Felicidad en clave paradójica

1. La dicha esperanzada de los pobres. La palabra bíblica de este domingo es un mensaje de felicidad en clave paradójica, y nos muestra el mejor camino para la dicha que el hombre busca infatigablemente. La ruta, que no es la habitual, sigue el itinerario de las bienaventuranzas de Jesús. Hoy se proclaman según la versión de Lucas. Las bienaventuranzas son «evangelio», alegre noticia dirigida a los pobres de Dios para alentar su esperanza, y suponen el vuelco radical que pregona también el canto de María la Madre del Señor. Los pobres son los preferidos de Dios en toda la revelación bíblica y los primeros destinatarios de la buena nueva del reino de Dios que anuncia Jesús. Por eso todas las bienaventuranzas se resumen en la primera de ellas, la pobreza, como un común denominador que recorre las demás.

Las bienaventuranzas constituyen un género bíblico de tradición profética. Hay otro evangelista que también nos transmite las bienaventuranzas: Mateo. Como es sabido, las de Mateo son ocho; las de Lucas son cuatro, pero seguidas de otras cuatro imprecaciones o amenazas, casi maldiciones, que contrastan con las bendiciones precedentes. Combinando bendiciones y maldiciones, las bienaventuranzas según Lucas mencionan ocho categorías de personas, emparejadas de dos en dos por contraste: los pobres que suspiran por la liberación y los ricos que ya tienen su consuelo, los que pasan hambre y los que están hartos, los que lloran y los que ríen, los que son perseguidos y los aplaudidos por todos.

De esta forma, las bienaventuranzas están en la línea bíblica de una tradición profética que cultiva el esquema bipartito; por eso contienen el anuncio profético de una bendición que genera alegría, junto con una imprecación inquietante que invita a la conversión.

Igualmente la primera lectura, tomada del profeta Jeremías. contrapone dos clases de personas: el que .confía totalmente ea Dios y el que se fía solamente de los hombres, apartando su corazón del Señor.El primero es árbol fecundo, plantado junto al agua, y el segundo un cardo árido en la estepa.

2. La página más revolucionaria del evangelio. Las bienaventuranzas constituyen la página más revolucionaria del evangelio porque en ellas establece Jesús una inversión total de los criterios humanos respecto de la felicidad. Es un hecho de experiencia que todo ser humano quiere ser feliz. En consecuencia busca la manera de conseguirlo, conforme a lo que cada uno entiende por felicidad:riqueza y dinero, éxito y posición social, seguridad y amor, poder y dominio, sexo y placer, etc. Jesús conocía bien el corazón humano. Con sus bienaventuranzas propone al hombre un camino seguro de felicidad, aunque nuevo y paradójico.

Él declara dichosos, porque poseen el reino de Dios ya ahora y no sólo en la otra vida, a cuantos el mundo tiene por infelices: los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa de su fidelidad a Dios. Y, por el contrario, proclama desdichados, dignos de lástima y amenazados de maldición a los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos.

Antes de Cristo, nadie había hecho semejantes afirmaciones. Tan paradójicas son las bienaventuranzas que solamente las entiende quien las vive y las practica, como hizo Jesús. Cristo mismo —su persona, vida y conducta—, constituye la mejor clave de interpretación de las bienaventuranzas; una clave de lectura universalmente válida, para todo tiempo y lugar. Él fue pobre y lloró, sufrió y trabajó por la paz y la reconciliación, fue perseguido y perdió la vida por servir al bien y a la justicia.

3: Compendio de las actitudes evangélicas. Las bienaventuranzas son un resumen del evangelio de Jesús; son el anuncio profético del reino de Dios, presente e inaugurado en la persona de Cristo; son la proclamación de las actitudes básicas para ser discípulo de Jesús y una contraseña de identificación segura del mismo; son toda una declaración de principios y la carta magna o constitucional para la ciudadanía evangélica; son el programa de vida y el cuestionario de examen al que constantemente hemos de remitirnos para calificarnos como cristianos. Un suspenso en esta prueba sería francamente alarmante.

Debido a la radical novedad de las bienaventuranzas de Jesús, hay quienes las acusan de utopía y sin la más elemental lógica; para otros son un mero ideal espiritualista, sublime pero inalcanzable. Y sin embargo Jesús las pronunció consciente de su significado; y las propuso y propone a todo hombre y mujer que quieran recorrer su mismo camino, porque son las actitudes básicas para ser su discípulo, asimilar el espíritu del reino de Dios y alcanzar la felicidad en plenitud.

Las bienaventuranzas no tienen nada que ver con un espiritualismo desencarnado, una pasividad alienante o una resignación fatalista. Jesús no las pronunció para justificar o perpetuar una sociedad de hombres y mujeres disminuidos, resignados con una esperanza futura. Conllevan un compromiso personal y efectivo con la pobreza y el sufrimiento humano en cualquiera de sus manifestaciones: desprendimiento y coparticipación, opción por la honradez y la justicia aun a riesgo de la persecución, compromiso con la paz y la no violencia, amor, fraternidad y solidaridad entre los hombres.

Un proceder evangélico, acorde con el espíritu de las bienaventuranzas, necesariamente desentona de los criterios del mundo y suscita la enemistad de éste. «Todo el que se proponga vivir como, buen cristiano será perseguido», avisaba san Pablo a su discípulo Timoteo. Es la oposición que resalta el cuarto evangelio entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y el mundo enemigo de Dios, entre fe e incredulidad, entre amor y egoísmo.

 

Gracias, Señor Jesús, porque, proclamándolos dichosos, asignas el reino de Dios y devuelves la dignidad y la esperanza a todos los que el mundo tiene por últimos e infelices:

Los pobres y los humildes, los que lloran y los que sufren, los que tienen hambre y sed inagotables de fidelidad a Dios, los misericordiosos que saben perdonar a quienes les ofenden, los que proceden con un corazón limpio, noble y sincero, los que fomentan la paz en torno y desechan la violencia, los que son perseguidos por servir a Dios y al evangelio.

Tú fuiste, Señor Jesús, el primero en realizar tal programa.

Tú eres nuestro ejemplo y nuestra fuerza.

¡Bendito seas, Señor!

B. Caballero