I Vísperas – Domingo IV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a al voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todos se admiraban de las palabras que salían de la boca de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todos se admiraban de las palabras que salían de la boca de Dios.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

  • Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
    — no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.
  • Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
    — sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.
  • Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
    — para que atiendan con interés a los pobres y postergados.
  • Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
    — y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
    — con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 2 de febrero

Lectio: Sábado, 2 Febrero, 2019

La presentación del Niño en el templo
Lucas 2, 22-40

1. Oración inicial

Oh Dios, nuestro Creador y Padre! Tú has querido que tu Hijo, engendrado antes de la aurora del mundo, fuese miembro de una familia humana; revive en nosotros la veneración por el don y el misterio de la vida, para que los padres se sientan partícipes de la fecundidad de tu amor, los ancianos donen a los jóvenes su madura sabiduría y los hijos crezcan en sabiduría, piedad y gracia, para gloria de tu Santo Nombre. Amén.

2. Lectura: Lucas 2, 22-40

22 Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, 23 como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor 24 y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
25 Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. 26 El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. 27 Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, 28 le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
Lucas 2, 22-4029 «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra,
dejar que tu siervo se vaya en paz;
30 porque han visto mis ojos tu salvación,
31 la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
32 luz para iluminar a las gentes
y gloria de tu pueblo Israel.»
33 Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. 34 Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción -35 ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»
36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada. Casada en su juventud, había vivido siete años con su marido, 37 y luego quedó viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. 38 Presentándose en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
39 Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40 El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

3. Un momento de silencio orante

– para que la Palabra de Dios pueda morar en nosotros y la dejemos iluminar nuestra vida;
– para que antes de nuestros comentarios, sea la misma luz de la Palabra la que se imponga y brille con su misterio de presencia viviente del Señor.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Por qué Jesús, hijo del Altísimo, y su madre María, concebida sin pecado, deben someterse a las prescripciones de Moisés? ¿Quizás porque María no tenía todavía conciencia de su inocencia y santidad?
b) Además de las palabras de Simeón, en su forma de obrar, como también en el de la profetisa Ana ¿hay un significado especial? Su obrar y su alegría, ¿no recuerdan quizás el estilo de los antiguos profetas?
c) ¿Cómo explicar esta «espada que traspasa»: se trata de una herida de las conciencias ante los retos y los requerimientos de Jesús? ¿ O, más bien, se trata sólo de un íntimo sufrimiento de la Madre?
d) ¿Puede significar algo esta escena para los padres de hoy, para la formación religiosa de sus hijos, para el proyecto que Dios tiene sobre cada uno de sus hijos, para los miedos y angustias que los padres llevan en el corazón pensando qué sucederá cuando sean grandes sus hijos?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

a) Según la ley de Moisés / del Señor: es una especie de estribillo, muchas veces repetido. Lucas mezcla dos prescripciones, sin mucha distinción. La purificación de la madre era prevista por el Levítico (12,2-8) y se cumplía cuarenta días después del parto. Hasta ese momento la mujer no podía acercarse a los lugares sagrados, y la ceremonia era acompañada de una ofrenda de animales pequeños, un cordero primal y un pichón o una tórtola. Sin embargo la consagración del primogénito estaba prescrita en el Éxodo 13, 11-16: y era considerada una especie de «rescate» – también con la ofrenda de pequeños animales – en recuerdo de la acción salvífica de Dios cuando libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto. En toda la escena los padres aparecen como en el acto de presentar / ofrecer el hijo como se hacía con las víctimas y los levitas; mientras en la figura de Simeón y Ana aparece más bien Dios que ofrece /presenta al hijo para la salvación del pueblo.

b) Las figuras de Simeón y Ana: son figuras cargadas de valor simbólico. Ellos tienen la tarea del reconocimiento, que proviene tanto de la iluminación y del movimiento del Espíritu, como también de una vida llevada en la espera más intensa y confiada. En particular a Simeón se le define como el «prosdekòmenos», a saber, uno que está todo concentrado en la espera, uno que va al encuentro para acoger. Por eso, él también aparece obediente a la ley, la del Espíritu, que lo empuja hacia el Niño, dentro del templo. También el cántico proclama manifiestamente esta su pro-existencia: ha vivido para llegar a este momento: ahora se marcha, para que otros vean también la luz y la salvación para Israel y para las gentes. A su vez Ana, con su avanzada edad (valor simbólico : 84 = 7×12: el doce es el número de las tribus; o también 84–7= 77, perfección redoblada), pero sobretodo con su modo de vivir (ayuno y oración) y con la proclamación de quien «esperaba», completa el cuadro. Ella es guiada por el espíritu de profecía, dócil y purificada en el corazón. Además, pertenece a la tribu más pequeña, la de Aser: signo de que los pequeños y los débiles están más dispuestos a reconocer a Jesús el Salvador. Estos dos ancianos – que son como una pareja original – son símbolos del mejor judaísmo, de la Jerusalén fiel y dócil, que espera y se alegra, y que deja desde ahora en adelante brillar la nueva luz.

