tengo necesidad de nadie?
– Hoy se ha cumplido esta Escritura: ¿Qué Escritura conocemos tan bien, como para reconocerla en nuestro hoy?

b) Clave de lectura:

Contexto histórico

El episodio de la sinagoga de Nazaret es incluso un marco programático que nos da después la clave de lectura de lo que sucederá en el curso del evangelio lucano. El enganche al Profeta Isaías es fundamental, porque se revela la continuidad de la historia humana de Dios. El desarrollo de los gestos de Jesús, puestos en paralelo, se alzó y abrió el libro, (v.17), cerró el libro y se sentó (v.20), da a la narración un carácter litúrgico, conocido, pero nuevo al mismo tiempo. En la homilía que actualiza la profecía emerge la novedad. Hoy, palabra determinante en Lucas, expresa la propuesta cumplida por Dios en Cristo. Y delante a este hoy, las reacciones inmediatas serán de estupor y asombro, de maravilla y escándalo hasta el rechazo ya envuelto en la pregunta que seguirá a la proclamación de Jesús, pregunta suspendida en el aire, que no recibe respuesta: ¿No es éste el hijo de José? (v.22). El contraste con la Palabra proclamada por un hombre que tiene sobre sí el Espíritu del Señor, consagrado con la unción, enviado para una misión específica que tiene sabor mesiánico: llevar el alegre anuncio, enviar, proclamar…. impone un conflicto de identidad.

Contexto literario

El episodio no tiene una precisa correspondencia en los sinópticos. La visita de Jesús a Nazaret en Mateo 13,53-58 y en Marcos 6,1-6ª se limita al interrogativo sobre la procedencia de Jesús y a su rechazo. No hay una descripción del rito en la sinagoga, ni de las palabras dichas por Jesús para interpretar y actualizar la Palabra sagrada. La concordancia está, más allá de la diversidad de los contextos, en el rechazo de Jesús por parte de los Nazarenos.
Con el discurso de Jesús en Nazaret, Lucas intenta introducir e iluminar todo el misterio público de Jesús. Isaías 61,1-2 contiene en síntesis los grandes temas que caracterizan su evangelio y los que le son más queridos: el Espíritu Santo, la unción mesiánica, la liberación escatológica, el gozo mesiánico, la intervención divina en favor de los pobres y de los oprimidos, la proclamación del año de gracia. Aquel programa que en Marcos se ha inaugurado con la proclamación : “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca, convertíos y creed al evangelio” (Mc 1,14-15) y en Mateo se desarrolla en el discurso de la Montaña (Mt 5,1-48), en Lucas se ofrece en el centro del culto hebraico: lo que se cumple no es el tiempo, sino la Escritura. Se le propone a quien lee, la necesidad de “caminar” junto a Cristo, imitándolo por el camino de la conformidad a la voluntad del Padre. Jerusalén, meta de un largo viaje (Lc 9,51-18,14), que conduce a Jesús al momento decisivo de su vida, es punto de llegada de su quehacer terreno (Lc 24) y punto de partida de la vida de la Iglesia naciente (Acta 1-2).

Género literario

Se puede reconocer en el pasaje una pequeña unidad literaria. La intervención redaccional de Lucas, que parte de datos tradicionales sigue un intento propio. El diseño unitario de las dos partes demuestra claridad en el interior y delineación precisa al exterior. Para Lucas son inseparables las áreas de preguntas: ¿Quién es Jesús? y ¿A quién está destinada su obra?. Es muy fuerte la relación entra palabra y acción, acción dramática de un anuncio que se actualiza en la vida. El episodio intenta introducir el ministerio público de Jesús casi limitádolo a aquellas actividades que rozan los confines de su pertenencia a Israel. El Espíritu que desciende abundantemente sobre Jesús: en el nacimiento (1,35), en el bautismo (3,22), durante la tentación (4,1) y al comienzo de su misión (4,14), es el Espíritu del que habla Isaías (v.18) que aclara la acción de Dios. Una acción que no tiene confines étnicos y que no busca notoriedad, sino que se dirige a los que están necesitados de salvación: pobres, prisioneros, ciegos, oprimidos, para inaugurar el tiempo de gracia del Señor. El profeta enviado por Dios está libre de toda pretensión limitante y obligante. De un culto sinagogal incapaz de acoger la Palabra antigua que se cumple hoy, se pasa al culto del seguimiento por los caminos del mundo. Jesús se va, sigue su camino, que de Jerusalén lo conducirá a los extremos confines de la tierra a través de la evangelización de los suyos.

