Lc 4, 21-30 (Evangelio Domingo IV de Tiempo Ordinario)

Estamos situados en la continuación del episodio que la liturgia del domingo pasado nos presentó. Jesús fue a Nazaret, entró en la sinagoga, fue invitado a leer un texto de los Profetas y a realizar el respectivo comentario. Leyó una cita de Isaías (61,1-2) y “la actualizó”, aplicando lo que el profeta decía a sí mismo y a su misión: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

El Evangelio de hoy presenta la reacción de los habitantes de Nazaret ante las palabras de Jesús.

El episodio de la sinagoga de Nazaret es, ya lo dijimos anteriormente, un episodio “programático”: a Lucas no le interesa describir de forma coherente la lógica de un episodio en concreto, sucedido en Nazaret durante una visita de Jesús, sino enunciar las líneas generales del programa que el mesías va a cumplir, las líneas que el resto del Evangelio va a revelar.

El programa de Jesús es, como vimos la semana pasada (el texto de Is 61,1-2 y el comentario posterior de Jesús lo demuestran claramente), la presentación de una propuesta de liberación a los pobres, marginados y oprimidos. Sin embargo, ese “camino” no va a ser entendido y aceptado por el pueblo judíos (esto es, los “de su tierra”), que están más interesados en un mesías milagrero y espectacular.

Los “suyos” rechazaron la propuesta de Jesús e intentaron eliminarlo (anuncio de la muerte en cruz); pero la libertad de Jesús vence a los enemigos (alusión a la resurrección) y la evangelización sigue su camino (“Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”), hasta alcanzar a los que estaban verdaderamente dispuestos a acoger la salvación/liberación (alusión a Elías y Eliseo que se dirigieron a los paganos porque su propio pueblo no estaba dispuesto a escuchar la Palabra de Dios).

En este texto programático, ya lo dijimos, también, la semana pasada, Lucas anuncia el camino que la Iglesia ha de recorrer: la comunidad creyente toma conciencia de que, en continuidad con el camino de Jesús, su misión es la de llevar la Buena Noticia a los pobres y marginados, como Elías hizo con una viuda de Sarepta o como Eliseo hizo con un leproso sirio.

Si recorre ese camino, la Iglesia vivirá en fidelidad a Cristo.

La reflexión sobre este texto puede considerar las siguientes cuestiones:

“Ningún profeta es bien mirado en su tierra”. Los habitantes de Nazaret creen conocer a Jesús, lo han visto crecer, saben identificar a su familia y a sus amigos pero, en realidad, no comprenden la profundidad de su ministerio. Se trata de un conocimiento superficial, teórico, que no lleva a una verdadera adhesión a la propuesta de Jesús.

En verdad, es una situación que puede que no sea para nosotros del todo extraña: tratamos todos los días con Jesús, somos capaces de hablar sobre él; pero, ¿su propuesta tiene impacto en nosotros y transforma nuestra existencia?

“Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”, le piden los habitantes de Nazaret. Esta es la actitud de quien busca a Jesús para contemplar su espectáculo o para resolver sus problemas personales. Supone la perspectiva de un Dios comerciante, a quien nos acercamos para hacer negocio con él.

¿Quién es nuestro Dios?, ¿el Dios de quien esperamos espectáculo para nuestro divertimento, o el Dios que en Jesús nos presenta una propuesta seria de salvación que es necesario hacer realidad en la vida cotidiana?

Como en la primera lectura, el Evangelio nos propone una reflexión sobre el “camino del profeta”: es un camino en el que se lucha, permanentemente, con la incomprensión, con la soledad, con el riesgo. Es, sin embargo, un camino al que Dios nos llama para recorrerlo, en fidelidad a su Palabra.

¿Tenemos el coraje de seguir este camino?
¿La habladurías de los otros, las críticas que hieren, la soledad y el abandono, nos han impedido alguna vez cumplir con la misión que nuestro Dios nos confió?