Dios nos invita a confiar en él

El mensaje cristiano es un mensaje lleno de esperanza. El Evangelio nos invita constantemente a mirar más allá de esta vida, pues creemos en un Dios que nos espera tras la muerte, en la Vida Eterna. Para ello,Dios nos invita a confiar en Él. Poniendo en Él nuestro corazón y viviendo como nos enseña en el Evangelio llegaremos a esta vida dichosa del Reino de los Cielos. Esta esperanza cristiana resuena a lo largo de la liturgia de la palabra de este domingo.

1. Maldito quien confía en el hombre; dichoso quien confía en el Señor. En la primera lectura de este domingo, el profeta Jeremías nos sitúa ante una doble tesitura: o confiar en el hombre o confiar en Dios. Hay que tener en cuenta que aquí, el profeta Jeremías entiende por confiar en el hombre el poner toda la confianza sólo en lo humano, en lo mortal, dando así la espalda a Dios. Jeremías asegura que la vida de quien confía sólo en el hombre y se olvida de Dios será como un desierto árido, donde no puede crecer la vida. Sin embargo, quien confía en el Señor será como un árbol lleno de vida, junto a una corriente de agua, y que no dejará de dar fruto. Del mismo modo se expresa el salmista en el salmo de la Eucaristía de este domingo. Queda así ante nosotros una doble vía, una bifurcación ante la que hemos de tomar una dirección. Cuántas veces hemos podido experimentar lo efímera que es la esperanza que se apoya sólo en lo humano, en lo mortal. Es una confianza efímera. Sin embargo, ante esto, Jeremías nos propone la confianza en Dios, que nunca se acaba. Se convierte así para nosotros como una corriente de agua que no termina, que constantemente nutre las raíces del árbol de nuestra vida. Aunque venga el duro calor del verano y apriete la sequedad, el árbol plantado junto a una corriente de agua no se seca y sigue dando fruto. Si queremos una vida duradera y fecunda, nuestra confianza ha de estar puesta en el Señor. Recuerdo aquí la oración tan conocida de santa Teresa de Jesús: “Todo se pasa, Dios no se muda. Quien a Dios tiene nada le falta”.

2. Porque nuestra recompensa será grande en el cielo. Pero esa confianza que nos da el Señor no está fundada en beneficios aquí en la tierra, más bien al contrario. En el Evangelio de hoy escuchamos las Bienaventuranzas en la versión de san Lucas, compuestas por cuatro Bienaventuranzas y cuatro “ayes”. No es la versión más conocida, pero también nos muestran el mismo camino: quienes sufren aquí en la tierra, los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los perseguidos, serán recompensados en el Cielo; mientras que los que tienen de todo, los ricos, los que están saciados, los que ahora ríen, los que son aplaudidos y aquellos de quienes todo el mundo habla bien, ya han recibido su recompensa aquí en la tierra. El mensaje de las Bienaventuranzas es un mensaje de esperanza en la Vida Eterna. No se trata de llorar porque sí, o de pasar hambre sin ningún sentido, o de padecer por el mero hecho de padecer. Sino que es una llamada a mirar más allá de la vida aquí en la tierra. Pues los cristianos esperamos la vida del Cielo. Esta Vida Eterna tiene un solo camino, que es el mismo camino que siguió Jesús: la cruz. La cruz, el sufrimiento, la entrega de la propia vida se convierten así en el camino que lleva a la Gloria. Es, en definitiva, seguir las huellas de Cristo, que no buscó el éxito aquí en la tierra, que no procuró tener de todo e incluso un poco más, sino que se reservó todo esto para el Cielo.

3. Si Cristo no ha muerto, nuestra fe no tiene ningún sentido. Cualquiera que pueda estar leyendo esto puede pensar que es absurdo lo que estamos diciendo. ¿Cómo puede ser que el camino por el que nos lleve Cristo nos haga sufrir? ¿Cómo puede ser eso de una vida más allá de la que tenemos aquí en la tierra? ¿Es que podemos esperar algo más de lo que ya tenemos aquí? La verdad es que, si seguimos mirando sólo hacia abajo, al suelo, todo esto que nos propone el Evangelio es un sin sentido. Pero el cristiano no mira al suelo, sino que mira hacia lo alto, hacia el Cielo. Cristo ha resucitado. Ésta es nuestra fe: murió por nosotros y al tercer día resucitó. Esto es lo que da sentido a todo lo demás. Entonces sí podemos entender que una vida de cruz, de sufrimiento, de entrega, puede tener sentido: pues si Cristo ha muerto y ha resucitado, nosotros, si morimos cada día a nosotros mismos también llegaremos a la Vida Eterna con Él. Entonces sí tiene sentido el mensaje de las bienaventuranzas.

Que sepamos confiar más en Él para ser así como árboles plantados al borde de una corriente de agua, el agua de la esperanza cristiana fundada en la resurrección de Cristo. Pidamos a Dios en esta Eucaristía que nos dé una fe grande para poder aceptar los sufrimientos de esta vida con alegría, pues tenemos la esperanza de la resurrección.

Francisco Javier Colomina Campos