Análisis detallado del texto

Analizando de forma detallada los versículos del texto, se ven peculiaridades notables que encuadradas en el contexto histórico, hacen del cuadro de la sinagoga de Nazaret una síntesis del evangelio en cuanto a contenidos y sucesos.

v. 16: La sinagoga resulta ser el lugar frecuentado por Jesús. Aquí, desde los primeros años de su juventud, Él ha escuchado la Palabra de Dios y la interpreta según la tradición del pueblo. Es significativo el hecho de que Jesús busque el centro del culto. Todo hebreo adulto podía tomar la palabra, los jefes de la sinagoga generalmente confiaban este papel a los que fuesen expertos en las Escrituras. El hecho de que Jesús se levante para leer, indica que era costumbre en Él hacerlo, como le era habitual ir a la sinagoga cada sábado. El inciso “según su costumbre” da mucha fuerza al versículo, de modo que se puede presumir que el que lee y habla no es un cualquiera, sino un hijo de Israel experto en la lectura e interpretación de la Torah o de los Profetas. La fe cristiana nace por tanto de representantes fieles del pueblo de Israel, en los cuales la espera ha llegado a la madurez. Todos los personajes de Lucas son auténticos israelitas: Zacarías, Isabel y Juan, María José y Jesús, los Apóstoles y después en los Hechos, Pablo. Es “ un acostumbrado” que lleva consigo algo nuevo. La sinagoga es el lugar de donde sale el anuncio para extenderse a las ciudades de Judá y de Galilea, a todo Israel y hasta los confines del mundo.

v. 17-19: Jesús encuentra el pasaje de Isaías 61,1-2 que probablemente se refiere a la consagración de un profeta (cfr 1 Re 19,16). Lucas elimina de la cita de Isaías el fin amenazador, porque no interesa a su propósito: subrayar que la enseñanza de Jesús toma su inicio de la Escritura (17-19 25-27) y se vuelve actual en su Persona. Las palabras de Isaías sobre sus labios adquieren pleno significado y resumen su misión: lleno de Espíritu (cfr 4,1), ungido del Señor, es enviado a anunciar a los pobres un alegre mensaje, la liberación de los prisioneros y oprimidos, la vista a los ciegos, a predicar el tiempo de gracia del Señor.

v. 20: La descripción detallada de los gestos evidencia lo que está por venir. Jesús habla sentado, la posición típica del que enseña. Los ojos fijos en Él, preparan a la importancia de lo que Jesús está por decir. Homilía breve la suya, pero comprometedora. El movimiento caracteriza este pasaje de Lucas. Jesús viene, entró, se levantó, se sentó, pasó entre ellos, se fue. También los nazarenos se levantan, pero para atraparlo. Claro contraste. Jesús se levanta para leer, los hombres se levantan para alejarlo. La espera descrita en este versículo: “Los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él”, termina en rechazo. El problema no está en el anuncio, ya conocido y fuente de esperanza para los piadosos israelitas, sino en el anunciador que lo hace suyo.

v. 21: Jesús no comenta las palabras de Isaías, sino que las actualiza. Su palabra es palabra-acontecimiento – rhema – (Ac 10,37), una palabra que es ya salvación. La profecía se convierte en vida, es un hecho. La interpretación de Jesús supera toda expectativa. En la Palabra está presente el hoy, aquel hoy típico del evangelista que es el hoy de la salvación, el hoy del cumplimiento en correspondencia con lo escuchado (cfr Rom 10,17). Es esencial para Lucas la escucha. Y la realización de las promesas antiguas que se repite en toda la obra lucana (Lc9,51; Act 2,1; 19,21) es para los que escuchan: los anawin, los pobres, los oprimidos, los preferidos de Jhwh (Is 11,4; 29,19) y ahora los preferidos de Jesús (Mt 11,28).