c) Una espada que traspasa: en general se interpreta como anuncio de sufrimiento para María, un drama visualizado de la Dolorosa. Pero debemos más bien entender aquí a la Madre como el símbolo de Israel: Simeón intuye el drama de su pueblo, que será profundamente herido de la palabra viva y cortante del redentor (cfr Lc 12, 51-53). María representa el recorrido. Debe confiar pero atravesará dolores y obscuridad, luchas y silencios angustiosos. La historia del Mesías sufriente será dilacerante para todos, también para la Madre: no se sigue a la nueva luz destinada al mundo entero, sin pagar el precio, sin ser provocados a tomar decisiones de riesgo, sin renacer siempre de nuevo de lo alto y en novedad. Pero estas imágenes de «la espada que traspasa,» del niño «que hará caer» y sacará a los corazones del sopor, no van separadas del gesto tan cargado de sentido de los dos ancianos: el uno, Simeón, toma entre los brazos el niño, para indicar que la fe es encuentro y abrazo, no idea o teorema: la otra, se hace anunciadora y enciende en «los que esperan» una fulgurante luz.

d) La vida cotidiana, epifanía de Dios: finalmente, es interesante notar que todo el episodio da relieve a las situaciones más simples y familiares: la pareja de esposos con el niño en brazos; el anciano que goza y abraza; la anciana que reza y anuncia, los oyentes que aparecen indirectamente comprometidos. También la conclusión del pasaje escriturístico hace entrever el pueblo de Nazaret, el crecimiento del niño en un contexto normal, la impresión de un niño dotado de forma extraordinaria de sabiduría y bondad. El tema de la sabiduría entrelazada con la vida normal de crecimiento y en el contexto del pueblo, deja la historia como suspendida: ella se reabrirá precisamente con el tema de la sabiduría del muchacho entre los doctores del templo. Y es precisamente también el episodio que sigue inmediatamente (Lc 2, 41-52).

6. Salmo 122 (123)

¡Qué alegría cuando me dijeron:
Vamos a la Casa de Yahvé!
¡Finalmente pisan nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén!
Jerusalén, ciudad edificada
toda en perfecta armonía,
adonde suben las tribus,
las tribus de Yahvé,
según costumbre en Israel,
a dar gracias al nombre de Yahvé.
Allí están los tronos para el juicio,
los tronos de la casa de David.
Invocad la paz sobre Jerusalén,
vivan tranquilos los que te aman,
haya calma dentro de tus muros,
que tus palacios estén en paz.
Por amor de mis hermanos y amigos
quiero decir: ¡La paz contigo!
Por la Casa de Yahvé, nuestro Dios,
pediré todo bien para ti.

7. Oración final

Te alabamos y Te bendecimos, oh Padre, porque mediante tu Hijo, nacido de mujer por obra del Espíritu Santo, nacido bajo la ley, nos has rescatado de la ley y has llenado nuestra existencia de luz y esperanza nueva. Haz que nuestras familias sean acogedoras y fieles a tus proyectos, ayuden y sostengan en los hijos los sueños y el nuevo entusiasmo, lo cubran de ternura cuando sean frágiles, lo eduquen en el amor a Tí y a todas las criaturas. A Tí nuestro Padre, todo honor y gloria.

El otro lugar del cristiano

…Mira: yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país,.. (Jer 1,4-5.17-19).

Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor, Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden… (1 Cor 12,31-13,13).

…Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y levantándose lo empujaron fuera del pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba (Lc 4,21-30),

Las difíciles relaciones entre el profeta y su pueblo. Se podría sintetizar así el tema común de la primera lectura y de la página evangélica.

Jeremías es de Anatot, un pueblo a seis kilómetros de Jerusalén. Su padre Jilquías, es, sacerdote. Pero, según una tesis avalada por sólidos documentos de apoyo, su familia fue suspendida, desde hace tres siglos, de las, funciones sacerdotales. Sobre ella, en efecto, pendería la maldición, porque era descendiente del sacerdote Ebiatar. culpable de complot contra Salomón (1 Re 2,26-27). Por esta culpa habría sido relegada a Anatot, donde habría conservado la dignidad sacerdotal sin poderla ejercer (una especie de «suspensión a divinis»)

Por tanto, una familia distinta, «puesta aparte».

«Conocida» como maldita.

En este contexto, asumen un profundo significado las palabras de la llamada de Jeremías.

Dios lo ha «consagrado», o sea, lo ha puesto aparte.

Y lo ha «conocido» aun antes dé que’ fuese formado en el seno de su madre.

Recordemos que el verbo conocer, en sentido bíblico, indica una relación profunda, íntima, entre dos personas. Equivale a «amar».

Así pues, «conocido» y «puesto aparte» por Dios. Pero en un sentido diametralmente opuesto al que hasta ahora le ha colocado la gente del pueblo.

Todo ha sido «invertido hacia la luz» (A. Neher).

Jeremías, de ahora en adelante, dependerá totalmente de Dios y de su palabra.

«Conocido», no para ser despreciado, sino en cuanto objeto de amor..

