Domingo V de Tiempo Ordinario

La primera lectura, (Lc. 5, 1-11) recoge el momento en el que los Apóstoles consienten en seguir a Jesús, tras su propuesta de convertirlos en pescadores de hombres.

La expresión “dejándolo todo le siguieron” tiene mucha más “miga” que lo que parece a primera vista. Jesús les convoca a que le sigan.

“A que le sigan para hacer ¿qué? Para iniciar un movimiento de transformación del mundo que había de extenderse a todos los individuos y pueblos de la tierra y, esto, hasta la consumación de los tiempos.

Jesús no vino a organizar una especie de academia en la que se expusieran importantes lecciones de contenido religioso, a la manera como actuaron los grandes pensadores griegos en el campo de la Filosofía. NO. Vino a comprometer a los hombres para una empresa en la que se debería ACTUAR desde dentro del mundo, a la manera de la sal sobre la comida o de la levadura en la masa, impregnándolo de sentido transcendente.

Tampoco concibió a la Iglesia que el iniciaba, como un lugar de piedad individual, una especie de cofradía de la oración en el que la gente se reuniera exclusivamente para establecer un contacto espiritual con Dios.

La piedad individual, como la colectiva, es imprescindible como elemento sustentador del espíritu, pero, no como meta final de la convocatoria de Jesús. La oración es el alimento que mantiene en forma a los encargados de transformar el mundo. Es como la gasolina en los coches. Sin ella no funcionan, pero su misión no es llenar el motor para que este “lleno” sino para que el vehículo sea capaz de realizar la misión que se le encomiende.

Jesús convoca, a los que quieran seguirle, para instaurar en el mundo una serie de valores que marquen nuevas pautas de comportamiento en la vida matrimonial, política, empresarial, educativa, etc. y hasta religiosa. Todo, hasta la antigua religión judía, no digamos las paganas, adquiere nuevas dimensiones desde la perspectiva de las enseñanzas de Jesús.

Es un movimiento que no solo quiere sentar las bases de un nuevo orden político-social sino ofrecer una nueva visión de toda la realidad existente. Es “contar” con la visión que Dios tiene de las cosas que constituyen nuestro diario quehacer, sea el que sea.

Y hacer esto sintiéndonos miembros vivos de una tradición iniciada por el mismo Jesús y sus Apóstoles. No somos productos flotantes “imaginadores de utopías”, sino eslabones de una cadena de transmisión que se inició hace 2000 años.

Tampoco somos meros sucesores, sino herederos de un patrimonio religioso que hemos de recibir, guardar, adecuar a los tiempos y transmitir a la siguiente generación. Formamos parte de una tradición en el sentido más profundo de la palabra: Traemos hasta nosotros lo que nuestros antepasados vivieron y creyeron, lo hacemos nuestro y lo ofrecemos a nuestros sucesores en las categorías propias de la civilización del siglo XXI.

Desde los tiempos en los que predico Jesús se viene trasmitiendo lo mismo en lo esencial, porque eso es intocable, pero con distinto ropaje.

Jesús no nos ha entregado la revelación para que nos entretengamos con ella a la manera de quien nos ofrece una novela para pasar una tarde de invierno. NO. No ha sido esa su intención. Su voluntad clara y expresa era convocarnos para su misma misión que Él explicito como voluntad de que el mundo arda, que se queme todo cuanto tiene de malo, de falso y aparezca uno nuevo donde se entienda la familia como una unidad de amor entrañable, las empresas como centros de producción en armonía, la política como forma de encauzar los afanes individuales hacia la consecución del bien común, el mundo como la unión fraternal de toda la humanidad concebida como la gran familia de los hijos de Dios.

Por desgracia estamos todavía muy lejos de esto pero eso no nos debe desanimar porque, a pesar de todo, la humanidad va progresando.

Si comparamos nuestros tiempos con épocas pasadas en las que las guerras de dominación estaban a la orden del día con sus salvajes venganzas, pillajes, violaciones, sometimiento de gente sencilla a ser vendida como esclavos, arrancando a las madres sus hijos e hijas para venderlas como mera mercancía, es indudable que se han dando pasos en la buena dirección. En la época de los romanos, con ser los fundadores del derecho y de Grecia, padres de la Ética, ni se les pasó por la imaginación la defensa de los derechos humanos que, al menos teóricamente, hoy nadie se atreve a discutir.

Tampoco debe desanimarnos la grandeza de la misión porque como decía San Pablo en la segunda lectura (1ª Cor. 15, 1-11) no estamos solos en ese empeño: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí; pues he trabajado más que los demás”

Tampoco debe agobiarnos nuestras propias deficiencias, nuestros defectos. El profeta Isaías, primera lectura, nos anima a ello: Tu maldad queda borrada, tu pecado está perdonado”. (Isa. 6, 1-2, 3-8)

Nada de miedos ni de escrúpulos. El señor también sabía cómo eran y cómo iban a resultar sus Apóstoles y sin embargo les dijo que le siguieran para iniciar la gran obra de la evangelización del mundo.

Es lo mismo que ahora nos dice a nosotros. ¿Responderemos como los Apóstoles o dejaremos que otros hagan lo que deberíamos haber hecho nosotros, o aún peor, que quede sin hacer? Es nuestra responsabilidad. No defraudemos a Dios. AMÉN

Pedro Sáez