c) Reflexión:

Ejemplo de actualización es la exégesis hecha por el mismo Jesús sobre Is 61, que revela el mesianismo presente y el recurso a los pasajes de la Escritura para iluminar la situación actual. Autoridad creativa la de Cristo, que pide al hombre el adecuar la propia vida al mensaje, aceptando al Ungido de Dios y renunciando a la presunción de reducirlo a su dimensión. Esta perspectiva pragmática es la clave para la actualización en todo tiempo: el hoy de la salvación resuena allí donde llega la predicación. Como también la acogida y el compromiso. En la sinagoga de Nazaret se oyen las respuestas fundamentales del hombre que espera encontrar la salvación. Jesús es enviado por Dios, sostenido por el Espíritu Santo. La unción dice que Él es el Cristo. En Él se cumplen las Escrituras. Es el hoy de Dios que llena la historia de un pasado conseguido por la madurez en Cristo y se derramará en el hoy cotidiano del mañana, que es el tiempo de la Iglesia, enviada también élla, como Palabra profética, sostenida por el Espíritu Santo.
Mensaje esplendente que nos trae Lucas en este episodio es la Escritura. Ella contiene todo el secreto de Dios que vive desde la eternidad y que se hace uno entre los hombres.

4. Oratio

Salmo 2, 6-9

“Yo he constituido mi rey
sobre Sion mi monte santo”
Voy a promulgar un decreto del Señor.
Él me ha dicho: “Tú eres mi hijo,
Yo te he engendrado hoy.
Pídeme, y haré de las gentes tu heredad
Te daré en posesión los confines de la tierra.
Los regirás con cetro de hierro,
y los romperás como vasija de alfarero

5. Contemplatio

Hoy: palabra clave en mi vida de cada día. En este hoy e cumple la Escritura. En este hoy Cristo entra en la sinagoga de mis convicciones para proclamar un nuevo mensaje a la pobreza de mi pensamiento, a los sentimientos prisioneros de aquel deseo quebrado en las ruinas de un cotidiano gris arrastrado hora por hora, a mi mirada ofuscada por mi horizonte miope. Un año de gracia, de regreso, de bendición. Señor, que mi hoy sea el tuyo, para que ninguna palabra tuya pueda caer en vano en mi vida, sino que todas puedan realizarse como granos de trigo en el surco helado del pasado, capaces de germinar con los primeros vientos de la primavera.

Domingo III de Tiempo Ordinario

Situación

Es una pregunta que nos hacemos con frecuencia:

¿Por qué nos volvemos a una historia que sucedió hace 2000 años? ¿Tiene algo que ver con nosotros?

La pregunta no es teórica, porque pone en juego:

– La validez o no de la Eucaristía de cada domingo.

– La actualidad de la Biblia, del Evangelio, en particular. – El sentido que tiene en mi vida la persona de Jesús.

Pero hay que reconocer que muchos creyentes leen el Evangelio como un libro más o menos interesante sobre el fundador del cristianismo, o un libro religioso donde buscan palabras apropiadas para la piedad o la acción. Reconocen «que los cielos y la tierra pasarán, pero no el Evangelio»…

Contemplación

En nuestra Eucaristía se cumple literalmente lo que aconteció en Nazaret. Jesús leyó un trozo de Is 61, y su comentario fue contundente, una especie de automanifestación mesiánica: Hoy se está cumpliendo. Del mismo modo, nosotros leemos el Evangelio proclamando a Jesús como el Señor presente en la comunidad cristiana y que cumple hoy lo anunciado por los profetas. Confesamos e invocamos: Gloria a ti, Señor Jesús, «que has hablado a los tuyos, Tú, el Resucitado».

El texto de Neh 8 hace alusión a otro momento decisivo de la historia de Israel, cuando, en la vuelta del destierro, se renueva solemnemente la Alianza (primera lectura).

Sería interesante aprovechar este domingo para tomar conciencia del lugar de la Palabra en nuestras vidas. Para ello no hace falta sacralizarla, como si fuese un objeto investido de poderes sobrenaturales, que actúan mágicamente, o buscando en ella la receta segura para actuar. Al contrario, la Palabra adquiere su valor propio, cuando, en la fe, percibimos la correlación entre lo que vivió y dijo Jesús y nuestra experiencia humana y de Dios. No se descubre por análisis o rebuscando el texto, sino por iluminación interior, conectando existencialmente la Palabra y nuestra vida.

Reflexión

No se vive de la Palabra según el tiempo de lectura que se le dedique. Caeríamos en el fariseísmo de quienes creían ser hombres de la Palabra porque llevaban versículos de la Ley en la frente y en el manto. Jesús vivió de la Palabra porque fue capaz de releerla según el Espíritu Santo. Lo cual supone:

— Descubrir las virtualidades ocultas de la Palabra, que trascienden su momento histórico y que se aplican ahora.

— Experimentar que se me adelanta a mi propia experiencia, dando a mi realidad un nuevo horizonte de sentido.

— Hacer de ella alimento permanente, pues no se entrega a la primera, ni al curioso, ni al que la domina con sus saberes, sino al sencillo, que desea la Sabiduría que viene de Dios.

— Poco a poco, la Palabra deja de ser un texto que educa la fe y configura la vida, para acercarnos a la persona misma de Jesús. En el Evangelio ocurre lo que el creyente experimenta en la relación normal con Jesús: recordando su historia, lo siente como Vivo; sintiendo su humanidad y proximidad, percibe su filiación divina.

Praxis

Dos veces a la semana, es la consigna de este libro. El principal conocimiento de la Palabra lo recibimos de la Iglesia con las lecturas del domingo.

Pero, ¿no habría que dedicarle más tiempo? Hay bibliografía abundante y muy buena de introducción a ambos Testamentos. Se pone en juego mucho más que la adquisición de información religiosa: nada menos que el conocimiento de Dios tal como El se ha revelado. No creamos demasiado pronto que la idea que tenemos de Dios es la idea que Dios ha dado de Sí mismo.

Pero lo primordial sigue dándose en la vida ordinaria:

¿Qué va a significar para mí esta semana reconocer que Jesús es Mesías «para dar la Buena Noticia a los pobres y anunciar el año de gracia del Señor»?

El hoy de la Escritura se cumple en mi vida. Llamado a ser testigo de Jesús, ha de verse en mí, de alguna manera, su vida, sus hechos y sus palabras.

— En la oración, cuando escuchas la Palabra, sin saber cómo, será transformado tu corazón. Si perseveras, lo constatarás. Por ejemplo, te bastarán estos tres años, siguiendo los tres ciclos, tal como te sugieren estas páginas.

Javier Garrido

Para que «hoy» se cumpla

El nuevo presidente de Brasil, en su toma de posesión, afirmó: “Brasil por encima de todo, y Dios por encima de todos”. Como afirmó la “Línea editorial COPE” del día 2 de enero, “no debería haber problema en invocar a Dios en la escena pública, siempre que se haga con respeto y sin pretender utilizarlo en beneficio propio (…) No es lo mismo invocar a Dios como recurso dialéctico oportunista que practicar una política que busque el bien común, el diálogo y el respeto a los contrarios”. Porque por desgracia sabemos que muchas veces se ha afirmado actuar “en nombre de Dios” o se ha tergiversado la Palabra de Dios para satisfacer intereses personales, sociales o políticos en realidad muy alejados e incluso contrarios al Evangelio.