«Separado», no ya en el sentido de la excomunión y de la discriminación, sino en vistas de una misión mucho más amplia.

Jeremías, fiel a la vocación recibida, desarrollará su misión en contraste con los propios paisanos de Anatot y de Jerusalén.

Al principio, ignorado, después escarnecido, aislado, perseguido, amenazado, golpeado, insultado, denunciado incluso por parientes y amigos, flagelado.

Y todo porque querrían hacerle decir lo que ellos desean oír y que él no puede decir.

Querrían sentirse asegurados por su palabra. Jeremías, por el contrario, no hace otra cosa sino sembrar inquietudes y previsiones oscuras. De su boca no salen discursos tranquilizadores, sino anuncios de catástrofes.

Querrían que garantizara que todo va bien. Y él se obstina en predicar que se está caminando hacia la ruina.

Querrían obtener una especie de bendición sobre las elecciones y alianzas políticas. Y el profeta les advierte brutalmente que la historia camina en una dirección totalmente diferente y ellos no saben captar el porqué de esto

Sus paisanos tienen la pretensión de neutralizar la carga contestataria de Jeremías, de transformarlo en un profeta de’ paz. Pero él continúa impertérrito como profeta de desventura.

Y no lo hace precisamente por gusto. Al contrario, a precio de una dolorosísima y siempre sangrante laceración interna.

Jeremías sigue enamorado de su tierra y de su ciudad. En el fondo, es un poeta, delicado, lleno de ternura.

Para pronunciar aquellas palabras terribles debe hacer violencia a su corazón y a sus sentimientos.

Pero no puede comportarse de otra manera. La palabra de Dios le obliga a decir lo que él mismo no quisiera decir.

Asís. Jeremías es el profeta más trágico y humano.

En él —como dice A. Neher— existe tensión entre inteligencia y corazón, entre deber y deseo, entre lucidez y sentimiento.

Las tragedias que anuncia hieren, ante todo, su temperamento sensibilísimo.

Siente las heridas ajenas como si fuesen propias.

Los lutos de los otros son los suyos.

Ama la vida y es obligado a predecir la muerte.

Está muy apegado a la propia ciudad, y no puede por menos de testimoniar su destrucción.

En el fondo, sigue siendo un ingenuo. Y, a pesar suyo, ha de convertirse en un luchador.

Su profecía no nace de su interior. Ciertamente no es la voz de su naturaleza. Viene de otra parte…

Sus paisanos no logran comprender este drama íntimo, no logran captar la procedencia (el otro lugar) de aquella palabra. Y se ensañan cruelmente contra el profeta, culpable de traicionar sus deseos y de disipar sus obstinadas ilusiones.

El choque de Jesús con sus paisanos de Nazaret revela la misma «incompatibilidad». Transferida a los hechos.

Si los de Anatot y Jerusalén pretenden «hacer decir» a Jeremías lo que a ellos les gusta, los habitantes de Nazaret exigen que Jesús «haga» lo que ellos quieren.

«…Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Carfanaún».

En una palabra: en los dos casos, está la pretensión de gestionar, administrar la palabra profética según los propios intereses.

«Los nazaretanos esperan solamente un «show» taumatúrgico, hecho por este paisano «hijo de José», llevado sorprendentemente a los honores de crónica. A esta luz los nazaretanos se convierten en símbolo de todo Israel que «busca signos», que quiere milagros, prodigios y pruebas reduciendo así la fe a magia y a economía»

Jesús entonces «sale» de su pueblo, huyendo de las insidias de quienes tienen todas las intenciones de despeñarlo.

Se fue «a otro lugar», como Elías y Eliseo, a buscar, quizás entre los paganos, esa fe que escasea entre los «suyos». Va a otra parte, hacia otros, los irregulares, los excluidos, los que no tienen derecho.

Así le han echado fuera, mientras deberían haber salido fuera con él.

En el fondo, había venido a Nazaret no para quedarse, sino para hacer que sus habitantes saliesen de sus confines sofocantes de presunción.

Es la tentación siempre actual para las personas religiosas: aprisionar a Cristo, secuestrarlo, cerrarlo dentro de los propios esquemas, doblegarlo a los propios proyectos.

Por el contrario, es necesario salir fuera, caminar con él, seguir sus itinerarios imprevisibles.

Jesús siempre funda Nazaret en otra parte.

El pueblo de Jesús no es aquel en el que nosotros nos situamos, sino donde él está.

«Pero Jesús se abrió paso en medio de ellos y se alejaba».

Jesús pasa siempre a través de nuestras resistencias, nuestros rechazos, nuestras pequeñeces. No nos hagamos ilusiones de que lo vamos a detener, y que está a la espera.

Siempre está más adelante. Nuestras barreras no logran pararlo, ni hacerlo volver atrás, en todo caso lo empujan hacia adelante…

Así pues, si la palabra de Jeremías viene «de otra parte», la de Jesús lleva «a otra parte». En ambos casos, es una palabra que no se deja confiscar por nuestros deseos mezquinos, por nuestras pretensiones ciertamente no desinteresadas.

También Pablo, en su famoso «himno a la caridad», nos habla de «otro lugar».

