Comentario 31 de enero

El pasaje del evangelio de san Marcos que tenemos a la vista parece recoger a modo de espigas algunos dichos tomados de los discursos de Jesús sin aparente conexión interna. Decía él: ¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? La pregunta dirigida a la muchedumbre congregada tiene el valor de una pregunta retórica. No busca otra cosa que el asentimiento a lo que se propone. Evidentemente el candil no se enciende para meterlo debajo de un celemín o debajo de la cama. ¿Qué función haría en semejante situación? El candil se enciende para ponerlo en el candelero, pues fue pensado para iluminar el espacio en el que se sitúa. Y si nació con esta función, no tiene sentido meterlo debajo de la cama. Así no podría cumplir su cometido. El predicador entiende que las cosas se hacen o se conciben para algo, con una finalidad; y el candil, como portador de la llama, se hizo para iluminar. No tiene otro fin que éste. Y para cumplir este fin tiene que ser puesto en alto y liberado de todas las barreras y opacidades que le impidan derramar su haz de luz en todas las direcciones.

La referencia a la luz es constante en el discurso de Jesús. Él se proclama a sí mismo como luz del mundo, un mundo que yace envuelto en tinieblas; y señala a sus seguidores, que habrán de ser enviados a ese mismo mundo necesitado de iluminación, como luz del mundo y sal de la tierra. Quiere, por tanto, que tomen conciencia de esta realidad: también ellos son luz; y su función en el mundo es esparcir esa luz, iluminar con su palabra y con su vida. Pero no deben olvidar que la luz que ellos son es una luz recibida. Aquí no hay pretensiones de ser más que nadie; simplemente de repartir lo que ellos mismos han recibido: la luz del que es luz del mundo por ser haber salido de Dios como Hijo y como Verbo. En las pretensiones de Jesús no hay sino manifestación de la verdad luminosa de su envío, y en las nuestras, la necesidad de responder al mandato misionero de Jesús o de ser correa de transmisión de la luz recibida del mismo. Y el que ha sido dotado de esta fuente luminosa no puede dejar de transmitir la luz en cualquiera de sus manifestaciones o testimonios, lo mismo que el que ha sido equipado con la luz de la razón no puede dejar de iluminar con sus razonamientos y enseñanzas.

Marcos sigue espigando dichos de Jesús: Si se esconde algo es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El maestro de esta sentencia parece suponer que las cosas no se esconden para que permanezcan escondidas sine die, sino para que algún día, en tiempo propicio, se descubran. Aunque no todo lo que se hace a ocultas es para que salga a la luz (algunos preferirían que ciertas acciones ocultas y vergonzantes no vieran nunca la luz), lo cierto es que lo oculto o lo sumergido tarde o temprano sale a flote y queda al descubierto; y si permanece oculto durante el tiempo de la historia, siempre quedará el juicio de Dios ante cuya mirada no pueden ocultarse ni los más íntimos pensamientos, mucho menos las acciones que quieren mantenerse ocultas a los ojos de cualquier testigo.

Precisamente la luz tiene por objeto poner al descubierto lo que ocultan las tinieblas y, por tanto, traer a la evidencia la verdad de las cosas. Este es también el carácter más definitorio de la verdad, la aletheia, poner al descubierto lo que permanecía oculto, sacar a la luz lo escondido. Porque el ser tiende por sí mismo a manifestarse, pero nunca acaba de desvelarse del todo, siempre conserva un núcleo o un fondo nunca enteramente desvelado. Es el enigma de la realidad de que han hablado filósofos como Zubiri; porque la realidad es manifiesta –toda realidad tiene su apariencia-, pero también enigmática. En la medida en que se indaga y se penetra, las cosas nos van descubriendo su realidad, pero no sale a la luz todo lo que esconden, quizá porque su fundamento, estando en ellas mismas, está más allá. Sólo a la mirada del Creador puede estar patente el todo de la realidad. Sólo él, por tanto, puede conocer la verdad de las cosas en su integridad.

Había dicho también este maestro de sentencias: La medida que uséis, la usarán con vosotros, y con creces. Es la justa correspondencia a las medidas empleadas para pesar y sopesar los méritos ajenos; porque medida hay en nuestros juicios sobre la estatura intelectual o moral de una persona, en nuestros juicios sobre la valía personal, las intenciones o los esfuerzos del prójimo. Examinemos nuestras medidas. Puede que sean mezquinas, poco benévolas, desconsideradas, injustas o carentes de misericordia. Pues bien, tengamos en cuenta que, en conformidad con el dictamen de Jesús, seremos medidos con la misma medida empleada por nosotros. Sucede que muchas veces en nuestra conducta habitual olvidamos esto y nos vemos sorprendidos por las varas de medir que otros han empleado para tasar nuestras acciones.

Pero siempre hay que preguntarse: ¿Qué medida hemos usado nosotros para evaluar las acciones de los demás, su altura intelectual y moral, sus trabajos y proyectos? Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Ya lo que tenemos, lo tenemos porque nos ha sido dado, pero se nos dará más si somos capaces de multiplicar lo que ya tenemos; pues tales posesiones son multiplicables. Se nos han dado talentos productivos, es decir, susceptibles de incremento. No hemos recibido unos talentos para enterrarlos, si por enterrar entendemos inutilizar; los hemos recibido para incrementarlos, dándoles productividad. Al que se limita a enterrar su talento le será quitado hasta el talento que se le dio. Esto no es tan difícil de entender. Basta con contemplar un órgano atrofiado por falta de uso; basta con contemplar la pérdida de masa muscular en una persona que ha dejado de usar las piernas por razón de una larga enfermedad. El músculo que no se ejercita se atrofia. Ésta ley que impera en la naturaleza corpórea rige también para cuanto hemos recibido de Dios para nuestro crecimiento y desarrollo personal. Si no ejercemos las facultades y las virtudes que nos han sido dadas podemos acabar perdiéndolas por falta de ejercicio.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística