Meditación litúrgica

Los humanos vamos todos en pos de la felicidad. Y, por lo mismo, podemos ir de decepción en decepción. La Palabra de Dios nos invita a la verdadera dicha. Es patrimonio de quien confía en el Señor. Se experimenta en la pobreza, es decir, en la apertura total del corazón a Dios. Hay que fundar la vida en lo absoluto, en el Señor. En caso contrario, la misma decepción hace desdichado. Los textos bíblicos del presente domingo advierten sobre el camino de la felicidad. Luego no valdrán ya los lamentos existenciales.

La primera carta a los Corintios expresa hoy el sentido de la fe. Está fundado en la resurrección de Cristo. Sin este hecho, no habría remisión de los pecados.

Lo absoluto y lo relativo. La aridez y el fruto

Jeremías trae a colación unas máximas de sabiduría. Las agrupa, contraponiéndolas, entre maldiciones y bendiciones. Lucas, de semejante guisa, presentará las bienaventuranzas: cuatro dichas y cuatro ayes; una manera muy original con relación a las ocho bienaventuranzas de san Mateo.

Entra en juego aquí el tema de lo absoluto y lo relativo. O, mejor, del Absoluto y de las criaturas, todas ellas sometidas a la relatividad y, por tanto, a la imperfección y a la limitación. Éstas, por su misma naturaleza, no pueden dar solidez a la vida de ninguna persona. El problema radica en dejarse deslumbrar y cautivar por las personas y las cosas. El profeta trata de la confianza absoluta en el hombre. Como si la salvación pudiera venir de éste. Los salmos advertirán también de la inutilidad de abandonarse a los jefes o de confiar la construcción de la ciudad exclusivamente a los hombres. No es demasiado difícil concretar en qué realidades tenemos puesta la esperanza. Se busca la aprobación de los hombres, la sombra de los poderosos, se ansía el mismo poder y la riqueza… Esto de muchas y múltiples maneras.

El corazón, en verdad, sólo puede confiar en Dios. Entonces el hombre echa raíces personales, mantiene su lozanía espiritual y da frutos de bondad. Éste es el realmente bendito y alabado. Éste es el verdadero santo. Ninguna decepción de la vida le defrauda. Tiene muy claro que Dios no decepciona. Y que las cosas relativas, con su valor relativo, nunca son fundantes. El hombre de fe aquilata la perspectiva exacta de la realidad. Sabe que la carne no es fuerte, que los cardos son cardos y que la aridez del desierto no da frutos. Es prudente, como el que edifica su casa sobre la roca.

En definitiva, somos llevados ante Jesús. Él nos mira, en tanto que discípulos, y nos proclama dichosos. Es bueno fijarse en el tono personal de las bienaventuranzas lucanas: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos». Estos «makarismos» nos implican. Jesús nos considera discípulos y lo somos. Debemos perfeccionarnos para llegar a tener la felicidad y la alegría prometidas. Usando el tono realista, hay que pedir a Dios que nos haga pobres, hambrientos, capaces de soportarlas lágrimas y el odio… por causa del Hijo del hombre. Y suplicar ardientemente que nos sea evitado el caer en la vanidad de tantas poses halagadoras, pero totalmente inanes.

El sentido de la fe

Pablo, a propósito de la resurrección de los muertos, lleva la argumentación a su cénit. Afirma rotundamente la resurrección de Cristo como hecho fundamentador de la fe y con todo su valor soteriológico o salvador.

El apóstol anuncia, porque es testigo, la resurrección de Cristo. Algunos de la comunidad niegan la de los muertos. Si éstos no resucitan, tampoco Cristo resucitó.¡Puestos a discutir, lógica por lógica! El argumento toma todo su empuje: si Cristo no ha resucitado, la fe cristiana es absurda, no hay remisión de los pecados y los muertos se han perdido. Remacha el clavo: «si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados». Pero, lo cierto es que Cristo realmente resucitó y que es el primero de todos.

La Palabra de Dios invita a sopesar la resurrección como base de la fe. Importa muy mucho que la espiritualidad cristiana valore la dinámica pascual de la salvación. Y que caiga en la cuenta del valor soteriológico de este misterio. En efecto, el misterio pascual se hace presente, con toda su fuerza, en la celebración de los sacramentos que actualizan la redención. La Pascua es la luz real de nuestra fe. Es causa de salvación. Hay que meditar esta realidad tan grande y tan básica. Hay que pedir el don de penetrar en el sentido de la resurrección del Señor. Hay que mesurar la vida cristiana, en toda su plenitud de eternidad, como consecuencia del conresucitar con Cristo. La muerte no es otra cosa que un paso pascual -valga la redundancia-, un éxodo del exilio a la patria. El Credo proclama la esperanza en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

Una plegaria

Se pedirá hoy al Señor que descubramos la senda de la verdadera felicidad. Y que, por ello, nos haga prudentes. En el sentido de la virtud de la prudencia como consejera de la acción acertada.

La plegaria deberá clamar por la liberación de la vanidad y del espejismo de tantas cosas y de tantas personas. Porque, a menudo, la vida cristiana puede menguar y desviarse por la conversión de lo relativo en absoluto. Se da, entonces, una idolatría que desemboca en la maldición, la esterilidad y la desdicha personal.

El salmo 16 (15) brinda una oración muy cordial: «Yahvé, la parte de mi herencia y de mi copa, tú mi suerte aseguras; la cuerda me asigna un recinto de delicias, mi heredad es primorosa para mí».

También es oportuna la recitación del salmo 63(62): «Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma…»

Otra pista será la súplica del don de las bienaventuranzas.

Finalmente, en conexión con la segunda lectura dominical, cabría una recitación del Credo.

JOAN GUITERAS
ORACIÓN DE LAS HORAS