La caridad constituye precisamente la otra parte respecto a nuestras aspiraciones, costumbres, valores corrientes.

Sin la caridad, todo lo que tenemos, todo lo que somos y hacemos, también en el campo religioso (se confrontan precisamente los dones de la profecía, de las lenguas, incluso la fe, el martirio…) no cuenta nada. No tiene peso, consistencia («soy como un bronce que suena…»).

No es posible comentar toda la página, verdaderamente estupenda. Pero no está prohibido leerla y meditarla a solas… por cuenta propia… Me limito a dos afirmaciones:

«El amor no acaba nunca»

«la mayor es la caridad».

La caridad es lo que queda, cuando el resto (que de todos modos es pequeño, irrelevante en su comparación) se desvanece, traiciona, se debilita.

¡Qué examen de conciencia angustioso para nuestra escala de valores!

A ver, ¿a quién no le ha pasado por la cabeza decir «el dinero es todo», «sin dinero no vales nada», «el dinero es lo que cuenta», «con el dinero se consigue todo»?…

Intentemos sustituir «dinero» por «amor». Y repitamos esas frases. A poder ser sin enrojecer.

A. Pronzato

Comentario 2 de febrero

Cuando llegó el tiempo de la purificación de María…, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor. Así describe san Lucas el hecho histórico que hoy celebramos: la presentación del Señor. Esa presentación era también una consagración –pues, todo primogénito varón debía ser consagrado al Señor, según la ley de Moisés-, acompañada de una oblación. La oblación u ofrenda (un par de tórtolas o dos pichones) era el signo de la consagración y la expresión del rescate: con esa ofrenda se rescataba al que tendría que ser sacrificado enteramente al Señor, el dueño de la vida. Por tanto, no una simple presentación, sino una consagración: la consagración (=dedicación) de toda una vida a una determinada misión. Aquí se hace patente el envío, anunciado por el profeta, del mensajero del Señor. Jesús vino como mensajero de Dios para preparar el camino ante él. Malaquías alude al momento de su entrada en el santuario y nos invita a poner nuestras miradas en él, el buscado¸ el deseado.

Eso fue lo que hicieron el anciano Simeón y Ana, la profetisa. Advirtieron su presencia y fijaron su mirada en él, porque le buscaban, le deseaban y le esperaban. Pues ¿cómo recibir al que no se espera, ni se desea? Quizá sea ésta una de las grandes carencias del hombre contemporáneo: que no espera nada de Dios; que no espera el más mínimo mensaje de lo alto, o porque considera que Dios no puede hablarle al hombre (entiende que no hay enlace posible entre uno y otro), o porque piensa que no hay Dios. Pero el profeta sí admite que nos pueda llegar un mensaje de parte de Dios, y no sólo un mensaje, sino un mensajero; pues ¿cómo entender que hablemos de Dios sin tener ninguna noticia de él? Pues bien, este mensajero que viene de parte de Dios será como un fuego de fundidor, como una lejía de lavandero. Su palabra tendrá, por tanto, la fuerza purificadora y detersiva del fuego y de la lejía.

Éste es el presentado ante todos los pueblos como luz de las naciones y como gloria de Israel; éste es el que será alzado como una bandera discutida para clarificar la actitud de muchos corazones. Es la actitud de adhesión, admiración, entusiasmo, gratitud, compasión, indiferencia, despreocupación que se puede tomar ante la cruz. Ahí se encuentra Jesús como bandera discutida. Éste es también el consagrado para expiar los pecados del pueblo. Por eso tendrá que parecerse en todo a nosotros, los sujetos al pecado y al temor de la muerte; por eso tendrá que compartir nuestra condición carnal y doliente; por eso, tendrá que morir. Tales eran los pasos necesarios para aniquilar al que tenía el poder de la muerte y para liberar a los que vivíamos (y vivimos aún) bajo la presión (y el temor) de la muerte.

La muerte se nos impone siempre con una fuerza irrechazable. La muerte se nos presenta como lo más poderoso, porque ante ella nada puede el hombre, nada pueden los que detentan el poder en este mundo, ni emperadores, ni médicos, ni biólogos, ni magos. Sólo Dios, el Todopoderoso, puede liberarnos de la muerte y, por tanto, sólo él puede liberarnos del temor a morir. Para esto fue consagrado el enviado de Dios como mensajero y como luz. Y eso a pesar de ser bandera discutida, es decir, a pesar de la ambigüedad en que le sitúa ante la mirada humana su condición de crucificado.

Jesús, en cuanto mensajero de Dios está consagrado a su mensaje, Por eso, su luz no nos llega sólo a través de sus palabras, sino también a través de su vida, porque su vida está de tal manera consagrada a su mensaje que es mensaje en sí misma; y lo es especialmente en la cruz. Jesús crucificado, cuando ya carece de energías para hablar, es quizá más elocuente. Su silencio «mortal» es quizá su mejor mensaje, porque es su mejor testimonio de amor y de obediencia: le dice que tiene que morir, y muerte. El martirio fue el broche de su consagración y la expresión máxima de su entrega y, por tanto, de su luz, pues su luz brilla en el amor y desde el amor. Éste fue también su mensaje: que Dios es amor. Por eso puede amarnos, y puede demostrarnos su amor en la entrega de su consagrado.