En el Evangelio vemos que Jesús, tras leer el pasaje del profeta Isaías, afirma: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Jesús se aplica a sí mismo esas palabras del profeta, pero no como un recurso populista para ganar seguidores, ni menos aún buscando algún tipo de beneficio propio. Jesús, efectivamente, cumplió la Palabra que Dios había dado por el profeta: el Espíritu del Señor descendió sobre Él en el momento de su Bautismo; anunció la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los que por diferentes motivos vivían “cautivos” y oprimidos, hizo “ver” a quienes estaban ciegos para encontrar a Dios, y toda su vida fue un derroche de la Gracia del Señor.

Y “hoy” nosotros estamos llamados a actuar “en nombre de Dios”, para que la Palabra de Dios, la Palabra que es Cristo, se cumpla en nuestro mundo. Pero para que esto ocurra, para que efectivamente “hoy” se cumpla la Palabra de Dios y no “nuestras palabras”, aunque éstas sean “en nombre de Dios”, debemos conocer lo que esa Palabra dice, para poder después llevarlo a la práctica. Y hemos de reconocer que tenemos un gran desconocimiento de la Palabra de Dios.

Por eso debemos fijarnos en la 1ª lectura para ver la relación que el pueblo de Israel tenía con el libro de la Palabra de Dios:

Todo el pueblo estaba atento: ¿Presto atención a la Palabra de Dios, ya sea al leerla o al escucharla?

El pueblo entero se puso en pie: Ponerse en pie significa una actitud de respeto. ¿Respeto la Palabra de Dios, por ejemplo leyéndola antes de la Eucaristía, o llegando con tiempo al templo, para no perderme ninguna de las lecturas?

Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura: ¿Me preparo para ser buen lector de la Palabra de Dios? ¿Presto atención durante la homilía? ¿Participo en algún grupo de formación, o de liturgia, para comprender mejor la Palabra?

El pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley: Tras escuchar la Palabra de Dios, ¿se produce en mí alguna emoción, alguna reacción, o me deja indiferente porque no le dejo que me interpele?

El pueblo entero respondió: «Amén, Amén»: “Amén” significa “así sea”, afirmando que se tiene por cierto y verdadero lo que se acaba de escuchar. Por tanto, decir “amén” es estar dispuesto a asumir un compromiso con esa Palabra. ¿Estoy dispuesto a llevar a la vida la Palabra de Dios, como hizo Jesús? ¿Sé dónde, cómo, a quiénes me envía el Señor a llevar la Buena Noticia?

En el Evangelio hemos escuchado que, tras leer Jesús el pasaje de Isaías, toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Hoy son muchos los “ojos” que están puestos en la Iglesia y en quienes celebramos la Eucaristía, buscando cualquier motivo para denunciar hipocresías, incoherencias, abusos, manipulaciones, supuestas búsquedas de poder o mantenimiento de presuntos privilegios…

Esta realidad es una llamada para crecer en la fidelidad al Evangelio, para que, como Jesús, no sólo digamos que hablamos y actuamos “en nombre de Dios”, sino que nuestras obras lo corroboren.

Para que “hoy” hagamos que se cumpla la Palabra de Dios, su Buena Noticia, tengamos presentes las palabras del Papa san Pablo VI en “Evangelii nuntiandi” 76, sobre la necesidad de ser testigos auténticos: «A estos “signos de los tiempos” debería corresponder en nosotros una actitud vigilante. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: “¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís?” Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos».

La primera mirada

La primera mirada de Jesús no se dirige al pecado de las personas, sino al sufrimiento que arruina sus vidas. Lo primero que toca su corazón no es el pecado, sino el dolor, la opresión y la humillación que padecen hombres y mujeres. El pecado consiste precisamente en cerrarse al sufrimiento de los demás para pensar sólo en el propio bienestar.

La exégesis contemporánea atribuye una importancia decisiva al «relato programático» de la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 16-22). Jesús se siente «ungido por el Espíritu» de un Dios que se preocupa de los que sufren, impregnado por su amor a los pobres y desvalidos. Es ese Espíritu el que lo empuja a entregar su existencia entera a liberar, aliviar, sanar, perdonar: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).

