Domingo III de Tiempo Ordinario

La primera parte (vv. 1-4) de este evangelio es el prólogo que el mismo Lucas le puso a su relato. Así dejó claro que se había documentado bien, (como solían hacer los autores griegos). Pero aquí conviene recordar que un «evangelio» no es meramente un libro de historia, sino que lo central (en él) es la «ejemplaridad» de lo que relata. Al leer los evangelios, lo que tenemos que preguntarnos no es: «testo es histórico?». La pregunta tiene que ser: «¿Qué me enseña este relato para mi vida y mi conducta?». Aquí está la clave para buscar en el Evangelio lo que en él podemos encontrar. No es la «historicidad», sino la «ejemplaridad» de lo que nos relata sobre Jesús.

Lucas enseguida (vv. 14-15) presenta el comienzo de la actividad de Jesús en Galilea. En Jesús actúa la fuerza del Espíritu. O sea, a Jesús no le llevó ni el deber de la religión, ni la obligación de la ley, ni mucho menos el afán de ser famoso o tener poder. Jesús actuaba por la fuerza y la orientación del Espíritu. En esto radicaba su profunda espiritualidad. Una fuerza interior que le hizo hablar de tal manera que motivó a la gente para sentirse mejor, sentirse feliz. Por eso todos alababan y glorificaban lo que estaban viviendo. ¡Qué pena que hoy sea tan raro encontrar predicadores así!

La lectura, que hizo Jesús en la sinagoga, se tomó del profeta Isaías (61, 1-2). Pero Jesús suprimió de esa lectura las palabras finales, que se refieren al desquite de Dios. «Desquitarse» es «vengarse». Cuando el profeta Isaías hablaba de este desquite o venganza, se refería a lo que el pueblo de Israel había sufrido en el destierro de Babilonia. En tiempo de Jesús, cuando se leía a este profeta, se pensaba que Dios tenía que castigar y hacer sufrir a quienes habían sometido y oprimido a los israelitas. Pero Jesús no quiso ni mencionar semejante desquite. Jesús —y el Dios que se nos revela en Jesús— no quiere ni desquites, ni venganzas. Así no se arregla este mundo. Ni así seremos más felices.

Solo la comprensión, el perdón, la misericordia y la tolerancia pueden lograr un mundo más habitable y más humano.

José María Castillo