Pero Jesús no fue el único consagrado. En la Iglesia también hay vida consagrada o especialmente consagrada: sacerdotes que consagran su vida (su celibato, sus bienes, sus energías, su tiempo, su salud, sus dolores) a su labor sacerdotal; religiosos y religiosas de vida activa o contemplativa que consagran su vida en pobreza, castidad y obediencia a su labor concreta, a su misión, que es encomienda de Dios en su Iglesia.

La consagración sigue teniendo una importancia enorme para la Iglesia y para el mundo. Es quizá el mejor testimonio del valor que concedemos a eso o ése por quien nos consagramos: un valor absoluto, pues por ello se entrega toda una vida. Consagrarse es aquí optar por Dios y por la misión que Dios confía, con todo lo que se tiene, sin ningún tipo de reservas. Aquí, en este marco, es donde encuentran sentido los consejos evangélicos: la pobreza, es decir, el desprendimiento de lo que estorba o de lo que no es necesario para esa vida de consagración (se trata de una pobreza que hace más libre para la dedicación); la castidad, es decir, la libertad para una entrega más universal, menos limitada y condicionada, y menos dividida; porque el corazón entregado al Señor está más libre para la apertura universal; y la obediencia, es decir, la desposesión de sí mismo en lo que se tiene de más íntimo y personal: las propias decisiones y deseos, la voluntad.

La obediencia nos libera hasta de nosotros mismos, hasta de nuestra propia voluntad. En suma, pobreza, castidad y obediencia son los instrumentos mediante los cuales Dios quiere facilitarnos una vida de consagración. Por eso nada tiene de extraño que Cristo, el consagrado por excelencia, fuera pobre, casto y obediente, sobre todo obediente a la voluntad del Padre, pero también a la de los hombres, cuando veía en ella la expresión de la voluntad divina; porque Jesús no sólo obedeció a Dios, también obedeció a los soldados que lo crucificaron o le obligaron a llevar la cruz. Todo porque se había consagrado al Señor para llevar a cabo su misión en el mundo: la de expiar los pecados y liberarnos del temor a la muerte.

Nuestra consagración, por ser cristiana, ha de tener también esta dirección o esta nota liberadora: expiación del pecado y liberación de los temores que engendra el pecado, incluido el temor a la muerte. Vivamos, pues, nuestra vida de consagrados, que es el menor modo de vivir para Dios, que es su dueño y provisor, y en favor de los hombres, especialmente de aquellos que nos haya tocado en suerte: niños, enfermos, ancianos, pecadores, creyentes, no creyentes, etc.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis Gaudium – Francisco I

2. La Constitución apostólica Sapientia christiana supuso el fruto maduro de la gran reforma de los estudios eclesiásticos, que fue puesta en marcha por el Concilio Vaticano II. Supo recoger, en particular, los logros alcanzados en este ámbito crucial de la misión de la Iglesia bajo la guía sabia y prudente del beato Pablo VI y, al mismo tiempo, preanunciaba la aportación que el magisterio de san Juan Pablo II ofrecería inmediatamente después, siguiendo esa continuidad.

Como tuve ocasión de destacar: «Buscar superar este divorcio entre teología y pastoral, entre fe y vida, ha sido precisamente uno de los principales aportes del Concilio Vaticano II. Me animo a decir que ha revolucionado en cierta medida el estatuto de la teología, la manera de hacer y del pensar creyente»[4]. La Optatam totius se sitúa en esta perspectiva cuando invita con fuerza a que los estudios eclesiásticos «contribuyan en perfecta armonía a descubrir cada vez más a las inteligencias de los alumnos el misterio de Cristo, que afecta a toda la historia de la humanidad, e influye constantemente en la Iglesia»[5]. Para alcanzar este objetivo, el Decreto conciliar exhorta a conjugar la meditación y el estudio de la Sagrada Escritura, en cuanto «alma de toda la teología»[6], junto con la participación asidua y consciente en la Sagrada Liturgia, «la fuente primera y necesaria del espíritu verdaderamente cristiano»[7], y el estudio sistemático de la Tradición viva de la Iglesia en diálogo con los hombres de su tiempo, en escucha profunda de sus problemas, sus heridas y sus necesidades[8]. De este modo —subraya la Optatam totius— «la preocupación pastoral debe estar presente en toda la formación de los alumnos»[9], para que se acostumbren a «superar las fronteras de su propia diócesis, nación o rito y ayudar a las necesidades de toda la Iglesia, con el ánimo dispuesto a predicar el Evangelio por todas partes»[10].

Las etapas principales de este camino, que van desde las orientaciones del Vaticano II hasta la Sapientia christiana, son en modo particular: la Evangelii nuntiandi y la Populorum progressio de Pablo VI, así como la Redemptor hominis de Juan Pablo II, que fue publicada sólo un mes antes de la promulgación de la Constitución Apostólica. El soplo profético de la Exhortación apostólica sobre la evangelización en el mundo contemporáneo del Papa Montini resuena con fuerza en el Proemio de la Sapientia christiana, donde se afirma que «la misión de evangelizar, que es propia de la Iglesia, exige no sólo que el Evangelio se predique en ámbitos geográficos cada vez más amplios y a grupos humanos cada vez más numerosos, sino también que sean informados por la fuerza del mismo Evangelio el sistema de pensar, los criterios de juicio y las normas de actuación; en una palabra, es necesario que toda la cultura humana sea henchida por el Evangelio»[11]. Juan Pablo II, por su parte, sobre todo en la Encíclica Fides et ratio, dentro del marco del diálogo entre filosofía y teología, ha reiterado y profundizado la convicción que vertebra la enseñanza del Vaticano II según la cual «el hombre es capaz de llegar a una visión unitaria y orgánica del saber. Este es uno de los cometidos que el pensamiento cristiano deberá afrontar a lo largo del próximo milenio de la era cristiana»[12].

También la Populorum progressio ha jugado un papel decisivo en la reconfiguración de los estudios eclesiásticos a la luz del Vaticano II, y ha ofrecido junto con la Evangelii nuntiandicomo se corrobora por la trayectoria de las diversas iglesias locales— importantes impulsos y orientaciones concretas para la inculturación del Evangelio y para la evangelización de las culturas en las diversas regiones del mundo, respondiendo así a los desafíos del presente. De hecho, esta encíclica social de Pablo VI subraya incisivamente que el desarrollo de los pueblos —clave imprescindible para fomentar la justicia y la paz a nivel mundial— «debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre»[13], y recuerda la necesidad de «pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí mismo»[14]. La Populorum progressio interpreta con visión profética la cuestión social como un tema antropológico que afecta al destino de toda la familia humana.

Esta es la clave fundamental de lectura que inspiró el sucesivo magisterio social de la Iglesia, desde la Laborem exercens hasta la Sollecitudo rei socialis, desde la Centesimus annus de Juan Pablo II, pasando por la Caritas in veritate de Benedicto XVI, hasta la Laudato si’. El Papa Benedicto XVI retomó la invitación de la Populorum progressio para impulsar una nueva etapa de pensamiento y explicó la necesidad urgente de «vivir y orientar la globalización de la humanidad en términos de relación, comunión y participación»[15], destacando que Dios quiere asociar la humanidad a ese misterio inefable de comunión que es la Santísima Trinidad, del que la Iglesia es en Jesucristo, signo e instrumento[16]. Para alcanzar de manera realista este fin, invita a «ensanchar la razón» para hacerla capaz de conocer y orientar las nuevas e imponentes dinámicas que atormentan a la familia humana, «animándolas en la perspectiva de esa “civilización del amor”, de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura»[17] y haciendo que «los diferentes ámbitos del saber humano sean interactivos»: el teológico, el filosófico, el social y el científico[18].


[4] Videomensaje al Congreso Internacional de Teología organizado por la Pontificia Universidad Católica Argentina «Santa María de los Buenos Aires», 1-3 de septiembre de 2015.

[5] Optatam totius, n. 14.

[6] Ibíd., n. 16.

[7] Ibíd.

[8] Cf. ibíd.

[9] Ibíd., 19.

[10] Ibíd., 20.

[11] Proemio n. I.

[12] Fides et ratio, n. 85.

[13] n. 14.

[14] n. 20.

[15] Carta Encíclica Caritas in veritate, n. 42.

[16] Cf. ibíd., 54; Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dógmatica. Lumen gentium, n. 1.

[17] Carta Encíclica Caritas in veritate, n. 33.

[18] Ibíd., n. 30.

Domingo IV de Tiempo Ordinario

Palabra

La escena evangélica, como el Evangelio entero, refleja un contraste extremo: Jesús es admirado y despreciado; la gente espera de Jesús la realización plena de sus aspiraciones y no es capaz de entender que el Reino sea más grande que Israel; Jesús es aclamado y perseguido, a un tiempo. Al final, la sensación que tenemos es de soledad y libertad en Jesús.

Conciencia de todo profeta, de quien ha de vivir en la cercanía de Dios y de los hombres, simultáneamente. Así, en Jeremías (primera lectura). ¿Qué tipo de persona es ésta, tan normal y tan distinta?

Vida

El religioso/a y el sacerdote, que socialmente se dicen «consagrados», son educados para ser diferentes. Tienen una misión que realizar. Por el celibato, pertenecen a Dios y por su estilo de vida deben afirmar la trascendencia. El peligro está en que se separen cada vez más de la gente, confundiendo la vocación con el «rol» aprendido e internalizado. No han de permitirse expresar sentimientos, ser frágiles y humanos. Ciertamente, esta imagen no corresponde al hombre bíblico, y menos, a Jesús, demasiado humano como para poder ser reconocido como Mesías. Habría que tener «otro órgano», el que posibilita captar lo divino en lo humano.

