Domingo IV de Tiempo Ordinario

Este Evangelio es continuación del que escuchamos el Domingo pasado. En la Sinagoga de Nazaret había leído Jesús el texto del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mi…me ha enviado a anunciar la Buena Noticia…”, pero había omitido la mención de la venganza divina que el Mesías había de llevar a cabo contra los paganos y contra todos los enemigos de Israel conforme a esta profecía. Y había concluido con estas palabras: “Hoy se ha cumplido esta palabra de la Escritura”, con lo que se declaraba Mesías, pero un Mesías diferente del que el pueblo esperaba.

Par poder entender la continuación de este texto nos es preciso resolver un problema de traducción. La traducción francesa de nuestro Leccionario (lo mismo, por otra parte, que de la TOB [y de la Biblia de Jerusalén]) es la siguiente: “Todos daban testimonio de él”

Ahora bien, la expresión utilizada por Lucas (emartyroun auto) es ambivalente y puede igualmente traducirse por “Todos se pronunciaron contra él” (como lo ha entendido la excelente traducción española de Juan Alonso Schökel y de Juan Mateos, así como el Leccionario litúrgico español). Traducción ésta que me parece más coherente con lo que sigue. Si todo el pueblo “se asombraba del mensaje de gracia” que brotaba de la boca de Jesús, es que no esperaban precisamente un mensaje de gracia sino un mensaje de venganza. El Mesías que ellos esperaban había de recobrar el poder en Jerusalén, expulsar de la tierra de Israel a sus ocupantes y exterminara los paganos. Cuando dicen : “¿Pues no es éste el hijo de José?”, no expresan su sorpresa de que hable tan bien uno de los suyos, sino más bien el asombro de que haya uno entre ellos que no espere al Mesías que todos esperan.

De una manera viva en extremo, anticipa ya Lucas, en este comienzo del ministerio de Jesús el fin mismo. Jesús quedará condenado a muerte, no por sus acciones, sino por sus palabras. Todas sus parábola nos transmitirán una imagen del Padre de los cielos totalmente diferente del que transmitía la religión tradicional de Israel. Anunciará la salvación ofrecida a todas las naciones con independencia de su raza y de su religión. Se presentará como el Mesías, pero como un Mesías totalmente diferente del esperado. Es el conjunto de su mensaje lo que será rechazado, no sólo por los Fariseos, los Saduceos y los sacerdotes, sino asimismo por el conjunto del pueblo, con excepción de algunos discípulos.

Jesús ha recomendado a sus discípulos que se cuiden de los falsos profetas que pretenderán venir en su nombre. Esos falsos profetas son quienes, para justificar sus actos, pretenden tener una “misión mesiánica”. Este tipo de Mesianismo es en general devastador – bien se trate de la Iglesia o de la vida civil. El verdadero profeta es el servidor de la Palabra – de la palabra de Dios que recibe de continuo y que aplica a los acontecimientos. Es la Palabra la que juzga, no él. Cuando es condenado a muerte, se debe ello a que la palabra que transmite crea desasosiego. Verdadero mártir es quien es condenado a muerte por quienes quieren hacer acallar la Palabra que le daba ánimo y que él proclamaba.

Y es menester ante todo tener en cuenta que el lenguaje del verdadero profeta no es nunca un lenguaje de exclusivismo y de rechazo, sino un lenguaje de apertura universal, como el lenguaje de Jeremías que ha sido constituido en “un profeta para todos los pueblos”. Es un lenguaje de amor, tan admirablemente descrito por Pablo en su Carta a los Cristianos de Corinto y que, lo mismo que las palabras de Jesús, es un “mensaje de gracia”. Sin el amor, todo lo demás, incluso los más maravillosos y más sorprendentes carismas, nada es. Todo lo demás pasará, el amor permanecerá.

Ése es el mensaje que nos dirige la Palabra en el Evangelio de hoy, a través de las palabras del Profeta enviado a esos paganos que somos nosotros.

A. Veilleux