Comentario del 6 de febrero

El evangelista sitúa a Jesús en su tierra, concretamente en Nazaret, en compañía de sus discípulos. Llegado el sábado, y según costumbre, Jesús acude a la sinagoga y en ese espacio tan tradicionalmente judío enseña como cualquier rabino a partir de los textos proclamados de las Sagradas Escrituras (en este caso, textos del AT). La multitud congregada, precisa san Marcos en sintonía con otros relatos evangélicos como el de Lucas, que lo oía con asombro, se preguntaba: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Del asombro inicial pasan casi sin solución de continuidad a la desconfianza final. Todo, porque le conocían como el carpintero o como el hijo de María.

            Es este conocimiento previo y pretérito el que les impide aceptarlo en el modo en que ahora se les presentaba, como el portador de una sabiduría asombrosa y como el autor de unas acciones milagrosas. La imagen todavía reciente del Jesús «carpintero» no les permite asimilar esta otra imagen, más actual, del Jesús «maestro y profeta». Les parece imposible que ambas imágenes puedan confluir en la misma persona. Por eso desconfían de lo que ven y de lo que oyen, sobreponiéndose a su inicial asombro, como si éste fuera fruto de una alucinación o un espejismo descartable como engañoso. Jesús era para sus paisanos alguien demasiado conocido (conocido incluso en su contexto familiar) como para ser «reconocido» ahora como profeta o portador del mensaje divino. Y la desconfianza provocada por ese conocimiento «natural» o familiar acabó degenerando en una atmósfera de frialdad hasta estallar en brotes de ira descontrolada, como nos recuerda el relato de san Lucas cuando alude al hecho de que quisieron despeñarlo por un barranco.

           A ello contribuyeron sin duda las palabras del mismo Jesús, echándoles en cara su incredulidad y censurando su actitud: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Se hacía realidad histórica la sentencia joánica en el marco de la Navidad: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Es históricamente constatable que Jesús encontró más oposición a su mensaje y actividad mesiánica entre sus paisanos y parientes. ¿Por qué? No hay otra razón que la del conocimiento parental o de paisanaje que actuaba como barrera o prejuicio difícil de superar. Sólo esto explica que un profeta sea menos apreciado o más despreciado en su tierra o en su casa. Y es que hay conocimientos que, sin ser falsos, pueden convertirse en un verdadero obstáculo para sucesivos reconocimientos. Aceptar a Jesús, el carpintero, como profeta era reconocer la verdad completa del que hasta entonces no se había manifestado en esta condición. Y todavía habrá lugar para nuevas manifestaciones de las que serán testigos sólo algunos privilegiados –como Pedro, Santiago y Juan en el monte de la Transfiguración-. En realidad, Jesús no se manifestará plenamente como Mesías e Hijo de Dios hasta el momento de la Resurrección.

           Pero, sabiendo esto, que no desprecian a un profeta más que en su tierra, fue a su tierra, quizá para confirmar esta apreciación, y se extrañó de su falta de fe. La incredulidad de sus paisanos, personas relativamente próximas, le causa extrañeza. No obstante, la razón la había enunciado él mismo. Y no pudo hacer allí ningún milagro, exceptuando la curación de algunos enfermos. Resulta asombroso el poder fáctico que se concede a la incredulidad. Por falta de fe, Jesús no pudo hacer allí milagros. Y parece que le pidieron hacer los milagros que había hecho en Cafarnaúm y en otros lugares; pero no lo hicieron desde la fe, sino desde la desconfianza. Y es que la desconfianza tiene el poder de desactivar las fuerzas benéficas que se ofrecen en su beneficio. La incredulidad tiene el poder de desactivar la beneficencia del mismo Dios, no su capacidad de hacer el bien, que permanece inmutable, sino su concreta activación, su ejercicio.

            Pero también aquí se pueden establecer diferencias. Hay faltas de fe, como las que Jesús encontró en sus discípulos –también hombres de poca fe-, superables y no paralizantes de su actividad benéfica y milagrosa. Dada nuestra fragilidad e ignorancia humanas, a Jesús no puede extrañarle nuestra falta de fe, pero quizá sí esa obstinación farisaica, casi «sobrehumana», a negarnos a reconocerle como al que viene de parte de Dios con un mensaje de salvación acompañado de efectos saludables. Si el Hijo de Dios se ha encarnado es para que el conocimiento «humano» de Jesús nos ayude a reconocerle como tal Hijo; pero puede suceder, y de hecho sucede, que tal conocimiento se convierta en un obstáculo para el reconocimiento de su plena realidad que implica el reconocimiento de su divinidad. Pero sin este supuesto la biografía de Jesús será siempre una página de nuestra historia no del todo explicada o insuficientemente entendida. Ojalá que el Señor derribe las paredes de nuestras desconfianzas y nos abra al horizonte inabarcable de la fe.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística