Comentario del 27 de enero

La palabra evangélica de este día nos es remitida a modo de carta-circular que nos dirige el Espíritu Santo por medio de Lucas. El evangelista nos habla de su tarea como redactor del evangelio. Se ha propuesto, nos dice, componer un relato de hechos verificados por testigos oculares. Son los hechos concernientes a Jesús de Nazaret. Y quienes los han transmitido son los que habían sido testigos oculares de los mismos y más tarde predicadores de la Palabra: primero, testigos oculares; después, anunciadores; primero, vieron, y después anunciaron lo que habían visto. Lucas se limitó –según su propio testimonio- a comprobarlo todo con exactitud –comparando tradiciones, refrendando testimonios, investigando- y a poner en orden el material recogido: primero, los hechos de la infancia; después, los de la vida pública; finalmente, los de su pasión, muerte y resurrección. Se trata de hechos acaecidos en la historia, de hechos pertenecientes a una biografía, hechos con sus dichos correspondientes. Este carácter fáctico del relato evangélico es lo que confiere solidez a las enseñanzas recibidas: la solidez de los hechos. Con este fin, el de dar solidez a nuestra fe, escribe san Lucas su relato.

A la cadena de los hechos pertenece la existencia histórica de Jesús, y su estancia en Galilea, y su presencia en la sinagoga de Nazaret, y su ponerse en pie el Sábado para leer al profeta Isaías, y su proclamar en voz alta: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. He aquí una secuencia de hechos verificados y testimoniados. Pero los hechos se nos cuentan no únicamente para que les demos crédito en cuanto hechos, sino para que, por ellos, creamos en su protagonista o en lo que su protagonista dijo de sí, interpretando su propia vida como la del Ungido del Espíritu y la del Enviado para dar la buena noticia a los pobres: para anunciar a los cautivos la libertad…, para dar libertad a los oprimidos. No sólo para anunciar la libertad, sino también para darla.

Jesús no se presenta como un simple anunciador de liberaciones, sino como donador o ejecutor de la liberación que anuncia o de la gracia que proclama. Y para demostrar que sus palabras eran veraces desarrolló una actividad taumatúrgica de notables dimensiones. Sus curaciones milagrosas fueron sin duda un signo muy claro de esta veracidad. Así lo vieron sus contemporáneos, que lo seguían a todas partes deseosos de aprovecharse de sus beneficios o que se escandalizaban por el conflicto de tales acciones con normas tan sagradas como las impuestas por la observancia del descanso sabático. Así lo verán también cuantos en las futuras generaciones invocarán sus milagros como signos de credibilidad. Él era realmente el Ungido del Espíritu anunciado por Isaías, porque sus obras poderosas y bienhechoras así lo delataban.

Y los primeros destinatarios de sus benéficas acciones fueron sin duda los pobres: ciegos, cojos, mancos, leprosos, marginados, mujeres, niños, pecadores, harapientos, encarcelados, oprimidos: pobres, porque lo eran y porque se sentían tales; de no haberse sentido pobres no habrían acudido a Jesús buscando remedio a su dolencia o carencia. Luego Jesús comienza su tarea de Ungido del Espíritu anunciando la Buena Noticia y suministrando, anunciando la liberación y liberando. Nosotros, en cuanto seguidores suyos, no podemos ir por el mundo de otra manera que anunciando con palabras y obras el Evangelio.

Optar preferencialmente por los pobres, sin excluir a los demás, como hizo Jesús, es testimoniar un estilo que es el estilo propio del amor de Dios, de su providencia misericordiosa. Para ello basta con dejarse llevar por la ternura divina. Y el panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente. Ayer eran los leprosos y los tuberculosos; hoy son los enfermos de sida, los ancianos abandonados, las mujeres explotadas o maltratadas, los desesperados de la vida, los sin techo, los emigrantes, las víctimas de abusos, los acosados, etc. La Iglesia debe continuar esta tradición secular de caridad que ha sido una de sus señas de identidad y que ha tenido múltiples manifestaciones, desde las limosnas particulares de cada uno hasta las grandes instituciones de caridad nacidas para dar respuesta a ciertas necesidades de relevancia social.

Pero, en este campo, no sólo hay que considerar la eficacia de la caridad; también hay que reparar en el modo de ejercerla –de hecho, el modo contribuye a la eficacia-. El que recibe nuestra ayuda no debe sentirse nunca humillado, sino copartícipe de un compartir fraterno. ¿Quiénes de los enfermos que acudían a Jesús se sentían humillados cuando se les otorgaba el beneficio de la curación? Pues así hemos de actuar nosotros, dando sin humillar. Este debe ser el estilo (fraterno) de nuestra caridad.

Como nos dice san Pablo, somos miembros de un solo cuerpo –la Iglesia es una entidad corporativa-, y como tales hemos de con-sentir y com-portarnos: condolernos con los sufrimientos del otro; gozar con las alegrías de los demás; apreciar la necesidad que tenemos unos de otros: si los pies necesitan de los ojos, los ojos necesitan de los pies; la necesidad es mutua porque formamos parte de un todo orgánico en el que cada miembro desempeña su función en beneficio de los demás. Hasta el miembro que parece más débil e inútil, la tiene; de lo contrario no formaría parte del todo. Pero este sentimiento de unidad sólo es posible desde la cabeza, en unión con Cristo, el órgano rector, el que da unidad a los miembros de su cuerpo, proporcionándole el oxígeno vital que lo mantiene vivo: el amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística