Domingo VI de Tiempo Ordinario

Es notable que, en los evangelios, hay dos redacciones de las bienaventuranzas: las de Mateo (5, 1-12) y estas de Lucas. No parece exagerado decir que las de Lucas son más radicales. Además, Lucas añade a las bienaventuranzas, las maldiciones. Y también hay que indicar que, por lo general, cuando se habla de «bienaventuranzas, son las de Mateo las que se tienen en cuenta. Las de Lucas se han marginado, «tanto en la Iglesia como en la teología». Pero, si nos atenemos a la redacción más antigua, la de la fuente Q, las más originales son las de Lucas.

¿Nos creemos, los cristianos, las «bienaventuranzas» y las «maldiciones» que pronunció Jesús, según este evangelio? Hay que hacerse esta pregunta cada día. Porque, con demasiada frecuencia, coincidimos más con las maldiciones que con las bienaventuranzas.Seguramente, esto es así porque pensamos y sentimos más «en singular» (en mí) que «en plural» (en nosotros). Y casi nunca «en universal», en la felicidad o desgracia de tantos millones de seres humanos cuya vida, por motivos económicos, políticos o de relaciones humanas, se encuentra al límite de lo que se puede aguantar.

Las bienaventuranzas están pensadas y dichas «para los discípulos». Es decir, para los que se sienten vinculados a Jesús y que, por tanto, tienen alguna forma de fe en Jesús. Pero, como es lógico, si se ponen nuestras creencias y convicciones, en un maestro o profeta que ve la vida como queda expresada en las bienaventuranzas, sobre todo las de Lucas, nuestra conducta y nuestra forma de tratar a los demás especialmente sería muy distinta de lo que normalmente suele ser. Aquí, y en esto, está la clave del cristianismo y de la Iglesia. Si en el mundo, llamado cristiano, hay la desigualdad que sabemos y sufrimos, es que no creemos en el Evangelio. A no ser que pongamos la fe en la observancia de unas prácticas religiosas, que poco o nada tienen que ver con el Evangelio de Jesús.

José María Castillo