Este programa de actuación propio de Cristo no ha sido siempre el de los cristianos. La teología cristiana ha dirigido más su atención al pecado de la criatura que a su sufrimiento.

«La doctrina cristiana de la salvación ha dramatizado demasiado el problema del pecado mientras ha relativizado el problema del sufrimiento». Es así. Muchas veces la preocupación por el dolor humano ha quedado atenuada por la atención a la redención del pecado.

En el interior del cristianismo hay una fe no en cualquier dios, sino en el Dios atento al dolor humano. Frente a la «mística de ojos cerrados» propia del budismo y de la espiritualidad del Oriente en general, volcados sobre todo en la atención a lo interior, el cristianismo ha de cultivar una «mística de ojos abiertos» y una espiritualidad de la obligación absoluta de atender al dolor de los otros.

Al cristiano verdaderamente espiritual -«ungido por el Espíritu»– se lo encuentra, lo mismo que a Cristo, junto a los más desvalidos y humillados. Lo que le caracteriza no es tanto la comunicación íntima con el Ser Supremo cuanto la apertura al amor de un Dios Padre que empuja y envía a sus fieles hacia los seres más pobres y abandonados.

Como recordó el cardenal Carlo Martini, en estos tiempos de globalización, el cristianismo ha de globalizar la atención al sufrimiento de los pobres de la Tierra.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 27 de enero

De la ley antigua a la ley nueva

      Este domingo entre la primera lectura y el evangelio hay una distancia enorme. La primera lectura relata un momento de la historia de Israel en que el pueblo, una vez vuelto del destierro, escucha de nuevo la proclamación de la ley. Es la ley de Dios. Son las normas que Dios dio a sus padres en el pasado y que deben ser obedecidas en todo momento. A cambio el pueblo tendrá la vida. Si el pueblo fue vencido por sus enemigos y tuvo que ir al destierro, fue precisamente porque no obedeció esas normas como debía. 

      En el Evangelio nos encontramos con una situación muy distinta. Jesús ha vuelto a su ciudad natal después de un tiempo fuera. Ya ha comenzado su vida pública y a sus conciudadanos ha llegado su fama. Se siente enviado por Dios para predicar el Reino de Dios. ¿Estamos ante una nueva proclamación de la ley? ¿Va a dar Jesús unas normas nuevas en oposición a las que desde antiguo había recibido el pueblo? Posiblemente sus conciudadanos se hacían también estas preguntas. Por eso, cuando entra en la sinagoga, le invitan a hacer una lectura de los profetas y a que les hable. 

      Sorprendentemente, Jesús escoge un texto que no habla de normas ni de leyes. Habla más bien de él mismo y de su misión. Jesús se sirve de un texto del profeta Isaías para explicar a sus conciudadanos, y de paso también a nosotros, cuál es el contenido de su misión, por qué está predicando por los pueblos y los caminos de Galilea. Es que Jesús se siente dominado, poseído, por el Espíritu de Dios. Ese espíritu no hace de él alguien superior a los demás. No le convierte en un rey que, como el resto de los reyes de la tierra, se vale de su autoridad para dominar, oprimir y esclavizar. Él ha sido enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, liberar a los cautivos y devolver la vista a los ciegos. Ésa es su misión. 

      No se trata por tanto de que Dios, a través de Jesús, nos vaya a dar normas nuevas, quizá más fáciles, quizá más difíciles, que tenemos que obedecer. En absoluto. Jesús viene a hablarnos de un Dios que nos trae la salvación, que quiere que seamos libres, que dejemos de sufrir, que seamos felices. Ésa es la misión de Jesús. Los que hoy formamos su comunidad, somos los encargados de llevar esta buena nueva a los que sufren, a los oprimidos, a los cautivos, a los pobres. Para que todos conozcan al Dios que nos ama y nos salva. 

Para la reflexión

      ¿Hay cerca de ti personas que necesitan ser liberadas de alguna opresión? ¿Tú mismo, quizá? ¿Cómo te libera Jesús? ¿Cómo libera a tu familia? ¿Te dejas liberar?

Fernando Torres, cmf