Comentario 4 de febrero

El relato de Marcos nos cuenta la curación de un hombre poseído por el demonio, porque también se puede hablar de enfermedad en relación con la posesión diabólica y del exorcismo como curación. En su relato, el evangelista nos ofrece todo lujo de detalles, como recreándose en la descripción del hábitat en que se produce el exorcismo. Se trata de un endemoniado que les sale al encuentro apenas desembarcados en la región de los gerasenos. Vivía en el cementerio, en medio de las tumbas. Se comportaba como un loco peligroso, a quien había que sujetar con cepos y cadenas, pero su fuerza desenfrenada era superior a las cadenas con las que pretendían controlarlo. Se pasaba los días y las noches gritando e hiriéndose con piedras. Un personaje así sólo podía infundir temor y lástima, porque su situación era realmente lastimosa.

El endemoniado, nada más ver a Jesús, lo reconoce y hace ante él un curioso acto de fe y de adoración, como admitiendo su autoridad. Al tiempo que se postra ante él, grita: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes. Resulta curioso ver al demonio reconociendo en Jesús al Hijo del Altísimo e invocando a Dios, pues quien habla por boca del endemoniado es el mismo demonio que lo posee. En efecto, nada tenía que ver con el posesor, pero sí con el poseído que, al fin y al cabo, era una víctima del diablo y, por lo mismo, objeto de la misericordia divina.

Jesús había iniciado ya, interiormente, el proceso de liberación de ese hombre injustamente dominado por el espíritu del mal, pues le está ordenando: Espíritu inmundo, sal de ese hombre. Era un mandato de expulsión de un territorio ilegítimamente ocupado por el demonio. Y este decreto constituía un tormento para el que estaba sólida y confortablemente establecido en ese lugar. A la pregunta por su identidad, el demonio responde por boca del endemoniado: Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no les expulsara de la comarca.

Jesús aparece siempre investido de un poder capaz de someter a otros poderes como el de la naturaleza (calma de la tempestad), el de la enfermedad, el de la muerte y hasta el de los mismos demonios. De ahí los ruegos de estos para no ser expulsados. El exorcista parece acoger parcialmente tales ruegos, pues les permite meterse en los cerdos; pero semejante ocupación no les resultó demasiado útil, ya que los cerdos se abalanzaron acantilado abajo y se ahogaron. Aquel incidente asustó a los porquerizos y provocó la alarma de los paisanos del lugar. No es extraño que le rogaran que se marchase del país a pesar de ver ahora al poseído sentado, vestido y en su juicio, es decir, liberado de la insana posesión que le tenía enajenado. Cuanto éste, probablemente agradecido por el beneficio con el que había sido agraciado, le pide a Jesús, su benefactor, que le admita en su compañía, es rechazado o, para decirlo en términos más suaves, no es admitido.

Sólo son admitidos a esta compañía los que han sido llamados. Aquí no caben los intrusos. Y esa llamada depende siempre del que llama en su seguimiento. Es probable que aquel liberado del demonio se sintiera vocacionado a seguir a Jesús, pero esto era una falsa impresión. En realidad, Jesús no le llamaba a estar con él para enviarlo en su momento al mundo como apóstol. No obstante, le encomienda otra misión, también apostólica: Vete a tu casa –le dice- con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia. Aquel hombre así lo hizo y su proclamación provocó la admiración de todos los que lo oían. Y ya sabemos que la admiración es la antesala de la fe o de la adhesión.

Todo cristiano, también liberado del domino del demonio, está en condiciones de anunciar en su casa, entre los suyos, lo que el Señor en su gran misericordia ha hecho con él. Bastará este anuncio hecho con sinceridad para despertar la admiración de muchos y provocar la fe de otros muchos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística