Procuremos ser pobres de Espíritu

1.- NECESITAMOS CONFIAR EN ALGUIEN. – Jeremías nos dice hoy: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor» (Jr 17, 5). Sin embargo, hay momentos en los que necesitamos confiar en alguien; momentos en los que todo parece hundirse a nuestro alrededor. Necesitamos entonces un apoyo, un amigo al que recurrir. Es la hora de descubrir dónde está la verdadera amistad. ¡Y cuántos desengaños se sufren! Uno comprende que las palabras que prometían no eran más que palabras hueras, sonidos articulados carentes de sentido.

Por eso es desdichado el que confía en el hombre, el que busca su fuerza en la carne. Y es lógico que sea así. El hombre es frágil por naturaleza, se sostiene en pie con dificultad. No puede dar mucho de sí, no es capaz, aunque quiera, de sostener por mucho tiempo a los demás. No hay que extrañarse ni desalentarse. Y sobre todo no hay que pedir a los hombres lo que no pueden dar, lo que ellos mismos necesitan porque no lo tienen.

De lo contrario, nos dice hoy el profeta, serás como un cardo en la estepa, habitarás la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Serás un pobre desdichado que saborea la amargura de la ingratitud. Un pobre corazón sin ilusión que mira torvamente a cuantos se le cruzan por el camino.

Un árbol plantado cerca del agua, con sus raíces metidas en tierra húmeda y blanda. Su hoja estará verde en verano, en los años de sequía seguirá dando fruto abundante y bueno. Así ve Jeremías al hombre que confía en Dios, que pone en el Señor su refugio.

En efecto, Dios no cambia. Él ama de verdad. También cuando las cosas van mal, también cuando el ser querido le traiciona, le falla. Basta con que vuelva arrepentido para que Dios le perdone y se olvide de todo. Y le limpie las lágrimas, le cure las heridas, le llene, una vez más, el corazón de paz y alegría.

Además él es fuerte, recio, es el apoyo firme del mundo entero. Todo lo que existe se apoya en él y él en nada tiene que apoyarse. Si él escurriera el hombro todo se vendría abajo, aun lo que más seguro nos parece. Sí, es cierto. Dichoso el que confía en el Señor y pone en él su confianza. No se verá jamás defraudado. Dios no le falta a nadie. A nadie que cuente con él. Y aunque parezca que el mundo se hunde a nuestro alrededor, el corazón estará sereno, confiado en la fortaleza de Dios, seguro de su amor sin fin.

2.- POBRES Y RICOS. – Hoy es un monte el lugar donde Jesús se reúne con los suyos. De nuevo su palabra resuena en el aire libre y limpio de los campos de Galilea. Desde aquella cumbre se divisa un panorama extenso, que tiene como fondo la lejanía azulada de las aguas del lago de Genesaret. Está rodeado de sus apóstoles, y también de aquella muchedumbre que le admira y le ama, esa gente sencilla que ha sabido ver en él un refugio para sus penas y una solución para sus problemas. Son hombres y mujeres de pueblo en su mayoría, esos que eran llamados con cierta ironía ‘am ha’ares, «el pueblo de la tierra». Para todos ellos, y también para nosotros, pronuncia uno de sus más bellos discursos, el Sermón de la Montaña.

Sus palabras son llamativas. Comienza proclamando que los pobres son dichosos. Luego explica que no lo son por ser pobres precisamente, sino porque de ellos es el Reino de Dios. San Mateo completa la frase que nos transmite san Lucas, y aclara que esos pobres son los de espíritu, es decir, los que reconocen su indigencia radical, los que se sienten tan débiles y miserables que sólo en Dios tienen puesta su esperanza. Éstos, en medio de su pobreza, incluso podríamos decir que gracias a esa indigencia interior, son dichosos, bienaventurados porque Dios les reserva un puesto de privilegio en su Reino.

También son felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que ansían con todas las fuerzas de su ser el cumplimiento de la voluntad de Dios. Esa justicia de la que habla en otra ocasión el Señor, cuando dice al Bautista que es preciso cumplir toda justicia; esto es, realizar los planes de Dios, que en realidad son los únicos realmente justos. Sigue el Maestro proclamando dichosos a los que lloran porque ellos serán consolados, reinarán cuando llegue el momento decisivo del juicio final, cuando cada uno recibirá el premio o el castigo por sus obras.

En contraposición, el Señor exclama: ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! Son aquellos que, como el rico Epulón, se olvidan de los demás y sólo viven para satisfacer su propia ambición. Los que sueñan con ampliar más y más sus graneros, sin pensar que un día cualquiera han de rendir cuenta a Dios de la administración de todos esos bienes, que en realidad les fueron confiados para que contribuyeran no sólo a su propio provecho, sino también al de los demás… Tratemos de sacar propósitos concretos de estas palabras del Señor. Procuremos ser pobres de espíritu, y si somos ricos tratemos de enriquecer a los que tienen menos que nosotros.

Antonio García-Moreno