Domingo III de Tiempo Ordinario

Situación

Es una pregunta que nos hacemos con frecuencia:

¿Por qué nos volvemos a una historia que sucedió hace 2000 años? ¿Tiene algo que ver con nosotros?

La pregunta no es teórica, porque pone en juego:

– La validez o no de la Eucaristía de cada domingo.

– La actualidad de la Biblia, del Evangelio, en particular. – El sentido que tiene en mi vida la persona de Jesús.

Pero hay que reconocer que muchos creyentes leen el Evangelio como un libro más o menos interesante sobre el fundador del cristianismo, o un libro religioso donde buscan palabras apropiadas para la piedad o la acción. Reconocen «que los cielos y la tierra pasarán, pero no el Evangelio»…

Contemplación

En nuestra Eucaristía se cumple literalmente lo que aconteció en Nazaret. Jesús leyó un trozo de Is 61, y su comentario fue contundente, una especie de automanifestación mesiánica: Hoy se está cumpliendo. Del mismo modo, nosotros leemos el Evangelio proclamando a Jesús como el Señor presente en la comunidad cristiana y que cumple hoy lo anunciado por los profetas. Confesamos e invocamos: Gloria a ti, Señor Jesús, «que has hablado a los tuyos, Tú, el Resucitado».

El texto de Neh 8 hace alusión a otro momento decisivo de la historia de Israel, cuando, en la vuelta del destierro, se renueva solemnemente la Alianza (primera lectura).

Sería interesante aprovechar este domingo para tomar conciencia del lugar de la Palabra en nuestras vidas. Para ello no hace falta sacralizarla, como si fuese un objeto investido de poderes sobrenaturales, que actúan mágicamente, o buscando en ella la receta segura para actuar. Al contrario, la Palabra adquiere su valor propio, cuando, en la fe, percibimos la correlación entre lo que vivió y dijo Jesús y nuestra experiencia humana y de Dios. No se descubre por análisis o rebuscando el texto, sino por iluminación interior, conectando existencialmente la Palabra y nuestra vida.

Reflexión

No se vive de la Palabra según el tiempo de lectura que se le dedique. Caeríamos en el fariseísmo de quienes creían ser hombres de la Palabra porque llevaban versículos de la Ley en la frente y en el manto. Jesús vivió de la Palabra porque fue capaz de releerla según el Espíritu Santo. Lo cual supone:

— Descubrir las virtualidades ocultas de la Palabra, que trascienden su momento histórico y que se aplican ahora.

— Experimentar que se me adelanta a mi propia experiencia, dando a mi realidad un nuevo horizonte de sentido.

— Hacer de ella alimento permanente, pues no se entrega a la primera, ni al curioso, ni al que la domina con sus saberes, sino al sencillo, que desea la Sabiduría que viene de Dios.

— Poco a poco, la Palabra deja de ser un texto que educa la fe y configura la vida, para acercarnos a la persona misma de Jesús. En el Evangelio ocurre lo que el creyente experimenta en la relación normal con Jesús: recordando su historia, lo siente como Vivo; sintiendo su humanidad y proximidad, percibe su filiación divina.

Praxis

Dos veces a la semana, es la consigna de este libro. El principal conocimiento de la Palabra lo recibimos de la Iglesia con las lecturas del domingo.

Pero, ¿no habría que dedicarle más tiempo? Hay bibliografía abundante y muy buena de introducción a ambos Testamentos. Se pone en juego mucho más que la adquisición de información religiosa: nada menos que el conocimiento de Dios tal como El se ha revelado. No creamos demasiado pronto que la idea que tenemos de Dios es la idea que Dios ha dado de Sí mismo.

Pero lo primordial sigue dándose en la vida ordinaria:

¿Qué va a significar para mí esta semana reconocer que Jesús es Mesías «para dar la Buena Noticia a los pobres y anunciar el año de gracia del Señor»?

El hoy de la Escritura se cumple en mi vida. Llamado a ser testigo de Jesús, ha de verse en mí, de alguna manera, su vida, sus hechos y sus palabras.

— En la oración, cuando escuchas la Palabra, sin saber cómo, será transformado tu corazón. Si perseveras, lo constatarás. Por ejemplo, te bastarán estos tres años, siguiendo los tres ciclos, tal como te sugieren estas páginas.

Javier Garrido