Al cristiano seglar le cuesta descubrir su identidad en este tema. Es normal, por su condición social; pero se refugia en su normalidad para no asumir su misión de «profeta, sacerdote y rey» dentro del mundo. ¿Es que no tiene que ser testigo del Dios vivo y realizar el Reino?

Vivir en el mundo sin ser del mundo (Jn 17,14-20) implica profunda soledad, a veces respecto a las personas más cercanas. Tu marido va a misa, como tú, y se preocupa de la educación católica de tus hijos, como tú; pero no lo entiende del mismo modo que tú. Y aparece cuando se trata de hacer ciertas opciones. El no encuentra dificultad en enseñarles la doctrina católica, por un lado, y por otro, que se aseguren el éxito social y económico por encima de todo, «porque hay que ser realistas, y una cosa es la fe y otra, los negocios».

Para ser distinto no hace falta separarse del mundo, sino abrir los ojos y ver más lejos.

Javier Garrido

El rechazo de Jesús

1. El programa liberador que Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret suscita diversas reacciones: reconocimiento y admiración, sorpresa y estupefacción, indignación y ruptura… De un lado, está la actitud del discípulo que admira la sabiduría de la Palabra de Dios, más que su eficacia milagrosa; de otro, la actitud de incredulidad ante la persona de Jesús, «hijo de José», tomado por un hombre cualquiera.

2. El escándalo (judío) o la necedad (romana) se producen cuando se juzga con estrechez y soberbia el mensaje de Jesús y su figura. No se tolera el profetismo de Jesús. Esta actitud es consecuencia de falta de fe. Naturalmente, quien no acepta a Jesús no puede recibir la Palabra de Dios como gracia. Esto puede ocurrirnos a los que, de palabra al menos, nos consideramos cristianos.
 

3. El mensaje de Jesús es universalista, ho está destinado exclusivamente a una raza o a una nación. Cuando «los de cerca» rechazan a Jesús, lo admiten «los de lejos», especialmente si están necesitados (hambrientos, leprosos…). Dicho de otro modo: Jesús no tiene patria; tiene pueblo, el pueblo de Dios. La opción de Jesús por el pueblo y por los pobres le acarreará un destino trágico de amenazas y de muerte. Nosotros, en cambio, pretendemos secuestrar a Jesús como si fuera de nuestra patria, o rechazarlo porque no aceptamos su mensaje evangélico. Entonces Jesús se abre paso entre nosotros y se nos escapa.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Por qué razones suscita tanto rechazo el programa liberador de Jesús?

¿Que valoración hacemos de Cristo?

Casiano Floristán

El camino de la caridad

El texto de Lucas que leemos este domingo viene inmediatamente después de aquel en que Jesús presenta su «programa mesiánico», adelanto incisivo de su anuncio del Reino.

El día del cumplimiento

La promesa de liberación a los oprimidos y de evangelización de los pobres se cumple en Jesús (cf. Lc 4, 21). Los vecinos de Nazaret, su pueblo, no pueden creerlo, pretenden saber quién es Jesús, el carpintero «hijo de José» (v. 22), y esto les impide ver más allá de las apariencias. Ese contraste marca la proclamación del Reino; el don de Dios llega a través de ropajes humildes e inesperados. Aquellos que pretenden saberlo todo no están dispuestos a aprender, menos aún si la enseñanza viene de alguien cuyo valor, por mezquindad y envidia, se niegan a reconocer. «Ningún profeta es bien mirado en su tierra», dice el Señor en una frase lapidaria (v. 24).

Esta idea es ilustrada en los versículos siguientes. El gran profeta Elías no fue enviado a alguien que perteneciera al pueblo judío, sino a una viuda de un país pagano (cf. v. 25-26). Así desde la marginalidad llega el mensaje de Dios. Lo mismo ocurre con el discípulo de Elías, Eliseo, que sana a un leproso, pagano también; y, por consiguiente, menospreciado por los oyentes de Jesús, y no a un miembro del pueblo escogido (cf. v. 27). Los conciudadanos de Jesús entienden el mensaje y se enfurecen, lo echan de la ciudad y buscan despeñarlo (cf. v. 28-29).

Una frecuente pretensión del creyente es querer apropiarse de Dios, incluso ponerlo a su servicio. Es también nuestra tentación como cristianos y como Iglesia. Lo que creemos conocer nos impide estar atentos a lo nuevo, sobre todo si llega a través de lo insignificante y lo marginado. El Señor nos recuerda que Dios nos interpela desde aquellos que no sabemos apreciar.
 

El primado de la caridad

Jeremías es un joven tímido y tal vez algo tartamudo. Dios lo escoge como su vocero (cf. Jer 1, 4-5). Consciente de sus limitaciones Jeremías se resiste, pero el Señor le hace ver que su fuerza le viene de él y no de sus cualidades personales (cf. v. 17-18). El profeta tiene como tarea el anuncio del amor de Dios, ese amor puede manifestarse en la edificación o en la demolición, pero está siempre encaminado hacia la vida.

Por eso el amor es lo que permanece. El extraordinario texto de san Pablo nos lo recuerda. La caridad es lo que da el sentido último a la existencia cristiana, es el «camino más excelente» (12, 31). Sin ella nada tiene valor (cf. 1 Cor 13, 1-3). La caridad supone comprensión del otro, respeto, servicio. No se impone, se ofrece (v. 4-7). Hay a veces compromisos que tomamos más para descargar nuestra conciencia que para servir al otro. El servicio supone que sepamos escuchar y nos interesemos por lo que los demás desean y buscan.

La caridad es lo definitivo porque ella tiene su origen y su meta en Dios (cf. 13, 13). «Dios es amor», nos dice Juan. A cada uno de nosotros toca el saber cómo toma en concreto el camino de la caridad en su vida.

Gustavo Gutiérrez

Educar la voluntad

No está de moda hablar de disciplina, esfuerzo o renuncia. Pocos se atreven hoy a mostrar la importancia que tiene en la vida la educación de una voluntad fuerte y recia. Vivimos más bien envueltos en eso que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas llama «la filosofía del me apetece».Esa es la principal motivación que inspira la vida de no pocos: «no me apetece», «esto me va», «aquello no me gusta».

En pocos años, ha ido creciendo de manera alarmante el número de personas de voluntad débil, caprichosas y blandas, incapaces de proponerse metas y objetivos concretos. Hombres y mujeres inconstantes que giran como veletas según el viento del momento, llevados y traídos por lo que, en cada instante, les pide el cuerpo.

Buscan una vida cómoda y placentera, pero les espera un futuro difícil. En el amor no llegarán muy lejos, pues no saben lo que es renunciar, ni conocen la importancia del sacrificio y la dedicación al bien del otro. Son como niños consentidos y caprichosos que estropean cualquier relación basada en el amor y la entrega generosa.

Tampoco lograrán nada grande y noble en los demás aspectos de su vida. Nunca desarrollarán sus verdaderas posibilidades. Se instalarán en la mediocridad y arrastrarán, a donde quiera que vayan, su personalidad mal diseñada, fruto del abandono y la dejadez.

El hombre de hoy necesita recordar que la voluntad es un rasgo esencial del ser humano. Tanto como la razón. Incluso se ha de decir que la persona con voluntad llega más lejos en su crecimiento personal que quien es inteligente. Lo grande es casi siempre fruto de la determinación y la tenacidad.

Educar la voluntad es un trabajo que requiere esfuerzo diario. Hay que utilizar herramientas tan concretas como la disciplina, el orden, la constancia y la ilusión. Hay que saber renunciar a la satisfacción de lo inmediato en función de metas futuras.

Pero merece la pena. Antes o después, van llegando los frutos. La persona se va haciendo más libre y más dueña de sí misma. No se doblega fácilmente a las dificultades. Su vida va alcanzando una madurez que enriquece a quienes encuentra en su camino.

El modelo más limpio lo encuentra el cristiano en ese Jesús capaz de ser fiel a su misión, a pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino. El evangelista Lucas nos dice que sus propios vecinos de Nazaret trataban de «despeñarlo», pero él «se abrió paso entre ellos» para continuar su tarea salvadora.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 2 de febrero

La fiesta de la Presentación del Señor viene a recordarnos la Navidad, unas semanas después del Bautismo del Señor. Fiesta de la luz, que viene a iluminar toda oscuridad.

En el relato del Evangelio, se da un encuentro entre los ancianos y los jóvenes. Algo que el Papa Francisco está recordando frecuentemente que siempre puede ser fructífero. La juventud extrema de Jesús, y de su madre María, contrasta con la ancianidad de Samuel y de Ana. Estos dos ancianos tienen la sabiduría que dan los años para reconocer la luz, para decir una palabra adecuada, para confiar y confiarse a Dios. Para agradecer de corazón. Para llevar a otros la Buena Noticia.

La ancianidad puede considerarse hoy en algunos lugares como una edad sin valor. Frente a la fuerza de los jóvenes y a la capacidad de trabajo de los adultos, los ancianos parecerían un estorbo, sin fuerza ni mucha capacidad de acción. Y sin embargo, la Palabra de Dios nos ofrece varios ejemplos de personas ancianas que abren camino a la Luz: Abraham y Sara, que confían en medio de la adversidad, y se ponen en camino; Job, que se mantienen fiel en la desgracia; Isabel, que concibe una nueva vida cuando ya tenía muchos años…

Para acoger el Reino y ser cauce de la luz de Cristo no hay límite de edad. Lo pueden ser los jóvenes, con su fuerza, y también los ancianos, con su experiencia.

Si eres mayor, puedes agradecer al Señor todo lo recibo, que te hacen tener una experiencia acumulada con la que acompañar y alentar a los más jóvenes.

Si eres joven, escucha a los mayores, respétales y aprende de su experiencia, a la vez que aportas tu fuerza y tu juventud.

En la fiesta de la Presentación del Señor, jóvenes y mayores tienen su lugar. Que también en nuestro mundo los más jóvenes y los más mayores podamos tener nuestro lugar y nuestra aportación a la vida.

Luis Manuel Suárez CMF