Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 8, 34-35

 

«34Y, convocando a la muchedumbrecon sus discípulos, les dijo: “Si alguien quiere seguirdetrás de , niéguese a sí mismo, tome sucruz y sígame.

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p style=»text-align:justify;»>35Porqueel que quiera salvar su vidala perderá; pero el que pierda su vidapor micausa y por el evangelio la salvará.


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p style=»text-align:justify;»>• Tras haber profetizado su propia pasión, muerte y resurrección (8,31-32), Jesús proclama ahora un destino similar para sus seguidores fieles. Nuestro pasaje está dispuesto por parejas; parte de una exhortación doble a seguir a Jesús hasta la muerte (8,34-35) para llegar a un dicho doble sobre la importancia suprema de conservar la propia «vida» (8,36-37) y a una doble predicción escatológica (8,38-9,1). Gramaticalmente, los versículos centrales, 8,35-38, que consisten en cuatro frases con gar («porque»), quedan resaltados por los finales de 8,34 y 9,1, que muestran una fórmula introductoria distintiva («y les dijo-y les decía»). 


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p style=»text-align:justify;»>• 8,34-35: Exhortación al seguimiento. Tras su durísima denuncia de la ceguera demoníaca de Pedro ante la necesidad de su sufrimiento mesiánico (8,33), Jesús emplaza a la muchedumbre y a sus discípulos para instruirlos más en esta necesidad (8,34a). El empleo del verbo «convocando» atenúa la severidad del reproche anterior y mantiene la perspectiva futura de un discipulado renovado ya que rememora relaciones entre Jesús y los Doce más felices: su llamada inicial como grupo (3,13), su envío en el primer viaje misionero (6,7) y su orden para que provean las necesidades de la muchedumbre en el desierto (8,1), acontecimientos todos que implican la participación de sus discípulos en su tarea. 
Pero Jesús no solo llama a sus discípulos en 8,34, sino que convoca también a la muchedumbre para que participe en esa marcha. Lo que el Maestro tiene que decir en este momento tiene la máxima importancia posible para cada ser humano sobre la tierra, por lo que no permite que sea una enseñanza privada, solo para los oídos de los Doce. De acuerdo con ello, las primeras palabras de la enseñanza son: 


Señor y Hermano nuestro Jesús, Tú estás con tu Padre y estás con nosotros cada vez que “nos reunimos en tu nombre”, concédenos:

  • –  vivir siempre de las Palabras que dirigiste a los tuyos en la última cena, 

  • –  y permanecer siempre pidiendo y esperando tu Espíritu que nos haga amarte a ti, amar a tu 
Padre, y cumplir tu mandamiento de amar a nuestros hermanos los seres humanos.

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p style=»text-align:justify;»>«Si alguien quiere seguir detrás de mí…». Así pues, la llamada de Jesús a seguirlo en el áspero camino del discipulado no es «un consejo de perfección», dirigido a una élite espiritual, sino el consejo de que, para todos, la vida solo se encuentra caminando por el sendero de la muerte.
La enseñanza de Jesús comienza con una exhortación a tomar cada uno su cruz y seguir su estela, «si alguien quiere» hacerlo así (8,34b). No se da por supuesto que todos querrán seguir a Jesús; en verdad, los corazones de muchos están en contra suya (cf. 3,5; 4,10-12; 8,17). Y si alguien se encuentra realmente movido a seguirlo, es un signo de que ha recibido una gracia especial, una gracia que otorga la vida, no concedida a la mayoría. La pregunta es si alguien tendrá la voluntad, el valor y la resistencia para «seguir detrás» de Jesús (8,34b). Esta locución redundante expresa un doble sentido típicamente marcano, ya que evoca tanto la imagen de un discípulo que camina tras su maestro a una distancia respetuosa como la de un soldado que sigue a su general en la batalla. El matiz de docencia acompaña a los términos pedagógicos en el contexto («enseñar» en 8,31; «discípulos» = «aprendices» en 8,34); el matiz militar va con el hecho de que el tema desde 8,29 ha sido el mesianismo de Jesús y que una de las imágenes predominantes del mesías en el judaísmo contemporáneo era el de un caudillo militar.

Y en concreto, a los que desean seguir a Jesús mesías en la batalla escatológica se les advierte con toda claridad de que tal camino requerirá la renuncia a uno mismo y tomar su propia cruz (8,34c). Marcos ha conformado este relato de la negación a la luz de los interrogatorios a los cristianos posteriores, cuando se veían presionados por los funcionarios gubernamentales para negar a Jesús y salvar así sus vidas. Esta misma situación de persecución judicial se tiene en cuenta también un poco después, en nuestro propio pasaje (cf. 8,38). Así pues, la alternativa es renunciar a Jesús o negarse a sí mismo; renunciar a sí mismo no se contrapone al amor propio sino a la negación de Jesús.

La segunda parte de la exhortación en 8,34, que emplea la imagen de que cada uno cargue con su cruz, expresa exactamente cuán lejos debe llegar esta renuncia. La referencia apunta a uno de los aspectos más crueles y vergonzantes del deshonroso castigo de la crucifixión: forzar al condenado a llevar parte de su propio instrumento de muerte, la viga transversal, el patibulum, que podría designarse por sí misma «cruz», al lugar de la ejecución. La exigencia de llevar la cruz era para el prisionero una humillación añadida que le forzaba a contribuir activamente a su propio castigo, ofreciendo así a sus verdugos una oportunidad más para insultarlo. «Tome su cruz» es, pues, una exhortación para entregar la vida con la misma y terrible seriedad que el preso condenado y maltratado en su camino a la ejecución.

Pero ¿por qué razón debe uno aceptar la terrible carga de la cruz? ¿Por qué motivo se debe querer seguir a Jesús cuando el discipulado significa ingresar en una muerte en vida? Jesús añade a la exhortación en 8,34 cuatro frases con «porque» (8,35-38), que intentan justificarlo. El tema de las tres primeras frases (8,35-37) es la vida: a la inquietante y antinatural exhortación en 8,34 a abrazar la muerte, Jesús contrapone el dicho, acentuado por la repetición, de que quienes sufren la muerte «por mí y la buena nueva» encontrarán, paradójicamente, la vida (8,35).

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p style=»text-align:justify;»>Este dicho contiene un mensaje paradójico en extremo: ¡Si deseas salvar tu vida, piérdela! Nuestro pasaje está animado por la convicción apocalíptica de que ante la inversión inminente de las condiciones terrenales por parte de Dios, todos los bienes mundanos, incluida la propia vida, son prescindibles.
La comprensión de Marcos de este auto-sacrificio se ilumina por la comparación con 10,29-30, que es otro pasaje que habla de renuncia «por mí y la buena nueva». En este pasaje, los sacrificios primarios que se contemplan son la separación de la familia y de las propiedades, cosas que ocupan el centro de la existencia diaria y, por tanto, «de la vida» de todos. Pero hay también una referencia a una existencia «con persecuciones», que en algunos casos incluye presumiblemente la persecución hasta la muerte, situación que al parecer tuvo que afrontar la comunidad marcana (cf. 13,9-13). Por tanto, el significado de «perder la propia vida» en 8,35a probablemente es tanto literal como metafórico, e igual ocurre con «salvar la vida» en 8,35b.