La gracia del llamado

En la Biblia encontramos numerosos relatos de vocación profética. Este domingo nos trae tres de esos casos.

La imagen de la pesca

Muchas cosas ocurren en los evangelios al borde del lago de Genesaret, el mar de Galilea. Es un lugar en el que se concentra mucha gente (cf. Lc 5, 1). Jesús pide la colaboración de unos pescadores y desde sus barcas cumple su tarea de anunciar el evangelio a los pobres (cf. v. 3).

Un solo nombre es mencionado, el de Simón, que será el primer llamado (cf. v. 10). A la enseñanza a la muchedumbre, sigue un diálogo más cercano con los pescadores que le habían permitido predicar. Conversación que gira alrededor del trabajo de esas personas (cf. v. 4-5). Así entenderán mejor lo que Jesús va a decirles. La fracasada experiencia de pesca en la noche pasada los dispone al escepticismo, como nos ocurre a menudo cuando no obtenemos lo que nos habíamos propuesto, piensan que no hay nada que hacer; pero Simón confía: «Por tu palabra echaré las redes» (v. 5). El resultado les asombra y además les obliga a trabajar en equipo, se hacen más compañeros (cf. v. 6-7).

Anuncio del Reino por Jesús (cf. v. 1-3) y pesca, trabajo cotidiano de esas personas (cf. v. 4-7) son así ligados. El gesto del Señor ilumina a Simón que con humildad se declara pecador (cf. v. 8-9). Sucede lo mismo con Santiago y Juan (cf. v. 10). Ese trío de antiguos pescadores constituye el núcleo de los discípulos. Son convocados a colaborar con Jesús en el anuncio del Reino, es algo totalmente nuevo y radical para ellos («dejándolo todo, le siguieron», v. 11), Jesús se hace comprender empleando el lenguaje que pueden entender: «Serás pescador de hombres, dijo a Simón» (v. 11). Es un diálogo sencillo y pedagógico que nos da una pauta: el evangelio debe proclamarse desde la vida diaria de las personas. Al margen de esa experiencia el anuncio no muerde sobre la realidad.

Un encargo

La tarea evangelizadora es un encargo. Su punto de partida está en una llamada de Dios. Transmitimos lo que por gracia hemos recibido (cf. 1 Cor 15, 3). En el punto de partida de la misión de Pablo está su experiencia directa del Señor resucitado (cf. v. 8). Nos toca hacer que el don de Dios dé fruto en nosotros, también ese esfuerzo está presidido por la gracia (cf. v. 10). Ese primado de la gracia es el contenido mayor del evangelio que es necesario predicar, creemos en el amor gratuito de Dios (cf. v. 11). La vocación profética de Isaías arranca también de su contemplación de Dios (cf. 6, 5); ante la llamada, como Pedro, se reconoce poca cosa. El Señor le da valor y finalmente Isaías se rinde: «Aquí estoy, mándame» (v. 8).

Lo que sigue para el profeta después de expresar su disponibilidad, no será fácil. Pero podrá enfrentar esas dificultades con serenidad porque sabe que en el servicio a sus hermanos la gracia del Señor lo acompaña.

Gustavo Gutiérrez